Al escribir Tirso y Calderón _El condenado por desconfiado_ y _La
devoción de la Cruz_, en todo lo sobrenatural que allí se representa,
pusieron la realidad más evidente. Los altos designios de Dios figuran
muy por cima de los ensueños que forjan ó pueden forjar los personajes
de ambos dramas. Ningún ser sobrehumano aparece y ningún milagro se
realiza como ilusión de la mente, entre las sombras de un delirio
febril, sino á la luz meridiana, bajo cielo despejado y sin nubes. Así
las ninfas y los genios se aparecían á los héroes griegos en las edades
divinas. Así los ángeles, _in ipso fervore diei_, visitaban y hablaban á
los antiguos patriarcas.
Sin duda, la falta de fe y la corrupción del siglo presente provocan el
desdén hacia nosotros de todos los espíritus puros de más limpia y noble
naturaleza; sin duda que ahora, como al declinar el paganismo decía el
poeta gentil, puede decir también el poeta cristiano:
_Quare nec tales dignantur visere coetûs._
_Nec se contingi patiuntur lumine claro._
Catulo, en su tiempo, en la vida real, hallaba á los hombres indignos
del milagro; mas no por eso desterraba el milagro de la poesía: toda la
narración que termina con los dos versos que cito, es una larga serie de
milagros. En Hannele el Sr. Hauptmann, más cruel que Catulo, no se
contenta con desterrar el milagro de la vida real, sino que le destierra
también de la poesía, ó le trueca en pesadilla de agonizante.
Si gran parte del público candoroso no cae en la cuenta de tamaña
crueldad, y si el poeta mismo no tuvo la intención de ser tan cruel, son
puntos que importa poco dilucidar, teniendo como tenemos el
convencimiento de que la crueldad está en la obra. Y la crueldad pone
grima. En mi sentir, valdría más perder por completo toda esperanza que
fundarla en las visiones que acompañan á la enfermedad y que preceden á
la muerte.
Y aún es más extraño y más deplorable que, al negar en el día lo
maravilloso que consuela y que eleva los corazones, no suele buscarse lo
llano y lo sencillo, sino otro maravilloso, que quiere limitarse á ser
natural, y que es desconsolador y mil veces más enmarañado que todas las
teologías y que todas las mitologías. Negar la realidad objetiva de
muchas cosas y convertirlas en productos de nuestro cerebro y de
nuestros nervios sobreexcitados no deja de ser inexplicable maravilla.
Es convertir nuestro cerebro en organillo que toca diversas sonatas,
según el registro que se toca, y en linterna mágica, con movimiento y
todo, como la que se ha inventado recientemente, con auxilio de la
fotografía, que proyecta escenas, personajes y lances, con la diferencia
de que los de la linterna fueron y ya no son, y los de nuestro cerebro
acaso no fueron, ni son, ni serán nunca.
Recuerdo á este propósito á cierto singularísimo personaje que conocí en
mi mocedad, estando yo en la capital del Brasil. Era un mago ó sabio
ambulante. Peregrinaba con una hermosa profetisa de Nueva York, que era
su mujer ó cosa parecida, y que, magnetizada por el mago, decía mil
cosas estupendas que él le sugería. Aunque él era español, y tenía
apellido y nombre bastante vulgares, había adoptado los misteriosos
nombre y apellido de Hadado Calpe. Su ciencia ó su arte principal se
titulaba la _funi-fantasmagoría_, sobre la cual había escrito un libro
muy grueso. Se fundaba esta ciencia ó arte en que el hombre es el
verdadero microcosmo. En su masa encefálica reside la mónada
representativa donde están en cifra toda la Naturaleza y cuanto hay ó
puede haber más allá: lo existente y lo posible. Había inventado este
mago varias pociones que excitaban y movían la tal mónada á desenvolver
y á sacar á relucir ya esto, ya aquello de cuanto en ella había
envuelto. Poseía el mago un copioso botiquín de estas pociones, y eran
las más prodigiosas el elixir diabólico, con el cual se iba al aquelarre
y al infierno, se oía la misa negra y se conversaba con los demonios y
con los precitos; el elixir místico-celestial, con el cual se veía el
cielo cristiano con todos sus purísimos deleites; y el elixir
heróico-afrodisíaco, por cuya virtud se lograba el favor de las huríes y
se gozaban los placeres del paraíso de Mahoma. Ninguno de los elixires,
con todo, hacía el menor efecto, si de antemano no era poderosamente
sobreexcitada la médula espinal, valiéndose para ello de la
_funi-fantasmagórica_, nombre que él daba á una horca primorosa é
ingeniosísima, de la que se escapaba á tiempo sin morir y donde el
ahorcado realizaba por estilo fantástico los ideales todos.
