¡Mi honra! Pa mí soy bien honrá. Pa los demás, allá ca uno. Yo ya no he

de casarme. Si me alegro de lo que ha sucedío es por no haberme casao.

¡Si me casaba solo era por desesperarle!

JULIANA.

Acacia, no quieo oírte, que eso es estar endemoniá.

ACACIA.

Y lo estoy, y lo he estao siempre, de tanto como le tengo aborrecío.

JULIANA.

¿Y quién te dice que ese no ha sío too el mal, que no has tenío razón

pa aborrecerle? Y mía que nadie como yo le hizo los cargos a tu madre

cuando determinó de volverse a casar. Pero yo le he visto cuando eras

bien chica y tú no podías darte cuenta lo que ese hombre se tie

desesperao contigo.

ACACIA.

Más me tengo yo desesperao de ver cómo le quería mi madre, que andaba

siempre colgá de su cuello y yo les estorbaba siempre.

JULIANA.

No digas eso; pa tu madre has sío tú siempre lo primero en el mundo. Y

pa él también lo hubieas sío.

ACACIA.

No; pa él sí lo he sío, pa él sí lo soy.

JULIANA.

Pero no como dices, que paece que te alegras. Como tenía que haber sío,

que no te hubiea él querido tan mal si tú le hubieas querido bien.

ACACIA.

Pero ¿cómo había de quererle, si él ha hecho que yo no quiera a mi

madre?

JULIANA.

Mujer, ¿qué dices? ¿Que no quies a tu madre?

ACACIA.

No, no la quiero como tenía que haberla querido, si ese hombre no

hubiea entrao nunca en esta casa. Si me acuerdo de una vez, era yo muy

chica y no he podido olvidarlo, que toa una noche tuve un cuchillo

guardao ebajo la almohada, y toa la noche me estuve sin dormir,

pensando naa más que en ir y clavárselo.

JULIANA.

¡Jesús! Muchacha, ¿qué estás diciendo? ¿Y hubieas tenío valor? ¿Y

hubieas ido y lo hubieas matao?

ACACIA.

¡Que sé yo y a quién hubiea matao!

JULIANA.

¡Jesús! ¡Virgen! Calla esa boca. Tú estás dejá de la mano de Dios. ¿Y

quies que te diga lo que pienso? Que no has tenío tú poca culpa de todo.

ACACIA.

¿Que yo he tenío culpa?

JULIANA.

¡Tú, sí, tú! Y más te digo. Que si lo hubieas odiao como dices, le

hubieas odiao solo a él. ¡Ay, si tu madre supiera!

ACACIA.

¿Si supiera qué?

JULIANA.

Que toa esa envidia no era de él, era de ella. Que cualquiera diría que

sin tú darte cuenta le estabas queriendo.

ACACIA.

¿Qué dices?

JULIANA.

Por odio naa más no se odia de ese modo. Pa odiar así tie que haber un

querer muy grande.

ACACIA.

¿Que yo he querío nunca a ese hombre? ¿Tú sabes lo que estás diciendo?

JULIANA.

Si yo no digo naa.

ACACIA.

No, y serás capaz de ir y decírselo lo mismo a mi madre.

JULIANA.

Te da miedo, ¿verdad? ¿Lo ves cómo eres tú quien lo está diciendo too?

Pero está descuidá. ¡Qué voy yo a decirle! ¡Bastante tie la pobre!

¡Dios nos valga!

ESCENA V

Dichas y BERNABÉ.

BERNABÉ.

Ahí está el amo.

JULIANA.

¿Le has visto tú?

BERNABÉ.

Sí; viene como rendío.

ACACIA.

Vamos de aquí nosotras.

JULIANA.

Sí, vamos, y no digas naa, que no sepa tu madre que te has podío

encontrar con él. (_Salen las mujeres_).

ESCENA VI

BERNABÉ; ESTEBAN y el RUBIO, con escopetas.

