Muy señor mío y distinguido amigo: Me he engolfado tanto en el asunto
del teatro que no sé cómo podré salir de él tan pronto como deseo.
A semejanza de Platón, Tomás Moro y otros, que construyen una ciudad
ideal, me he lanzado yo, en esfera mucho más chica, á forjar una á modo
de utopía teatral dramática ó más bien escénica.
Ya tenemos, cuando no en realidad, imaginariamente, edificio para el
teatro; la mejor compañía posible hoy en España, y un abundante, lujoso
y escogido material de trajes, muebles, armas y decoraciones.
Para custodia de las cosas materiales, para llevar la cuenta de gastos y
de ingresos, y para cuanto es meramente económico y administrativo,
establezcamos una oficina dependiente del ministerio de Fomento.
Pronta ya la máquina, démosle cuerda y que eche á andar en la dirección
que conviene. Mas como para darle cuerda y dirigirla son menester una
voluntad y una inteligencia, concedámoslas á la junta directiva que á
este fin creemos.
Harto conozco que voy á disgustar á muchos lectores, que en no pocos voy
á suscitar contra mí el desdén ó el enojo. Diré, no obstante, mi leal
parecer sobre la composición y constitución de la Junta. La compondrán
dos académicos de la Real Academia Española, elegidos por sus
compañeros; uno de la sección de música de la Academia de Bellas Artes;
otro elegido por las secciones de artes del dibujo que hay en la misma
Academia; otro elegido por la Academia de la Historia entre sus
individuos de número; y, por último, el primer actor del teatro que ya
hemos creado.
Estos seis vocales, legalmente, no han de importar ni valer más unos que
otros, aunque cada cual tenga su especial cuidado y oficio. Para
presidir la Junta, no quiero decir de repente lo que pienso yo, á fin de
que no den un brinco de espanto los que me lean.
Considérese que en España hay, desde hace tiempo, un lamentable
divorcio entre las artes y las letras castizas y propias de nuestro
suelo y la gente que ha visto y corrido más mundo y que parece más culta
y que es ó debiera ser más distinguida y elegante. El bello sexo, sobre
todo, y más aún el de la _high-life_, nos es contrario.
Grosero é injusto sería decir con Iriarte:
Las mujeres que ahora no despuntan,
como en siglos pasados, por discretas,
si en el teatro público se juntan,
aplauden cuando más al tramoyista,
oyen tal cual chuscada del sainete,
y sirve lo demás de sonsonete,
mientras que están haciendo una conquista.
Nada; no digamos semejante blasfemia, pero reconozcamos que hay sobrado
desprecio por lo nacional é inclinación decidida y admiración exagerada
hacia lo extranjero. Se deploran la cancamurria y los hípidos de
nuestros actores y, sin caer en la cuenta, parecen deliciosos el
inaguantable martilleo de los actores franceses, su remilgada afectación
y el continuo subrayar de palabras y frases á fin de que las agudezas
sutiles penetren bien en las mentes obtusas del auditorio, lo cual hasta
llega á ser ofensivo, ya que presupone tontería en el público y la
necesidad de un embudo y de un cazo de bayeta para que trague lo más
dificultoso y enmarañado.
Y no es solo contra los actores, sino también contra los autores este
desprecio. Ignoran los usos y costumbres de la buena sociedad; cuando la
describen se equivocan del modo más deplorable. En fin, todo son
_cursis_.
Lo que llaman en Francia _alta comedia_ no es posible entre nosotros. En
cambio las obras dramáticas de Sardou y de Dumas hijo, que tratan de
pintar el mundo elegante de París, enamoran, pasman y hechizan á no
pocas de nuestras damas. No advierten que aquellos discreteos y _tiquis
miquis_ suelen estar confeccionados con una más honda y radical
_cursería_. Con relación á la nuestra es como el aguardiente con
relación al vino. _Francillon_ y _Le monde où l'on s'ennuie_, por
ejemplo, son de una cursería pasada por alambique; obras de insufrible
afectación, y como entre la moral y la estética hay lazos muy estrechos,
obras también de moralidad extravagante y corrompida, por lo mismo que
tratan de ser docentes y de corregir las costumbres.
