Muy señor mío y distinguido amigo: Ya anuncié á Vd. que tenia yo
muchísimo que decir sobre la cuestión del llamado _Teatro libre_. No
extrañe, pues, que le dirija esta tercera carta, procurando que sea la
última, si bien acaso no lo consiga. No una serie de breves artículos,
sino una obra en dos ó tres gruesos tomos pudiera escribirse sobre la
cuestión mencionada.
Cada cual tiene su modo de discurrir, y yo también tengo el mío. Suele
éste consistir en presentar, de antemano, extremándolos, los argumentos
más poderosos que contra mi tesis pueden dirigirse, y en decir luego,
_si licet in parvis magnis exemplibus uti_, lo que dicen que dijo
Galileo: _e pur sí muove_.
De aquí, sin duda, que el ingenioso y agudo _Clarín_, lisonjeándome
mucho con sus generosas alabanzas, haya impugnado, no mi tesis, sino los
argumentos que previamente presenté yo en contra de ella, á fin de
saltar luego por cima y desbaratarla. Fueron á modo de obstáculos que yo
mismo puse para hacer más lucida la carrera y que tuviese saltos y todo.
_Clarín_ ha removido ó allanado los obstáculos. Dios se lo pague. Así mi
carrera será por lo llano: si menos lucida, más fácil.
El teatro, repito, es hoy, libre en España, y no puede ni debe serlo
más. Lo que importa, por consiguiente, es establecer un teatro _normal_
ó _modelo_. _Clarín_ mismo se ha encargado de refutar no pocos de los
argumentos que se ofrecen en contra. Estoy de acuerdo con él: mejor es
someterse al fallo de una junta directiva compuesta de los más
entendidos y reputados literatos, que no al capricho de un empresario,
tal vez ignorante, y tal vez sujeto al influjo de envidiosos y
aduladores que, hasta por no dar la cara, pueden dar, sin temor ni
escrúpulo, muy malos consejos.
Con el beneplácito y auxilio de _Clarín_, establezco el teatro _normal_
ó _modelo_, y le establezco _en principio_, para lo cual nuestra
voluntad basta y sobra, sin que tengamos necesidad de dinero, ó de lo
que en cierto lenguaje picaresco se llama _caballo blanco_.
A pesar de mi radical individualismo, he tratado de demostrar y creo
haber demostrado que, hasta después de llegar á la deliciosa anarquía,
término ideal de la perfección humana, conviene que persista algo á modo
de gobierno, el cual dirija y ordene las manifestaciones ó _epifanías_
del Genio colectivo: que persistan un ministerio del culto y otro del
teatro y demás ceremonias, pompas y fiestas nacionales profanas. Así,
sin contradicción con mi individualismo, afirmo yo que el teatro
_normal_ ó _modelo_, debe hoy, con más razón que dentro de ciento
cuarenta y seis siglos, cuando la humanidad colectiva nazca, ser
sostenido por el Estado. Que le sostengan uno ó varios particulares
ricos es menos plausible, menos posible y menos decoroso. Es menos
plausible porque el particular ó los particulares se propondrán ganar
dinero, como cada hijo de vecino, y entonces el teatro _normal_ ó
_modelo_ no lo será en realidad, sino será un teatro, peor ó mejor,
_libre_, aunque sujeto á una empresa particular como las demás que hay
ahora. En el día no cabe esperar que salgan á relucir magnates,
príncipes, ediles rumbosos, como los que hubo en lo antiguo, que se
gastaban millones de sestercios, ya para divertir y entusiasmar á la
plebe con espléndidos espectáculos, ya para erigir grandiosos monumentos
y hermosear á su patria, como hicieron Heredes Atico y otros. ¡Buenos
andan los ediles de ahora para descolgarse con semejantes bizarrías! Y
si bien se mira, hasta los ediles de otros tiempos no solían ser
desinteresados cuando se descolgaban con ellas, porque, ó se parecían á
aquel señor Robres del epigrama, que hizo á los pobres antes de hacer el
hospital, ó bien derrochaban el dinero para satisfacer la ambición,
ganándose el favor de la muchedumbre y comprando sus votos.