BERNABÉ.

¿Manda usted algo?

ESTEBAN.

Nada, Bernabé.

BERNABÉ.

¿Quie usted que le diga al ama...?

ESTEBAN.

No le digas naa. Ya me verán.

RUBIO.

¿Cómo está el herío?

BERNABÉ.

Va mejorcito. Allá voy con too esto de la botica, si no manda usted

otra cosa. (_Vase_).

ESCENA VII

ESTEBAN y el RUBIO.

ESTEBAN.

Ya me ties aquí. Tú dirás ahora.

RUBIO.

¿Qué voy yo a decirle a usted? Que aquí es ande tie usted que estar.

Que está usted en su casa y aquí pue usted hacerse fuerte; que eso de

andar huíos y no dar la cara no es más que declararse y perdernos...

ESTEBAN.

Ya me ties aquí, te digo; ya me has traío, como querías... Y ahora tú

dirás, cuando venga esa mujer y vuelva a acusarme, y les llame a toos

y venga la Justicia y el tío Eusebio con ellos... Tú dirás...

RUBIO.

Si hubiea usted dejao que los del tío Eusebio se las hubiesen

entendío solos con el que está ahí... naa más que herío, ya estaría

too acabao... Pero ahora hablará ese; hablará su padre dél, hablarán

las mujeres... Y esas son las que no tien que hablar. Lo de Faustino

naide puede probárnoslo. Usted iba junto con su padre, a mí nadie pudo

verme; tengo buenas piernas y me habían visto casi a la misma hora a

dos leguas de allí. Yo adelanté el reló en la casa ande estaba, y al

despedirme traje la conversación pa que reparasen bien la hora que era.

ESTEBAN.

Bueno estaría too eso si después no hubieas sío tú el que ha ido

descubriéndose y pregonándolo.

RUBIO.

Tie usted razón, y aquel día debió usted haberme matao; pero es que

aquel día es la primera vez que he tenío miedo. Yo no esperaba que

saliea libre Norberto. Usted no quiso hacer caso e mí cuando yo le

decía a usted: «Hay que apretar con la Justicia, que declare la Acacia

y diga que Norberto le tenía jurao de matar a Faustino...». ¿Va usted a

decirme que no podía usted obligarla a que hubiea declarao..., y como

ella ya hubiéamos tenío otros que hubiean declarao de haberle entendío

decir lo mismo?... Y otra cosa hubiea sío; veríamos si la Justicia le

había soltao así como así. Pues como iba diciendo, que no es que quiea

negar lo malo que hice aquel día, como vi libre a Norberto y pensé que

la Justicia y el tío Eusebio que había de apretar con ella, y toos

habían de echarse a buscar por otra parte, como digo, por primera vez

me entró miedo y quise atolondrarme y bebí, que no tengo costumbre, y

me fui de la lengua, que ya digo, aquel día me hubiea usted matao y

razón tenía usted de sobra... Por más de que el runrún andaba ya por el

pueblo, y eso fue lo que me acobardó, principalmente en oír la copla,

que too el mal está de esa parte, créamelo usted, de que Norberto y su

padre, por lo que había pasao entre usted y Norberto, ya tenían sus

sospechas de que usted andaba tras la Acacia... Y esa es la voz que

hay que callar, sea como sea, que eso es lo que pue perdernos, que el

delito por la causa se saca; por lo demás... que no supiean por qué

había muerto, y a ver de ande iban a saber quién lo había matao.

ESTEBAN.

Eso me digo yo ahora... ¿Por qué ha muerto nadie? ¿Por qué ha matao

nadie?

RUBIO.

