DE DON MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

Distraída la atención de la gente hacia los tristes acontecimientos

políticos que van sucediéndose, poco ó nada interesan los trabajos

literarios de nuestros días. De comedias, novelas y otros libros de

entretenimiento, suele hablar la crítica en los periódicos. De libros

eruditos, si tratan de cosas que pasaron mucho tiempo há, los periódicos

no suelen decir nada ni tienen espacio ni vagar para ello. Y, sin

embargo, además de que se aquieta y satisface la curiosidad con saber

las cosas antiguas, el recordarlas ó el saberlas mejor, cuando nos las

explica un varón docto y discreto, nos sugiere multitud de pensamientos

y nos excita á proponer, ya que no á resolver, dudas, enigmas y

problemas que tienen aplicación inmediata á las cosas de ahora.

Digo esto á propósito del último libro del señor Menéndez y Pelayo (Tomo

VI de la _Antología de poetas líricos castellanos_), donde el autor, en

más de 400 páginas, nos presenta un cuadro completo de la cultura y de

la grandeza de España en tiempo de los Reyes Católicos, á fines del

siglo XV y principios del XVI.

Hablando con desenfadada franqueza, yo creo inferiores á lo que hoy se

escribe todas las producciones literarias de aquella edad, salvo tres,

cuya resonancia y fama en las naciones extranjeras, y cuyo influjo en la

cultura general no tiene traza de adquirir ni podemos presumir ni

esperar que adquiera ninguna de nuestras producciones contemporáneas.

Son estas tres obras que exceptúo _La Celestina_, las _Coplas_ de Jorge

Manrique, y _El Amadis_, en su última forma definitiva.

No seré yo de aquellos á quienes condena el Sr. Menéndez, porque

desechan sin leerlos y como malos é insufribles todos los versos del

_Cancionero general_ de Castillo y los que encierra el de Resende,

escritos en castellano; pero no puedo persuadirme de que haya en dichos

versos algo que se levante sobre el nivel de lo mediano, y que divierta

é interese hoy, si bien debe leerse y estudiarse, ya que sobre

costumbres, usos, pasiones, aventuras y casos de aquella época gloriosa,

enseña no poco que no enseñan las crónicas ni las historias, y ya que es

además muestra y dechado del lenguaje y estilo de Castilla en los

momentos de su mayor expansión y florecimiento políticos.

Tal vez logre el Sr. Menéndez, cuando hable de Juan del Encina, á quien

califica del mayor poeta en aquel período y de D. Pedro Manuel de Urrea,

que sobresale entre los aragoneses, infundirnos, al analizar y criticar

sus obras, un concepto más elevado de nuestra inspiración poética de

entonces. Yo dudo de que lo consiga, y no acierto á explicarme el poco

valer de la poesía de entonces por falta ó culpa del instrumento; porque

la lengua no estaba hecha ni el buen gusto formado. Cuando en aquella

lengua se escribieron las _Coplas_ de Jorge Manrique, bien pudieron

escribirse otras muchas de igual mérito. Y no atribuyo tampoco mi

cortísimo entusiasmo por aquella antigua poesía española á que para

entenderla y sentirla bien, importa trasladarse en espíritu á la edad en

que se compuso. Si es difícil trasladarse en espíritu á principios del

siglo XVI sin salir de España, más lo es volar á Grecia ó á Italia no

pocos siglos antes, y no por eso dejo de atreverme á decir que

comprendo, estimo y admiro á Píndaro, á Horacio, á Virgilio, á Dante y

al Petrarca. El no admirar, por consiguiente, á los poetas de los

Cancioneros, debe de consistir, y no hallo otra razón por más vueltas

que le doy, en que distan mucho de ser admirables.

En cambio, en la vida del más insignificante de ellos, en sus lances de

amor y fortuna, hay más poesía, más chiste, más amenidad ó más

sublimidad, que en todo el fárrago de sus canciones, glosas y

villancicos.

Resulta de esto que (y sigo hablando con franqueza) apenas hay criatura

humana, á no ser muy sabia, que aguante de seguida seis páginas de

lectura de los versos publicados hasta ahora en la _Antología_ del Sr.

Menéndez, cuyos prólogos en cambio son encantadores y se leen con mayor

interés y deleite que la más ingeniosa y apasionada novela. Por dicha,

los prólogos son extensísimos, y son tan pocos los versos, que casi no

parecen sino un pretexto para escribir los prólogos. Los retratos y

biografías de Antón de Montoro, de los Manriques, de Alvarez Gato, de

Pedro Guillén de Segovia, de Sánchez de Badajoz, de Diego de San Pedro y

de otros trovadores, están hechos de mano maestra, y aún es más hermosa

y tiene mayores atractivos la brillante pintura que hace el Sr. Menéndez

de la renovación social, del desenvolvimiento político, de la

organización y pujanza, de los bríos que casi de repente se muestran en

Aragón y en Castilla unidos, y del salto milagroso, porque, á mi ver es

inexplicable, con que una nación, presa de las discordias civiles, rota

y desbaratada, y al parecer, pobre y débil, se alza de súbito á ser la

envidia y la admiración de los demás pueblos de Europa, amenazándolos

con su hegemonía y haciendo que el sueño de una monarquía universal, en

no remoto porvenir, no fuese completo delirio.

