CONTRA ESPAÑA, DEL ANGLO-AMERICANO DRAPER

_Influencia del elemento indígena en la cultura de los moros del

reino de Granada_, por D. Francisco Javier Simonet. _¿Shall Cuba be

free?_ (Artículo de Clarence King, en la revista de Nueva York _The

Forum_.)

El librito cuyo titulo va en el epígrafe contiene en pocas páginas

bastantes datos y mucha doctrina; mas, no sólo por esto, sino por las

ideas que sugiere y por los comentarios de que puede ser objeto, ha

llamado mi atención y me ha movido á llamar también sobre él, si puedo,

la atención del público.

El Sr. Simonet, autor del librito, es un arabista de reconocido mérito,

de grande ilustración y catedrático en Granada de la lengua del Yemen.

Ha publicado ya varios libros en que muestra su mucho saber. Uno de

ellos ha sido premiado por la Real Academia Española, y otro ha sido

premiado por la Real Academia de la Historia.

La obra de que nosotros vamos á hablar es menos fundamental y profunda:

es una obra de divulgación. Y si bien trata de sucesos, pasados ya hace

siglos, tiene, en nuestro sentir, un interés de actualidad.

En las naciones extranjeras abundan los escritores desapasionados y

juiciosos, de quienes no podemos quejarnos; pero no escasean tampoco los

escritores violentos, ciegos de furor, fanáticos con el fanatismo que

hoy se estila, y tan acérrimos enemigos de España, que no hay crimen,

maldad é infamia que no atribuyan á nuestra nación, infiriendo de ahí

que la postración y decadencia en que hoy estamos es un justo castigo de

Dios, y, si no cree en Dios el que de esta suerte quiere requebrarnos,

una ineludible consecuencia de las leyes fatales, impuestas no se sabe

por quién, que dirigen y ordenan la marcha de la humanidad á través de

los siglos.

Con algunos autores tenemos cierta disculpa, ya que para ellos no hay

responsabilidad ni libre albedrío. Todo ó casi todo depende del medio

ambiente. Y si nosotros somos crueles, codiciosos, traicioneros, y sobre

todo temerosos de Dios, que, según Buckle, es la peor de las cualidades,

todo ello consiste en que en España no hay lluvias regulares sino

feroces tormentas y prolongadas sequías, y además tal multitud de

terremotos, que nos tienen siempre con el alma en un hilo y con el

corazón en un puño y producen en nosotros la crueldad y la intolerancia

religiosas.

En prueba de que no exagero y de que no pueden ser más atroces las

injurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen al

castellano, teniendo acaso nuestro público el mal gusto de estimarlas y

la candidez de creer lo que dicen, citaré al célebre catedrático de la

Universidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su

_Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa_, asegura que

España, en justo castigo de sus espantosos crímenes, está hoy convertida

en un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y añade Draper: «si

este justo castigo no hubiera caído sobre España, los hombres hubieran

ciertamente dicho: «no hay retribución: no hay Dios.» Por donde se ve

que es un bien y no un mal el que este pobre país esté muy perdido,

porque mientras peor estemos, mayores y más luminosas serán las pruebas

de la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, el

capítulo de culpas que Draper nos echa á cuestas; pero las dos culpas

más enormes, son las de haber destruido por completo, ó casi por

completo, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.

La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda,

de que hablaremos después, mas no por eso es menos falsa.

Indudablemente, los árabes, antes del Islam, poseían cierta extraña

cultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nómadas y

pastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesía, hasta

refinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, se

arrojaron á conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen bárbaros.

Tal vez por no serlo y por hallarse muchos países vejados, humillados y

oprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despóticos, les fue

fácil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores en

algunos países, ó el pueblo al menos se sometió con docilidad á su yugo,

no hallándole más pesado que el que antes sufría. Así se explica, por

ejemplo, que cuatro ó cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. Así se

explica que no muchos más hiciesen la conquista de España. En poco

tiempo se extendió el imperio musulmán desde la India y las fronteras de

la China hasta el Mediodía de Francia, salvando los Pirineos. Los

árabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansión,

valiéndose de ellas para triunfar, á hordas bárbaras ó semi-salvajes,

como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes, ó como

queramos llamarlos. En España se llamaron y se llaman moros. Sin duda

por cada árabe de los que vinieron á la conquista de España, bien se

puede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio,

mientras España estuvo sometida al califato de Oriente, y también, así

durante la independencia de la España musulmana del mencionado califato,

como desde la fundación del de Córdoba hasta su desmembración y ruina

después de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos que

surgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados españoles,

eran moros y no árabes. Y, por último, en la época de las dos primeras

grandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de los

almohades, que en España prevalecieron y duraron, el elemento arábigo

entró por muy poco. Los invasores y dominadores de España fueron

africanos bárbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningún principio

civilizador á nuestra Península. Aquí fue donde se domesticaron y

civilizaron algo, sometiéndose sin sentirlo los vencedores á la superior

inteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.