Eso usted lo sabrá. Pero cuando se confiaba usted de mí, cuando me

decía usted un día y otro: «Si esa mujer es pa otro hombre, no miraré

naa». Y cuando me decía usted: «Va a casarse, y esta vez no pueo

espantar al que se la lleva; se casa, se la llevan de aquí, y ca vez

que lo pienso...». ¿No se acuerda usted cuántas mañanas, apenas si

había amanecío, venía usted a despertarme: «Anda, Rubio, levántate, que

no he podío pegar los ojos en toa la noche; vámonos al campo; quieo

andar, quieo cansarme...»? Y ca uno con nuestra escopeta, cogíamos y

nos íbamos por ahí aelante, los dos mano a mano, sin hablar palabra,

horas y horas... Allá, cuando caíamos en la cuenta, pa que no dijesen

los que nos vían que salíamos de caza y no cazábamos, tirábamos

unos tiros al aire: pa espantar la caza, que decía yo, pa espantar

pensamientos, que decía usted; y al cabo de andar y andar nos dejábamos

caer, y tumbaos sobre algún ribazo, usted siempre callao, hasta que al

cabo soltaba usted como un bramío, como si se quitara usted un peso muy

grande de encima, y me echaba usted un brazo por el cuello y se soltaba

usted a hablar y a hablar, que usted mismo, si hubiea usted querío

recordarse, no hubiea usted sabío decir lo que había hablao; pero too

ello venía a parar en lo mismo: «Que estoy loco, que no pueo vivir así,

que me muero, que no sé lo que me pasa, que esto es un castigo, que

esto es un infierno...». Y vuelta a barajar las mismas palabras; pero

con tanto barajar, siempre pintaba la misma: la de la muerte... Y pintó

tanto, que un día..., el cómo se acordó, ya usted lo sabe, pa qué voy a

decirlo.

ESTEBAN.

¿No quies callar?

RUBIO.

Cuidao, señor amo, cuidao con ponerme la mano encima. Y no vaya usted

a creerse que antes, cuando veníamos, no le he visto a usted la

intención, que más de cuatro veces se ha quedao usted como rezagao, y

ha querío usted echarse la escopeta a la cara. Pa eso no hay razón,

señor amo, no hay razón. Nosotros tenemos ya siempre que estar muy

uníos... Yo bien sé que usted está ya pesaroso de too y que si pudiea

usted, no quisiea usted verme más en su vida. Si con eso se quedaba

usted en paz, ya me había quitao de elante. Lo que ha de saber usted

es que a mí no me ha llevao interés nenguno; lo que usted me haiga

dao, por su voluntad ha sío. A mí me sobra too; yo no bebo, no fumo,

toos mis gustos no han sío siempre más que andar por esos campos a

mi albedrío, lo único que me ha gustao siempre, eso sí, es tener

yo mando... Yo quisiea que usted y yo fuéramos como dos hermanos

mismamente; yo hice lo que he hecho porque usted hizo confianza de

mí, como pue usted hacerla siempre, sépalo usted. Cuando los dos nos

viéamos perdidos, me perdería yo solo, que ya tengo pensao lo que he de

decir. De usted ni palabra, antes me hacen peazos; por mí, ni la tierra

sabrá nunca naa. Diré que he sío yo solo, yo solo, por... lo que fuea,

que a nadie le importa... Yo no sé lo que podrá salirme: diez años,

quince. Usted tie poder pa que no sean muchos; luego, con empeños,

vienen los indultos; más han hecho otros, y con cuatro o cinco años

han cumplío. Lo que yo quieo es que usted no se olvide de mí, y cuando

vuelva, que yo sea pa usted, ya lo he dicho, como un hermano, que no

hay hombre sin hombre, y uníos los dos podremos lo que queramos. Yo

no quieo naa más que tener mando, eso sí, mucho mando; pero pa usted,

usted me manda siempre... ¡El ama! (_Viendo llegar a Raimunda_).

ESCENA VIII

Dichos y RAIMUNDA. Raimunda sale con una jarra; al ver a Esteban y al

Rubio se detiene asustada. Después de titubear un momento, llena la

jarra en un cántaro.

