Siempre fuí yo partidario del arte puro; de que no haya en él otro fin
ni propósito que la creación de la belleza; dar pasatiempo, solaz y
alegría al espíritu y elevarle á esferas superiores por la contemplación
de lo ideal y de lo que se acerca á lo perfecto, cuando logra revestirse
de forma material ó bien expresarse por medio de signos, como son los
tonos y la palabra hablada ó escrita.
De aquí que yo, en obras de amena literatura, y especialmente en dramas
y novelas, guste poquísimo de la tesis, y menos aún de lo que llaman
Zola y sus parciales _documentos humanos_. A mi ver, tales documentos
deben coleccionarse en Tratados de estadística y en Memorias de
hospitales, presidios, cárceles y manicomios. Y lo que es las tesis,
cualquiera que tenga el antojo de demostrar alguna ó de inculcar y
difundir doctrinas morales, sociales, políticas ó religiosas, lo mejor
es que desista para ello de ser novelista ó dramaturgo, y componga
Tratados científicos, disertaciones, homilías ó peroratas.
No he de negar yo por esto que, en todas las edades del mundo y en todas
las naciones cultas, la mayoría de los autores de obras de
entretenimiento se han propuesto al escribirlas no sólo entretener, sino
también enseñar. La novela y el drama han sido para ellos docentes. Así
en la teoría como en la práctica han calificado de lecciones morales
todo cuanto han escrito, y al escribir han puesto la mira y se han
dirigido á un punto completamente fuera del arte.
Este hecho, sin embargo, sólo probará una cosa: que el afán de enseñar
fué lo que movió al autor á escribir; mas no que lo escrito valga por lo
que enseña, importe por la verdad que contiene, sino por la gracia, el
chiste y la hermosura que crea y luce.
El más claro y luminoso ejemplo de lo que digo nos le ofrece Cervantes
en el _Quijote_. Fué su propósito censurar los libros de caballería y
hacerlos aborrecibles. Y, á la verdad, si se hubiera limitado á dar en
el blanco, si sólo hubiese sido certero y si su ingenio no hubiera
volado muy por cima del objeto á que por reflexión quería dirigirse,
Cervantes sólo hubiera escrito un libro que ya no leería casi nadie y no
el libro inmortal que leerán y releerán siempre todas las personas de
buen gusto, ya en lengua castellana, si la saben, ya en cualquiera otra
lengua en que se traduzca medianamente.
Persisto, pues, en creer y en afirmar que el propósito de la novela y
del drama, y lo más substancial que debe haber en ellos, no es la
enseñanza, no es la demostración reflexiva.
El poeta, no obstante (y llamo poeta á quien escribe novelas y dramas,
aunque los escriba en prosa), pone ó debe poner en cuanto escribe toda
su alma. Y como esta alma no ha de ser vulgar, adocenada ó vacia, sino
que ha de estar rica de ideas, de doctrinas y de sentimientos elevados,
y han de encerrarse en ella los obscuros enigmas que piden explicación y
los temerosos y hondos problemas que se presentan á la humanidad para
que los resuelva; todo esto, que está contenido en el alma del autor ó
del poeta, aparecerá también y se reflejará en su obra, donde él pone
toda su alma.
De las consideraciones que acabo de exponer y que á menudo se ofrecen á
mi mente, nace, y yo lo confieso con sinceridad, una contradicción
evidentísima: la negación y la afirmación de lo mismo: lo que ahora
llaman una antinomia.
Afirmo, primero, que el arte ha de ser sólo por el arte, y afirmo en
seguida que el arte, sobre todo cuando es la palabra el medio que emplea
para producir la hermosura, contiene en sí y pone, en toda obra suya de
algún valer, cuantos problemas y enigmas estimulan la actividad del
entendimiento humano, moviéndole á negar ó afirmar y á pronunciarse en
uno ó en otro sentido.
Me consuela de mi contradicción y me mueve á creer que no debo ser
censurado por escéptico, sino aplaudido por sincero, el notar que la
contradicción mencionada no está sólo en mi, sino también en todos los
espíritus.
