Hace pocos días recibí carta de mi excelente amigo el doctor D. Juan
Fastenrath. Entre otras cosas me dice que en Alemania van á celebrar el
centenario de D. Manuel Bretón de los Herreros y que el gran duque de
Sajonia Weimar hará que en el teatro de su corte se represente una
comedia, tal vez _Muérete... y verás_, de aquel fecundo y ameno poeta,
el 19 de Diciembre próximo, al cumplirse el siglo de su nacimiento.
Lleno de patriótica satisfacción ví yo esta prueba del alto aprecio con
que en algunos países de Europa miran á los ingenios españoles
contemporáneos.
Aguó, no obstante, y hasta acibaró mi contento, la injusta severidad con
que un autor inglés de mucha fama, que por acaso estaba yo entonces
leyendo, juzga y condena á la España del día. En su estudio sobre Santa
Teresa dice el Sr. Froude: «Las revoluciones siguen á las revoluciones
en la Península Ibérica, hunden al pueblo en la miseria y esterilizan
el suelo; pero en estos últimos tiempos, no han producido un solo
personaje como aquéllos cuyos nombres forman parte de la historia
europea. Sólo han producido aventureros militares y oradores de
_elocuencia transcendente_; pero ningún Cid, ningún Gran Capitán, ningún
Alba, ningún Cortés, ningún Pizarro. El progresista de nuestra edad
necesita subir mucho si ha de elevarse al nivel antiguo.»
La verdad es que acerca de la España actual hay en el mundo muy
desfavorables opiniones. Todavía somos estimados y ensalzados por
nuestros artistas. Nuestros poetas líricos, tan buenos, en lo que va de
siglo, como los de cualquiera otro país, son desconocidos en los países
extranjeros. Algunas de nuestras novelas, aunque pocas, han sido
traducidas en varias lenguas. Y algo de nuestro teatro moderno ha sido
traducido y aplaudido también, sobre todo en Alemania y en Inglaterra.
Acaso á _El drama nuevo_, de Tamayo, sea á lo que debemos el mayor
triunfo. Ha pasado el Atlántico, y puesto en inglés, ha embelesado al
público de los Estados Unidos.
En mi sentir, no obstante, el movimiento presente del ingenio español se
estima fuera de España en muchísimo menos de lo que vale. Sin duda
consiste esto en que Francia, que para todos los pueblos civilizados
hace el papel de divulgadora y que además se interpone entre nosotros y
los demás pueblos, dista mucho de sernos favorable. Y no lo es porque en
Francia nos quieran mal ni porque falten en Francia personas eruditas
que conozcan tan bien ó mejor que nosotros nuestra historia, nuestra
lengua y nuestra cultura, sino porque la generalidad de los franceses
está tan engreída, y no sin razón, si cabe razón en el engreimiento, que
casi no puede concebir que, desde los principios del siglo XVIII hasta
ahora, se haya hecho en España más que remedarlos ó permanecer en la
barbarie ó corrupción mental en que habíamos ó se supone que habíamos
caído.
En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos
empeñado en probar que murió el antiguo pensamiento español castizo, y
que desde Luzán en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.
Nada más falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El
escepticismo del siglo pasado: su pobre filosofía sin metafísica; sus
ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamación,
sobre filantropía, igualdad, libertad y progreso, todo esto fué el
espíritu de una época en la historia de Europa, ó si se quiere, de todo
el género humano; pero en Francia resonó con mayor estruendo y
hermosura, primero en sus escritores, y en su revolución más tarde.
¿Cómo había de sustraerse España al influjo de lo que aquellos
escritores dijeron y de lo que la revolución hizo? Hasta podía
considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero,
y luego actuado. Aun así, yo entiendo que el influjo de Francia fué
menor en España que en las demás naciones. Y en lo tocante á las reglas
del arte, á la forma, á lo meramente literario, apenas merece tenerse en
cuenta. Así como Parini, Alfieri, Monti, Fóscolo y Pindemonte nada deben
á la imitación francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y
Salamanca, ambos Moratines en lo lírico y épico, Quintana, Gallego y el
duque de Frías nada le deben tampoco. Hasta en la poesía dramática, aun
cuando queríamos sujetarnos á las reglas venidas de Francia, éramos
originales, castizos y, permítaseme la expresión, de pura sangre
española. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nación y de su
época, es D. Ramón de la Cruz como Lope ó como Tirso.
