Desde que empezó la funesta guerra de Cuba hasta el día de hoy, en medio
de los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay que
celebrar, sirviéndonos de consuelo y dándonos esperanza de un éxito
dichoso.
Celebremos pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismo
del pueblo español que, por una causa que no puede traernos provecho,
pero en la que está interesada la honra nacional, sufre con resignación
y hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que se
le han impuesto y que se le impondrán en lo futuro. Y celebremos además,
prescindiendo de todo interés de partido, la enérgica y atinada
actividad con que el general Azcárraga, ministro de la Guerra, ha
logrado enviar á la grande Antilla, con extraordinaria rapidez, los
hombres y los recursos que allí se requieren, para que la rebelión pueda
ser sofocada.
Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna á nuestros generales,
cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y su
Gobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos,
antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan de
la salud de la patria.
De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en
las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar á
nadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el genio
de la guerra infunde á veces en el alma de los grandes capitanes y por
cuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias bélicas y las
estrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y en
Hernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nos
pasma y con lo que sería delirio contar para todas las ocasiones.
En la ocasión presente y desistiendo de exigir como obligación ó como
deber las inspiraciones ó los milagros del genio, nuestros generales,
antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso.
Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el
combate, escapar á la persecución y escabullirse y esconderse. En la
gran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado y
áspero del terreno á veces y en lo insalubre y mortífero de aquel clima
para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados
obstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primera
mitad de este siglo hubo en Andalucía foragidos como el Tempranillo, el
Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que
teniendo cada cual una cuadrilla de diez ó doce hombres á lo más, en
campo raso, donde, si á veces el terreno es quebrado, no hay selvas
tupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y se
sustrajeron durante largos años á las batidas que dió el poder público
para cazarlos, no debemos extrañar que, á pesar de nuestro valeroso y
valiente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros
malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen
sin que se haya logrado aún capturarlos é imponerles el castigo que
merecen.
La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tener
fundamento más sólido ni más claro.
En cambio son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el general
Martínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con que
fué á Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria á la mengua ó á la
pérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanza
piden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que el
general Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la
isla, ha tratado á los diferentes partidos políticos que en ella hay,
sin excluir á los que llenos de imperdonable ingratitud hacia la
metrópoli y ciegos por ambición ó por falso y torcido amor al suelo
natal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.
A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martínez
Campos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor el general
Weyler, y á pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni
guarida permanente, sino que andan á salto de mata, más que como
soldados como ladrones, ha ocurrido lo que á nadie sorprende, porque se
preveía; pero lo que á toda persona honrada y juiciosa escandaliza y
aturde. El Senado anglo-americano, después de larga discusión, en que
muchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimas
injurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidente
Cleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare la
beligerancia de los insurrectos.
Durísimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho á
España y que la Cámara de representantes de la misma República casi por
unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos más
acreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibido
y recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quiero
yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída,
recomendar prudencia y sufrimientos mayores.
Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos que
se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangriento
que hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de su
honra, ofendido así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado y
escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo á muerte.
Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata
de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias
soberanas?
Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes
del honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja,
ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que el
otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de
fuerzas ó de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y
deseable sería que no hubiese riñas sino paz entre los hombres; pero ya
que hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bien
ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones,
á pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y á pesar de los
decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan
desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto se
vele ó disimule con refinamientos hipócritas. Una nación, aislada como
lo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen
los Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios para
comprar ó fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy se
emplean, incurriría en un heroico delirio y cometería un acto de
inaudita temeridad en provocar á dichos Estados, pidiéndoles, con
sobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, se
puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo
para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderes
públicos, se entiende, y quedando á salvo la lengua y la pluma de cada
ciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y para
desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.
Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos
tratando, es disculpable, aunque á poco ó á nada conduzca: pero
cualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la gran
República Norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial y
contraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemos
cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y el
juicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al pueblo
que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con que
el Gobierno se apercibe á prevenirlas ó á reprimirlas.
Pero yo aún voy más allá en excitar al Gobierno á la longanimidad y á la
paciencia. Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la vía
diplomática satisfacción al gobierno de Washington por las groseras
injurias y calumnias que han lanzado contra España varios senadores
desde el Capitolio de Washington.