El arte debe ser por el arte. El poeta no debe proponerse la
demostración de ninguna tesis: no debe enseñar, sino deleitar. Y, sin
embargo, no hay novela ni drama de algún valer donde el poeta no quiera
resolver problemas sociales, morales, políticos ó religiosos. Y no hay
novela ni drama de algún valer, por lo mismo que es más numeroso y
apasionado el público que los oye ó los lee, que no sea vehículo mil
veces más eficaz que cualquiera otro libro para propagar doctrinas y
para divulgar y difundir novedades, que ya extravían á la gente, ya
vuelven á traerla al buen camino.
El poeta se propone á veces demostrar algo: á veces sólo se propone
divertir ó entusiasmar: pero, acaso cuando menos conciencia tiene y
menos propósito lleva de ser docente, es cuando enseña más, ya que,
poniendo el alma en su obra, pone también los enigmas y los problemas
que en ella hay y los descifra ó los resuelve á su modo.
A fin de explicar este influjo de las obras literarias, ejercido en
ocasiones sin propósito y hasta contra la voluntad del autor, se ha
inventado una palabra, para mi gusto nada bonita, pero muy gráfica. La
novela y el drama que en alto grado son así, se llaman _tendenciosos_.
¿Cómo negar, por ejemplo, que son _tendenciosas_ las novelas de Pereda,
que lo son también las de Pérez Galdós, que es _tendencioso_ el _Juan
José_ de Dicenta, y que _Los domadores_ de Selles son _tendenciosos_?
Lo que yo no quiero desentrañar aquí es la tendencia de cada una de
estas obras, y mucho menos cuál tendencia es buena y cuál es mala.
La intención puede ser distinta y hasta opuesta á la tendencia. Dramas ó
novelas hay (y no malos, sino buenos y escritos por autores de
grandísimo talento), que pueden producir y que producen en el público un
efecto enteramente contrario al que el autor se propone. El público
suele ser caprichoso y suele interpretar las obras literarias, en lo
tocante á la tendencia, de una manera imprevista para el autor y aun
para los críticos más agudos. Una misma persona, según la edad que tiene
y la instrucción que posee, al leer un cuento ó al ver un drama, puede y
suele juzgarlo de muy distinta manera. Valgan en prueba de esto los
_Viajes de Guliver_ de Jonatán Swift. Los leemos cuando niños y nos
divierten como cuento amenísimo, lleno de pasmosas aventuras. Y si los
volvemos á leer en la edad madura, notamos en ellos amarga sátira, negra
melancolía y desconsolador pesimismo. ¿Qué es lo que fundamentalmente
había en el alma y en la intención de Swift? No quiero entrar en tales
honduras. Voy sencillamente á dar cuenta aquí de dos dramas,
representados ahora con grande aplauso en los teatros de Alemania y
fruto del ingenio de dos famosos autores: Gerardo Hauptmann y Adolfo
Wilbrandt. No trataré de desentrañar la intención de ninguno de los dos,
ni los haré responsables de nada. Compararé sus obras con flores
hermosas de las que alguien, acaso, extraiga saludable bálsamo y de las
que alguien también acaso extraiga mortífera y dolorosa ponzoña. Lo que
no se puede negar, es que ambos dramas están inspirados por ideas y
doctrinas muy en moda ahora. No acierto á decidir si el público
candoroso, los jóvenes sin malicia y las señoritas inocentes, que
asisten á la representación de estos dramas, se dejan ó no influir por
las doctrinas perversas que los han inspirado, ó si sólo ven en ellos un
brillante juego de la fantasía ó bien una leyenda en acción, llena de
piedad y de creencias consoladoras.
A mi ver, el fenómeno es tan curioso, que merece detención y estudio.
