Ciencia exacta es la estadística. Yo no lo niego. Lo único que me
atreveré á decir es que siempre que de estadística se trata, acude á mi
memoria este cuentecillo.
De vuelta á su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina
y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse
mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados
por agua, que había en un plato, escondió uno con ligereza. Luego
preguntó á su padre.--¿Cuántos huevos hay en el plato?--El padre
contestó:--Uno. El estudiante puso en el plato el otro, que tenia en la
mano, diciendo:--¿Y ahora, cuántos hay?--El padre volvió á
contestar:--Dos.--Pues entonces--replicó el estudiante--dos que hay
ahora y uno que había, antes, suman tres. Luego son tres huevos los que
hay en el plato. El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se
quedó atortolado y no atinó á desenredarse del sofisma. El sentido de la
vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la
dialéctica especulativa y profunda le inclinaba á afirmar que había
tres. La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo
en el plato de su marido para que se le comiera: tomó otro huevo para
ella, y dijo á su sabio vastago:--El tercero, cómetele tú.
Tercer huevo es casi siempre el _superávit_ de los presupuestos y no
corta porción de las rentas y recursos de los particulares y de los
Estados.
Traigo esto al propósito de que recibamos con escepticismo prudente
todos los datos estadísticos que el Sr. Merchán presenta para demostrar
cuánto produce á España la isla de Cuba.
Según muchos políticos y estadistas españoles, entre los cuales cita el
Sr. Merchán á D. Francisco Silvela, en un discurso que pronunció en el
Congreso el 12 de Febrero del año pasado, Cuba, desde hace tiempo, es
una carga para España.
Contra esto se encoleriza extraordinariamente el Sr. Merchán y siente
herida su vanidad de cubano. Según él, Cuba nos produce tanto, que el
día en que la perdamos, casi todos los españoles nos moriremos de hambre
ó poco menos. Por interés y no por punto de honra, anhelamos, pues,
conservar á Cuba. El Sr. Merchán no quiere comprender ó no comprende,
que, hasta prescindiendo del interés y del punto de honra, la
conservación de la grande Antilla nos importa mucho. Su pérdida no
podría menos de dolernos, como duele á cualquiera que le saquen una
muela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aquí que tratemos
de empastarla ó de orificarla, y procuremos resistir á los _sacamuelas_
de los Estados Unidos, que desean su extracción y tienen ya preparado el
gatillo.
Pero vamos á la estadística del Sr. Merchán.
Confiesa que, desde 1868, no vienen á España sobrantes de Ultramar. Los
insurrectos de Yara, dice con júbilo, cerraron este vasto desagüe.
Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el Sr. Merchán,
viene á España por otros conductos.
Según él y según el Sr. Dolz, á quien cita, nuestros empleados en
aquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envían á España cada
año la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero,
como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba
lleven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde á
este robo, dando á los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza
es afirmar que, si dan á los empleados ocho millones se quedan ellos con
doce, ó siquiera con otros ocho, para que el robo sea á medias. Yo me
resisto á creer que el comercio de exportación y de importación dé en
Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el
resguardo y los vistas ciegos envían á España los ocho millones.
En todo lo demás que pone el Sr. Merchán como rendimiento de Cuba á
España, es evidente que el Sr. Merchán delira.
Cuba, dice, exporta cada año para España seis millones de pesos fuertes
en frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen. Supone
luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los
peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son también
tributo ó dádiva que Cuba nos envía; y suma catorce millones.
El estanco del tabaco rinde diecinueve, según manifestó recientemente el
director de la Compañía Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no se
comprende por qué, el Sr. Merchán se los aplica también á Cuba y ya
tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.
España manda á Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco;
pero como de allí vienen seis, la balanza de comercio sólo da en nuestro
favor diecinueve. Y como si todas las mercancías que enviamos á Cuba no
valiesen un pito y fuesen una basura grandísima, que nosotros hiciésemos
tragar y pagar por fuerza á los infelices y tiranizados cubanos, el Sr.
Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo que
Cuba nos tributa, haciéndola subir á cincuenta y dos millones de pesos
anuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba á España. La renta
misteriosa y oculta es inmensa, según el Sr. Merchán. Los empleados,
los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España á Cuba no se
cansan jamás de enviar dinero de Cuba á España.