RUBIO.

Con licencia, señora ama.

RAIMUNDA.

Quita, quítateme de delante. No te me acerques. ¿Qué haces tú aquí? No

quiero verte.

RUBIO.

Pues tiene usted que verme y oírme.

RAIMUNDA.

¡A lo que he llegao en mi casa! A mí, ¿qué ties tú que decirme?

RUBIO.

Usted verá. Más tarde o más temprano nos ha de llamar a toos la

Justicia. En bien de toos, bueno sera que estemos toos acordes. Usted

dirá si por habladurías de unos y otros puede consentirse de echar un

hombre a presidio.

RAIMUNDA.

No iría uno solo. ¿Piensas tú que ibas a escapar?

RUBIO.

No he querío decir lo que usted se piensa. Iría uno solo, pero ese no

sería ningún otro más que yo.

RAIMUNDA.

¿Qué dices?

RUBIO.

Pero tampoco es razón que yo me calle pa que los demás hablen. Usted

verá. A más de que las cosas no han sío como usted se piensa. Todas

esas habladurías que andan por el pueblo han sío cosa de Norberto y

de su padre. Y esa copla tan indecente que a usted le ha soliviantao,

haciéndole creer lo que no ha sío...

RAIMUNDA.

¡Ah, os habéis concertado en too este tiempo! Yo no tengo que creerme

de naa. Ni de coplas ni de habladurías. Me creo de lo que es la verdad,

de lo que yo sé. Tan bien lo sé, que casi no han tenío que decírmelo.

Lo he adivinao yo, lo he visto yo. Pero ni siquiera... Tú no. ¿Cómo vas

a tener tú esa nobleza? Pero él sería más noble que me lo confesara a

mí too. Si bien pue saber que yo no he de ir a delatar a nadie... No

por vosotros, por esta casa que es la de mis padres, por mi hija, por

mí. ¿Pero qué vale que yo no lo diga, si lo dicen toos, si hasta las

piedras lo cantan y lo pregonan por too el contorno?

RUBIO.

Deje usted que pregonen; usted es la que tie que callar.

RAIMUNDA.

Porque tú lo quieres. Pues mira que solo de oírtelo a ti, ya me entran

ganas de gritarlo ande más puedan escucharme.

RUBIO.

No se ponga usted así, que no hay razón pa ello.

RAIMUNDA.

No hay razón, y habéis dao muerte a un hombre. Y ahí tenéis a otro que

han podío matar por causa vuestra.

RUBIO.

Y ha sío lo menos malo que ha podío suceder.

RAIMUNDA.

¡Calla, calla! ¡Asesino, cobarde!

RUBIO.

A usted le dicen, señor amo.

ESTEBAN.

¡Rubio!...

RUBIO.

¡Qué!...

RAIMUNDA.

Así ties que bajar la cabeza delante de este hombre. ¡Qué más castigo!

¡Qué más caena que andar atao con él pa toa la vida! Ya tie amo esta

casa. ¡Gracias a Dios! ¡Pue que mire más por su honra de lo que has

mirao tú!

ESTEBAN.

¡Raimunda!...

RAIMUNDA.

¡Qué!, también digo yo. ¡Pue que conmigo sí te atrevas!

ESTEBAN.

Ties razón, ties razón, que no he sío hombre pa meterme una onza de

plomo en la cabeza y acabar de una vez.

RUBIO.

¡Señor amo!...

ESTEBAN.

¡Quita, quita! ¡Vete de aquí, vete! ¿Cómo quies que te lo pida? ¿De

rodillas quies que te lo pida?

RAIMUNDA.

¡Ah!

RUBIO.