Froude puede decir lo que se le antoje, pero, en literatura al menos, no
veo yo por qué los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes
poetas líricos que hemos citado, y los de bastantes otros más recientes
que pudiéramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han
de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore, Shelley y
Burns.
A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega ó no el
amor propio nacional y siempre resulta de mi examen que dicho amor
propio no me ciega. La mayor parte de los españoles, y yo con ellos,
pecamos en el día por todo lo contrario. Cada cual propende á figurarse,
poniéndose él á un lado como excepción rara y punto menos que única, que
por acá, intelectual y moralmente, todo está muy rebajado. La
maledicencia, la más acerba censura, y la sátira más cruel se
manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que más
agrada y se aplaude.
Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni
siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que
han navegado mucho que nunca, en medio de las más espantosas
tempestades, perdían la esperanza de salvación mientras oían á la gente
de á bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones; y que sólo
empezaban á perder la esperanza cuando veían á la gente de á bordo,
resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de
improperios.
Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la
borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y útil que nos
denostemos y nos humillemos unos á otros hasta no poder más; pero hoy
quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino
calma, sin resignación y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un
razonable _sursum corda_.
Válganme para ello así lo que he aprendido por la lectura como lo que he
visto en los muchos años que he peregrinado y vivido en extraños países.
No es mi intento ofender á nadie, pero he de hablar con entera
franqueza. La ironía con que elogia Froude la elocuencia transcendente
de nuestros oradores es injusta á todas luces. De sobra hay en
cualquiera otro país oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y
tan ampulosos como los que en España puedan ser más tildados de tener
dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad,
el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros
oradores. Y en cuanto á la capacidad política que da muestra de sí en la
acción y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.
Claro está, y cómo negarlo, que España está pobre; que materialmente se
halla más atrasada que Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania,
los Estados Unidos, y tal vez algunos otros países; que es menos
poderosa que Rusia; que ha perdido inmensos territorios en el Nuevo
Mundo; que ha sido trabajada desde hace casi cien años por incesantes
discordias civiles, y que en los momentos solemnes en que vivimos ahora
se halla abrumada de grandes calamidades y amenazada de otras acaso
mayores. ¿Pero la causa de esto, digámoslo sin rodeos ni disimulos, es
que los españoles del día son más inhábiles, menos enérgicos, menos
probos y menos entusiastas que los de otras edades para nosotros más
dichosas? Esto es lo que yo niego. Puedo ver y veo nuestra decadencia;
puedo recelar y prever nuestra ruina; pero no creo llano y fácil
explicar la causa. Fuera de España, en América y en Europa, hasta donde
yo he podido experimentar, no he visto que la gente del pueblo sea menos
torpe, ni menos floja, ni menos ruda que en España. Y en cuanto á los
sujetos eminentes, directores y gobernadores de los Estados, ya me
guardaré yo muy bien de decir lo que dijo cierto lord inglés cuando
envió á viajar á su hijo: anda, hijo mío, y pásmate al ver qué casta de
hombres gobiernan el mundo. Yo disto mucho de ser tan severo como el
citado lord (Chesterfield, si la memoria no me engaña); pero no he
tropezado en ninguna de las capitales y cortes que he recorrido, y he de
declararlo aquí aunque sean odiosas las comparaciones, con ministros,
jefes de partido, gobernadores y hombres de Estado, cuya grandeza haya
transformado en mi imaginación á los de España en unos pobrecitos
pigmeos. Confieso que no he conocido á Cavour ni á Bismarck, que son los
que, en estos últimos sesenta años, han hecho más grandes cosas; pero he
conocido á muy ilustres varones, dirigiendo la política de florecientes
Imperios, Repúblicas y Monarquías, y, acaso por falta de sonda mental,
no he sondeado el abismo que los separa de nuestros infortunados
corifeos políticos, abismo en cuyas por mí inexplicadas honduras han de
residir la agudeza, el tino y la sabiduría que hacen que todo les salga
bien, mientras que todo por aquí nos sale mal por carecer de esas
prendas.