No poco podría yo decir sobre todo esto, pero no tengo espacio.
Saltemos, pues, y volvamos á la Junta directiva. Yo aspiro á la perfecta
conciliación de nuestra sociedad elegante y de nuestra literatura
castiza. Conviene para ello que sea elegante el teatro cuando represente
elegancias, y que no se extralimite, ni propagando doctrinas
antisociales, ni con sátiras personales y rudas, ni con demasiadas
verduras y escabrosidades. Así, pues, y repito que yo estoy fantaseando
una utopía, si de mi dependiera, yo elegiría á una dama discreta é
ilustrada para presidenta del _teatro normal ó modelo_. Estoy seguro de
que ella velaría para que lo poco decente, lo indecoroso, lo falsamente
sentimental y lo inelegante y afectado se desterrasen del teatro modelo,
único que no sería libre, pues yo dejaría á los otros en la completa
libertad de que gozan ahora, si bien con la esperanza de que por influjo
del teatro modelo habían de corregirse y mejorarse.
No se infiera de lo expuesto que yo propenda á que nuestro _teatro
modelo_ sea, según dicen los franceses, con frase hecha, _honnête mais
embêtant_. Nada menos que eso; yo gusto del regocijo y del desenfado,
con tal de que no traspasen los límites del decoro.
Por esto, por otras razones expuestas ya y por otras muchas que sería
prolijo exponer aquí, vendría como de molde una dama discreta para
presidenta de la Junta.
De cada cinco funciones había de haber una cuyo producto líquido se
consagrase á establecimientos de beneficencia. Buena falta hacen en
España. Dos años y medio he pasado últimamente en Viena, y ni en calles,
ni en paseos, ni en parte alguna, me ha pedido nadie limosna.
Claro está que el teatro ideal que voy formando es todo lo contrario del
teatro libre, y mucho menos es _teatro protesta_. Yo no niego la razón á
_Clarín_; protestando contra el mal gusto, se consigue á veces que
triunfe el bueno. Moratín le hizo triunfar protestando contra Comella;
pero no es esto lo que ordinariamente sucede, y todo protestantismo es
muy peligroso. El Estado no puede menos de ser conservador. Así como si
tiene una religión es porque la cree verdadera, así debe tener también
fe en su buen gusto, pero sin alentar á los que buscan en literatura
peligrosas novedades. Queden para eso los teatros libres, si se atreven
á tanto y les da por convertirse en _teatro protesta_.
Lo que se llama genio es prenda muy rara, y el afán de hacer creer que
le tienen deslumbra y extravía á no pocos incautos y presuntuosos, y los
induce á producir disparatadas monstruosidades. Absurdo sería que
creásemos el teatro modelo para apadrinarlas. Si cabe comparar lo
sagrado con lo profano, sería esto tan ridiculo como si el Estado
erigiese un magnifico templo y ensayase en él la religión de Brahma, de
Buda, de Zoroastro ó de cualquier profeta flamante, á ver si el pueblo
la prefería al catolicismo y se convertía.
Si en la religión hay herejes, en las artes también los hay. Queden en
libertad: no los persigamos, pero no los protejamos tampoco.
Recuerdo haber visto en Bruselas una Exposición de pintura y escultura
hecha por _artistas libres_, que protestaban furiosos, en nombre del
progreso y del arte del porvenir, contra el arte oficial, ordinario y
trillado. Aseguro que no soñaba yo con ver ni he visto jamás delirios
más estupendos, pintados y esculpidos, ni más abominables creaciones. Y
cuenta que, en medio de su extravío, no podía negarse original y
distinguido talento á no pocos de aquellos _artistas libres_.