No, señor amo. Conmigo no tie usted que ponerse así. Ya me voy. (_A

Raimunda_). Si no hubiea sío por mí no habría muerto un hombre, pero

quizá que se hubiea perdío su hija. Ahora, ahí le tie usted, acobardao

como una criatura. Ya se ha pasao too; fue una ventolera, un golpe de

sangre. ¡Ya está curao! Y pue que yo haiga sío el médico. ¡Eso tie

usted que agradecerme, pa que usted lo sepa!

ESCENA IX

RAIMUNDA y ESTEBAN.

ESTEBAN.

No llores más, no quieo verte llorar. No valgo yo pa esos llantos. Yo

no hubiea vuelto aquí nunca, me hubiea dejao morir entre esas breñas,

si antes no me cazaban como a un lobo, que yo no había de defenderme.

Pero no quiero tampoco que tú me digas naa. Too lo que puedas decirme

me lo he dicho yo antes. Más veces que tú pueas decírmelo, me he dicho

yo criminal y asesino. Déjame, déjame; ya no soy de esta casa. Déjame,

que aquí aguardo a la Justicia, y no voy yo a buscarla y a entregarme a

ella porque no pueo más, porque no podría tirar de mí pa llevarme. Pero

si no quieres tenerme aquí, me saldré en medio del camino pa dejarme

caer en mitá de una de esas herrenes, como si hubiean tirao una carroña

fuera.

RAIMUNDA.

¡Entregarte a la Justicia, pa arruinar esta casa, pa que la honra de

mi hija anduviea en dichos de unos y otros! Pa ti no tenía que haber

habío más Justicia que yo. En mí solo que hubieas pensao. ¿Crees que

voy a creerme ahora de esos llantos porque no te haya visto nunca

llorar? El día que se te puso ese mal pensamiento tenías que haber

llorao hasta secársete los ojos, pa no haberlos puesto y ande menos

debías. Si lloras tú, ¿qué tenía que hacer yo entonces? Y aquí me ties,

que quien me viera no podría creerse de too lo que a mí me ha pasao, y

no sé yo qué más podía pasarme, y no quieo recordarme de naa, no quieo

pensar otra cosa que en ver de esconder de toos la vergüenza que ha

caío sobre toos nosotros. Estorbar que de esta casa puea decirse que

ha salío un hombre pa ir a un presidio, y que ese hombre sea el que yo

traje pa que fuea como otro padre pa mi hija. A esta casa, que ha sío

la de mis padres y mis hermanos; ande toos ellos han vivío con la honra

del mundo; ande los hombres que han salío de ella pa servir al rey, o

pa casarse, o pa trabajar otras tierras, cuando han vuelto a entrar por

esas puertas han vuelto con tanta honra como habían salío. No llores,

no escondas la cara, que ties que levantarla como yo cuando vengan a

preguntarnos a toos. Que no se vea el humo, aunque se arda la casa.

Límpiate esos ojos. ¡Sangre tenían que haber llorao! Bebe una poca

agua. ¡Veneno había de ser! No bebas tan aprisa, que estás too sudao.

¡Mira cómo vienes, arañao de las zarzas! ¡Cuchillos habían de haber

sío! ¡Trae aquí que te lave, que da miedo verte!

ESTEBAN.

¡Raimunda, mujer! ¡Ten lástima de mí! ¡Si tú supieras! Yo no quiero que

tú me digas naa. Pero yo sí quiero decírtelo too. Confesarme a ti, como

me confesaría a la hora de mi muerte. ¡Si tú supieras lo que yo tengo

pasao entre mí en too este tiempo! ¡Como si hubiea estao porfiando día

y noche con algún otro que hubiea tenío más fuerzas que yo y se hubiea

empeñao en llevarme ande yo no quería ir!

RAIMUNDA.

¿Pero cómo te acudió ese mal pensamiento y en qué hora maldecía?

ESTEBAN.

Si no sabré decirlo. Fue como un mal que le entra a uno de pronto.