Hay que tener en cuenta que en aquella gran República no suelen ser los
_politicians_ las gentes más estimadas, mejor educadas y más sensatas:
que por allí no se guardan en las discusiones públicas el mismo decoro y
la misma cortesía que en los Parlamentos europeos, y que en el estilo y
hasta en los modales se advierte cierta selvática rudeza, por influjo
acaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido por
generación como el pecado original, sino por el aire que en aquellos
círculos políticos se respira. Cuando en los escaños de un Cuerpo
colegislador se masca tabaco, se colocan los pies más altos que la
cabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo de
madera en llenar el suelo de virutas, no es de extrañar que se digan y
se aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentes
estuviesen tomados del vino.
No prueba esto, ni mucho menos, que la mayoría de aquella gran nación
piense y sienta como sus apasionados _politicians_; antes es de esperar
que esa mayoría, si con quejas violentas no la solevantamos nosotros y
no nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad y
nuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferido
y dé con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo al
presidente Sr. Cleveland, para que él proteste también sin que nosotros
lo pidamos ó lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuación y
del permiso con que le excitan y facultan á reconocer la beligerancia.
Claro está que el Gobierno español debe estar prevenido para todo
evento, sin que ninguno por peligroso que sea, le sorprenda ó le
asuste; pero, al mismo tiempo, nos atrevemos á recomendarle placidez y
calma.
Aun suponiendo al Sr. Cleveland amigo de España ó amigo al menos de la
justicia, no comprendo qué nos propondríamos lograr si de oficio pidiera
satisfacción nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido los
senadores. Inútilmente pondríamos al Sr. Cleveland en el mayor apuro, ya
que él no tiene fuerza para castigar á los senadores que se han
insolentado contra nosotros ni para moverlos á que se retracten y canten
la palinodia. Lo más que el Presidente podría hacer, sacrificando acaso
un poco de su popularidad é indisponiéndose con los senadores para estar
fino y amable con nosotros, sería decir que deploraba que nos hubiesen
injuriado. Tal función de desagravios es tan triste y tan incompleta que
lo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno español no
aspire á que el Sr. Cleveland declare que nos tiene algo á modo de
lástima.
En suma, á pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en el
Senado, y á pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores las
que se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de la
nación española no debe darse por entendido, ni considerarse herido de
semejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial la
queja más mínima. Esta queja sería una confesión de que nos han tocado y
maltratado, sería poner á la nación española al nivel de sus
detractores, sería confesar que los tiros de éstos han subido muy alto y
han tenido fuerza para atravesar el escudo del soberano desprecio con
que España debe desdeñarlos.
España, prescindiendo de la resolución que en pos de los insultos puede
venir, arrastrándonos fatalmente á una guerra sangrienta y ruinosa, y
considerando sólo los insultos, conviene que los juzgue y condene con
las palabras mismas del gran poeta inglés: _«Tales told by idiots, full
of sound and fury, signifying nothing»._
En los momentos difíciles en que se halla en el día la nación española,
es antipatriótico todo espíritu de oposición contra el Gobierno. Debemos
desear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida de
nuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar á la censura
ni mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar al
Gobierno á un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primero
que importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honor
de España está ofendido y comprometido por aquello y en aquello por lo
que no puede estarlo. Válganos una comparación para aclarar este
concepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro ó por más
locos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y de
ofensa, y los cuatro le insultasen, y además quisiesen con amenazas
intervenir en los negocios de él y hasta disponer y apoderarse de su
hacienda, el hombre así atacado lo primero que haría sería prescindir
de los insultos y procurar pidiendo auxilio y por todos los medios
rechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderosos
agresores. En último resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese en
su ayuda, lo noble y lo heroico sería combatir él solo contra los cuatro
hasta vencerlos ó morir; pero también sería delirio, y vanidad y
pundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar que
alguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia á poner á raya
á su enemigo y á evitar la desigual é injusta contienda con que su
enemigo le amenazaba si no cedía ó se humillaba á su capricho, á su
soberbia y á su codicia acaso.
Quiero significar con esto que, á mi ver, el Gobierno español, sin
dirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado y
circunspecto como firme, en nota circular dirigida á las principales
naciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolución
tomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos,
demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionados
Cuerpos Colegisladores han infringido el derecho de gentes al declarar
beligerantes á unos foragidos, han faltado á las buenas relaciones de
amistad con España fomentando y favoreciendo el espíritu de rebelión de
algunos cubanos, y han desconocido la autonomía y soberanía de España
osando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitándola
á que se desprenda de gran parte de su territorio y de la población que
hay en él, lo cual es todo suyo legítimamente desde hace cuatro siglos.
Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandes
potencias de Europa dejen de darnos la razón: no se pongan de nuestro
lado á fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quiera
despojar de lo que poseemos, amenazándonos con una guerra injusta y
harto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en la
descomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.
Durante siglos España ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sin
recelar que la acusen de pusilánime, llegar al último extremo de la
prudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigo
reconocidamente más fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza.
Asimismo es muy humano y muy conveniente á la civilización evitar hasta
donde sea posible la efusión de sangre, los estragos, la paralización
del comercio y las grandes pérdidas de riqueza que una guerra trae
consigo. Nadie nos podría zaherir por esquivar esta guerra, dejando á
salvo nuestra independiente soberanía y conservando, sin acudir á las
armas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestro
territorio.
Enorme desventura sería si después de dar este paso nadie nos acudiese y
permaneciésemos tan aislados como estamos ahora. Para entonces es para
cuando conviene tener nuestra energía como contenida y represada y
hacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos los
peligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo solos
contra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces más poderosos de lo
que son, sin desesperar del triunfo, ó sin hacerle pagar muy caro al
menos.
Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si no
encerrara una lección y un escarmiento para el porvenir.
Menester es confesarlo. En el aislamiento de España hay de nuestra parte
no pequeña culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado en
España en el poder, desde hace muchos años, han propendido al
aislamiento, movidos por una prudencia mal entendida y por un concepto
equivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nación cuyos
destinos dirigían. Deberes hay que España no puede desatender y hay
aspiraciones y propósitos que el alma de la nación no puede ahogar en su
centro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes la
conservación de las Antillas y de los archipiélagos que poseemos en el
Pacífico. Nuestras aspiraciones, providencial ó fatalmente impuestas por
nuestra misma historia, están en que nadie sin contar con nosotros
domine en Marruecos; en estrechar cada vez más nuestras relaciones con
los portugueses; y en conservar, ya que los lazos políticos están rotos,
la unidad de civilización, de idioma y de casta entre esta península y
las que fueron sus colonias y hoy son repúblicas independientes,
procurando y anhelando, con poco menos ahinco é interés que nuestra
prosperidad y auge los de las repúblicas hispano-americanas, hacia las
cuáles nos inclina un orgullo paternal que no quisiéramos ver abatido y
burlado.
Con tales propósitos y miras, el retraimiento de España es imposible: el
afán de sus gobernantes de no exponerla lanzándola en aventuras, la ha
expuesto más dejándola sola. Hasta nuestro desmesurado proteccionismo ha
contribuído á enajenarnos la voluntad ó á entibiar al menos el afecto
que pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. No
nos ha valido para estímulo el ejemplo de otras naciones, que buscando
alianzas y aventurando algo han alcanzado bienes que parecían
inasequibles y como delirios de un ensueño. Así el Piamonte, vencido y
ruinosamente multado, después de Novara, ha venido á lograr lo que en
balde se pretendía desde hace siglos: la unidad de Italia, sólo
momentáneamente lograda bajo el cetro del rey bárbaro Teodorico.
Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad con
los dos pueblos que más la han agraviado: con los italianos, que han
conseguido arrebatarle el Milanesado y el Véneto, y con los prusianos,
que la vencieron y la despojaron de la hegemonía en Alemania. Francia
misma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constante
solicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendo
de moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vez
España sea la única nación que por el afán de no comprometerse ha
esquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue así, si nadie
acude á sostenerla, escarmentará al verse en tan cruel abandono.
Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y con
simpatías que no hemos procurado crear ni fomentar, todavía nos queda
alguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan de
nuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestro derecho.
Sería extraño que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con que
los diputados y senadores _yankees_ se constituyen en tribunal del
humano linaje, en hierofantes de la filantropía y la cultura, reprobando
y anatematizando la conducta de una nación soberana en su gobierno
interior, sometiéndola á su fallo y tratando de imponerle castigos
infamantes, de desmembrarla á su antojo y de despojarla de parte de sus
bienes. Todavía es más odiosa y ridícula esta pretensión al notar que se
apoya en la necia doctrina de Monroe. ¿Qué significa racionalmente que
América ha de ser para los americanos? ¿Dónde están los americanos á
quienes América en todo caso pertenece? Los que han dejado vivos los
_yankees_ están acorralados como toros bravos en una dehesa ó como
jabalíes en un coto. Fuera de esto, América es y seguirá siendo, durante
muchos siglos, de los europeos. La religión, la ciencia, la cultura, los
idiomas en que se habla y se escribe, todo es allí de Europa. Si ha
habido allí algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados,
y tal cual mediano pensador, en inglés, en portugués ó en español han
escrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcer
el rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza con
que la humanidad sigue su marcha progresiva elevándose á superiores
esferas. Todo cuanto los _yankees_ han pensado, inventado ó escrito,
podrá ser un brillante apéndice; pero no es más que un apéndice de la
civilización inglesa. Será una cola muy lucida, pero no es más que la
cola. El núcleo, el foco, el centro luminoso, el primer móvil, cuanto
ilumina y mueve aún á la humanidad en su camino, está en Europa y no ha
pasado á América ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de la
inteligencia, la férula del magisterio, el timón de la nave, el cetro de
la soberanía mental están en Europa desde hace tres mil años.