Me induce á sospechar cuanto dejo expuesto que no siempre la postración
ó el encumbramiento de las naciones depende del valor del conjunto de
sus ciudadanos y del mérito extraordinario de los hombres que las
dirigen. Por mucho entran el valor y el mérito; pero hay otro factor
importante, y es la fortuna. Bien sé que no hay fortuna para Dios: todo
está previsto y ordenado por Él; mas para los hombres, ¿cómo negar que
hay fortuna? ¿Quién prevé todos los casos adversos y prósperos? Y aunque
se prevean, aunque se señale en un cuadro del porvenir el curso que han
de llevar los sucesos, ¿depende por completo de la voluntad humana el
variar ese curso? Imaginemos el político más maravillosamente previsor,
y todavía podrá ser como el astrónomo que anuncia la aparición de un
cometa y no le detiene, que anuncia un eclipse y no le evita; ó como el
médico que pronostica los estragos de una tisis galopante y la próxima
muerte del enfermo y no sabe curarle.
Yo doy, pues, por seguro que así en el encumbramiento y prosperidad de
los pueblos como en su decadencia y ruina, si entra por algo el mérito y
el valer, entra por algo ó por mucho también lo que llama acaso la gente
irreflexiva, lo que atribuye la gente piadosa á la voluntad del Altísimo
ó lo que ciertos impíos y sutiles metafísicos sostienen que depende del
orden inalterable en que los casos se suceden ó del encadenamiento y
evolución de la idea en la historia humana.
Como quiera que ello sea, hay venturas y desventuras, triunfos y
reveses, hundimientos y exaltaciones que no provienen del mérito de los
individuos ó de los pueblos, sino que están por cima de las voluntades y
de los entendimientos humanos.
Y afirmándolo así, yo me pregunto: ¿qué es lo que conviene más, entender
que las causas de nuestros males no son sólo por nuestra culpa ó
entender que estamos mal porque somos incapaces y porque no valemos lo
que nuestros padres ó lo que nuestros abuelos valían? Lo que es yo,
desde luego me inclino á que es más útil entender lo primero. En ninguno
de los dos casos, yo, como optimista, veo el mal sin remedio. Una
nación, lo mismo que un individuo, aunque esté decaída y degradada,
puede corregirse, hacer penitencia, sufrir la dura disciplina del
infortunio, regenerarse al cabo y volver á ser grande; pero esta
transformación dichosa será muy lenta y tardía. Habrá que cambiar para
ello el ser de todos los ciudadanos y el de la República; pero, si el
mal proviene de las circunstancias, las circunstancias pueden cambiar
porque Dios ó el destino quiere que cambien, y la transformación
entonces será rápida é inesperada. Para mí, por ejemplo, es evidente que
los españoles de los últimos años del reinado de Enrique IV de Castilla
no eran peores, tal vez eran los mismos los que tenían disuelto y
estragado todo el país, que los que en tiempos de los Reyes Católicos
conquistaron el reino de Granada, descubrieron un Nuevo Mundo, arrojaron
de Italia á los franceses y lograron dar á su patria el primado ó la
hegemonía entre todas las naciones de Europa.
Lo importante, pues, es que no perdamos la confianza y el aprecio de
nosotros mismos. Bueno es renegar y rabiar y acusarnos unos á otros de
incapaces, probando así que no estamos resignados ni echados en el
surco; pero mejor es no creer que la incapacidad y el rebajamiento son
generales y única causa de nuestra ruina. Si creyésemos esto estaría
perdido todo; pero si creemos, como yo creo y quiero creer, que los
españoles de ahora están forjados del mismo metal y tienen el mismo
temple de que fueron forjados y que tuvieron el Cid, el Gran Capitán, el
duque de Alba, Cortés y Pizarro, no hay nada perdido.
Y como para mí es evidente que nuestros poetas, artistas, oradores y
escritores del día no desmerecen de los que tuvimos en otras edades ni
tampoco están por bajo del nivel de los que florecen hoy en las otras
naciones del mundo; y como para mí también es evidente, diga lo que diga
el Sr. Froude, que, á pesar de tantas revoluciones estériles, la tierra
de España no está más seca ni desolada que en tiempo de los Reyes
Católicos ó del emperador Carlos V; doy por seguro que ni los políticos
ni los adalides dichosos han de faltarnos, y que si no perdemos la
confianza y la esperanza, ha de pasar pronto la mala hora y ha de sernos
al cabo propicia la fortuna, con tal de que no la neguemos echándonos
toda la culpa, y con tal de que no se lo atribuyamos todo para
disculparnos ó para cruzarnos de brazos.
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