Toos pensamos alguna vez algo malo, pero se va el mal pensamiento y

no vuelve uno a pensar más en ello. Siendo yo muy chico, un día que

mi padre me riñó y me pegó malamente, con la rabia que yo tenía, me

recuerdo de haber pensao así en un pronto: «¡Mía si se muriese!». Pero

fue naa más que pensarlo, y en seguía de haberlo pensao entrarme una

angustia muy grande y mucho miedo de que Dios me le llevara. Y ende

aquel día me apliqué más a respetarle. Y cuando murió, años después,

que ya era yo muy hombre, tanto como su muerte tengo llorao por aquel

mal pensamiento, y así me creía yo que sería de este otro. Pero este

no se iba. Más fijo estaba cuanto más quería espantarle. Y tú lo has

visto, que no podrás decir que yo haiga dejao de quererte, que te he

querío más cada día. No podrás decir que yo haiga mirao nunca a ninguna

otra mujer con mala intención. Y a ella no hubiea querido mirarla

nunca. Pero solo de sentirla andar cerca de mí se me ardía la sangre.

Cuando nos sentábamos a comer no quería mirarla, y ande quiea que

volvía los ojos la estaba viendo elante de mí siempre. Y las noches,

cuando más te tenía junto a mí, en medio del silencio de la casa, yo no

sentía más que a ella, la sentía dormir como si estuviea respirando a

mi oído. Y tengo llorao de coraje. Y le tengo pedío a Dios. Y me tengo

dao de golpes. Y me hubiea matao y la hubiea matao a ella. Si yo no

sabré decir cómo ha sío. Las pocas veces que no he podío por menos de

encontrarme a solas con ella, he tenío que escapar como un loco. Y no

sabré decir lo que hubiea sío de no escapar: si la hubiea dao de besos

o la hubiea dao de puñaladas.

RAIMUNDA.

Es que sin tú saberlo has estao como loco, y alguien tenía que morir de

esa locura. Si antes se hubiea casao, si tú no hubieas estorbao que se

casase con Norberto...

ESTEBAN.

Si no era el casarse, era el salir de aquí. Era que yo no podía vivir

sin sentirla junto a mí un día y otro. Que too aquel aborrecimiento

suyo, y aquel no mirarme a la cara, y aquel desprecio de mí que ha

hecho siempre, too eso que tanto había de dolerme, lo necesitaba yo pa

vivir como algo mío. ¡Ya lo sabes too! Y casi pue decirse que ahora

es cuando yo me he dao cuenta. Que hasta ahora que me he confesao a

ti, too me parecía que no había sío. Pero así ha sío, ha sío pa no

perdonármelo nunca, aunque tú quisieas perdonarme.

RAIMUNDA.

No está ya el mal en que yo te perdone o deje de perdonarte. A lo

primero de saberlo, sí, no había castigo que me pareciera bastante pa

ti. Ahora ya no sé. Si yo creyera que eras tan malo pa haber tú querío

hacer tanto mal como has hecho... Pero si has sío siempre tan bueno, si

lo he visto yo, un día y otro, pa mí, pa esa hija misma, cuando viniste

a esta casa y era ella una criatura, pa los criaos, pa toos los que

a ti se llegaban, y tan trabajador y tan de tu casa. Y no se pue ser

bueno tanto tiempo pa ser tan criminal en un día. Too esto ha sío, qué

sé yo, miedo me da pensarlo. Mi madre, en gloria esté, nos lo decía

muchas veces, y nos reíamos con ella, sin querer creernos de lo que nos

decía. Pero ello es que a muchos les tie pronosticao cosas que después

les han sucedío. Que los muertos no se van de con nosotros cuando paece

que se van pa siempre al llevarlos pa enterrar en el campo santo, que

andan día y noche alrededor de los que han querío y de los que han

odiao en vida. Y sin nosotros verlos, hablan con nosotros. ¡Que de ahí

proviene que muchas veces pensamos lo que no hubiéamos creído de haber

pensao nunca!

ESTEBAN.

