En cualquiera punto de este planeta en que vivimos, en la prolongación
de los tiempos pasados, según lo que por la historia se sabe y también
en los tiempos futuros, hasta donde nuestra previsión alcanza, todo ser
humano tiene y tendrá no poco que sufrir, gran multitud de cosas en que
ejercitar su paciencia, mil peligros que arrostrar empleando su valor, y
no corto número de adversidades y disgustos para desplegar y lucir su
santa resignación y su conformidad cristiana, compitiendo con Job y
hasta venciéndole.
Para consuelo ó alivio de tantas penas nuestro ingenio ha sido fecundo
en sutiles y discretas invenciones. Y la mejor de todas es, á mi ver, la
poesía narrativa ó dramática.
Las contrariedades menudas y los males pequeños que nacen con frecuencia
de la tontería de los hombres ó de las mujeres, representados luego por
el poeta en una novela ó en un drama, pierden y deben perder casi toda
su amargura; remediándola ó suavizandola con inocentes ó benignas burlas
y ahogándola en risa.
Y cuando los males son grandes y terribles, todavía es más discreta y
bienhechora la invención que los remedia ó los consuela. El poeta, en la
novela ó en el drama trágico, debe representar estos casos con
verosimilitud y fidelidad tan extrañas y hábiles, que en vez de
producirnos el mal rato, el ataque de nervios ó los sentimientos penosos
que nos producirían dichos casos si fuesen reales, nos produzcan un
exquisito y espiritual deleite que llaman estético.
Tal era y tal debe ser, desde muy antiguo, el fin noble y redentor del
arte.
Aristóteles llamaba á esto la purificación de las pasiones, es á saber:
que el terror y la compasión, que en la vida real son tan dolorosos y
aflictivos, gracias al encanto divino de la poesía, se convierten en el
drama y en el poema narrativo en placer delicado, porque el terror
entonces no nos enerva ni nos humilla, y porque entonces son dulces las
lágrimas.
¿Cómo he de negar yo el maravilloso talento de muchos autores del día,
extranjeros y nacionales? Lejos de negarle, le reconozco y le admiro;
pero me quejo de ellos y los censuro y los encuentro más fotógrafos que
poetas, porque faltan al precepto aristotélico, que es, en mi sentir, el
fin del arte, y porque pintan las miserias y desventuras humanas con tan
minuciosa exactitud y con tan científico, experimental y poco poético
detenimiento, que se diría que sus libros, en vez de ser de pasatiempo y
de recreo, vienen á reemplazar los silicios, las disciplinas y otros
medios á propósito para mortificarse y hacer vida penitente.
La diferencia está en que con los medios antiguos se ganaba el cielo, y
con la lectura de estos libros ó con el espectáculo de estos dramas no
se gana nada.
Aunque á mi no me cabe en la cabeza que los dramas y novelas así
escritos puedan y deban considerarse como _documentos humanos_, como
materiales y ripios, con los cuales ha de construirse la ciencia social
del porvenir, todavía concedo que el que crea en el valor de tales
documentos los reuna y confeccione, atormentándonos con ellos. La letra
con sangre entra. Pero lo que no concedo es que esté bien que los
documentos sean falsos: que se ponga tragedia donde no hay motivo de
tragedia: y que, habiendo tanto infortunio dialécticamente producido, se
creen infortunios infundados y disparatados como una pesadilla.
Cuanto queda expuesto se me ha ocurrido recientemente con ocasión de
haber oído el _Fausto_, de Göethe, casi de seguida, primero en dos
óperas, ambas de muy hermosa música, y después en los dos magníficos
dramas, representados ambos con aparato y lujo portentosos, en el teatro
imperial y palatino de la gran ciudad de Viena.
Se cuenta que D. Ventura de la Vega, agobiado ya por las enfermedades y
previendo su próxima muerte, llamó un día á sus hijos para confiarles,
antes de morir, un misterioso secreto, cuya pesadumbre le abrumaba el
alma. Después de recomendarles el sigilo, que ellos han roto, pecado de
que creo debemos absolverlos, aquel padre cariñoso les confesó que el
Dante le aburría.