Prescindo de la ilación y procedo á brincos y con aparente incoherencia
para que esta carta sea la última, y no escribir una docena.
La Junta directiva había de renovarse cada dos años.
Los vocales tendrían sueldo ó dietas. No comprendo que nadie trabaje de
balde, humillando ó haciendo competencia invencible al que necesita
vivir de su trabajo. Al que no lo necesitase nadie le impediría gastar
su sueldo en obras de misericordia ó regalar al teatro mismo, para
adorno de sus galerías y salones de descanso, bustos y pinturas que
representasen á nuestros mejores dramaturgos, actores y actrices.
Las funciones del _teatro modelo_ habrían de dividirse por igual en tres
clases: una sería de composiciones dramáticas de antiguos autores cuyas
obras fuesen ya del dominio público; otra sería de composiciones de
autores, vivos ó muertos, de cuyas obras conservasen la propiedad ellos,
sus herederos ó sus editores; y otra, por último, de composiciones
inéditas. Tendríamos, pues, que sólo el tercio de las representaciones
de nuestro teatro sería para los estrenos. Así la Junta directiva podría
mostrarse severa y aceptar sólo obras excelentes ó que ella juzgase
tales. En los teatros libres se daría la protesta ó la apelación al
juicio público, aceptando las obras desechadas, obras, por otra parte,
que, al no ser aceptadas por nuestro teatro, no recibirían agravio, ya
que nuestro teatro no podría ser bastante para muchos estrenos.
En nuestro teatro no habría de hacerse jamás la en mi sentir absurda
distinción del _género chico_ y del género no chico. Lo bueno no es
chico nunca. Hay no pocos sainetes que valen más que multitud de dramas
y de tragedias en cinco actos. Nada es más difícil, más envidiable y más
precioso que hacer reir con burlas y chistes urbanos sin desvergüenza y
sin chocarrería.
Por esto quisiera yo que volviésemos á la antigua usanza, y que, á no
ser un drama extremadamente largo, concluyese toda función con su
correspondiente divertido sainete.
En la indumentaria convendría tener el mayor esmero. No sólo los trajes,
las armas, el peinado y demás adornos de las personas, sino también los
edificios y los muebles habrían de ajustarse siempre con la posible
exactitud á la época y al país en que se desenvolviese la acción
dramática. Únicamente podrían quedar exceptuados de esta regla algunos
dramas antiguos en que hay algo de fantástico y de ideal en el lugar y
en el tiempo. Pase v. gr. que en _El desdén con el desden_ no salgan los
actores vestidos con trajes de la Edad Media, de cuando había soberanos
independientes en Provenza y en Cataluña, sino que salgan vestidos
anacrónicamente con trajes del siglo XVI ó del siglo XVII.
Mi indulgencia, no obstante, no llega hasta el extremo de aprobar lo que
he visto en Alemania, donde el lacayo, gracioso y agudo, que aconseja el
desdén para vencer el desdén de doña Diana, sale vestido como Fígaro en
_El Barbero de Sevilla_, como un majo de Goya. Esto me parece tan
extravagante como lo que he oído decir que acontecía hace un siglo entre
nosotros, cuando, al ponerse en escena _El maestro de Alejandro_, salía
Aristóteles vestido de abate, con casaca, chupa, espadín, zapato de
hebilla y capita veneciana.
No pocos de nuestros antiguos dramas son tan anacrónicos que apenas
sería posible ponerlos en escena con trajes de la época en que pasa la
acción. Si no recuerdo mal, en _La venganza de Tamar_, de Tirso, hay
damas tapadas, lacayos, mercaderes, genoveses, calle Mayor y todo lo que
había en Madrid en tiempo de Felipe III ó de Felipe IV. ¿Cómo, pues,
poner en escena _La venganza de Tamar_ con los trajes que se usaban en
vida del Rey Profeta? En cambio, yo juzgo conveniente representar _El
mágico prodigioso_ con los trajes, edificios y muebles
bizantino-orientales que se usaban en Antioquía en los primeros siglos
de la era cristiana, y no, como he visto representar en Madrid este
drama, con trajes del siglo XVI ó del siglo XVII.
