_Sr. Director de El Liberal._
Mi distinguido amigo: Al leer lo que dice _La Época_ sobre política
internacional, siento ciertos escrúpulos de haber contribuído, con el
folleto que publiqué pocos días ha, á promover la cuestión de alianzas,
que muchos periódicos tratan ahora. Esto me induce á comentar lo que ya
dije, á fin de que, sino tiene usted inconveniente, me favorezca
publicando esta carta, aunque impugne luego su contenido.
Lamentábame yo de que España, en la presente ocasión de apuros y
peligros, estuviese aislada: pero mi lamento no implicaba oposición á
determinado partido ú hombre político. No iba contra nadie: iba contra
todos. Y por otra parte, como los aliados y los amigos no se buscan ni
se ganan en el momento en que se necesitan, sino que se tienen á
prevención y de antemano, también estuvo muy lejos de mi mente, y lo
hubiera estado, aunque mi insignificancia no lo estorbase, el aconsejar
al Gobierno actual que buscara depriesa y corriendo lo que antes de él,
desde hace ya medio siglo, nadie había buscado.
Limitada así la intención que tuve al hablar de alianzas, sigo
sosteniendo, sin que _La Época_ me convenza de lo contrario, que las
alianzas son buenas y que sin alianzas nada útil é importante se ha
conseguido en el mundo, desde que Hiran y Salomón se aliaron, hasta el
día de hoy. Cuando Salomón, que era sapientísimo, buscaba alianzas, no
será el buscarlas tan gran disparate. Sin la que contrajo, ni él hubiera
construído el admirable templo de Jerusalén, ni desde Aziongaber hubiera
enviado á Ofir sus naves para que volviesen cargadas de marfil y
sándalo, oro y perlas, perfumes, especias, papagayos y otros mil
primores. Y prescindiendo de ejemplos vetustos, hay uno muy reciente que
muestra cuán fecundas en bienes son las alianzas urdidas con arte. Si
consideramos lo que ha ganado el Piamonte desde Novara hasta el día, nos
asombramos como del milagro más pasmoso. El pequeño sacrificio de enviar
cuarenta mil hombres á Crimea, y más tarde el sacrificio algo mayor de
ayudar á Prusia y de sufrir por mar una derrota en Lysa y por tierra
otra en Custozza, han valido al Piamonte, primero el Milanesado y
después el Véneto; que nadie se oponga á que arroje de Sicilia, de
Nápoles, de Toscana y de otros Estados á sus soberanos legítimos; que, á
pesar del enojo de muchos millones de católicos, despoje al Papa de su
poder temporal, y que constituya la unidad de Italia, que parecía sueño.
Pedir más sería gollería; sería imitar á aquel monarca aprovechadísimo
que pedía y alcanzaba tantas cosas por medio de su hijo, casado con el
hada Parabanú, hermana del rey de los genios, que el rey de los genios
se hartó al verle tan exigente y pedigüeño, y le aplastó descargando
sobre él su tremenda clava. La habilidad, por grande que sea, tiene su
limite, sobre todo cuando no hay en ella magia ó hechizo. Y magia sería,
si por virtud de la triple alianza diese Italia también cima y dichoso
remate á sus tal vez prematuras empresas en remotos países.
La de Saavedra Fajardo, que cita _La Época_, y el texto latino de cierta
fábula de Fedro, que todos sabemos, lo único que prueban es que
cualquier obra de alguna transcendencia, como no se haga bien, lo mejor
es que no se haga. Sin duda que hay peligro en aventurarse, pero quien
no se aventura no pasa la mar.
Nosotros, los españoles, desde hace años pecamos de desconfiados y
formamos de nosotros mismos muy pobre concepto. Pensamos y decimos sin
ironía ni broma algo parecido á lo que por chiste oí yo decir una vez al
Sr. D. Antonio Cánovas con general regocijo de cuantos le escuchaban.
Decía que él se había venido de Málaga huyendo porque allí todos le
engañaban ó trataban de engañarle. España, con la mayor formalidad, está
diciendo y haciendo lo mismo: huye del trato y familiaridad de todas las
potencias de Europa por temor de que la engañen.
Mientras más lo recapacito, mejor noto que la desconfianza que nos
arrastra al retraimiento y al separatismo está en nosotros muy arraigada
y conviene librarnos de ella. Por esta desconfianza echamos á los judíos
y á los moriscos; por esta desconfianza se rompió nuestra unión con
Portugal, y al romperla perdió Portugal lo mejor de su imperio en la
India; por esta desconfianza estuvo á punto de separarse de nosotros
Cataluña; en parte, por esta desconfianza se han emancipado
prematuramente todas las colonias españolas del continente americano; y
por esta desconfianza brotan hoy ominosos chispazos de regionalismo, ya
en la misma Cataluña, ya en las provincias vascongadas, ya en Galicia.