Los árabes mismos no poseían, al extenderse por el mundo y al apoderarse

de España, una civilización superior y propia. Tuvieron, sí, el mérito

de no destruir la civilización de los países que ocuparon: de aceptar y

de recibir en cada región algo de lo que allí se sabía, ya conservándolo

para que no se olvidase ó se perdiese, ya siendo como vehículo para

llevarlo de una región en otra. Esta buena cualidad, que no fue sólo

tolerancia, sino curiosidad simpática y afición respetuosa al saber de

los vencidos, valió de tal suerte que, durante algunos siglos, acaso

hasta después de las últimas cruzadas, pudo creerse que el mundo

musulmán era más culto que el mundo católico, y los espíritus

superficiales pudieron esperar ó temer que el islamismo en Asia, en el

norte de Africa y en España, arrebatase al cristianismo europeo la

bandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo,

sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentos

históricos, se debieron en todas partes, y más que en ninguna en España,

á la civilización de los vencidos, á veces respetada, por lo cual

merecen los vencedores elogio, á veces viva y retoñando y reverdeciendo

siempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo, á pesar de

los esfuerzos que hicieron, y al fin sometiéndose á ella.

En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslímica

cosa alguna de valer que haya surgido en Arabia ó en Africa, entre

alarbes y moros, y que desde allí haya venido á España. A mi ver, cuanta

alabanza se quiera dar á la cultura muslímica española, es alabanza que

se da á los españoles mahometanos, y no á moros ni á árabes que viniesen

de fuera trayéndonos ciencias, artes ó industrias que aquí no existiesen

ó que aquí no tuviesen origen.

Por lo demás, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de los

estados ó reinos musulmanes que hubo en España, entran por mucho la

ponderación y la jactancia de los historiadores. Entra también por algo

la manía de no pocos críticos y pensadores modernos, de encarecer ó

ensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas ó buenas, no merecen

tan ponderativos encarecimientos.

Apenas hay gran pueblo, de los que más han figurado en la historia, que

no haya dejado más hermoso y brillante rastro de sí que los árabes en

sus monumentos.

Se supone, y no he de negar que es suposición muy poética, que la

cultura arábiga, no sé si en España sólo ó también en otros países,

depende ó está ligada á una estrella que los griegos llamaron Canopo y

los árabes Sohail. Esta estrella brilló, siglos ha, muy alto sobre el

horizonte de España. En el día, á causa de la precisión de los

equinoccios, apenas se levanta poco más de un grado sobre el horizonte

de Cádiz. Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecerán

también y serán ruinas y escombros los monumentos del arte arábigo que

en España quedan.

Esperemos que este vaticinio astronómico no se cumpla, para lo cual

importa que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y que

nuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya para

conservar lo que aún existe, sino para restaurar lo que se halla

lastimosamente medio destruido. Así, por ejemplo, yo no me contento con

que la Alhambra se conserve, sino que, si de mí dependiese, haría

restaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una de

las cuales es, ó, mejor dicho, ha sido, y puede volver á ser, una

primorosa filigrana: un palacio ó casa real de la Alhambra en miniatura.

Acaso como arquitectos es como los árabes son, ó han sido, más

originales. ¿Pero quién negará que su arquitectura tiene escasa majestad

y solidez, y que se distingue y es digna de elogio, más que por nada,

por las menudencias y prolijidades del ornato?

El edificio más grandioso que de la época muslímica queda en España es

la catedral de Córdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquel

bosque de columnas que forman las diecinueve naves ó calles, ¿hay

muchas columnas que sean arábicas? ¿No ve, hasta el más profano, que

todas ó casi todas, son de templos cristianos ó gentílicos, de la época

romana ó de la época visigótica, arruinados y despojados por los

muslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo, á decir

verdad, no me entusiasma tanto como á otros, en cuyo entusiasmo me

parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome la mezquita

integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y tal

como estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limita

ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde él toda la

longitud de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata y

oro, y hasta figurándome además en todo su esplendor y belleza los

primorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yo

hallo, y he de confesarlo aquí, aunque se pongan las manos en la cabeza

los que me lean, que me parece más hermoso, más digno, más artístico el

templo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y que

tantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado. Para mi

gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores,

como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todos

sus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara,

contiene y contuvo la mezquita en su época más brillante.

No discuto aquí si hubiera sido ó no mejor edificar en cualquiera otra

parte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba.

Falta de sentido arqueológico y de buena critica de bellas artes puede

afirmarse que hubo en esto; pero, ¿en el siglo XVI, hubiera habido en

cualquiera otra nación de Europa un amor más fino á la arqueología, y un

juicio más claro sobre el valer artístico é histórico de un monumento,

que hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, la

construcción de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si por

una parte, algo de la mezquita se destruía, ¿cómo negar por otra que hay

no poco de poético y de sublime en la idea realizada de levantar en

medio del más espléndido santuario del islamismo y del arte oriental

otro magnífico santuario, según el gusto europeo, más adecuado al culto

y glorificación del Dios trino y uno?

No negaré yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas.

Si los árabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque tal

vez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India y

de la Persia y de otras regiones que invadieron ó conquistaron.

Aun así es de notar y de deplorar la vida efímera é inconsistente de los

monumentos arábigos. La estrella Sohail no se había ocultado aún bajo el

horizonte de España, y ya no había en Córdoba ni huellas de los palacios

de los califas; Medina-Azahara se había desvanecido; los alcázares y

jardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacín en Almería, y de otros

reyezuelos elegantes y sibaríticos, se diría que se los había tragado la

tierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro.

Todavía en Grecia, en Sicilia y en Italia, están erguidos y casi

completos monumentos del arte helénico, anteriores de seis ó siete

siglos á la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y en

otras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dan

testimonio del poder arquitectónico de pueblos que fueron grandes hace

miles de años, mientras que de los árabes, sobre todo en España y de la

mejor época, apenas queda nada. El mismo alcázar de Sevilla, más que

moro, es mudejar, y honra más el buen gusto del caprichoso y popular

tirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, ó

la magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y las

puertas de su alcázar con las cortadas cabezas de sus enemigos.

