Voy á decir mi humilde parecer sobre el importante asunto de que _El
Liberal_ trata hoy, y voy á decirle con sinceridad, con llaneza y hasta
con cierto candor, que la generalidad de las gentes considerará poco
diplomático: pero mi diplomacia pasó ya, y agua pasada no mueve molino.
Cuba, en mi sentir, nada nos ha valido en los cuatrocientos años que
hace desde que nos apoderamos de ella. Las riquezas que algunos
españoles traen ó pueden traer desde allí á nuestra Península, no
aumentan más nuestro caudal que las alhajas y juguetes que hallan en un
balcón los niños aumentan el caudal del honrado padre de familia que los
puso allí de antemano el día de Reyes para que sus niños los tomen, ó
que las liebres y perdices, que caza alguien en un coto, aumentan el
caudal del propietario del coto, que para llevar y sustentar allí dichas
liebres y dichas perdices, ha gastado mil y mil veces más de lo que
ellas valen.
Económicamente, pues, nada nos vale nuestro dominio en Cuba.
¿Es cuestión de honra conservarla? Frase es ésta llena de pompa y de
peligro, que sería mejor no emplear.
Claro está que nos convendría y nos agradaría que el Dios Término de
España no hubiera retrocedido y no retrocediese nunca. Pero si las leyes
providenciales ó fatales, por cuya virtud se ordenan los acontecimientos
humanos, hacen que el Dios Término retroceda, no por eso España ha de
creer menoscabada su honra. Antes pudiera salir del mal el bien, y
acrecentarse la honra de España, si, por ejemplo, las dieciséis ó
diecisiete Repúblicas que han nacido de su seno, llegasen á estar
florecientes y poderosas.
¿Es cuestión de integridad de nuestro territorio? También sobre esto hay
mucho que decir y no poco que distinguir. Harto menguada estaría ya
dicha integridad, si la hubieran constituído lo mejor del continente
americano, la Sicilia, la Cerdeña, el Portugal con todas sus posesiones,
y tantos otros Estados, provincias y países como nos han pertenecido y
ya no nos pertenecen.
Infiero yo de aquí que nuestro dominio en Cuba no es cuestión de
utilidad, ni de honra, ni de integridad de la Patria.
¿Pero significa esto que sea poco importante la conservación de Cuba?
Tan lejos estoy de pensarlo, que creo dicha conservación
importantísima. El que la conservemos es para nosotros cuestión de
categoría, de elevación, de rango entre las naciones de Europa. Es
también cuestión de decoro nobiliario. Cuba, dominada por España, parece
como título, custodiado en nuestro poder, de que descubrimos y
civilizamos el Nuevo Mundo.
Por esto, todo buen español debe considerar como gran desventura la
pérdida para nosotros de aquella hermosa isla. Por esto, con general
aplauso y excitación de toda España, han ido á Cuba 200.000 soldados.
Por esto la nación se desprende de sus bienes, gasta su dinero, se
empeña, y arrostra con resignación valerosa la pobreza, á fin de
mantener en Cuba á esos soldados, y por medio de ellos su indiscutible
soberanía.
Por desgracia, los que contra ella se rebelan, lejos de dar la cara,
huyen y se esconden, prolongando así indefinidamente la guerra, los
gastos y los sacrificios, y haciendo morir, mil veces más que en los
combates, por las enfermedades, la flor de nuestra juventud generosa.
Yo no discuto aquí si es ó no posible, á menos de un milagro, de una
ventura casual ó de una inspiración dichosa, acorralar á los rebeldes,
vencerlos y darles pronto el merecido castigo. Tal vez sea esto
dificilísimo.
Sabido es lo mucho que dura este linaje de guerras. Catorce años duró la
de Viriato. Y sin buscar ejemplo tan ilustre, el rey absoluto de España
tuvo que tratar de potencia á potencia con el Tempranillo, con los
Botijas y con otros bandoleros, porque no pudo vencerlos con las armas.
Como quiera que sea, la situación en Cuba del general en jefe es harto
penosa. El pueblo que permanece allí fiel á la Madre Patria y el
Ejército que le obedece, bien pueden proclamarle _mejor que Trajano_,
pero no _más feliz que Augusto_. Bien pueden, para realzar su crédito y
levantar su autoridad, reunirse en Junta y colmarle de vítores y
aplausos; pero tan entusiasta patriotismo recordará involuntariamente el
del Senado romano cuando, después de la batalla de Cannas, dió
fervorosas gracias al cónsul Varrón porque no había desesperado de la
salud de la patria.
Yo no quiero desesperar, ni desespero tampoco. La paz, sin embargo, me
parece en extremo deseable, y la acción diplomática conveniente, ya que
á pesar del indiscutible valor y del pasmoso sufrimiento de nuestros
soldados, no bastan las armas.
