II

Muy Sr. mío y amigo: Ya dije á V. que no quiero ni comprendo el teatro

libre ó sea más libre que los teatros que hay ahora en España. Esto no

se opone á que yo quiera y desee un teatro normal ó modelo. Y como dicho

teatro ha de estar en algún punto y no le hemos de fundar en Ovejo, en

Churriana ó en la Madroñera, lo natural y razonable será fundarle en

Madrid, sin hacer caso de la ruin y disparatada envidia del

regionalismo.

Aquí se me ocurre algo que me atrevo á llamar antinomia y que no puede

menos de motivar una digresión inevitable aunque prolija. Ojalá que no

sea cansada. Mil y mil veces he sostenido que la literatura, sobre todo

la amena, si ha de ser natural y espontánea y no artificiosa y criada en

invernáculo, conviene que sólo tenga por Mecenas al público que la lea,

la pague, la comprenda y la inspire. Nada de protección por parte de

principes y de gobiernos para novelistas y poetas. Alfieri compuso un

elocuente y hermoso libro sosteniendo esta tesis y yo le he aprobado y

aplaudido. Pero aquí surge la antinomia. Trataré de explicarla.

Yo creo á pie juntillas en el progreso indefinido. El término ideal de

este progreso es, en mi concepto, individualista.

El linaje humano, constituido en sociedad, puede adelantar tanto en el

camino de la perfección que casi ó sin casi no necesite gobierno. En la

meta de su carrera triunfante coloco yo, en mis sueños dorados, una

pacífica y deliciosa anarquía. El interés de los particulares, la

iniciativa y los bríos de asociaciones libres procurarán hacer y

conservar caminos y canales, llevar las cartas, cuidar de telégrafos, de

teléfonos y de cuanto más tarde se invente, y fundar y sostener escuelas

donde cada cual enseñe lo que más verdadero, útil ó bonito le parezca.

Y, como progresaremos tanto que los hombres, según determina la

Constitución de 1812, serán todos justos y benéficos, los tribunales y

los jueces estarán de sobra. El orden público será tan primoroso é

inalterable que no será menester fuerza armada que le conserve. Y como

las naciones no seguirán amenazándose y tratando de saquearse unas á

otras, sobrevendrá la paz perpetua y se suprimirán el ejército y la

marina nacional, tan costosos en el día. De aquí que el gobierno no

servirá para nada, y los pueblos, por evolución y no por revolución,

pacífica y no tumultuosamente, los obligarán á que se jubilen. Tal es

el risueño porvenir que yo me finjo, pero no he de negar qué está muy

remoto. Todo es relativo, según decia D. Hermógenes. Los sabios modernos

dan millones de años de existencia á este mundo en que vivimos. La vida,

el _protoplasma_, la _monera_, ó como queramos llamarlo, apareció

también mucho tiempo ha. Y el hombre, valiéndose ya de la palabra, con

organización social, y hasta fundando reinos, imperios y repúblicas,

vive, si hemos de creer á sabios profundos, hace veintiséis mil años.

Por aquel entonces, afirma Rodier, como si lo hubiera visto, que los

arios se disputaron, se dispersaron y se dividieron en indios, iranios y

otros pueblos, de quienes proceden las más nobles naciones de Europa.

Aceptado lo dicho, resulta que la humanidad es ya muy vieja, y con todo,

yo he leido en un libro de otro sabio más profundo aún, esta sentencia

que me ha dejado turulato:

_La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún._

El sabio echa después sus cuentas, se mete en muy ingeniosas honduras, y

averigua, determina y declara la época en que la humanidad empezará á

nacer. Será, sobre poco más ó menos, dentro de catorce mil y seiscientos

años. Me parece que en período tan amplio bien puedo yo estirar y

extender con holgura mis esperanzas hasta su completísimo logro en la

anarquía de que he hablado. Suponiendo ahora que con el andar de los

siglos subimos á tan gloriosa cumbre y alcanzamos tamaña ventura,

todavia no me explico que, suprimidos los gobiernos según son y se

conciben hoy, no haya y persistan órganos directores de esa humanidad

colectiva que nace y de cada una de las diferentes naciones, que han de

permanecer separadas y distintas, á fin de que la monotonía y la

uniformidad no aburran á los hombres y no los impulse á ahorcarse.

Imaginémonos llegados á la perfección en cuanto cabe en lo humano. No

necesitaremos gobierno que ampare y reprima porque la paz y la seguridad

serán completas, ni que nos haga ferrocarriles, carreteras y otros

medios de comunicación más ingeniosos que en lo venidero se inventen,

porque nosotros lo haremos, ni que procure nuestro bienestar material,

porque le procuraremos nosotros, ni que nos enseñe en sus escuelas

públicas, porque cada uno de nosotros enseñará y aprenderá lo que se le

antoje.