Los encomiadores de los tiempos muslímicos en España ponderan más aún, y

no menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad á que la

agricultura había llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo,

no tienen más que alabanzas. Hay quien imagina que España en tiempo de

los moros era toda ella una florida, amena y fructífera huerta, que los

cristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada más falso que este

aserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (ó, mejor dicho,

los españoles musulmanes, pues no hay razón para que fuesen moros ó

para que nosotros así los llamemos), á fin de cultivar, regar bien y

hacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murcia

y Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que los

cristianos hicieron más y mejor para el mismo fin después de la

conquista, así en grandiosas y útiles obras hidráulicas, como en leyes y

reglamentos para organizar sabiamente el regadío. D. Jaime I en Aragón y

D. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran más que este mérito,

gozarían de inmortal popularidad y serían gloriosos y benditos. Pero hay

más aún: los más colosales trabajos realizados para el riego, trabajos

que pasman por su solidez y magnificencia, son de las épocas en que se

supone á España sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutal

fanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya protección y por cuya

excitación se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante,

de Elche y de Almansa, ó son del tiempo de Carlos III, bajo cuya

protección y por cuya excitación se hicieron los de Lorca.

En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importaran

nada en nuestro país, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura,

en el desenvolvimiento intelectual de los españoles. De escultura y

pintura no hay que hablar, pues, aunque, á veces, faltando á los

preceptos de su religión, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellos

pintado y esculpido fué grosero y rudo. Así lo atestiguan las esculturas

y las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesía dramática no

tuvieron nunca. Algo de poesía épica ó narrativa puede decirse qué

tuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudiera

compararse, no digamos ya al antiquísimo poema del Cid, pero ni á las

leyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aquí se infiere que nuestra

gran literatura nacional trilingüe, castellana, catalana y portuguesa,

nació ó retoñó en estos idiomas vernáculos, de su antigua raíz y tronco

cristianos y latinos: raíz y tronco firmemente plantados en nuestro

suelo. Y si algo de fuera, si algo extraño vino á ayudar ó á fomentar el

reverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no de

la morería. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que la

pompa oriental, las galas y primores, á veces excesivos, y cierta

redundancia que en nuestra poesía y en nuestra elocuencia se notan

frecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras ó defectos que de muy

antiguo tuvieron los españoles, y por los cuales fueron motejados en

Roma Lucano, Séneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestra

patria.

En las poesías escritas en lengua arábiga por españoles y en España,

aunque durante la dominación muslímica, no hallo difícil percibir, á

través de la forma clásica tomada de la antigua poesía del Yemen y de la

imitación de los verdaderos poetas árabes más famosos y celebrados,

algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones y

espíritus españoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jamás en el

alma de un moro de Africa ó de un beduino de Arabia. Este orientalismo

es tan español y tan poco oriental, que á raíz de la última reconquista

se manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestra

literatura española y nace del concepto fantástico, transfigurado y

hermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres,

usos, pasiones y cultura del pueblo á quien ha vencido. De aquí la

novela caballeresca, la ficción graciosa de Ginés Pérez de Hita. Y de

aquí la multitud de preciosos romances moriscos y el tinte

imaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poéticas,

desde los mismos romances moriscos que incluye en sus _Guerras Civiles_

el mencionado Ginés Pérez de Hita, hasta los admirables romances de

Góngora y de D. Nicolás Moratín, hasta el arabismo cordobés del duque de

Rivas en _El moro expósito_, y hasta los esplendores y ensueños

orientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmente

iluminado poeta Zorrilla en su leyenda de _Alhamar_ y en otras

composiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo ú

orientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, que

bien se puede asegurar que no hay árabe ni moro que, aunque se le

tradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.

¿Ni cómo habían de entender las quintas esencias y los refinamientos

amorosos y místicos que gastan los poetas y algunos de sus héroes, y

los discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?

No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunque

en lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo en

la poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesías

arábigas; si varios romances, como el de _la pérdida de Valencia_,

fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya en

el fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía de

Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvo

presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo que

sostengo es, que, en todo caso, fué cortísimo el influjo é

insignificante la imitación. Schack, por más esfuerzos que hace, tiene

que convenir en que los cristianos españoles conocieron poco la poesía

arábigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir también en que

esa poesía arábigo-hispana, más ó menos conocida é imitada, apenas tenía

ya de arábiga sino la lengua en que estaba escrita.

Pasando ahora de las letras á la ciencia, empezaré por decir que no me

incumbe estimar aquí y tasar en su valor la de los árabes; pero sí

procuraré, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantes

afirmaciones. Es la primera la de que España, cuando la conquista

muslímica, tenía su ciencia propia, de la que dan testimonio clarísimo

no pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro de

Sevilla, y que esta ciencia, á pesar de las persecuciones y tiranías de

los conquistadores, continuó luciendo entre los muzárabes ó pueblo

cristiano vencido, y dió altas muestras de sí en el abad Sansón, en San

Eulogio y en Alvaro de Córdoba. Es la segunda que los árabes y los moros

no eran sabios cuando vinieron á España, ni trajeron sabios consigo, de

suerte que los sabios y la sabiduría que hubo más tarde entre ellos, no

deben tenerse por arábigas sino por españolas. Tan español es Averroes

como Séneca, como Luis Vives ó como Domingo de Soto. Y es la tercera

que, lejos de destruir los cristianos españoles la ciencia mucha ó poca

de los españoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, se

aprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto,

más que en ningún otro, la acusación de Draper no puede menos de

atribuirse á mala fe, á ligereza ó á supina ignorancia.