Ni los persas, ni los cartagineses, ni los árabes, ni los tártaros, ni
los turcos, lograron arrebatárnoslos en sus ingentes y tremendas
expansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los _yankees_, su mal
disimulado deseo de arrebatárnoslos ahora. Y si no pretenden esto, si no
aspiran sino á un nuevo divorcio entre ambos hemisferios ¿qué significa
la doctrina de Monroe? Todavía en las Repúblicas hispano-americanas, si
la suerte les hubiera sido más favorable y si no estuvieran tan
abatidas, la doctrina de Monroe tendría explicación, tendría fundamento
justificado. Allí hay un elemento indígena: allí hay americanos de
verdad. Hasta de la mezcla de la sangre española con la sangre india,
se podría suponer que ha nacido y que se desenvolverá una raza distinta
y acaso superior á la europea. ¿Pero en los Estados Unidos hay algo más
que el suelo que sea americano? ¿Qué significa pues la manoseada frase
«para los americanos América?» ¿Con qué razón, con qué derecho, á no ser
por la fuerza cuando la tengan, tratarán los _yankees_ de echar de
América primero á España, y después á Inglaterra, á Francia, á Holanda y
á Dinamarca, que son tan americanas como los _yankees_ y han merecido y
merecen más aplauso y gratitud de América, porque la han colonizado,
civilizado y cristianizado, implantando en ella todo el saber, toda la
virtud y todos los gérmenes de poder y de grandeza de que los _yankees_
andan ahora tan orgullosos?
Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario,
reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo débil que es este
alarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirán haciendo
muchos generosos y nobles españoles, como, por ejemplo, los que residen
en Méjico, y en la Península el sabio Obispo de Oviedo y el noble
Marqués de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, he
vacilado, durante algunos días, en dar á la estampa este escrito.
Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso aún á
la nación anglo-americana, á pesar de las injurias de que sus
representantes nos han colmado, porque yo no quisiera por ningún
estilo, al devolver á dichos representantes agravio por agravio, que
alguien imaginase que yo trataba de ofender á su nación aunque por ser
nosotros calumniados y engañada ella por vulgares prejuicios que han
difundido y difunden rastreros escritores, estuviésemos empeñados en una
lucha que no tiene razón de ser. Estos rastreros escritores se han
complacido en pintarnos á los ojos del vulgo de sus compatricios como
una nación de fanáticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemos
Inquisición todavía y que hemos asesinado jurídicamente, cuando la
tuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, ó
por mala fe ó por ignorancia, que en cualquiera de las naciones más
cultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisición, se han cometido más
crueldades, se han elevado más cadalsos, se han encendido más hogueras,
y ha hecho más víctimas que en España la superstición religiosa. En
Inglaterra, metrópoli de los Estados Unidos, cuentan autores ingleses
sobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; víctimas del fanatismo
han perecido allí reyes y reinas, y mártires tan gloriosos como Tomás
Moro.
Lutero, Calvino y Knox sólo pedían libertad religiosa cuando estaban en
minoría. En Escocia aún se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en los
mismos Estados Unidos, sólo en Salem (Massachusetts), se han cometido
más atrocidades y asesinatos jurídicos, únicamente á causa de la
brujería, que por causa ó pretexto de religión cometió el Santo Oficio
en toda la América entonces española desde Texas y California hasta el
estrecho de Magallanes.
Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cuba
despierten profundas simpatías en el alma de los legisladores _yankees_,
ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formen
una República superior á la de Haïti, y contribuyan más que nosotros al
progreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge de
la agricultura, de la industria y del comercio. Para mí, pues, es
evidente que no por amor de ellos, sino por odio á nosotros, ambas
Asambleas de la Unión los protegen. Y este odio, que deploro, es el que
yo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningún corazón
español, á pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin él, y
sólo por necesidad, iremos á la pelea, si se nos acosa: si se nos pone,
como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso será
entonces tener que pelear contra un pueblo, en quien no podemos menos de
admirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios á
los que le exciten á esta injusta contienda.
Lo que yo admiro más en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenil
y casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas y
difíciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo á los europeos.
Hay en Europa casas de siete pisos, pues los _yankees_ las construyen
de catorce; hay en Europa monumentos altísimos, pues los _yankees_ los
construyen cincuenta codos más altos; hay en Europa regios alcázares,
cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados, pues los
_yankees_ harán que se extiendan sobre millares de metros cuadrados sus
alcázares republicanos. Todo en América ha de ser más alto y más grande
que en Europa. ¿No está, por consiguiente, en contradicción con este
empeño de superioridad; con el _Excelsior_, tan hermosamente cantado por
un poeta _yankee_ y tomado como lema y santo y seña de su nación, el
querer intimidar con amenazas y fieros á una nación que se cree débil,
para fomentar la rebelión de gente á quien no es posible que se estime y
para atropellar legítimos derechos? El mismo Presidente Cleveland y todo
el pueblo anglo-americano debieran protestar, sin que nadie abogase por
nosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejado
llevar sus Cuerpos Colegisladores.
Hubo en los Estados Unidos, y hay aún, porque supongo que vive, un
cierto coronel Ingersoll que quiso, en su especialidad, como otros
compatriotas suyos, ir más allá que todos los europeos. Era su
especialidad un terrible aborrecimiento á Dios y un decidido empeño de
expulsarle del universo, á fin que libre del despotismo divino fuese más
dichoso el humano linaje. Para esta expulsión de Dios alegaba el coronel
la crueldad con que Dios castiga en el infierno á los pecadores. Decía
él que si su mujer, un tío suyo ó cualquiera de sus camaradas,
estuviese sufriendo las penas eternas, y él estuviese en el cielo, le
diría á Dios cuatro frescas y se iría también al infierno con su gente.
Pero á esto se me ocurre objetar: ¿no sería mejor y más prudente en vez
de pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno y
hasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que le
han levantado á Dios en las Edades Tenebrosas, como el coronel Ingersoll
las llama? Pues aplíquese el cuento al caso presente, y en vez de querer
arrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos,
reconózcase y confiésese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sino
exagerada blandura con los mambises depredadores é incendiarios. Esto
sería lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase á Dios en
paz en el cielo y se contentase con poner las peras á cuarto á Moisés y
con demostrar que no supo tanta química y tanta geología como él sabe, y
que sus compatricios nos dejasen á nosotros en paz en Cuba, reconociendo
que la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan á ser
independientes, aunque no acertemos á hacer de Cuba el Paraíso que
harían de ella los _yankees_, más sabios que nosotros en artes mecánicas
y mejor iluminados y obsesos por los genios del comercio y de la
industria.
En suma, yo tengo cierta vaga esperanza, y pido fervorosamente al cielo
que se realice, de que las grandes potencias de Europa, que forman
tácita confederación para dirigir y ordenar la marcha civilizadora de
nuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad de
que pretenden las Cámaras anglo-americanas hacernos blanco y objeto.
Hasta confío aún en que la masa del pueblo de la Unión vuelva en sí,
retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honrados
escrúpulos, y vea y note cuanto hay de cobarde, de ruín y alevoso, en
querer aprovecharse para humillarnos de nuestra verdadera ó aparente
postración y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo á creer
que ese pueblo, hoy en toda la lozanía, crecimiento y vigor de su
mocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz del
asno contra el león que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posible
como deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe por
estallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que se
quiebre y se desvanezca en el aire como ténue bola de jabón y de agua.
En vista de lo que queda expuesto, apenas es creíble que Inglaterra,
Francia y las demás naciones de Europa que en América tienen colonias se
crucen de brazos, y sólo por la culpa de que somos débiles, ó de que
consideran que somos débiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menor
enojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.
Pongámonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acude
á nuestro lado y que sin freno que los contenga, los _yankees_ persisten
en sus exigencias y en su furia. Aun así, yo afirmo que debemos
pasarnos de modestos, de pacíficos y de prudentes. El límite de nuestro
sufrimiento debe ser el último límite. El Gobierno español, con paternal
cuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los crueles
sacrificios de vidas y de haciendas á que una guerra desigual nos
obligue; pero llegados ya al último límite, nos conviene entender que es
consejo y no precepto evangélico aquello de que: si te piden la capa da
también la túnica. No, no debemos dar ni túnica ni capa; no debemos
entregar á la codicia ó á la soberbia de los _yankees_ ni un palmo de
terreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagándoles
tributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones de
indemnización nos los han hecho pagar durante muchos años, humillándonos
al pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda caída,
desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos la
guerra á los Estados Unidos, hagámosla con valor, y aunque nuestro
triunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era de
los milagros no pasó todavía.
¿Quién sabe si el sacudimiento terrible que tendrá que producir esta
guerra no será una crisis saludable que nos levante de la postración en
que estamos y nos coloque de nuevo entré las grandes naciones del mundo?
Unidos todos en un esfuerzo común, olvidaremos nuestras divisiones de
partidos, nuestras rencillas políticas y nuestros desventurados
regionalismos. No seremos republicanos, ni carlistas; canovistas, ni
sagastinos; pero seremos ministeriales todos; y no nos jactaremos de ser
aragoneses, catalanes, castellanos ó vascos, porque todos seremos
españoles.
Nuestro ejército, lejos de lamentar la guerra, se alegrará de que,
merced á la guerra, podrá luchar con alguien que dé la cara, que no sean
foragidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puede
alcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por último, se alegrarán más
aún, porque tendrán ocasión de mostrar lo que valen, en vez de jugar al
escondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar á sus soldados, no
por exponerlos á las balas de esos enemigos y á sus celadas y sorpresas,
sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortífero para
ellos.
Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creo
que ahora tienen los españoles el mismo gran ser que tuvieron á fines
del siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fué el apogeo de su
gloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpa
los ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbia
disparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y de
sus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por el
linaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombres
y cosas que me son simpáticos: elegantes é inspirados poetas como
Longfellow, Russel-Lowell y Whitier; algunos pensadores, si poco
originales, discretos é ingeniosos como Emerson, imitador de Tomás
Carlysle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos y
agradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porque
entonces suelen ser más pesados que el plomo; varios divertidos
novelistas, y sobre todo, hombres de tan aguda inventiva que ya brillan
como Edison, empleando la electricidad en no pocos útiles y pasmosos
artificios, ya producen la máquina de coser, que siempre que la
contemplo me deja embobado. Yo admiro además la belleza, el talento y la
refinada cultura de las mujeres anglo-americanas, las cuales son la más
preciosa y segura garantía de que si se llevase á su práctica huraña la
doctrina de Monroe y se volviese á establecer el divorcio entre el
antiguo y el nuevo mundo, no volverían los habitadores del último á
andar vestidos de plumas y de pieles, á sacrificar seres humanos á los
ídolos y á comerse unos á otros. Yo admiro el salto del Niágara, la
riqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia y
esplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia;
la facilidad y comodidad con que por allí se viaja en ferrocarril, y lo
amables y hospitalarios que son los _yankees_ con los extranjeros cuando
el amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que los
extranjeros les son muy inferiores, porque entonces suelen ser harto
poco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Díganlo si no los
pobres chinos, harto duramente zurrados porque trabajan por muy corto
salario. Para no cansar, lo que es yo, á pesar de los insultos que nos
han inferido, celebraría en el alma que nos reconciliásemos, nos
estimásemos en más, y acabásemos por querernos bien en vez de venir á
las manos.
Pero si esto no es decorosamente posible ¿qué le hemos de hacer? Pecho
al agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy por
decir que de todos modos saldremos gananciosos. Si somos vencidos,
perderemos pronto á Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres ó
cuatro años en perseguir á nuestros enemigos trashumantes, contra los
cuales, en vez de enviar soldados, debiéramos enviar perros y hurones. Y
si salimos vencedores, que todo es posible con el favor del cielo, donde
aún conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces se
corregirán muchísimo los _yankees_, porque se les bajará el orgullo que
es su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades y
los años, me regocijaré al contemplar á los _yankees_ más apacibles y
benignos, menos duros é insolentes con nosotros, renegando de su
tontería de doctrina de Monroe, y alargándonos sin rencor y como Dios
manda la mano de amigos.
Entonces cantaría yo un magnífico _Te Deum_ allá en el fondo de mi alma,
y exclamaría remedando al viejo Simeón: _Nunc dimittis servum tuum
Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare
tuum_.
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