¿Cómo _debe_ ser, ó cómo _puede_ ser esta acción diplomática, dado que
la haya? Una cosa es el _debe_ y otra el _puede_. Aristóteles pone muy
bien en claro la diferencia. Por ella, dice aquel sabio, es la poesía
mil veces más filosófica que la historia. La historia expone lo que es y
la poesía expone lo que debe ser. Hagamos poesía por un momento.
Hablemos de lo que debiera ser y no es, por desgracia.
La nación de los Estados Unidos, tal vez á pesar de su gobierno, que no
puede evitarlo, mantiene la insurrección en Cuba. Sin el favor y
auxilio que le dá, sin las armas, dinero, hombres y fuerza moral que le
suministra, es evidente para todo el mundo que la insurrección estaría
ya sofocada; que hubiera sido mil veces menos fuerte; que tal vez no
hubiera ocurrido. El proceder, pues, contra nosotros de la nación
anglo-americana (aunque disculpemos á su gobierno) es el más odioso
abuso de fuerza que imaginarse puede. Una protesta enérgica contra él
por parte de España sería sublime delirio. España está lejos de Cuba y
la Unión está cerca, y España es cuatro veces menos populosa que la
Unión y cien veces menos rica. Algo, no obstante, podría perder la gran
República, si entre ella y España sobreviniese un conflicto bélico. La
justicia está de nuestro lado, y
_l' antico valore_
_Negl' ispanici cor non é ancor morto._
Vamos ahora á declarar aquí lo que _debiera_ ser, aunque no tengo la
menor esperanza de que sea, para evitar el abominable abuso de fuerza de
que hablo ó el conflicto que presupongo, si perdida nuestra paciencia,
superior á la de Job, nuestro ánimo no desfallece.
La acción diplomática debieran ejercerla las grandes potencias de
Europa, y singularmente las que tienen posesiones en América, á fin de
que el gobierno anglo-americano emplee medios suficientes para evitar
que su pueblo fomente la insurrección en Cuba, faltando á la justicia, á
la verdadera civilización y al Derecho de gentes. La insurrección
terminaría en seguida si esto se lograse. Pero esto es poesía: es lo que
debe ser, pero no lo que será. Las grandes potencias de Europa seguirán
dejando á España en completo abandono.
¿Qué recurso nos queda, sin acudir al más arrogante y peligroso de los
extremos? Pues el recurso que nos queda es disimular los insultos
agravios y aceptar los buenos oficios del gobierno de los Estados
Unidos, si dicho gobierno los ofrece.
Rara y muy poco airosa sería para nosotros esta mediación; pero es tan
grande nuestro deseo de paz, que hasta cierto punto nos conviene pasar
por todo.
Explicaré ahora la limitación que vá contenida en la frase _hasta cierto
punto_. Para mí, la limitación no puede ser más clara. Si el gobierno de
los Estados Unidos mediase y lograse que depusiesen las armas los
insurrectos y se pacificase la isla, esto había de ser sin exigirnos la
menor promesa de reformas interiores, de cambios en la gobernación de la
isla, de nada que modificase allí las relaciones entre gobernantes y
gobernados, y de cuyo cumplimiento quedase implícitamente como garante
el gobierno de los Estados Unidos. Esto equivaldría á despojarnos
vergonzosamente de la soberanía de la isla ó á conservar en ella una
soberanía desmedrada y dependiente de la gran República, á cuya
fiscalización constante estaríamos sometidos, y á quien acudiría siempre
en queja cualquier cubano díscolo que se creyese lastimado ó que
supusiese que no se le cumplía lo prometido. Sin duda, se me dirá: ¿qué
provecho, qué ventaja sacará el gobierno de los Estados Unidos, de
mediar para que los rebeldes se rindan á discreción y sin que España les
prometa nada? A tal pregunta respondería yo:
Si alguien cree ó espera todavía en España, que podemos tener en Cuba un
millón y seiscientos mil conciudadanos para que compren productos de la
Península á mucho más elevado precio que pueden comprar productos
semejantes importados de otros países, menester es, en mi opinión, que
renieguen de tal creencia y que desistan de tal esperanza. Y no supone
lo dicho la anulación del comercio entre Cuba y España. El del Brasil,
por ejemplo, con el reino de Portugal, es ahora mil y mil veces más
activo y fructífero para los portugueses que cuando el Brasil era
colonia.
Con facilidad se comprenderá ya lo que, sin desdoro nuestro y sin mengua
de nuestra soberanía, pudiéramos dar á los Estados Unidos, si, por
mediación de su gobierno, Cuba se pacificase. En virtud de un Tratado
pudiéramos darles la más amplia libertad de comercio en aquella porción
de nuestro territorio. El galardón sería espléndido y Cuba también
aumentaría pasmosamente su riqueza, si pudiese comprar más baratos la
harina y otros alimentos, é importar en la Gran República sus azúcares,
su café y su tabaco, libres ó casi libres de derechos.
En cuanto á las libertades políticas y administrativas, ya las concederá
España generosamente, sin que nadie le imponga de antemano la obligación
de concederlas.
Sólo de esta suerte aceptaría yo la acción diplomática ó digase la
mediación de los Estados Unidos.