Otro pueblo, además de los árabes y de los moros, hubo en España durante

toda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros

(tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no podía

ser mirado en España como forastero, sino como indígena. Era este pueblo

el israelita, que valió, importó é influyó más que los muslimes en la

civilización del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en España

por su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria.

Maimónides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Leví de Toledo y otros

muchos filósofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo,

Mendelshon ó Enrique Heine pertenecen á Alemania.

Llamemos ahora, para acomodarnos á la manera vulgar de expresarse,

ciencia arábigo-judaica á toda esta ciencia que floreció en España entre

los españoles que siguieron la ley de Moisés ó la ley de Mahoma. ¿Qué

fundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianos

españoles la destruyeron?

Los rabinos ilustres, los filósofos y los doctores musulmanes, arrojados

de Andalucía por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogida

y lograron protección generosa en las cortes de los reyes de Aragón y

Castilla. Así, las célebres escuelas de Lucena y de Córdoba vinieron á

trasladarse á Barcelona y á Toledo. Ansiosos de difundir por el mundo

esta ciencia arábigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo XII, el

arzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicieron

traducir, tradujeron y dieron á conocer á Francia y á otras naciones

cristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena,

Avicebrón y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan de

Sevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofía y

del saber semíticos en la Europa de la Edad Media.

Ernesto Renán nos reconoce este mérito y nos concede por ello su nada

sospechosa alabanza, diciendo: «La introducción de los textos árabes en

los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de

la Edad Media en dos épocas enteramente distintas, y el honor de esta

tentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte de

Europa, corresponde á Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de

Castilla.»

Claro está que muy fácilmente y con erudición de segunda mano, tomada de

varios autores españoles, entre los cuales sobresalen Menéndez y Pelayo

y Amador de los Ríos, pudiera yo extenderme aquí y convertir en libro

este artículo para demostrar hasta la evidencia que todo el saber

arábigo-judaico de España fue propio de los españoles, y que éstos, no

sólo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.

El librito del Sr. Simonet, que da lugar á las consideraciones que hemos

expuesto, las confirma con gran copia de erudición y con multitud de

datos y de hechos, algunos de los cuales citaré en este escrito,

tomándolos al azar ó prefiriéndolos por más curiosos. Muladíes ó

españoles de puro origen, bien probado, ya por documentos históricos, ya

por sus propios nombres de mal disimulada etimología latina ó

peninsular, fueron: «Abdelmelic-ben-Hagib el Asolamí, Ali Ibn-Hazm, el

célebre Ibn Thofail, el insigne botánico malagueño Ihn-Albaithar, el

distinguido gramático Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista Abú

Otzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral é Ibn Xalvator ó

Salvador, y hasta el egriego filósofo Ibn Badja ó Pace (desfigurado el

ablativo latino) á quien conocieron los filósofos escolásticos de la

Edad Media con el nombre de Avenpace.» En conclusión (para terminar en

este punto mi artículo, como termina el señor Simonet el libro de que

trato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni al

elemento arábigo, ni al berberisco, sino al indígena, se debe, en su

mayor parte, el esplendor literario y artístico del califato cordobés y

del antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecieren

poco fuertes, ó inspiradas tal vez por el sentimiento patrio,

concluiremos apoyándolas en la autoridad de un crítico extranjero muy

competente, del alemán Guillermo Lubke, que en su celebrado _Ensayo

sobre la historia del arte_ se expresa así: «Si el arte árabe se

desarrolló en España con más perfección que en los otros países

_islamizados_, se debe sin duda á las relaciones íntimas de moros y

cristianos, en las cuales, éstos comunicaron á aquéllos algo de lo

noble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de su

civilización, ciencias, arte y poesía.»

Saltemos ahora de la llamada civilización oriental á la occidental, que,

según Draper, también hemos destruido. Esta civilización, que Draper

afirma que era superior á la civilización española del siglo XV, es la

americana precolombina.

Imposible parece que se diga de buena fe tamaño disparate. ¡Qué diantre

de civilización había en América antes de su descubrimiento! Por casi

todas partes era completo el salvajismo. Menos en el Perú, no creo que

en región alguna hubiese animales domésticos. Había en varias tribus

conocimientos elementales de agricultura, pero en las demás se vivía de

la pesca y de la caza, ó los hombres se comían unos á otros. Los

sacrificios humanos exigían millares de víctimas. El perpetuo estado de

guerra y los vicios nefandos destruían la población é impedían su

aumento. En Méjico, que era el imperio más civilizado, no habían

descubierto aún que con un líquido combustible y con una torcida se

podían alumbrar de noche, y la pasaban á oscuras por falta de candiles.

Los jeroglíficos en embrión de aztecas, yucatecos y otros pueblos del

centro de América (aun dando por supuesto que los más significativos y

mejor pintados no son posteriores á la venida de la gente española y no

son obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), á

más de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura harto

inferior á la de los antiguos imperios del centro de Asia más de mil

años antes de Cristo. Si algo hubo de más valor en la antigua

civilización americana, había decaído y se había corrompido ó degradado

antes de llegar los españoles. Poco ó nada tuvimos que destruir nosotros

que no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos á América nuestra

propia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña de

azúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas

de Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por allí no había.

Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de haber

sometido á duros trabajos y atormentado con atroces castigos á la

población india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerla

desaparecer en algunas regiones. No seré yo quien defienda á todos los

aventureros españoles de entonces, admirables y gloriosos por su

inteligencia y por sus bríos, pero que distan mucho de valer para

modelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lo

peor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses ó

alemanes los que á fines del siglo XV hubieran ido á América, ¿se

hubieran conducido con más humanidad que los españoles? ¿Fueron más

mansos y amorosos con los indios los alemanes á quienes el emperador

Carlos V concedió que se estableciesen y se extendiesen por las que hoy

son repúblicas de Venezuela y Colombia? ¿Se condujo más afable y

dulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos españoles

establecidos en América, el enjambre de piratas, corsarios y

filibusteros que en diferentes épocas fueron allí contra nosotros?

Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y más aún en el

siglo XVI, no han pecado por lo cariñosos y suaves; y en dicha época

había dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecían más sus

entrañas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente aún, y el

renacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, las

artes y las letras de la clásica antigüedad, nos trajo también no poco

de su corrupción, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sed

de deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podían

menos de tenerlos los aventureros audaces que envió España á América;

pero la misma España no los tenía. ¿Pueden ser más filantrópicas que lo

que son las leyes de Indias? ¿Se mostraron nunca nuestros legisladores

crueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes ó

semi-salvajes á quienes civilizamos y cristianizamos? ¿Ha habido nunca

pueblo de más _católico_ corazón que el pueblo español? Y digo

_católico_ en el más lato sentido de la palabra, envolviendo en ella el

significado que tienen hoy las palabras _cosmopolitismo_ y

_humanitarismo_. Fr. Bartolomé de las Casas no fué el único defensor de

los indios; fué acaso el más vehemente y atrabiliario; pero antes y

después de él hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas que

defendieron y protegieron á los indios, y desde luego los consideraron

iguales á ellos, y á veces superiores, cuando por su nacimiento, por la

autoridad de que gozaban ó por el respeto que les tenían los de su

casta, eran superiores en su tierra. No sería tan grande la tiranía y la

opresión de España cuando, no sólo igualó al pueblo indio con el pueblo

español, sino que dió cartas y títulos de nobleza á los indios que se

distinguían ó eran ya nobles entre los suyos. Todavía, por ejemplo, es

grande de España y duque, y goza de una pensión cuantiosa entre

nosotros, el sucesor de Moctezuma.

Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América,

la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha

publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos de

nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los

monarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.

En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar

que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españoles

en América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados.

Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á la

superioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de la

pericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieron

vencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderosos

imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse:

asegurando que los españoles triunfaron porque fueron allí como

libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los

indios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía más

espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortés

tantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nos

auxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara,

pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á la

esclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga y

no había año en que no muriesen sacrificados á millares por sus

fanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «son

señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan

pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las

manos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo la

jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se

eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que,

nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad,

sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los

cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que

digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para

que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba.

Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida.

Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben

y lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que

cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente

hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron

bien en ser conquistados».

Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, basta

para prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de España

sobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que las

declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente.

Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la República

Argentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indios

que hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lo

fueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lo

merecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales,

arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora

pueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los Estados

Unidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no he

visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos

figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su

posición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la

nación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como

en España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en un

coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal

ocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillan

como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya

recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y

aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantes

é inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y mérito

somos los primeros en reconocer nosotros los españoles, no

escatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y á

veces más allá de lo justo.

Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en su

libro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofía

de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin de

que, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligencia

humana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga España

el papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estas

acusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino para

sacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los Estados

Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendo

lo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de

ensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y

libres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea un

cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista _The Forum_ un

articulo titulado _¿Ha de ser Cuba libre?_ Un amigo mío anglo-americano

me envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase y

hasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista de

su tierra.

Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que las

de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados

Unidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á los

rebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo que

algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa

que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el

articulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria y

detenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de la

impugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra España

me han inspirado.

Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr.

Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llega

á suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible que

con seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si á

nosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millón

de almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razón

podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorio

ocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones de

indios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hecho

de ellos?

De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los ingleses

pidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría en

todo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos y

viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque es

absurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á un

millón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y

con los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar por

ese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde el

descubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más que

predicar y legislar en favor de los indios.

Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno á

ir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esos

españoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron el

menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio.

Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy á

propósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios

que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á los

españoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.

Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotros

se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados

nosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece,

al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca.

Dice también el articulista que España se vió _forzada_ á dar libertad á

sus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de grado

y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las

armas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, más

perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos,

aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan

numerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los Estados

Unidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron _forzados_

á dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, y

donde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio le

matase de un tiro.

Por lo demás, la compasión hacia los negros esclavos acaso se pudiese

probar que ha sido más tardía que en nuestra raza en la raza

anglo-sajona, que bastante tiempo ha sido _negrera_, y donde aún, en el

presente siglo, se inventan teorías tan filantrópicas y consoladoras,

como la de Malthus y la del _Struggle for life_.

No en el día en que los españoles estamos harto abatidos, sino en los

momentos ó en los siglos en que preponderábamos en el mundo, se le

ocurrió á ningún español, que tuviera séquito y que valiera algo, el

considerarse de una raza superior á las demás razas humanas, y el

despreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitán se enseñoreó de

Italia arrojando á los franceses; ni después de Lepanto, de San Quintín

y de Pavía; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros teólogos y

reformando la iglesia oponían fuerte valladar al protestantismo y

trataban de conservar la virtud que informaba y que unía la civilización

europea; ni cuando desde principios del siglo XV, con tenacidad

admirable y con fe constante, agrandábamos experimentalmente el concepto

de las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando mares

incógnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos,

jamás hemos menospreciado á las otras naciones ni las hemos tratado con

insolente orgullo, ni las hemos insultado como en el día se nos insulta.

