FE EN LA PATRIA

Mi padre y multitud de parientes mios por todos los cuatro costados han

servido desde muy antiguo en la Marina española. Renegaría yo de mi

casta si denigrase á los marinos. Pero con todo eso declaro que me

sublevan y enojan los que pretenden poner á los marinos y á los

militares de tierra por cima de toda censura de los paisanos, fundándose

en que ignoramos sus artes. Razón tuvo Apeles de desdeñar el juicio del

menestral, diciéndole: _zapatero á tus zapatos_; pero el zapatero no

podía en cambio recusar á Apeles como juez de su calzado, ya que Apeles,

si no sabía hacerle, tenía que pagarle, gastarle y andar con él

cómodamente. Quiero decir con esto que, en todo caso, el artista y el

poeta podrían rebelarse contra la censura. Con no mirar sus cuadros ó

con no oir ó leer sus versos se remedia todo el mal que causan. No

sucede lo mismo con aquellas profesiones de las que depende la grandeza

ó la ruina de los Estados, la vida de muchos hombres y la hacienda de

todos, desde el gran capitalista, al que tiene que vivir de un salario

mezquino.

De aquí que la censura que cae sobre el militar y el marino sea lícita,

natural é inevitable. Y como á veces estimula, hasta conviene, si no es

muy disparatada, dura y descompuesta. Arquímedes sabía mucho y era muy

ingenioso. Si le hubiesen dado palanca y punto de apoyo hubiera movido

al mundo. Y sin embargo, si cuando inventaba mil artificios pasmosos

para defender á Siracusa se hubieran burlado de él los periodistas de

entonces, diciéndole mil cuchufletas y poniéndole en caricatura, aquel

varón tan sabio se hubiera atolondrado, se hubiera hecho un lío y no

hubiera dado pie con bola dudando él mismo del resultado de su ciencia;

resultado que, por virtud de previas disposiciones y á pesar de temores

y dudas, hubiera al fin naturalmente sobrevenido. Así, el fruto del

árbol que se cultiva con esmero, cuando llega á su madurez y no le coge

la tímida diestra del hortelano, cae en la tierra por virtud de su

propio peso. Así también se puede explicar que el crucero _Princesa de

Asturias_ se botase al agua no bien la ocasión fué propicia. Si no

hubiese estado bien construído ó bien puesto sobre la grada ó sobre lo

que conviene que se ponga, de fijo que no se hubiera lanzado al mar, tan

gallarda y primorosamente.

Las comparaciones para ser exactas y luminosas, han de entenderse bien.

Racionalmente considerado el asunto, la flauta no sonó por casualidad.

Si no hubiera estado hábilmente hecha no hubieran logrado hacerla sonar

los resoplidos más poderosos.

La verdad es que por lo que más pecamos ahora los españoles todos, es

por el menosprecio de nosotros mismos, por una humildad que nos deprime,

y por una exagerada admiración de lo extranjero. Nos parecemos al que

oyó decir á un inglés que en cierto salón algo obscuro de la Alhambra

convendría que hubiese una claraboya; y para imitar al inglés, pidió

también una claraboya para el palacio de Carlos V, que nunca tuvo techo.

O bien nos parecemos á aquel caballero de Nápoles que sostenía que si la

Gruta _azul_ estuviese en Francia le habrían abierto grandísima entrada,

sin pensar que con mayor abertura hubiera desaparecido todo el

maravilloso encanto de la gruta, casi únicamente iluminada por los rayos

del sol que surgen refractados del seno azul del mar diáfano.

Mucho depende de la aptitud de los hombres; pero mucho depende también

de la buena ó mala ventura. No atribuyamos todo lo próspero á la

habilidad. En las victorias de Alejandro y de César la ventura hubo de

entrar por algo. Suponer que entró por todo sería ruín envidia. De ella

pudiéramos acusar á Felipe II, si dijo como se cuenta al saber la

victoria de Lepanto, _mucho ha aventurado D. Juan_: pero la magnanimidad

del mismo monarca se manifiesta cuando atribuye á los elementos

desencadenados, y no al poder de sus enemigos ni á la torpeza de sus

generales, la pérdida de la Armada invencible. Los cartagineses solían

maltratar y hasta crucificar á sus generales cuando no vencían.