¿Cuál fué la causa de tamaña transformación y de tan improvisado

crecimiento? No puede ser más lastimoso el cuadro que los doctores

Villalobos y Francisco Ortiz, que Hernando del Pulgar y que otros

escritores de aquella época hacen de la situación de Castilla. Era un

caos horrible, de donde la sacaron á ser una gran nación la fuerte mano

de la Reina Católica y el genio militar y político de su marido. El

remedio que emplearon para curar el mal y trocarle en robustez sana y

fecunda no fué menos horrible. En nuestra edad más piadosa y humana,

apenas se concibe rigor tan cruel, y aún se pone en duda que fuese

indispensable en aquella edad de hierro. Las fortalezas y castillos se

derrumbaban y arrasaban por docenas; los malhechores, bandidos y tiranos

soberbios, que habían infestado y devastado el país, eran ajusticiados á

miles. Para apaciguar el reino--dice el doctor Villalobos--se hacían

muchas carnicerías de hombres y se cortaban pies y manos y espaldas y

cabezas.

Encarecidísimas son las alabanzas que, ya al rey D. Fernando, ya á la

reina doña Isabel, dan los más egregios escritores y pensadores de su

tiempo. Machiavelli alaba al Rey Católico, príncipe nuevo que, de rey

débil, ha llegado á ser el primer rey de los cristianos, que sujetó y

domó á los barones y magnates, que creó una milicia invencible, que

arrojó de su reino á los _marranos_, ejemplo raro y admirable; y que

asaltó el Africa, hizo la empresa de Italia y venció á Francia, urdiendo

siempre cosas grandes para tener suspensos y admirados á sus súbditos,

sin darles ocasión ni reposo para que se rebelasen.

El conde Baltasar Castiglione es más galante y dedica á la reina todas

sus alabanzas. Según él, ni en su tiempo ni en siglos atrás hubo en el

mundo rey ó príncipe que merezca ser comparado con doña Isabel la

Católica. Su fama se extendía por todas partes, y los que con ella

vivieron y vieron por sus mismos ojos sus maravillas afirman haber esta

fama procedido totalmente de la virtud de ella y de sus grandes hechos.

En sus días ningún bueno se quejó de ser poco remunerado, ni se jactó

ningún malo de no ser demasiadamente castigado; de donde nació tenelle

los pueblos un extremo acatamiento, mezcla de amor y miedo. Y

prosiguiendo en la misma alabanza, casi con las mismas frases, aunque

abreviando, se pone aquí como la alabanza mayor que los mismos grandes,

á quienes la reina despojó y domó, le quedaron aficionados en todo

extremo y la sirvieron rendidos, de suerte que todos los hombres

señalados y famosos que hubo en España fueron como _hechos por ella_, y

de ser hechos por ella se envanecían. Así el Gran Capitán, el cual se

preciaba de esto más que de todas sus victorias y más que de sus

excelentes hazañas, en paz y en guerra, por las cuales quedan por bajo

de él en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud, los príncipes,

héroes y monarcas de aquellos días.

A pesar del valer innegable y extraordinario de los soberanos consortes,

de su energía subida de punto, de las _terríficas y espantables

anatomías_ que hicieron y de las sabias leyes que promulgaron, repito

que no acierto á explicarme la aparición poderosa y preeminente de

España entre las demás naciones, si el germen de su grandeza no hubiera

estado latente, pero vivo y pronto á brotar, en las entrañas del pueblo

todo. Mucho puede hacer un soberano, un hombre de genio, y, si no de

genio de buena intención, al frente de un pueblo y dirigiendo sus

destinos; mas para esto es menester que el pueblo se preste, le ayude y

tenga conciencia de lo que puede y vale. Claro está que ni por el brío,

ni por la virtud militar y política, debe ni remotamente compararse

Carlos III con los Reyes Católicos, pero los iguala, y, prescindiendo

del adelanto moral que han traído los siglos, les lleva no corta ventaja

en buena intención, en dulce amor á los súbditos y en benigna blandura,

á pesar de la tiránica expulsión de los jesuítas, y, sin embargo, todo

lo que hizo Carlos III tuvo algo de inconsistente y de efímero,

volviendo á caer España en su anterior abatimiento, del cual, salvo el

glorioso paréntesis de la Guerra de la Independencia, no se ha levantado

todavía.