A la verdad, ni ahora ni nunca habrá un solo español que rebaje la

gloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunque

sea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y no

por fuerza libertad á los esclavos negros de Cuba; y alguna gloria

también, anterior y á mi ver más clara y con algo de divino, nos toca

por haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval y

Pedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que aún se

ignoraba hasta el nombre de filantropía, movidos de caridad cristiana,

obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.

Supone el Sr. Clarence King que en el carácter español (ya se entiende

que en el de los españoles peninsulares, pues en el de los cubanos,

sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformación

dichosa), supone, digo, que en nuestro carácter persiste, en combinación

diabólica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con feroz

intensidad por la Inquisición. De aquí resulta que el más blando y

humano de nosotros es un Calígula-Torquemada. Y que á fin de evitar que

sigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos é inofensivos

insurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer la

beligerancia de dichos señores que no talan, ni incendian, ni saquean,

ni cometen atrocidad alguna.

Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando los

extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos,

que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí y en

apariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y

juicio. Así es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de su

ingenio, alguien defienda la Inquisición todavía, como por ejemplo, lo

hace con mucha gracia el catedrático D. Juan Manuel Orti y Lara, el cual

llega á exclamar: «¡Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tan

fuertemente sujetaban al monstruo de la herejía, que no le dejaban

libertad alguna para impedir á los ingenios españoles el vuelo que

tomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de la

poesía!»

Claro está que el monstruo de la herejía, que hoy anda suelto en España

sin que la Inquisición le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara que

vuele por donde se le antoje y hasta que haga la apología de la

Inquisición. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendré con el

señor Clarence King en que la Inquisición era una infernal maquinaria

muy á propósito para atormentar y matar á la gente. En lo que no

convengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta á la

suya y muy favorable á los españoles, es en que nosotros, poseedores de

la maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurídicamente á

más personas que las atormentadas y asesinadas jurídicamente en no pocas

naciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisición

nunca. Jamás la Inquisición de España se regaló ajusticiando víctimas

tan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jamás la Inquisición de España

condenó, sino que aplaudió, defendió y ensalzó á Copérnico, á Galileo y

á otros sabios, á quienes en tierra donde no había Inquisición

condenaban. Y en lo tocante á la muchedumbre de gente menuda, quemada,

ahorcada ó muerta por otros medios á manos del fanatismo religioso, nada

tienen que envidiarnos los pueblos más cultos que en el día hay en

Europa. Sólo de brujos y brujas, si hemos de creer á Michelet, en

Tréveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; en

Ginebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una sola

hornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jamás hubo en

España tan espléndidas y colosales chamusquinas. Y es lo más chistoso,

si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con una

Historia de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que en

esos Estados se quemaron y se ajusticiaron también brujos y brujas con

profusión pasmosa. Por donde yo me inclino á sospechar que en toda la

América, dominada por España durante los sigos XVI y XVII, no hizo la

Inquisición tantas víctimas, contando judíos, mahometanos, y herejes

relapsos y hechiceros de todo linaje, como las víctimas que por sólo el

delito de brujería fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando aún

eran colonias.

Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cuba

no sea española, es que Cuba es un paraíso muy fecundo y que en otras

manos más trabajadoras y hábiles produciría mucho más. Este argumento,

no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casi

seguro que si los dejásemos en libertad, Cuba no prosperaría más de lo

que hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sería como Haití, y

si prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sería como es Santo

Domingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazón estén con los

rebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga á su

triunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprenderá

el señor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por cierta

púdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de su

pensamiento es que Cuba llegue á ser una estrella más en la bandera de

su patria. Adiós entonces idioma, casta, sangre y linaje españoles en la

Isla. En ella, al cabo de veinte ó treinta años ó de menos, no se

hablaría más que inglés. Todo hombre de origen español desaparecería de

la Isla más pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron de

la Isla los españoles.

¿Pero qué mal, qué daño, qué terribles ofensas hemos hecho los españoles

de la Península á los españoles de Cuba, para que á ser unos con

nosotros prefieran algo á modo de suicidio colectivo?

Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurémonos que el Sr.

Clarence King tiene razón; que los españoles no sabemos gobernarnos;

que nuestra administración es absurda y corrompida. Con esto no probará

sino una cosa: que si los cubanos toman muy á pecho su desgobierno, no

deben separarse de España, sino separarse de ellos mismos y ser otros de

los que son, y convertirse, por ejemplo, en _yankees_. ¿En una nación

tan democrática como es y ha sido siempre la nuestra, qué diferencia

puede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba ó un español, v. gr.,

de Málaga, de Loja ó de Logroño? ¿Los que alternan, en España, en el

poder, con turno más ó menos pacifico, los Narváez, los Cánovas y los

Sagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuesto

nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por

acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los

españoles de la Península y de Ultramar ha sido proclamada siempre en

leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamó

solemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Si

esta unidad legal existió bajo un poder absoluto, lo mismo era para los

peninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretender

entonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España una

Constitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitución

declaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación española

es el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Las

libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las

debieron gozar también los cubanos. No fué culpa nuestra que Fernando

VII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bien

volvió á España en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, en

virtud, por desgracia, de un motín militar, que puede considerarse como

el pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos que

después ha habido. Y menos culpa nuestra es aún que, en 1823, así los

peninsulares como los cubanos, perdiésemos de nuevo las mencionadas

libertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidos

moralmente por la Santa Alianza, ó sea por Rusia, Prusia y Austria, con

el beneplácito sin duda de la libre Inglaterra.