Claro está que los negros y mulatos de la clase más ruda y humilde que
hay en Cuba entre los rebeldes, están allí por merodear; que los
aventureros de países extraños están para ganar importancia y dinero en
la contienda; y que algunos ambiciosos, nacidos en la propia tierra,
están porque sueñan con ser ministros ó presidentes de la República
futura; pero si hay cubanos de arraigo y buena fé que conspiren ó luchen
contra España y anhelen la independencia de Cuba, esa desconfianza
secular, ese vicio inveterado del separatismo, es quien los mueve. Y es
tan pernicioso para ellos el movimiento, que si España no logra pararle,
los llevará al suicidio colectivo, ó á gemir bajo el yugo de un
presidente ó de un emperador negro ó á la desaparición en la isla, de su
lengua y de su casta, cuando toda, si triunfan, sea _yankee_, dentro de
poco.
A fin de impedirlo, sacrifica hoy España sus hombres y su dinero. Y no
es el interés quien la impulsa, sino una obligación sagrada. No podemos
consentir en que retroceda á la barbarie lo que durante cuatro siglos
hemos cuidado con amor y cultivado con esmero, ni podemos consentir en
que desaparezcan de Cuba los hombres de nuestra lengua y casta, por
ingratos y discolos que sean, para que se extiendan y dominen en ella
los anglo-americanos.
De esperar es que nos saquen airosos de este empeño la constancia
patriótica de la nación y el valor de nuestros soldados. De esperar es
que se evite el conflicto con los Estados Unidos, donde, aunque
proclamen la beligerancia, tal vez no se atrevan á intervenir á mano
armada en favor de los insurrectos. Y de esperar es, en último extremo,
que si los Estados Unidos intervienen, contra razón y derecho, se
interpongan las grandes potencias europeas y no permitan, ó una guerra
injusta y terrible, ó el violento despojo de lo que nos pertenece,
apoderándose la gran República de la llave del seno mexicano, por donde
ha de abrir el camino que ponga en comunicación los dos grandes mares.
Tales son las esperanzas que podemos tener. Con ellas debemos
contentarnos, aunque no sean muy seguras. Ya no es tiempo de buscar
alianzas. Solos estamos en el gran conflicto, y con nuestra propia
energía tendremos que salir de él, si en los Estados Unidos no ceden,
pues al cabo la mayoría de aquel pueblo no es como Shermann, Mórgan y
Mills, ó si las grandes potencias europeas, movidas por el propio
interés, no nos prestan apoyo.
Pero si España hubiese contado con amistades y alianzas y no hubiese
estado tan sola, no hubiera tenido que aguardar hasta el último extremo;
hubiera inspirado más respeto en Washington, y no hubiera tenido que
ceder á tantas humillantes é injustas reclamaciones y que pagar tanta
indemnización con longanimidad lastimosa y que sufrir con paciencia
tanto vejamen y tantos vituperios de senadores y diputados _yankees_.
Estos, de seguro, jamás se hubieran atrevido á despotricarse tan
ferozmente si España hubiese estado más enlazada y sostenida en el
concierto de las naciones civilizadas de Europa.
En mi sentir, pues, las alianzas no solo son convenientes, sino
indispensables para España, que tiene aún, y no puede menos de tener,
tanto que conservar y tanto á que aspirar, si no se arroja en el surco y
se declara muerta y prescinde de su historia.
_La Época_ citaba contra las alianzas á Saavedra Fajardo. Yo citaré en
favor de ellas á otro político de más fuste y recámara: al propio
Nicolás Machiavelli. Precisamente en el capítulo XXI, donde explica cómo
se ha de gobernar un príncipe para conquistar reputación, y donde hace
tan hermoso elogio de Fernando de Aragón, marido de Isabel la Católica,
á quien declara _por fama y por gloria el primer rey entre los
cristianos_, se decide en favor de las alianzas, diciendo que un
príncipe no es estimado sino cuando es verdadero amigo ó verdadero
enemigo; que el descubrirse es más útil que el quedarse neutral, y que
el príncipe irresoluto, cuando, por huir compromisos y peligros, sigue
el camino de la neutralidad, las más veces se hunde en vergonzosa ruina,
teniendo que salir de la neutralidad por fuerza y no de grado.
Como ya he dicho que las alianzas convienen y hasta son indispensables,
quisiera decir también de qué suerte me parece que deben buscarse y
celebrarse; pero como hoy me he extendido mucho, lo dejo para otro día,
si no fatigo á los lectores de _El Liberal_ con nueva carta.