Es poco plausible y es casi imposible que un particular ó varios
sostengan el teatro _normal_, porque debe ser sostenido con
desprendimiento y sin que piense ganar dinero ni nada quien gaste su
dinero sosteniéndole. Y es además menos decoroso que le sostengan
particulares, porque el pueblo no ha menester, en el día, esta á modo
de limosna. Decidamos en virtud de todo lo dicho, que sea el Estado
quien le sostenga, esto es, la nación ó el pueblo mismo. La junta
directiva y los actores, en vez de ser los asalariados de un particular,
recibirán su salario de Estado, ó sea del pueblo, lo cual, á mi ver, es
más digno y honroso.
No recuerdo bien lo que dice _Clarín_ de que no quiere ó de que no pide
lujo. Entendámonos. Si por lujo se entiende lo que yo entiendo, yo le
quiero y le requiero. Y si ahora no le pido es porque sería pedir
cotufas en el golfo, y porque con esta picara guerra de Cuba no está la
Magdalena para tafetanes. Pero supongamos, y Dios nos oiga, que ya se
acabó la guerra de Cuba y que volvemos á tener prosperidad y
bienandanza. Esto supuesto, ya me tienen Vds. pidiendo el teatro
_normal_ ó _modelo_, sostenido por el Estado, no para ganar, sino para
perder anualmente, aunque el teatro esté todas las noches de bote en
bote, un millón de pesetas que iguale los ingresos con los gastos.
El emperador de Austria, caballero muy cabal, de gusto delicado, con
cuantiosas rentas propias, edil á la antigua sin ambicionar ya nada, y
si no Herodes hebreo, porque gusta de los niños y no los mata, nuevo
Herodes Atico, porque hermosea á Viena con monumentos magníficos, dicen
que se gasta en el teatro más de 500.000 florines al año, lo cual sube
por cima del referido millón de pesetas.
¿Por qué, no el monarca, que como particular dista bastante de ser tan
rico, sino el Estado cuando salga de guerras y de apuros, no ha de
imitar aquí al emperador munífico de que voy hablando?
En pocas cosas podría emplearse el dinero con mayor beneficio del buen
gusto, de la general ilustración y de la cultura.
No es feo el teatro del Príncipe. Por esto, porque recuerda grandes
triunfos literarios y artísticos, y por otras mil razones, debe
conservarse, cuidarse y tenerle abierto siempre que se pueda, con buena
compañía. ¿Pero en la nación que se jacta, sin pecar de vanidosa, de
poseer la más rica, original y sublime literatura dramática, sin que se
le adelanten Grecia, Inglaterra y Francia, á pesar de Esquilo,
Eurípides, Sófocles y Menandro, y á pesar de Shakespeare, Corneille,
Racine y Molière, es bastante monumento nacional de esta gloria, es
digno templo de nuestra Melpómene y de nuestra Talia el antiguo y
modesto Corral de la Pacheca, por muy corregido, repintado y revocado
que le pongamos?
Lo primero, por consiguiente, había de ser erigir para teatro _normal y
modelo_ un edificio grande y hermoso donde se luciesen el arquitecto de
más mérito y fama y nuestros más valientes escultores en las estatuas y
relieves que adornasen y magnificasen la fachada, los peristilos, los
anchos pórticos y las empinadas acroteras. Ya se entiende que este
edificio había de estar aislado, no empotrado entre casas como los
pobres teatros que ahora tenemos, salvo el teatro Real, tan
abominablemente feo en lo exterior, que harto bien merece estar
empotrado.
En fin, yo quisiera en Madrid un nuevo teatro Español, que fuese al
teatro alemán de Viena (Hofburgtheater) lo que, en proporción
geométrica, es la literatura dramática española á la literatura
dramática alemana.
Construído ya el teatro, sería menester dotarle de toda la maquinaria,
decoraciones, trajes y demás riquezas y esplendores que en el de Viena
hay y se lucen.
Luego debería formarse una buena compañía de actores, igual y armónica,
digámoslo así; esto es, que no hubiese uno ó dos actores buenos y hasta
excelentes, siendo los demás malos ó medianos; sino que todos ellos
compusiesen un bien concertado conjunto, y que asimismo no repugnase
ninguno representar un papel que le pareciese de poca importancia ó
lucimiento, sino que se sometiese al director y á su severa disciplina.
De esta suerte saldrían bien representados todos los dramas, y el bueno
parecería mejor, y el no muy bueno parecería tolerable.