De cuantas crueldades y tiranías y de cuantas muestras de grosero,

torcido y falso celo religioso hizo y dió entonces un partido fanático

por el afán de extinguir en España la civilización moderna y de

retroceder á una edad de ignorancia y barbarie, que jamás existió y fué

completamente soñada, más culpa que dicho partido fanático y servil

tuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus órdenes y

casi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo español y desatando

las manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por su

trono, cargase á este pueblo de cadenas. Pero aun así, justo es confesar

que los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algo

padecieron, de este último absolutismo de los diez años.

Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpables

de este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron las

más poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en

España un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron á

reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey

de los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido

en España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848,

y por Rusia hasta 1857.

Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos á

naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco

injuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación y

hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernas

libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la

primera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos

guerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat y

Robespierre, y los espantos del _Terror_ y de la guillotina; y fue lo

peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda,

pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera,

sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia pueda

descubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á la

familia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre los

otros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los que

más ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.

Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, pero

que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera

Revolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad

verdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos,

poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedo

y la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolución

inspiraron.

Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo á

la cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen

también como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en

nuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allí

concurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun son

más considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menos

justificada que en el día por motivos políticos.

¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagan

tanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial.

Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de la

Península, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costa

sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.

En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procura

el fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio de

Cuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, baste

citar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron en

Madrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr.

Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que se

ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cuba

hubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y de

la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes

y muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderar

la prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de las

Antillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buen

ánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido

resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la

industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.

Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger la

industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de

introducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es

aparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer y

hace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, que

por otra parte cuenta con más ricos, favorables y cercanos mercados.

Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de la

Isla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos á que sea

independiente y libre. A mi ver, nada hay más falso; y creo que de los

dieciocho millones que hay de españoles, sólo no pensarán como yo mil ó

dos mil á lo más. Todos sabemos que en los cuatrocientos años que hace

ya que poseemos á Cuba, sólo durante quince ó veinte ha habido sobrantes

en las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantos

años, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. ¿Pues

entonces--dirá el Sr. Clarence King--por qué España no abandona á Cuba?

La pregunta equivale á la que pudiera hacerse á una buena madre, cuya

hija mimada no le trajese más que gastos, si se le aconsejara que la

dejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien con

más lujo la mantuviera. Conservar á Cuba no es para nosotros cosa de

provecho, sino punto de honra de que España no puede prescindir.

La nación que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado á

América, tiene más derecho que ninguna á ser y á llamarse americana, aun

dentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado é ineludible

de sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde sus

fuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crédito no se

agoten.

No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los Estados

Unidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para

excitar acaso á otras potencias á que también la declaren. No hubiera

habido menos motivo para pedir ó declarar hace años la beligerancia del

Tempranillo, del Chato de Benamejí ó de los Botijas. No se conducen

mejor Máximo Gómez y su cuadrilla ni atinan con más habilidad á

escabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay son

favorables á aquellos antiguos bandidos de la Península, porque no eran

incendiarios, y porque, cuando se acogían á indulto, cumplían como

caballeros y no volvían á las andadas, engañando y burlando á los que

los habían indultado.

En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido de

estas villanías con que era burlada y pagada la generosidad española,

dió un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta para

justificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, al

ministro de España en la gran república.

Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilización

cristiana y de la humanidad, por alguien que debió de creerse, sin el

menor interés, representante y Encargado de Negocios de dicha

civilización y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse á

nosotros como á un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltas

cometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometió al dirigir la

nota un atentado contra la soberanía, la autonomía y el decoro de

España, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan débil y le

hubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver la

nota sin contestación, dándola por no recibida, como alguna otra nota,

menos insolente y soberbia, se devolvió en Madrid á un ministro

anglo-americano.

Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general Martínez

Campos y los demás jefes y autoridades de España en Cuba, ha sido de

lenidad, de espíritu de conciliación y de generosa confianza. Repito,

pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en los

Estados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanos

y para excitar á otras potencias á que la declaren.

Ni el gobierno español ni sus agentes han cometido ni cometerán en Cuba

crueldad alguna. Aunque los foragidos que están asolando el llamado, por

el Sr. Clarence King, fecundo paraíso, no merecen que las potencias

cultas de Europa los amparen ó los protejan, no contra nuestra saña,

sino contra nuestra justicia, yo espero que ésta se temple y mitigue con

la mayor misericordia; mas no por eso acierto á explicarme que á los

cabecillas rebeldes, á los principales al menos y á los que no tienen

siquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un mal

entendido amor á la patria, se les perdone si llegan á caer en poder de

nuestros soldados. Justo y necesario será algún saludable escarmiento.

Difícil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, en

nación tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contra

España, bastante á mover á mucha parte de su ilustrada prensa periódica,

al Sr. Clarence King y á una respetable comisión de senadores, á que

pidan, valiéndose de mil injurias contra España, que el gobierno de la

gran república declare beligerantes á los insurrectos, procure que

otras potencias también los declaren, y garantice así la impunidad de

todos ellos para el día en que depongan las armas, cansados de andar á

salto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario,

España es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida y

el favor que reciben en aquel país los ingratos y rebeldes hijos de

España excede sobremanera á la más franca hospitalidad, y porque bien

puede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano ha

mostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.

Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidos

principios de Derecho internacional, que prevalece en todas las naciones

cultas, y no lo negamos, también en España. Hablo de la exagerada

obligación en que se creen los gobiernos de proteger á sus súbditos en

país extraño y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnización

de perjuicios que se les causen ó pérdidas que tengan.

Los gobiernos, movidos por la opinión pública, extraviada ó violenta,

reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelen

nacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hasta

conflictos. Y es lo más deplorable, que cuando la potencia que reclama

es fuerte, humilla á la débil, en ocasiones la atrepella y casi siempre

le saca el dinero. Y en cambio, cuando es más débil la potencia

reclamante, en vez de salir airosa, es desdeñada en su reclamación, y

su súbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.

Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de las

potencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras,

aunque para declararlas se busque ó se invente otro fundamento. Así, por

ejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar á la raíz de

algunas expediciones belicosas, se verá que nacen de reclamaciones poco

atendidas de particulares. Probablemente, si Francia y España no

hubieran reclamado algo en balde para súbditos suyos, tal vez nunca

hubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Méjico á un partido

monárquico y un tanto aristocrático y de ir allí á levantar el trono,

que pagó más tarde muy caro un príncipe egregio y bondadoso. Tampoco sin

reclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo de

Valparaíso y del Callao.

Cuando la nación de quien se reclama es débil, sin duda que no hay

guerra, pero suele haber violencia y atropello. Así, pocos años ha (y

prescindo de todo disimulo diplomático) Italia contra Colombia.

Véase, pues, con cuánta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia,

incluso España, que no adolezca de esta manía de reclamar exageradamente

en favor de sus súbditos, establecidos ó de paso, en país extranjero,

aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver,

sería bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomático

que haya, que esa protección del súbdito en país extranjero no la

ejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho súbdito

vaya á vivir á un país bárbaro ó resida en él, y que, si reside en un

país culto y cristiano, como el país de que procede, se someta á las

leyes, usos y costumbres del país de su nueva residencia, sufra las

molestias y se exponga á los peligros que allí sufren ó á que allí se

exponen los demás, y reclame contra cualquier agravio ó daño, no por la

vía diplomática, sino por los medios y recursos que le preste la

legislación del país adonde voluntariamente ha ido.

Así se evitarían muchos males. Así se evitaría que, en ocasiones, en vez

de ser una ventura que venga un extranjero, con capital ó con

inteligencia ó con ambas cosas, á un país pobre y débil, sea una

calamidad ó un ominoso preludio de vejámenes y sobresaltos, y así se

evitaría que el extranjero que pasa de un país débil á un país fuerte

sea desatendido y acuda en balde, en cualquier reclamación, á su

legación, á su cónsul ó directamente á su gobierno.

Hasta hoy no se ha pensado en esta reforma del Derecho internacional,

que ligeramente dejo indicada. No clamo, pues, contra la costumbre

protectora. No protesto del uso, sino del abuso. Y lo que más lamento es

que en los Estados Unidos se haya sutilizado y alambicado tanto el uso ó

el abuso, que no reclaman sólo en favor de legítimos, castizos y nativos

anglo-americanos, sino en favor de cualquier cubano rebelde que se va á

la gran república huyendo de la autoridad española por delitos políticos

que su nueva patria adoptiva no considera como tales. Han procedido de

aquí muchas reclamaciones, que hemos satisfecho con longanimidad

lastimosa, por donde los rebeldes, al ver la protección triunfante que

se les otorga y la condescendencia con que España la acepta y paga,

desdeñan á España y reciben alicientes y estímulos para rebelarse contra

ella.

A despecho de tanta dificultad, entre las cuales, como se ve, cuentan

por algo las que los Estados Unidos nos suscitan, todavía espera la

mayoría de los españoles, y yo con ella, que Cuba, por ahora, _no ha de

ser libre_, como el Sr. Clarence King ansía y propone. Esperemos que

Cuba siga siendo libre, pero española, como la metrópoli desea, pero

tenga por seguro el Sr. Clarence King que, si por desgracia y lo que

Dios no permita, se agotasen nuestros recursos y tuviésemos que

abandonar la gran Antilla, no hay español peninsular que sueñe por

espíritu vengativo con que aquello se vuelva ó _yankee_ ó _merienda de

negros_. Por cima del patriotismo y más allá del patriotismo, vive y

alienta en nosotros el amor de casta ó de raza. Ojalá, primero, que Cuba

siga siendo española; pero si Cuba deja de serlo, ojalá que sea pronto,

para gloria y satisfacción de la antigua madre patria, una gran

república cultísima y floreciente. Entonces, Máximo Gómez, por ejemplo,

á quien ahora fusilaríamos ó ahorcaríamos sin escrúpulo y para cumplir

con una penosa obligación, brillaría con aplauso nuestro, á la altura de

los egregios libertadores; podría ponerse al nivel de Simón Bolívar y de

Jorge Washington y tener estatuas y monumentos como los que ellos

tienen. Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil á que ese

estado de florecimiento y de grandeza no llegará para Cuba, ni en muchos

siglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud, lograra

separarse ahora de la metrópoli. Queden, pues, tranquilos los

anglo-americanos y los hispano-americanos, y no recelen, que ni á Jorge

Washington ni á Simón Bolívar le suscite el cielo ó el destino un rival

de gloria.

[Illustration]

A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos · 第 12 / 55 题