Preferible es el aliento generoso del Senado de Roma que da gracias al

Cónsul Varrón por que después de Cannas no desespera de la salud de la

patria.

Menester es tener confianza en nosotros mismos. Entonces vencerán en

tierra los militares y en el mar harán maravillas nuestros marinos. De

su arrojo siempre han dado y siguen dando pruebas, y no sería justo

creer que por el entendimiento y la inspiración estén por bajo de los

hombres de otros países. Creer esto equivaldría á creer que en nuestro

país ha degenerado la especie humana, porque no ha de suponerse que

tengan los uniformes la deplorable virtud de entorpecer y de incapacitar

á quienes los visten.

Tengamos confianza y el cielo nos será propicio. Sin los rezos de Moisés

y sin los milagros que por su intercesión hizo Dios, Josué no hubiera

vencido; la profetisa Débora no hubiera entonado su himno triunfal, si

las inteligencias que mueven los astros no hubieran bajado á combatir en

favor de su pueblo; en mil batallas han tomado parte los dioses del

Olimpo para favorecer á los hijos de Grecia; y los Dióscuros abandonando

el refulgente alcázar que tienen en el cielo, y donde hospedan al sol en

los más hermosos días de cada año, han peleado en solemnes ocasiones por

la grandeza de Roma. Todo ello entendido á la letra, podrá ser ilusión ó

sueño vano; pero, como figura, expresa enérgicamente la virtud

taumatúrgica de la fe que tienen los hombres en el genio superior y en

los altos destinos del pueblo á que pertenecen: fe dominadora de los

númenes, que los evoca, los atrae y se los gana para aliados y para

amigos. Así nosotros, en mejores días, cuando tuvimos mayor fe en lo que

valemos, trajimos del cielo á Santiago y, montado en un caballo blanco,

le hicimos matar moros é indios, cosa harto ajena de su profesión y

ejercicio durante su vida mortal.

Si nos obstinamos y persistimos en nuestra humildad, en recelar que

hemos degenerado y que no somos ya lo que fuimos, ni Santiago ni nadie

acudirá á socorrernos y jamás conseguiremos la victoria. Desde que Tubal

vino á España, desde que en España reinaron los Geriones hasta el día de

hoy, no hemos tenido un general que haya reunido bajo su mando 200.000

combatientes. Y todavía en nuestro siglo, á pesar de tanta prosperidad,

industria y riqueza no ha habido nación alguna, por rica y grande que

sea, que envíe por mar á regiones remotas ejército tan numeroso como el

que hemos enviado á Cuba. Pero si nos empeñamos en creer punto menos que

invencibles á los mulatos y negros insurrectos y en que se acabó ya la

sustancia de que en España se forjaron en otras edades los ilustres

guerreros, ni el Gran Capitán que resucitase y fuese por allí atinaría

con una inspiración dichosa, ni haría algo de provecho, mientras que con

fe tal vez bastaría un clérigo como el licenciado Pedro Lagasca, ya que

no se puede suponer que ni Maceo ni Máximo Gómez valgan más que Gonzalo

Pizarro.

De estas incoherentes cavilaciones infiero yo que si nuestro triunfo se

retardase demasiado, así en el mar del Sur como en el golfo de Méjico,

culpa sería de nuestra falta de fe, que seguiría enajenándonos la

protección del cielo: pero que si como es de esperar vencemos pronto,

sin duda que al cielo, ó á la suerte para el que no crea en su influjo,

deberemos el triunfo en primer lugar; pero también le deberemos al valor

de nuestro ejército de mar y tierra y á la habilidad é inspiración de

sus jefes. Y aunque esto último, aunque la habilidad y la inspiración se

negasen, siempre quedarían como factores de la victoria, sobre el valor

de soldados y marinos, el sufrimiento y la constancia de la nación, que

al enviarlos sacrifica heróicamente y murmurando harto poco su sangre y

su dinero.

[Illustration]

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 36 / 55 题