A mí no me aburre Göethe. Si me aburriese, no andaría con tapujos, ni lo
confesaría sólo _in articulo mortis_ y en lo hondo de mi casa; pero
aunque soy fervoroso admirador de aquel glorioso poeta, que era además
gran sabio y sutil y razonable filósofo, y aunque le he elogiado
pomposamente en varios escritos míos, me sucede ahora que, echando á un
lado el prestigio mágico de su estilo, como quien descorre un velo que
disimula los defectos y realza las bellezas, he descubierto en el Fausto
rarezas tan chocantes, que temo que se me agrien ó se me pudran en lo
interior del alma si no las digo y me desahogo.
Poniendo, pues, á un lado y en salvo mi extraordinaria admiración por
Göethe, voy á decir aquí algunas de estas rarezas.
En primer lugar, me pasma y me enoja que el Dios de Göethe tenga el
capricho, en su conversación con el diablo, de presentar á Fausto como
un segundo Job, como un modelo de varón justo, aunque débil y sujeto á
error como todo el que aspira.
Verdaderamente, si en la segunda mitad del siglo XV, en que la humanidad
dió cima á tan altas empresas, no hubo hombre mejor que Fausto, es
menester confesar que la humanidad no vale un pito.
Pero no es esto lo más singular; lo más singular es que Fausto, á quien
el poeta nos presenta en las primeras escenas como un sabio de
extraordinaria magnitud, resulta luego un tontiloco.
Tengamos la manga ancha. Disculpemos á Fausto por su desesperación al
verse viejo, pobre, desatendido, á pesar de su mucha sabiduría, habiendo
gozado poquísimo y en resumidas cuentas sin saber nada á punto fijo
después de haberse quemado las cejas estudiando día y noche sin
divertirse, sin holgarse y sin echar una canita al aire. Disculpémosle
también del conato de suicidio, y disculpémosle, por último, aunque se
escandalicen mis lectores, de que haga un pacto con el diablo y le firme
con la sangre de sus venas.
Harto se entiende que el diablo, que no es estúpido y que debía estar ya
escarmentado, celebra este pacto por si topa, como si dijéramos,
sabiendo que se expone á quedar burlado y estafado, y á que Fausto por
intercesión de algún santo ó santa que abogue por él, se largue al cielo
y deje al diablo con un palmo de narices. Casos por el estilo habían
ocurrido ya y debían estar consignados en los archivos y anales del
infierno. Así, por ejemplo el del monje Teófilo, y el de Cipriano,
mágico prodigioso de Antioquía.
Para un sujeto travieso y listo, fundado en la tontería del diablo y
envalentonado con tan curiosos precedentes, un pacto con el diablo ha
de ser una ganga de la que debe sacar mil provechos y ventajas. Aquí
entra, en mi sentir, la inexplicable tontería, el idiotismo perverso del
Fausto de Göethe, sobre todo en lo más humano y menos simbólico, en la
primera parte, en sus amores con Margarita.
No digo yo un caballero particular cualquiera, que no haya estudiado
libro alguno y que se caiga de tonto, sino el propio Pedro Urdemalas no
lo hace peor que Fausto lo hizo.
Remozado ya, elegante y guapo, apasionado y discreto, ¿qué necesidad
tenía de joyas para enamorar á Margarita? ¿No deslustraba con esto el
carácter de su querida, haciéndola aparecer tan comprada como enamorada?
A no dudarlo, el regalo de las joyas afea y empequeñece el principio de
aquellos amores.
Se ve luego que Margarita, sin que nadie la vigile ni la acompañe, va
sola donde quiere. En el jardín de Marta juega al escondite con su
amigo, y sin duda en cualquiera otro sitio, todavía más cómodo, podía
estar con él á solas todo el tiempo que quisiera hasta hartarse. ¿Qué
lujo de perversidad, sin razón que la justifique, no hay, pues, en el
empeño de Fausto y Margarita de estar juntos por la noche al lado de la
madre de ella, en lo cual hasta hay mucho de repugnante y de asqueroso?
Y crece de punto la perversidad, cuando Margarita, la candorosa y
angelical Margarita, excitada por Fausto, y á fin de que su mamá no se
despierte, la atiborra de bromuro de potasio, de opio, de láudano y de
otros potingues narcóticos, hasta que acaba por matarla.