Otra cosa de que importaría muchísimo que cuidase la junta directiva es
de que el personal fuese muy guapo, en particular las mujeres. La
educación estética de un pueblo no se forma ni se mejora, sino se
corrompe y se vicia, manifestándole lo feo, lo inelegante, lo canijo, lo
estropeado, lo ruin y lo plebeyo de la figura humana. Así como la
naturaleza influye en el arte, ya que Fidias y Praxiteles no hubieran
esculpido las maravillosas imágenes de Júpiter, Minerva y Venus, si no
hubieran tenido modelos de gran valer, así el arte influye en la
naturaleza, porque las mujeres y los hombres, que contemplan lo bello en
las representaciones artísticas, se enriquecen la imaginación, é
influyendo esto en todo el organismo vital, hace que nazcan chiquillas y
chiquillos preciosos. Está probado que, desde el siglo de Pericles en
adelante, las mujeres griegas, á fuerza de contemplar las obras maestras
de la escultura y de la pintura, vinieron á ser mucho más hermosas que
en los siglos anteriores: Y yo he leído también, en autores muy
formales, que esas aéreas, aristocráticas y semi-divinas imágenes de
mujer, que en los libros de Keepsake nos deleitan, no son copia de las
Ladies y de las Misses más celebradas, sino son como norma ó pauta á la
que esas Misses y esas Ladies se han ajustado, y son como molde en que,
trascendiendo de lo espiritual á lo físico, las han fundido sus madres.
El entendimiento elevado, la no común habilidad, y sobre todo el genio
del artista, no equivalen, sino valen más que la hermosura. Esa
portentosa luz interior del espíritu se difunde por todo el cuerpo y le
ilumina y hermosea. Claro está, por consiguiente, que en los actores y
actrices principales no tendrá la junta directiva que investigar y
probar si hay ó no corporal belleza. La dicha investigación, la prueba y
el cuidado se ordenan sólo para las figurantas, coristas y otra gente
de segundo ó de tercer orden.
Digo esto no en tono de broma, sino con la mayor gravedad. Lo demostraré
con un ejemplo.
En el Hofburgtheater de Viena, se representa el _Fausto_ (primera y
segunda parte) con todas sus fantasmagorías y con todas sus magias:
hasta con el _Prólogo en el cielo_. Allí, en medio de sonrosadas y
luminosas nubes, se adelantan los tres arcángeles, Miguel, Rafael y
Gabriel, y declaman, al compás de una música verdaderamente celestial,
aquel elocuentísimo himno en alabanza del Criador y en alabanza del
Universo, su obra, la cual sigue hoy tan perfecta como en el día en que
fué creada. Los tres arcángeles son tres muchachas altas, esbeltas,
airosas y tan ligera como elegantemente vestidas. Yo aseguro que parecen
de verdad los tres arcángeles, con alas refulgentes, con áureos yelmos y
con fulmíneas espadas. Pero si fueran tres hembras de formas
exuberantes, paticortas y cabezudas, ¿cómo habían de parecer arcángeles?
Desde el comienzo se pondría en ridículo el poema de Goethe, y se haría
del empíreo la más ruin y bellaca caricatura. Es indispensable, pues,
que sean guapas las actrices de tercer orden. Y aquí debo advertir que
no basta para esto el cuidado de la junta directiva. Es menester también
que los españoles desechen la propensión que tienen, _more turquesco_, á
retirar del teatro á toda mujer guapa, aunque sea casándose con ella y
muy santamente. Yo doy por seguro que rara vez, ó que nunca se le
ocurre á un alemán, por enamorado que esté, incurrir en rapto y
secuestro tan perjudiciales á la estética y á las artes todas, antes
bien se engríe de que la muchedumbre contemple y admire desde lejos lo
que él más de cerca y con mayor intimidad acaso contempla y admira.
Es indudable, á mi ver, que si los citados tres arcángeles fuesen tres
princesas ó reinas, más ó menos morganáticas, seguirían saliendo á las
tablas con beneplácito y satisfacción de sus principes ó reyes.
Me voy extendiendo demasiado. ¡Pero hay tanto de que hablar en estos
asuntos teatrales!... En fin, yo pido disculpa, y termino esta carta
pidiendo también permiso para escribir otra que será definitivamente la
última.