_Hannele_ es el título del drama de Hauptmann. Cabe interpretarle como
una leyenda llena de fe religiosa ó como la expresión del pesimismo más
ateo y desesperado. Parte del público entiende lo primero, pero otra
parte se inclina á ver en el drama lo segundo. Hannele es una niña
enfermiza y nerviosa que apenas tiene quince años. Huérfana de madre,
vive en poder de su padrastro, menestral rudo y feroz, borracho casi
siempre, que maltrata de palabra y obra á la niña, le da mal de comer y
la obliga á trabajar de continuo. Hannele llega al extremo de la
desesperación, y en horroroso delirio se arroja á un estanque, buscando
la muerte. El maestro de escuela, inteligente, bondadoso, joven y
guapo, y que siente por la muchacha muy tierna simpatía, la saca del
agua y la lleva casi exánime, tiritando con el frío de la calentura, á
cierta casa de vecindad de gente pobre, donde ponen á la ñiña en un
mezquino camistrajo y vienen el médico á visitarla y una Hermana de la
Caridad á cuidar de ella. Toda la acción del drama es la agonía de la
niña moribunda. Las visiones de su cerebro salen fuera de él, toman
forma y cuerpo y se presentan al público en la escena, merced á la
poderosa imaginación del dramaturgo y á la habilidad del tramoyista, de
los pintores y de los sastres.
El tirano padrastro aparece aún, en aquel sueño, para atormentar á
Hannele. A la Hermana de la Caridad le brotan alas y se convierte en
ángel de la guarda. El ángel negro de la muerte sobreviene luego para
poner término á la existencia de aquella desventurada. Entonces todas
sus más poéticas aspiraciones, todos sus afectos más puros y hasta sus
naturales apetitos, nunca satisfechos, de goces materiales, de bienestar
y de reposo, y todas sus esperanzas, se cumplen y se logran de un modo
ilusorio, en el delirio que precede á la muerte. La madre de Hannele
viene á consolarla, como si fuera una santa; el maestro de escuela, que
había inspirado á Hannele un delicadísimo amor de adolescente, se
convierte en Jesucristo, como para darle la mano de esposo; matizados y
luminosos coros de ángeles cantan melodiosamente muy lindas canciones,
ofreciendo á Hannele toda clase de regalos y de cosas exquisitas,
suculentos manjares y hasta confites. La misma vanidad de la criatura,
que empieza á ser mujer, es profusamente lisonjeada. El Príncipe le
envía sus emisarios y servidores, y la calzan con preciosos zapatitos,
como á la Cenicienta, y la coronan de flores y la adornan con ricas
vestiduras de desposada, y la atavían por tal arte que parece hermosa y
gallarda. La colocan luego en un resplandeciente lecho de cristal, que
ya parece féretro, ya tálamo. Y por último, se abre una senda ó escala,
inundada de luz y cubierta de flores, y el maestro de escuela,
convertido en Jesucristo, toma de la mano á Hannele y se la lleva al
cielo, caminando en triunfo con ella, bajo arcos de verdura que forman
dos hileras de ángeles, cruzando los ramos de palmera que sostienen en
sus blancas manos.
Al cabo cesa la música, los resplandores se extinguen; la visión
celestial se disipa. Vuelve á aparecer la inmunda casa de los pobres y
el angosto lecho en que Hannele está postrada. Entra el médico en
escena; mira á la muchacha y dice: ¡Está muerta! Así acaba el drama.
Yo me preguntaba cuando le ví y me pregunto hoy: ¿Es culpa del autor ó
es culpa de la perversa interpretación que yo doy á su obra?
Sea lo que sea, la impresión que yo recibí fue muy triste. Yo entendí
que el autor pinta la vida como abominable para la mayoría de los seres
humanos, sin más esperanza de reposo que la muerte y sin más consuelo ni
premio que la incoherente fantasmagoría, suscitada por la fiebre, y
donde se barajan, en disparatada confusión, los cuentos y consejas
vulgares, lo sobrenatural que sabemos por el catecismo, y los bienes y
goces que forja la imaginación, cuando la vanidad, el instinto amoroso y
hasta el hambre no satisfecha la estimulan.
A mi ver, en el drama del Sr. Hauptmann no quedan, con mayor realidad
objetiva que el cuento de la Cenicienta, todas las esperanzas
ultramundanas y todas las más altas verdades religiosas.
Otro día analizaré el otro drama que he citado, que se titula _El
maestro de Palmira_, y que aún me parece más extraordinario.
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