A veces se diría que Fausto quiere á Margarita. A veces se diría que no
la quiere y que es un ingrato y un galopín de siete suelas. Su
insensatez incoherente no se presta á clara interpretación.
Convertido en músico, su diablo lacayo va con Fausto á dar serenata á
Margarita; y Fausto tiene la impiedad y la poquísima vergüenza de que su
diablo lacayo insulte con indecentísimas coplas á la pobre muchacha por
la falta que ha cometido en amarle y en consentir en ser suya. Ahora
viene lo mejor. Margarita tiene un hermano, soldado, valiente y
espadachín y muy celoso de su honra, aunque no era menester serlo mucho
para enojarse contra el doctor Fausto, que estaba alborotando la calle y
á todos los vecinos con aquella retahila de sucios improperios puestos
en solfa.
Nada más natural que la decisión que toma Valentín de pinchar al doctor
Fausto como quien pincha á una rata.
Yo convengo en que nadie gusta de que le pinchen así; pero hay medios de
evitarlo, sobre todo, cuando se encuentra con el demonio, más ingeniosos
y decentes que los que Fausto emplea. Él sabía poco ó nada de esgrima, y
distaba mucho de pensar como San Buenaventura, que dice que cuando
alguien nos acomete con una espada desnuda debemos dejarnos matar y no
matarle, porque sería cruel, matando á nuestro adversario, enviarle al
infierno, mientras que si él nos mata, y nosotros nos resignamos á
morir, nos iremos derechitos al cielo; pero, sin imitar á San
Buenaventura, bien pudo hacer Fausto que el diablo se llevara á Valentín
en volandas ó valerse de otro medio cualquiera para no asesinar infame y
traidoramente al hermano de su amiga.
Después del asesinato de Valentín, Fausto se queda tan fresco, y para
distraerse, se larga al aquelarre á bailar un fandango con varios brujas
jóvenes,
_altas de pechos y ademán brioso._
Margarita, entretanto, ha acudido con muchas comadres del barrio y otra
gente desocupada, á ver morir á Valentín, que le echa un largo discurso,
llamándola _metze, coram pópulo_, por si alguien no se había enterado.
Después de tantas catástrofes, muerta la madre á fuerza de dormir,
Valentín asesinado, y deshonrada ella públicamente por las cancioncillas
del diablo-músico lacayo de su amigo y por el discurso moral de su
hermano moribundo, poco tiene que perder y nada tiene que ocultar
Margarita. No se comprende, pues, la determinación que toma de matar á
su hijo, arrojándole al agua. Haría tan mala obra en un momento de
enajenación mental; pero Fausto debió preverlo, y en vez de ir á retozar
con las brujas, poner á Margarita en una buena casa, cuidarla y darle
bien de comer, y separar al niño de su lado para que no hubiese aquel
estropicio que después hubo.
El diablo no le valió sino para hacer sandeces; ni siquiera se le
ocurrió á Fausto que aquella bruja joven, con quien bailó en el
aquelarre y la hermosura de cuyos pechos celebra en una copla muy
galante, hubiera podido servir de nodriza para su hijo, ya que no
quisiese él bajar al seno de las Madres para traer desde allí á la misma
cabra Amaltea, nodriza de Júpiter.
Pero nada; el imbécil de Fausto no celebró pacto con el demonio, sino
para cometer delitos inútiles é incurrir en más simplezas que el propio
D. Simplicio Bobadilla y Majaderano.
Prescindo ahora de la segunda parte ó tragedia de Fausto. Todo allí es
fantasmagoría: todo está lleno de enigmas filosóficos y de veladas
enseñanzas.
Fausto apenas es allí ser humano: es un símbolo, es como el héroe
epónimo de la sociedad y de la edad modernas; lo cual no quita que en la
primera parte, en lo que se asemeja más á la vida real, Fausto, sea, si
no un malvado, un imbécil.
Y sin embargo, ¿en qué consiste que Fausto y Margarita interesen y
enamoren tanto á las almas sensibles y hasta á las niñas honradas, que
de seguro no harían todas las atrocidades que hizo Margarita de
envenenar á su madre y de matar á su hijo?
Por hoy no sé en qué consiste esto. Otro día trataré de averiguarlo.
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