¿Y tú crees...?

RAIMUNDA.

Que too esto ha sío pa castigarnos, que el padre de mi hija no me ha

perdonao que yo hubiea dao otro padre a su hija. Que hay cosas que no

puen explicarse en este mundo. Que un hombre bueno como tú puea dejar

de serlo. Porque tú has sío muy bueno.

ESTEBAN.

Lo he sío siempre, lo he sío siempre; y de oírtelo decir a ti, ¡qué

consuelo y qué alegría tan grande!

RAIMUNDA.

¡Calla, escucha! Me paece que ha entrao gente de la otra parte de la

casa. A la cuenta será el padre de Norberto y los que vienen con él pa

llevársele. No deben de haber venío los de Justicia, que hubiean entrao

de esta parte. Voy a ver. Tú anda allá dentro, a lavarte y mudarte de

camisa, que no te vean así, que paeces...

ESTEBAN.

No te pares en decirlo. Un malhechor, ¿verdad?

RAIMUNDA.

No, no, Esteban. Pa qué atormentarnos más. Ahora lo que importa es

acallar a toos los que hablan. Después ya pensaremos. Mandaré a la

Acacia unos días con las monjas del Encinar, que la quieren mucho y

siempre están preguntando por ella, y después escribiré a mi cuñada

Eugenia, la de la Adrada, que siempre ha querío mucho a mi hija, y se

la mandaré con ella. Y quién sabe. Allí pue casarse, que hay mozos

de muy buenas familias y bien acomodás, y ella es el mejor partío de

por aquí y pue volver casada, y luego tendrá hijos que nos llamarán

abuelos, y ya iremos pa viejos y entoavía pue haber alegría en esta

casa. Si no fuea...

ESTEBAN.

¿Qué?

RAIMUNDA.

Si no fuea...

ESTEBAN.

Sí. El muerto.

RAIMUNDA.

Ese, que estará ya aquí siempre entre nosotros.

ESTEBAN.

Ties razón. ¡Pa siempre! Too pue borrarse menos eso. (_Sale_).

ESCENA X

RAIMUNDA y la ACACIA.

RAIMUNDA.

¡Acacia! ¿Estabas ahí, hija?

ACACIA.

Ya lo ve usted. Aquí estaba. Ahí está el padre de Norberto con sus

criaos.

RAIMUNDA.

¿Qué dice?

ACACIA.

Paece más conforme. Como le ha visto tan mejorao... Esperan al forense,

que ha de venir a reconocerle. Ha ido al Sotillo a otra diligencia y

luego vendrá.

RAIMUNDA.

Pues vamos allá nosotras.

ACACIA.

Es que antes quisiea yo hablar con usted, madre.

RAIMUNDA.

¿Hablar tú? ¡Ya me ties asustá! ¡Que hablas tan pocas veces! ¿Asunto de

qué?

ACACIA.

De que he entendío lo que tie usted determinao de hacer conmigo.

RAIMUNDA.

¿Andabas a la escucha?

ACACIA.

Nunca he tenío esa costumbre. Pero ponga usted que hoy he andao. Es que

me importaba lo que había usted de tratar con ese hombre. Quie decirse

que en esta casa la que estorba soy yo. Que los que no tenemos culpa

ninguna hemos de pagar por los que tien tanta. Y too pa quedarse usted

tan ricamente con su marío. A él se lo perdona usted too, pero a mí se

me echa de esta casa, naa más que pa quedarse ustedes muy descansaos.

RAIMUNDA.

¿Qué estás diciendo? ¿Quién pue echarte a ti de esta casa? ¿Quién ha

tratao semejante cosa?

ACACIA.

Usted sabrá lo que ha dicho. Que me llevará usted al convento del

Encinar, y pue que quisiea usted encerrarme allí pa toa mi vida.

RAIMUNDA.