Aun en la representación de los sainetes y entremeses pondría yo no
menor cuidado en la indumentaria. Un entremés de Cervantes se
representaría con trajes del tiempo de Cervantes, y un sainete de D.
Ramón de la Cruz con los trajes que los majos y las manolas gastaban
cuando vivía y los retrataba tan á lo vivo aquel escritor ingenioso.
Otro uso antiguo, desde hace años casi perdido, resucitaría yo en
nuestro teatro: el indispensable intermedio de _baile nacional_ entre el
drama y el sainete.
El arte de la danza es importantísimo y serio. Los antiguos le
estimaban como lazo de unión y como centro de todas las artes del
espíritu, que llamaban música en su más lato sentido, y de todos los
ejercicios corporales, que llamaban gimnástica. La danza además era
ensalzada por su complexidad; porque en ella se combinan el sonido y la
forma, el dibujo y la melodía, lo plástico y lo aéreo. El rey David no
creía perder su dignidad por ir bailando delante del Arca. Los
coribantes descendían bailando de la cumbre del Ida, las ménades con sus
tirsos bailaban en el Citerón, y los profetas de Israel, en impetuoso
coro, descendían bailando del Carmelo. No bailaban menos devota y
desaforadamente los _salios_ de Roma. Danzas sagradas ó hieráticas ha
habido en todas las épocas y civilizaciones. Todavía, al son de las
castañuelas, bailan los seises en la catedral de Sevilla.
No pretendo yo que canonicemos y santifiquemos la danza, pero es un
dolor que nuestra danza nacional vaya perdiendo cada día más su carácter
propio y castizo ó bien que se avillane, se corrompa y se haga más
grotesca, chula y gitana. Ya se bastardea con lo que toma y remeda de
las danzas francesas é italianas, ya se corrompe y se impurifica con
esto que no sé por qué llaman flamenco. Yo recuerdo todavía con
retrospectiva admiración á cierto bailador llamado Ruiz, y á su
gallarda, bella, modosa y noble hija Conchita. ¡Qué majestad, qué
decoro, qué distinción y qué gracia cuando ambos bailaban juntos el
bolero! No es dable danza más aristocrática. Parecían príncipes ó
grandes señores. Y aquello era al mismo tiempo español puro y neto. ¿Por
qué pues, no hemos de regenerar nuestra danza, hoy pervertida?
Interminable sería el seguir exponiendo aquí todo lo bueno que podría
realizar nuestro teatro. Fúndese, si alguna vez hay dinero, paz y humor
para fundarle, y ya entonces daré yo los consejos que dejo en el tintero
ahora por no pecar de prolijo.
Sólo diré para concluir que en el teatro, durante la representación,
deben amortiguarse las luces y quedar el público en misteriosa penumbra,
á fin de que la luz y la atención se fijen en la escena: que una vez el
telón descorrido, deben cesar las conversaciones y deben abstenerse las
damas y los caballeritos de flirteos ó coqueteos: y que terminada la
representación, debe haber mucha luz para que las mujeres muestren su
hermosura y sus galas. Por último, los entreactos, sin ser tan largos
como ahora suelen ser, no deben ser tan cortos como en Alemania, donde
no hay tiempo para ver y hablar á las damas bien vestidas y guapas, ni
para discurrir sobre el drama que se está viendo, de todo lo cual
resulta, á pesar del primor y lujo del espectáculo, algo de apresurado,
y de poco ameno que contradice el título de diversiones públicas con que
calificamos las del teatro.
Y aquí pongo punto final, deseoso de no haber acabado también con la
paciencia de los lectores.
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