Infiero yo de todo lo dicho y de lo que callo, porque no cabe en un

artículo breve, que la historia es tan divertida como poco docente ó

dígase que enseña poco. Enseña cómo fueron las cosas, pero no por qué

fueron. Después de leer mucha historia y de divertirme leyéndola me

inclino yo á decir como los historiadores mahometanos: «Alabado sea el

poderoso Alá que da el poderío á quien quiere y á quien quiere se le

quita.» Esta es la manera, no sólo más piadosa, sino más cómoda y fácil

de explicárselo todo. De otra manera nada se explica. ¿En qué consiste

que estuviese España tan alta en tiempo de los Reyes Católicos y que

esté tan baja ahora? ¿Valen menos los hombres del día? No lo sé; pero me

inclino á creer que no. A nuestros hombres del tiempo de los Reyes

Católicos y de sus sucesores inmediatos, lord Macaulay los ensalza hasta

el punto de convertirlos en semidioses; Grecia y Roma no tuvieron

varones más insignes. En cambio, nuestros hombres del día acaso inspiran

desdén y lástima, no sólo á los lores, sino á los yankees. ¿No dependerá

esto, más que del mérito diferente de unos y de otros, de los caprichos

de la ciega fortuna? ¿Son más tontos ó menos valerosos los españoles del

siglo XIX que los de los siglos XV y XVI? ¿Está la inferioridad en la

poca fe religiosa del día? Conjeturo que no, al leer todas las

irrespetuosas blasfemias de que se valían entonces para elogiar á las

damas á quienes servían, ó para adular á los poderosos. Antón de

Montoro, por ejemplo, dice á la reina Católica:

Alta reina soberana,

Si antes nasciérades vos

Que la hija de Santa Ana,

En vos el hijo de Dios

Recibiera carne humana.

Ni menos consiste nuestra inferioridad de ahora en que seamos menos

codiciosos, menos envidiosos y menos viciosos que nuestros padres. Los

documentos de los siglos XV y XVI dan testimonio fehaciente de lo

contrario. El desenfreno de las costumbres y la falta de pudor habían

llegado á su colmo. Díganlo la _C... comedia_, _El pleito del manto_ y

las obscenísimas comedias _Serafina y Tebaida_, todo lo cual circulaba

libremente, sin que los padres de familia se escandalizasen y sin que la

Inquisición hiciese alto en ello.

Dice Tomás Campanella, en su libro _De monarchia hispanica_, que en los

siglos bárbaros prevalecieron los pueblos rudos del Norte y tuvieron el

imperio; pero que cuando llegaron á valer más la astucia y la maña que

la fuerza, inventadas la imprenta y la artillería, _rerum summa rediit

ad hispanos_, por ser hombres más listos, ingeniosos y astutos.

Aceptando esta explicación, he cavilado yo á veces, para explicarme

nuestra decadencia, que tal vez la industria y los esfuerzos del trabajo

manual han vuelto á colocar algo á modo de fuerza material aunque

refinada sobre el más alto valer de las espirituales energías. Acaso

provenga de este para nosotros lisonjero supuesto, que Espada haya

decaído tanto. Si así fuese, podríamos añadir una parte y una excelencia

más al famoso libro del Padre Peñalosa, titulado _Cinco excelencias del

español que destruyen á España_. No quiero, pues, en serio, atribuir á

tal causa nuestra pasada excelsitud y nuestro hundimiento presente. Y

tampoco quiero atribuirlo á lo que ahora llamaríamos medidas de

gobierno, ya que las más celebradas y admiradas en lo antiguo, por los

que entonces escribieron, nos repugnan hoy y á menudo nos parecen

feroces y vitandas atrocidades. Ni lo atribuyo, por último, á material

flaqueza ó falta de recursos, ya que, aun atendido el universal progreso

de población, bienestar y productos de toda clase, no es tan pobre ni

tan flaca la nación que, sin exhalar casi una queja, envía 150.000

soldados á Cuba y piensa en enviar otros 50.000 dentro de poco.

Vaya usted á ver, pues, en qué consiste nuestra decadencia. Averígüelo

Vargas. ¿Por qué pudo celebrar el antiguo poeta y hoy no puede celebrar

el moderno

A aquellos capitanes,

en la sublime rueda colocados

por quien los alemanes,

el fiero cuello atados,

y los franceses van domesticados?

Hoy no acertamos á atar el fiero cuello á Máximo Gómez ni á domesticar

al mulato cimarrón Maceo. ¿En qué estriba la diferencia? Lo ignoro. Pero

de la ignorancia misma nace una esperanza consoladora. Hay en todo algo

de misterioso que induce á no tener por absurdos los cambios más

radicales. Los españoles son los mismos de siempre. Dios lo puede todo.

Sus designios son inexcrutables. Y ya que nada de transcendental

saquemos en claro del último libro del Sr. Menéndez, sino unas cuantas

horas agradabilísimas leyéndole, pongamos nuestra confianza en Dios, y

en la justicia, y en el valer de España, y exclamemos para terminar:

_Causa jubet melior superos sperare secundos._

[Illustration]

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 34 / 55 题