III

Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mío el

libro del Sr. Merchán. Hay muchísimo que decir sobre él, y yo me canso,

y, lo que es peor, temo cansar á mis lectores. Sin embargo, como ya

emprendí la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procuraré ser

muy conciso.

Lo más grave de que el Sr. Merchán acusa á España, es de su corrupción

administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce.

Todos están tomados de discursos, informes, folletos y Memorias,

suscriptos por los señores Romero Robledo, Moret, marqués de la Vega de

Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes

otros hombres políticos peninsulares de la primera importancia.

No quiero entrar en pormenores, porque son cansados y además harto feos.

Convengo, pues, con el Sr. Merchán en que en Cuba la corrupción

administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enérgico

remedio. ¿Pero le hallará la rebelión, si triunfa y establece en Cuba

una República independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente lo niego,

porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene limites y

porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.

Mal hemos administrado á Cuba en el siglo presente; pero lícito es

presumir que los cubanos _libres_ la administrarían mil veces peor.

Libres son y constituídas están en Repúblicas todas nuestras antiguas

colonias en el continente americano. ¿Hay alguna de ellas que desde que

conquistó su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba?

Esto es lo primero que sería necesario demostrar.

Yo reconozco desde luego que el desarrollo del comercio, de la industria

y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los más fáciles

medios de comunicación entre las gentes han hecho progresar y han

llevado como á remolque hasta á los pueblos más atrasados. Pero estas

causas debieran influir más en los pueblos libres que en pueblos como el

de Cuba, que gime aún bajo el abominable yugo de España. Cuba, no

obstante, apenas tenia á principios de siglo más población que 400.000

almas. Hoy pasa la población de Cuba de 1.600.000. La población, pues,

está cuadruplicada, sin que á esto contribuyan, ni la abolida trata de

negros, ni una gran corriente de emigración europea ó asiática. La

riqueza y el bienestar han aumentado también, á pesar de las guerras

civiles. No estarán, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos,

cuando así crecen y prosperan. ¿Crecen en la misma proporción en las

Repúblicas hispano-americanas, las gentes, el bienestar y la riqueza?

Ya he dicho que no he de negar yo la corrupción administrativa de Cuba,

para cuya prueba aduce el Sr. Merchán tanto testigo; pero tenga por

cierto que, si fuese tal como él la pondera, Cuba no hubiera prosperado.

La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer

contra la rapacidad que en los peninsulares supone el Sr. Merchán. Si de

los cuatro siglos que hace que poseemos á Cuba hubiéramos sacado de ella

y enviado á España durante cuarenta años siquiera, á diez años por

siglo, la mitad no más de lo que anualmente robamos á Cuba, ó sean

veinticinco millones de pesos fuertes y esto sin contar las remesas

misteriosas é infinitas que hacen los peninsulares, tendríamos que, en

poco tiempo, habrían ingresado de Cuba en España nada menos que mil

millones de pesos fuertes. ¿En qué Pozo Airón, en qué sumidero, en qué

insondable abismo ha venido á precipitarse y á hundirse este Misisipí,

este Amazonas de oro? ¿Dónde están los palacios, las soberbias quintas,

los hadados jardines, el lujo _sardanapálico_ y los sibaríticos deleites

de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? ¿Dónde están

los templos, los obeliscos y las pirámides que hemos levantado con el

áureo vellocino de nuestra Colcos? Ambas Castillas están pobres y

desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son más

difíciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algún

valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que

sea más evidente la prueba, los monumentos más nobles y grandiosos,

hasta son anteriores al descubrimiento de América, y por consiguiente,

de Cuba; los muros ciclópeos y las ingentes torres y arcos triunfales de

Avila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alcázares,

como el de Segovia.

América no ha enriquecido, ha empobrecido y despoblado á España. España,

en su gloriosa expansión, no se dilató por el mundo para saquearle y

para traer á la Península los despojos ópimos, sino para difundir por

doquiera su cultura, su religión, su idioma y sus artes. Si en la misma

Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos

templos, castillos y palacios, erigimos monumentos y fundamos obras

piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Napóles,

Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir á la misma Roma,

¿qué no haríamos y qué no hicimos en América, donde en resumidas cuentas

no había nada, ó si había algo, respondía á un estado incompletísimo é

inicial de cultura, como podría ser el del centro del Asia, tres ó

cuatro siglos antes de que saliese Abraham de su patria, Ur de los

caldeos?