En su afán de ponderar lo que cuesta á Cuba el ser española, pone y suma
el Sr. Merchán los sueldos principales del alto clero y de los
funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma
por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco á considerar que
si Cuba llegase á ser República independiente, no había de suprimir al
arzobispo, al obispo, á la clerecía, á los empleados todos, y hasta se
había de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría á los cubanos
bastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y
esto sin meternos á vaticinar ni á recelar que en Cuba pudiera haber
presidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que han
tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la
prensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, con
todas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes
generales ha enviado España á América, desde el reinado de Felipe II
hasta hoy, si pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quinta
esencia de ellas, créame el Sr. Merchán, no sacaríamos un espíritu
equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.
Es el Sr. Merchán, ó aparenta ser, contrario á la anexión de Cuba á los
Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que
él llama _profecías siniestras_, el florecimiento y prosperidad de Cuba
si llega á ser un Estado más de la Unión. El Sr. Merchán no aspira al
suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo
_latina_, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchos
hispano-americanos, para no llamarse españoles. Todos han de ser
_latinos_, aunque no hayan pasado del _quis, quæ, quod vel quid_.
El odio á España del Sr. Merchán y de otros insurgentes es tan feroz y
desapiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, harto
problemáticos si llega á ser independiente, los encanta y seduce la
tremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemos
aquella ísla. Como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce,
que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separada
Cuba de España, no tendremos á quien vender. Los diecisiete y medio
millones de españoles peninsulares, asegura el Sr. Merchán que estamos
_amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de
1.200.000 blancos y 400.000 negros_ sus compatriotas.
Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar á
los españoles penínsulares de las propiedades territoriales que en Cuba
tienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población--decía en
1869 _La Voz de Cuba_, en artículo que el Sr. Merchán reproduce y
celebra--vivirá errante y miserable en el mundo.»
Para que tal cosa no suceda, para defender á esa población, á la que
tenemos obligación de defender; para conservar la integridad de nuestro
territorio, para que la nación española no sea de nuevo mutilada, y no
porque Cuba nos produzca todos esos millones fantásticos, deseamos
conservar á Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete
millones y medio de españoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen
perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio
y de su marina mercante, si llegasen á perder la perla de las Antillas.
No nos faltaría entonces sitio y gente á donde enviar nuestros productos
y nuestros barcos. La pérdida de Cuba nos traería, sin duda,
perturbación, mas no por la utilidad que Cuba nos trae ó nos ha traído
nunca. Si atendiésemos solo á esta utilidad, apenas habría español que
no estuviese deseando que nos quedásemos sin Cuba.
No tendría entonces que decir el Sr. Merchán, citando los arrogantes
versos de Núñez de Arce, y dirigiéndose á Cuba:
«Y si ser grande y respetada quieres,
de tí no más la salvación esperes.»
Consejo que Cuba, ó mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque
solos ni se hubieran rebelado, ni persistirían en la rebelión, que los
_yankees_ atizan, fomentan, patrocinan y pagan para echar de allí al
cabo, no sólo á nosotros los españoles, sino también á todos los
_latinos_, sin excluir al Sr. Merchán, que regresaría por corto tiempo á
su patria y que tendría que volverse á Bogotá, porque en Cuba,
_yankeeficada_, le mirarían como mueble incómodo é inútil y no le harían
caso. No le valdría la adulación con que proclama la omnipotencia de los
Estados Unidos.
Si quisieran apoderarse de Cuba, dice, «¿quién se opondría? ¿Inglaterra?
El Leopardo puede aceptar luchas con el Águila, pero no la provoca á
ellas. ¿Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitará
contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. ¿Alemania, Rusia?
No tienen intereses coloniales en América; y Rusia, de desenvainar la
espada, lo haría á favor de su antigua amiga la Unión Americana. En
cuanto á una coalición de las grandes potencias, los Estados Unidos no
la temen. Recuérdese cómo desbarataron la Santa Alianza con un Mensaje
de Monroe».
¿Tendrá razón el Sr. Merchán y lo podrán todo los Estados Unidos? ¿Se
atreverán á intervenir en Cuba y á intentar despojarnos de cuanto allí
legítimamente poseemos, sin que por impotencia ó por imprevisor egoísmo
se interponga en nuestro favor ninguna grande potencia europea? Entonces
sí que no será á Cuba, sino á España, á quien tenga que decir el poeta,
y esperemos en Dios que sea oído:
Y si ser grande y respetada quieres,
de tí no más la salvación esperes.