No sé cómo pueas decir eso. ¿Pues no has sío tú muchas veces la que

me ties dicho que te gustaría pasar allí algunos días con las monjas?

¿Y no he sío yo la que nunca te ha consentío, por miedo no quisieas

quedarte allí? Y con la tía Eugenia, ¿cuántas veces no me has pedío tú

misma de dejarte allí con ella? Y ahora que se dispone en bien de toos,

en bien de esta casa, que es tuya y naa más que tuya, y a toos importa

poder salir de ella con la frente muy alta..., ¿qué quisieas tú, que yo

delatase al que has debío tú mirar como a un padre?

ACACIA.

¿Si querrá usted decir, como la Juliana, que yo he tenío la culpa de

todo?

RAIMUNDA.

No digo naa. Lo que yo sé es que él no ha podío mirarte como hija

porque tú no lo has sío nunca pa él.

ACACIA.

¿Si habré sío yo la que se habrá ido a poner elante e sus ojos? ¿Si

habré sío yo la que habrá hecho matar a Faustino?

RAIMUNDA.

¡Calla, hija, calla! ¡Si te entienden de allí!

ACACIA.

Pues no se saldrá usted con la suya. Si usted quie salvar a ese hombre

y callar too lo que aquí ha pasao, yo lo diré too a la Justicia y a

toos. Yo no tengo que mirar más que por mi honra. No por la de quien no

la tiene, ni la ha tenío nunca, porque es un criminal.

RAIMUNDA.

¡Calla, hija, calla! ¡Frío me da de oírte! ¡Que tú le odies, cuando yo

casi le he perdonao!

ACACIA.

Sí; le odio, le he odiado siempre, y él también lo sabe. Y si no quiere

verse delatao por mí, ya pue venir y matarme. ¡Sí, eso quisiea yo,

que me matase! ¡Sí, que me mate, pa ver si de una vez dejaba usted de

quererle!

RAIMUNDA.

¡Calla, hija, calla!

ESCENA XI

Dichas y ESTEBAN.

RAIMUNDA.

¡Esteban!...

ESTEBAN.

¡Tie razón, tie razón! ¡No es ella la que tie que salir de esta casa!

Pero yo no quieo que sea ella quien me entregue a la Justicia. Me

entregaré yo mismo. ¡Descuida! Y antes de que puean entrar aquí, les

saldré yo al encuentro. ¡Déjame tú, Raimunda! Te queda tu hija. Ya sé

que tú me hubieas perdonao. ¡Ella no! ¡Ella me ha aborrecío siempre,

Raimunda!

RAIMUNDA.

No, Esteban. ¡Esteban de mi alma!

ESTEBAN.

¡Déjame, déjame, o llamo al padre de Norberto y se lo confieso too aquí

mismo!

RAIMUNDA.

Hija, ya lo ves. Y ha sío por ti. ¡Esteban, Esteban!

ACACIA.

¡No le deje usted salir, madre!

RAIMUNDA.

¡Ah!...

ESTEBAN.

¿Quies ser tú quien me delate? ¿Por qué me has odiao tanto? ¡Si yo te

hubiea oído tan siquiera una vez llamarme padre! ¡Si tú pudieas saber

cómo te he querío yo siempre!

ACACIA.

¡Madre, madre!...

ESTEBAN.

Malquerida habrás sío sin yo quererlo. Pero antes, ¡cómo te había yo

querío!

RAIMUNDA.

¿No le llamarás nunca padre, hija?

ESTEBAN.

No me perdonará nunca.

RAIMUNDA.

Sí, hija, abrázale. Que te oiga llamarle padre. ¡Y hasta los muertos

han de perdonarnos y han de alegrarse con nosotros!

ESTEBAN.

¡Hija!..

ACACIA.

¡Esteban!... ¡Dios mío, Esteban!...

ESTEBAN.

¡Ah!...

RAIMUNDA.

La Malquerida · 第 3 / 4 段