Hannele, en vez de ahorcarse, se remoja. Todo es equivalente, salvo que
Hannele no toma antes ningún elixir; se remoja sin precaución y muere.
Pero no divaguemos y digamos algo del maestro de Palmira, que, en punto
á extravagancia, echa á Hannele la zancadilla.
El drama de Adolfo Wilbrandt parece fundado en el budismo esotérico, que
hoy priva y está en moda bajo el nombre de teosofía.
Palmira, después que el emperador Aureliano venció á la gran Zenobia,
decayó de su prosperidad y grandeza; pero tuvo un hijo, llamado Apeles,
que ansió y consiguió restaurarla en su antiguo florecimiento. Apeles
fué á la vez gran guerrero y gran artista. A la cabeza de sus
compatricios y ayudando á las Legiones de Roma, venció á los persas, que
habían acudido á apoderarse de su ciudad natal. Luego la hermoseó con
templos y palacios espléndidos y con casi inexpugnables fortalezas. Tal
fue el maestro de Palmira.
Al volver victorioso de los persas y antes de entrar triunfante en la
ciudad, tuvo en el desierto un raro coloquio con dos genios: el de la
vida y el de la muerte: y logró la inmortalidad, ó al menos una
prolongadísima duración de la existencia propia.
En la misma mágica gruta donde Apeles consigue este don, y en el momento
en que le consigue, aparece una virgen cristiana, la cual, impulsada por
una voz intima, va á Palmira á predicar el Evangelio. Sedienta de
martirio, le predica con generosa imprudencia, insulta á los dioses
gentiles, irrita á la plebe, y la plebe la mata en medio de las calles,
á pesar de que Apeles la defiende. Sucede esto en tiempo de Diocleciano,
cuando la persecución contra el cristianismo era más dura.
Cualquiera creería que la mencionada joven, virgen y mártir gloriosa de
la fe de Cristo, se debería ir derecha al cielo; pero nada menos que
eso. En el segundo acto (más de veinte años después) Zoe, llamándose
Febe, aparece, como una de las _heteras_, _cocottes_ ó _suripantas_ más
elegantes, seductoras y traviesas de Roma. Apeles, por quien no pasan
días y que ha estado en Roma una buena temporada, se la trae de allí y
la instala en su casa, á pesar de su virtuosísima y severa madre, que
vive todavía. La casa de Apeles es un perpetuo holgorio; mucho festín,
mucha francachela y mucho brindis. Todos sus amigos, enamorados de
Febe, le echan piropos, y ella predica sobre placeres con éxito
favorable y no con el mal con que predicó el cristianismo cuando era
Zoe. Febe, no obstante, se aburre en aquella remota población y suspira
por Roma. Sucede en esto que Apeles, que era muy orgulloso, se pelea con
el gobernador, se queda pobre y se aflige al ver que su madre se va á
morir de rabia por tener á Febe en casa. Corre, por último, la voz de
que las autoridades consideran que la permanencia de Febe en la
población causa escándalo y mal ejemplo y que se proponen expulsarla.
Febe entonces dice para sí: pues me echaré yo antes de que me echen, y
se larga con un señor Septimio, que es muy rico y que se la lleva á
Roma.
Háganse ustedes cargo del furor de Apeles. Cae el telón.