Desengáñese el Sr. Merchán; la nación española poco ó nada ha traido de

Cuba que no haya pagado con creces; nada debe á Cuba. Cuba es quien se

lo debe todo á España; salvo lo que da la Naturaleza en su estado

primitivo y selvático. Por eso, aunque el Sr. Merchán se enoje, tiene

España razón para llamar ingratos á sus rebeldes hijos de Cuba. ¿Qué

habrá quitado España para enriquecerse á Maceo, á Máximo Gómez ó á

Quintín Banderas?

En cuanto á los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco

hay también que objetar. Mucho crédito, por ejemplo, merece D. Eduardo

Dolz; pero ¿acaso no puede equivocarse ó exagerar involuntariamente? En

los últimos veinticinco años, afirma que nuestros empleados han

defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos

fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer.

Todavía no es posible la suposición de que sean tan necios los

mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho

irracional de dar á los empleados los doscientos millones, en vez de

darlos al Tesoro. Lo probable sería que, en este hurto hecho al Tesoro,

saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta

millones y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos

á España. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aquí,

yo me atrevo á presumir que son fantásticos. En España no abundan tanto

los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dónde ha

salido y cómo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que

sigilosamente y al oído, para no delatar á nadie, sin suficientes

pruebas, no nos declara, ni el más zahorí en estos asuntos, dónde están

veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de

haber venido á la Península. Los doscientos millones, pues, ó no se le

quitaron al Tesoro ó casi todos ellos se quedaron en Cuba.

Pretende el Sr. Merchán, apoyado en las delaciones que aquí mismo hemos

hecho, que todos estos empleados que van á Cuba á defraudar la Hacienda

pública, tienen, entre los más altos personajes políticos, sendos

padrinos á quienes pagan tributo. Poco aprovecha á dichos padrinos

riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo á creer que los más

criminales han de haber recibido muy poco; y que los medianamente

criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros,

pinas en conserva y pasta de guayaba, con ó sin tropezones. Lo cierto es

que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes

políticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dónde procede su

riqueza. Y los pobres, que forman la mayoría, contándose entre ellos no

pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo á sostener que no

han tomado un céntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos

millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y á

quienes traté y visité hasta que murieron, fue menester venderles los

libros y las ropas para poder enterrarlos.

En suma; por donde quiera que yo lo miro, no noto en España esa horrible

corrupción que el Sr. Merchán nos achaca, y que en todo caso no sería

igual, ni con mucho, á la que de otras grandes naciones, como Francia é

Italia, nos dejan presumir escándalos recientes, y como la que de los

propios Estados Unidos por mil indicios también se presume.

Yo infiero de todo, empezando por conceder que en la administración de

Cuba hay desórden y despilfarro, necesitados de enmienda, ó que la

corrupción no es tan enorme como se dice, ó que son cubanos interesados

y poco escrupulosos los que la fomentan, más en detrimento del Tesoro de

la Metrópoli que en detrimento de la prosperidad de la isla.

La rebelión, por consiguiente, no queda así justificada. Los saqueos y

los incendios perpetrados por los rebeldes no remediarán nada, ni

contribuirán á la prosperidad de Cuba. Y contribuirán aún mucho menos,

si los Estados Unidos, según ya se prevé, nos exigen indemnización por

esos saqueos y esos incendios, que sin el favor y aliento que dan á los

rebeldes, no se perpetrarían, y si el Gobierno español tiene la

debilidad de someterse y de pagar. Esperemos, aunque se resista y no

pague, que no haya violencia ni guerra internacional. Y en todo caso,

aunque esa guerra sobreviniese y aunque nos fuese adversa la fortuna,

siempre sería preferible á la humillación y á la ignominia; y sobre

todo, si la ignominia y la humillación resultasen inútiles y al cabo

hubiese guerra, á no ser que resignadamente nos dejásemos despojar de

todo.

[Illustration]

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 16 / 55 题