Y sin embargo, hasta dentro de esta soñada perfección, sería ineludible

el órgano de que hemos hablado: un gobierno por otro estilo, pero al fin

un gobierno. Compongámosle, pues, de un Gran Metafísico, como en la

Ciudad del Sol de Campanella, el cual convendría que fuese un rey

hereditario, separado secularmente del vulgo, para que tuviese majestad

y careciese de una larga parentela ordinaria ó cursi, y asesorado este

rey ó gran metafísico de un consejo ó asamblea de varones doctos

elegidos por el pueblo.

El ministerio ú oficio de este supremo directorio había de ser ordenar

las manifestaciones del espíritu colectivo, sin el cual la nación se

desmenuzaría y no sería nación, sino conjunto material, inarmónico y

deforme de individuos que en lo tocante á la comunión de los espíritus

quedarían aislados, y no con vida sino con muerte colectiva.

Infiérese de todo que, hasta en un ideal inasequible ó sólo asequible

dentro de ciento cuarenta y seis siglos, y ya por dicha desgobernados

los hombres en cuanto importa á su interés material, no podrían menos de

tener un directorio que diese unidad y que ordenase las apariciones,

epifanías ó muestras constantes del Genio de la nación, que no muere ni

puede morir sin que la nación muera. Por consiguiente, el órgano,

vicario ó delegado de este Genio, exento ya de cuidados materiales, sin

armas para defenderse y ofender, sólo se emplearía en las cosas del

espíritu y éstas serían de dos clases esencialísimas.

Claro está que yo, que soy tan fervoroso amante de la libertad y tan

firme creyente en ella, no puedo suponer que entonces no la tuviese

completa cada individuo para pensar y decir de Dios lo que mejor le

pareciese y para adorarle y darle culto á su manera. Pero la religión es

de dos modos. Por uno de ellos, más profundo y más íntimo, pero menos

solemne, cada alma humana se pone en relación con su Hacedor y le busca,

y tal vez le halla y hasta consigue unirse con él por inefable

misterio. Por el otro modo, más solemne y excelso, y en mi sentir

ineludible, porque sin él lo más grandioso y bello de la existencia

desaparecería, la muchedumbre de los seres humanos concordes todos, y

por bajo de ella cada nación separadamente, deben adorar á Dios y tener

su culto, sus sacerdotes, sus templos y sus ceremonias y pompas

religiosas.

Aun supuesta la religión católica ó cosmopolita, será, valiéndonos del

símil de un gran poeta, como la luz, que suscita diferentes colores en

los diferentes objetos en que se posa. De aquí que la religión, aun

siendo universal y única en su esencia, ha de tener en cada pueblo

aspecto distinto en los accidentes y en la forma.

Importa, pues, aunque lleguemos á la perfecta anarquía de mi sueño, que

haya una religión del Estado en que aparezcan y den razón de sí la idea

y el sentimiento colectivos del Genio nacional, y que haya una dirección

para esto, dirección nacional que deberá ponerse y conservarse en

perfecta concordancia con el centro directivo y superior religioso, en

lo que tiene la religión de universal ó de católica.

Y vea Vd. por donde, hasta realizada ya mi deliciosa anarquía, dejo yo

en pie ó reconstituyo sobre más hondas bases y firmes cimientos uno á

modo de ministerio de cultos, con Concordatos y todo, y hasta con un

seminario ó Universidad católica central, donde se enseñe

fundamentalmente la teología del Genio nacional, las creencias

religiosas, metafísicas y morales del espíritu colectivo.

La otra epifanía ó manifestación constante y gloriosa del Genio de la

nación es el arte. Y del arte, el teatro es lo más sintético y acabado.

En él concurren y presiden Apolo y todo el coro de las Musas. La Poesía

se alza en el centro como reina, y en torno de ella, acatándola,

sirviéndola y cuidando de su ornato y alto decoro, han de estar la

Música, la Danza, la Pintura, la Arquitectura y la Indumentaria.

Si es menester que la nación, como nación, rinda culto á la verdad, que

en su más alto punto es la religiosa, también es menester que rinda

culto, colectivo y unánime, á la belleza, la cual, allá en lo sumo, es

atributo divino. Así, pues, aun en mi anarquía, es ineludible otro

ministerio al lado del de cultos: el ministerio del teatro y de las

otras pompas, espectáculos, procesiones y ceremonias nacionales

profanas.

Ahora bien; cuando sin gobierno material, sino ya sólo con una sombra de

gobierno ó con gobierno-espíritu, requiere la misma esencia de nuestro

ser colectivo humano que haya un teatro que el Estado sostenga, no veo

yo contradicción, á pesar de todo mi individualismo, en que, en esta

época atrasadísima en que vivimos, haya también un teatro que el Estado

sostenga y que sea el teatro normal ó modelo. Es cierto que pudiera

fundarle y sostenerle un príncipe rico ó una asociación de capitalistas,

pero mejor y más digno es que lo sostenga el Estado.

Ya veremos por qué y cómo.

Perdóneme Vd. que sea tan difuso.

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 20 / 55 题