Al empezar el tercer acto, han transcurrido unos cuarenta años. El alma
de Zoe ó de Febe, alma comodín que se adapta á todos los palos como la
espada y el basto en el tresillo, ha tenido ya tiempo de transmigrar y
se halla infundida en el cuerpo de una grave matrona, severa y llena de
virtudes, mujer legítima de Apeles. Pérsida es su nombre. Y Apeles y
Pérsida tienen una hija casadera, llamada Trifena, la cual está
enamorada y quiere casarse con un gallardo joven que sigue la religión
pagana. Reina Constantino y el cristianismo está triunfante. Apeles es
siempre gentil, pero Pérsida es fervorosa cristiana. Su hermano y los
amigos de su hermano son sacerdotes celosísimos que entusiasman al
pueblo y que llenan de remordimientos el alma de Pérsida, porque no
logra convertir á su marido ni se decide á separarse de él. Todo este
acto, que no estará, pero que parece compuesto en odio de la religión
cristiana, no se puede negar que tiene interés vivísimo y admirable
movimiento escénico.
La señora Estela Hohenfels, elegantísima, simpática y eminente actriz,
que representa el papel de Zoe, de Febe y de Pérsida, en el Teatro
Imperial de Viena, da al drama de Wilbrandt gran realce y poderoso
atractivo.
Todo se complica de un modo tremendo. El presbítero, hermano de Pérsida,
se ha apoderado de Trifena, no quiere que se case con un pagano y se
empeña en que se consagre en los altares y en que viva entre las
vírgenes del Señor. Trifena logra escapar y busca amparo entre los
brazos de su padre. Amotinado el pueblo cristiano y guiado por el clero
fanático, viene en busca de Trifena y quiere llevársela.
Pérsida tiene espantosa lucha en el fondo de su alma, donde combaten por
un lado el amor á su marido y por otro los más ardientes sentimientos
religiosos. Vencen éstos por último, y Apeles se ve abandonado de
Pérsida como lo fué de Febe. Ayudado, no obstante, por su yerno futuro,
por el padre de su yerno, y más que nada por su casi inmortalidad y por
su valor indomable, se abre camino por entre la muchedumbre furiosa, y
salva á su hija, abandonando la patria y buscando refugio entre los
persas. Así termina el tercer acto.
Al empezar el cuarto, han pasado ya bastantes años. Juliano el apóstata
está en el trono. Su mayor empeño es acabar con el cristianismo y
restablecer el culto de los dioses. Antes quiere que reverdezcan con más
vigor que nunca los laureles del imperio romano. Con poderoso ejército
ha ido contra Ctesifon, ha pasado el Tigris y ha alcanzado una gran
victoria sobre las huestes de Sapor, el Rey Sasanida.
Entre tanto, Apeles, que apenas envejece, vive en el desierto, en un
oasis, cerca de Palmira. Pérsida, Trifena y el marido de Trifena,
murieron tiempo há. Sólo acompañan á Apeles su consuegro y el nieto que
de Trifena ambos han tenido. Este nieto es ya un joven gallardo y
brioso, que se parece mucho á Zoe, á Febe y á su abuela Pérsida, y que
está representado lindamente por la señora Estela Hohenfels, la cual se
luce de veras en este drama, representando en cada acto un papel
distinto.
Apeles empieza ya á caer en la cuenta, cavila sobre la metempsícosis de
Pitágoras y de los indios, y sospecha que el alma de Zoe, de Febe y de
Pérsida, era la misma y que ahora está encarnada en su nieto.
Si he decir la verdad, esto me repugna más que nada. Pase porque el alma
trasmigre de cuerpo en cuerpo y cambie de condición, de creencias y de
carácter, según el cuerpo en que está y según el medio ambiente. Pero
que el alma cambie de sexo lo tengo por abominable. Dante y Petrarca
bramarían de cólera si topasen, en cualquiera vida ulterior, con Beatriz
y con Laura, convertidas en caballeritos, aunque fueran sus nietos.
Sea como sea, no nos detengamos en reflexiones y acabemos á escape.
El nieto de Apeles, que es un furibundo pagano, entra en una conjuración
para restablecer en Palmira la idolatría. Apeles sabe á tiempo su
propósito, y como no puede disuadirle de que vaya á la ciudad, le
acompaña.
En mala hora para los gentiles llega la noticia de la retirada
desastrosa del ejército romano y de la muerte del heróico emperador. Los
cristianos cobran entonces mayores bríos. En las calles y plazas de
Palmira se traba sangrienta y reñida batalla. Quedan en ella vencidos
los gentiles y muere el nieto de Apeles.
