Don Rafael María Merchán es uno de los escritores de más saber y talento
que hay en el día en la América española. No he de negarle yo esta
alabanza, porque él sea tan descastado y tan acérrimo enemigo.
Años há, me envió un libro suyo titulado _Estudios críticos_. Yo le
celebré en mis _Cartas americanas_. Después creo que tuvimos cierta
polémica y que el Sr. Merchán escribió un folleto contra varias de mis
afirmaciones.
Desde entonces hasta hoy, ni yo he hablado al público del Sr. Merchán,
ni supongo que él ha hablado de mí; pero ni yo le he olvidado ni él me
ha olvidado tampoco. Para probarlo me acaba de hacer la fineza, que le
agradezco, de remitirme desde Bogotá, donde reside, la obra reciente, de
250 páginas, titulada: _Cuba. Justificación de su guerra de
independencia_.
La obra es curiosísima y tan llena de interés en la actualidad, que bien
merece se dé noticia de ella. Voy, pues, á hacerlo, si _El Liberal_,
hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus páginas de tan
popular y difundida lectura.
Tan enfurecido está el Sr. Merchán contra España y tan deseoso de
sacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude á los que
incendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas,
lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también sus
ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer
patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaña
destrucción, aduce el Sr. Merchán multitud de ejemplos históricos, desde
Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor á su apología,
cita una octava de la _Lamentación de Byron_, de Núñez de Arce, donde el
poeta aconseja á los griegos que talen é incendien y lo conviertan todo
en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una
distinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos iban
contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creencias
religiosas; y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, como
del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las
letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con
que los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del Norte del
Asia, y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que ver
esto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no son
españoles ó negros, no son nada? En el porvenir podrán ser todo lo que
anhelen y sueñen: por el invencible amor á mi raza deseo yo que sus
sueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, ó
no son nada, ó son españoles, ó son negros. Hay además otra notable
diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su
capa un sayo. Heróicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio
de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos;
pero cuando alguien destruye ó quema lo que no le pertenece ó se queda
con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino de
bandido.
Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchán y la multitud
de crímenes que atribuye á los españoles peninsulares para justificar y
aun glorificar á los rebeldes de Cuba y para calificar de
indispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.
Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanza
contra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego á las más concretas.
Según él, todo español que va á América podrá conseguir cuanto desee,
menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación,
que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el
desdén que supone el Sr. Merchán que los españoles peninsulares tenemos
á los españoles criollos, estarían, hasta cierto punto, fundados. Don
Marcelino Menéndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor,
hablando de América, en su obra titulada _Ciencia española, que la
ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra_. El mismo
Sr. Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no
hay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de su
casta y que no se rebele contra la nación á que pertenece. Por dicha el
Sr. Merchán se equivoca, y también se equivocó el señor Menéndez y
Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la última equivocación,
enmendada ya. El Sr. Menéndez incurrió en ella siendo muy joven é
inexperto todavía.
Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni
sombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casos
que aduce el Sr. Merchán tienen el menor valor.
Don Antonio de Trueba, al apellidar á Bolívar _El Libertador_, dice:
Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Y
yo afirmo que, sin desdén ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en no
llamar por su cuenta _Libertador_ á Bolívar. Los españoles peninsulares,
sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar á Bolívar gran
capitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; en
suma, todo lo que se quiera menos _Libertador_, porque esto sería
confesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranos
inícuos de quienes conviene libertarse.
La señora doña Soledad Acosta de Samper fué en España tan obsequiada y
celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía se
queja (en su _Viaje á España_) de que no pongamos por las nubes á
Bolívar, y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nos
venció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿No
hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tan
dolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el Sr.
Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probar
que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado á los
hispano-americanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y esto
desde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano era
Alarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes y
gloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope,
de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez de
Avellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisas
líricas desde que empezó á escribirse en lengua española hasta el día. Y
la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si la
Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también
americana.
No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni á Gorostiza, ni á
Ventura de la Vega, ni á Rafael María Baralt, ni á José Heriberto García
de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y
honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de
Estado y popularisimos caudillos han pasado en España otros varones
ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués del
Duero.
Cuantos personajes se han distinguido en la América española por su
saber, por su ingenio, ó por sus hazañas, desde que la América española
se declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridos
como en la República misma donde ellos nacieron. Así D. Andrés Bello, á
quien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, y
cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y así D.
Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. No
nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con
fundamento las poesías de ambos Caros, de Mármol, de Andrade, de
Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Darío y de algunos otros.
El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración se
difunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censura
dirigida contra la _Antología de poetas hispano-americanos_ del Sr.
Menéndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdeñándolos, á no sé
cuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menéndez
y Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos
grandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en su
colección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con
indulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano.
El empeño de agradar á nuestros hermanos de América y el afán de mostrar
que sabe mucho, disculpan al Sr. Menéndez y Pelayo; pero, hablando con
franqueza, su _Antología_ hubiera valido más, si en vez de constar de
cuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su
_Antología_ se asemeja á los libros proféticos que la Sibila de Cumas
vendió á Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve y Tarquino no los quiso
comprar; luego la Sibila los redujo á seis, y Tarquino no los compró
tampoco; y por último, la Sibila los redujo á tres y pidió por ellos
tres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compró
entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido á uno
solo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. _Mutatis mutandis_ lo
propio puede decirse de la _Antología_ del Sr. Menéndez y Pelayo.
En lo expuesto hasta aquí, no creo yo que haya razón suficiente para que
los rebeldes de Cuba nos hagan la guerra á sangre y fuego, poniéndonos
en idéntica situación en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso á un
filósofo crítico que había en su corte. Como el filósofo no gustó de los
versos del tirano, éste le trató muy mal; se apiadó luego de él y le
sacó del calabozo en que le tenía encerrado; le leyó, por último, otros
versos suyos, y entonces dijo el filósofo: que me vuelvan á encerrar en
el calabozo. Aplíquese el cuento y conste que si la guerra civil
cubana, cuya terminación fervorosamente deseamos, hubiese de terminar
aplaudiendo nosotros muchos versos de por allí, un involuntario é
indomable espíritu crítico nos forzaría á exclamar: que nos vuelvan al
calabozo; que siga la guerra; _signa canant_, suenen las trompetas, como
dijo Augusto á Fulvia cuando le amenazó con la guerra civil, si
amorosamente no se le rendía.
Basta ya por hoy. Otro día hablaré de otras razones menos disparatadas
que alega el señor Merchán en favor de la guerra de Cuba.