Este, que ha ido vagando por diversos climas y regiones sin poder morir,
llevando en la frente el signo de la vida, como Caín y el judío errante,
aparece de nuevo en Palmira, en el quinto y último acto. El genio de la
muerte, Pausanias, el que hace cesar todos los cuidados y dolores, le
había aparecido á Apeles en los momentos solemnes de los actos
anteriores, para arrebatarle las prendas más queridas. Pausanias sale
ahora de entre las ruinas. Apeles le pide la muerte, y Pausanias le dice
que él no puede morir. Todo muere ó ha muerto, sin embargo, en torno
suyo. Palmira está ya casi desierta. Los terremotos y las guerras han
derribado sus templos y sus palacios. Los bárbaros invaden por todas
partes el imperio y desbaratan ó arrollan las legiones de Roma. La
antigua civilización se hunde con el imperio.
Todavía hay en Palmira algunos gentiles que coronan de flores los
sepulcros, y que, en aquel día, que es la fiesta de Adonis, cantan el
himno de la muerte y de la resurrección, himno que Apeles ha cantado mil
veces y que su nieto cantó poco antes de morir:
«Así lo quiere el eterno Zeus: tú debes descender bajo la tierra
florida, y besar á la sombría Perséfone ¡oh hermoso Adonis! Al volver la
primavera, cuando corran murmurando las fuentes, tú, llorado ahora,
resucitarás alegre y besarás á la áurea Afrodite, ¡oh hermoso Adonis!»
La vida es un mal insufrible si no la interrumpe la muerte. Es menester
volver á ella bajo nuevas formas y en nuevos tiempos. No basta una vida,
por larga que sea, para alcanzar el complemento de nuestro ser. Es
inevitable el frió beso de Perséfone para surgir alegre en otra verde
primavera y recibir los besos de la áurea Afrodite. Tal es la enseñanza
del drama.
Su desenlace es patético.
En Palmira hay una santa mujer llamada Zenobia, portento de caridad,
consuelo y amparo de los afligidos y menesterosos. Apeles la ve. Y ella
le reconoce y él reconoce en ella á Zoe, á Febe, á Pérsida y á su nieto.
Zenobia hace entonces la mayor obra de caridad que jamás ha hecho.
Apeles se postra de hinojos á sus plantas, y ella pone la mano en la
frente y borra el signo fatídico que le retiene en la vida. El Genio de
la muerte, Pausanias, el apaciguador ó libertador de los cuidados, acude
entonces, se interpone entre Apeles y Zenobia, y Apeles muere.
Así es, en resumen, uno de los más celebrados dramas del moderno teatro
alemán.
Yo diré, para concluir, que es divertido verle y leerle: que es más
divertido aún admirar á la señora Estela Hohenfels en sus cinco papeles;
pero que, en lo tocante á enseñanza, lo mejor es no sacar ninguna de
este drama. Si creyésemos que se saca de él enseñanza, tendríamos que
imitar á Platón y desterrar á los poetas de nuestra República. Por
dicha, los poetas no valen por lo que dicen, sino por la elegancia,
primor y entusiasmo con que lo dicen. Leopardi es ateo, y está
desesperado de no tener Dios; Manzoni es un progresista católico;
Carducci celebra á Satanás, aborrece á Cristo y cree que el mundo
prospera porque el cristianismo acaba; Quintana es un volteriano que
pone como hoja de peregil á Felipe II; el duque de Frías se deshace en
elogios del rey prudente, y muchos de nuestros poetas mejores, aunque,
como Espronceda, sean progresistas en prosa, se lamentan en verso de la
_funesta manía de pensar_ y entienden que Dios los castiga porque han
querido averiguar muchas cosas que son inaveriguables. En suma; cada
poeta se va por su camino y sustenta opinión diversa y contraria á la
de los otros. Lo que importa es que la sustenten bien y con brío.
Entonces los aplaudimos á todos y cada uno de los que aplauden se queda
con la opinión que tenia, si no es un tonto y si no hace como los que se
mataban después de leer el _Werther_ de Goethe. Precisamente Goethe le
escribió para no matarse y como desahogo.
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