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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: M]aría Antonieta acababa de llegar, y hallábase sentada

al pie de un brasero, con las manos en cruz y el cabello despeinado por

la humedad de la niebla. Cuando yo entré alzó los ojos tristes y

sombríos, cercados de una sombra violácea:

--¿Por qué tal insistencia en venir esta misma noche?

Herido por el despego de sus palabras, me detuve en medio de la

estancia:

--Siento decirte, que es una historia de tu capellán...

Ella insistió:

--Al entrar, le encontré acechándome por orden tuya.

Yo callé resignado a sus reproches, que contarle mi aventura, y el ardid

de Fray Ambrosio para llevarme allí, hubiera sido poco galante. Ella me

habló con los ojos secos, pero empañada la voz:

--¡Ahora tanto afán en verme, y ni una carta en la ausencia!...

¡Callas!... ¿Qué deseas?

Yo quise desagraviarla:

--Te deseo a ti, María Antonieta.

Sus bellos ojos místicos fulminaron desdenes:

--Te has propuesto comprometerme, que me arroje de su lado la Señora.

¡Eres mi verdugo!

Yo sonreí:

--Soy tu víctima.

Y la cogí las manos con intento de besarlas, pero ella las retiró

fieramente. María Antonieta era una enferma de aquel mal que los

antiguos llamaban mal sagrado, y como tenía alma de santa y sangre de

cortesana, algunas veces en invierno, renegaba del amor: La pobre

pertenecía a esa raza de mujeres admirables, que cuando llegan a viejas

edifican con el recogimiento de su vida y con la vaga leyenda de los

antiguos pecados. Entenebrecida y suspirante guardó silencio, con los

ojos obstinados, perdidos en el vacío. Yo cogí de nuevo sus manos y las

conservé entre las mías, sin intentar besarlas, temeroso de que

volviese a huirlas. En voz amante supliqué:

--¡María Antonieta!

Ella permaneció muda: Yo repetí después de un momento:

--¡María Antonieta!

Se volvió, y retirando sus manos repuso fríamente:

--¿Qué quieres?

--Saber tus penas.

--¿Para qué?

--Para consolarlas.

Perdió de pronto su hieratismo, e inclinándose hacia mí con un arranque

fiero, apasionado, clamó:

--Cuenta tus ingratitudes: ¡Porque esas son mis penas!

La llama del amor ardía en sus ojos con un fuego sombrío que parecía

consumirla: ¡Eran los ojos místicos que algunas veces se adivinan bajo

las tocas monjiles, en el locutorio de los conventos! Me habló con la

voz empañada:

--Mi marido viene a servir como ayudante del Rey.

--¿Dónde estaba?

--Con el infante Don Alfonso.

Yo murmuré:

--Es una verdadera contrariedad.

--Es más que una contrariedad, porque tendremos que vivir la misma vida:

La Reina me lo impone, y ante eso, prefiero volverme a Italia... ¿Tú no

dices nada?

--Yo no puedo hacer otra cosa que acatar tu voluntad.

Me miró con reconcentrado sentimiento:

--¿Serías capaz de que me repartiese entre vosotros dos? ¡Dios mío,

quisiera ser vieja, vieja caduca!...

Agradecido, besé las manos de mi adorada prenda. Aun cuando nunca tuve

celos de los maridos, gustaba aquellos escrúpulos como un encanto más,

acaso el mejor que podía ofrecerme María Antonieta. No se llega a viejo

sin haber aprendido que las lágrimas, los remordimientos y la sangre,

alargan el placer de los amores cuando vierten sobre ellos su esencia

afrodita: Numen sagrado que exalta la lujuria madre de la divina

tristeza y madre del mundo. ¡Cuántas veces, durante aquella noche, tuve

yo en mis labios las lágrimas de María Antonieta! Aún recuerdo el dulce

lamento con que habló en mi oído, temblorosos los párpados y estremecida

la boca que me daba el aliento con sus palabras:

--No debía quererte... Debía ahogarte en mis brazos, así, así...

Yo suspiré:

--¡Tus brazos son un divino dogal!

Y ella oprimiéndome aún más gemía:

--¡Oh!... ¡Cuánto te quiero! ¿Por qué te querré tanto? ¿Qué bebedizo me

habrás dado? ¡Eres mi locura!... ¡Di algo! ¡Di algo!

--Prefiero el escucharte.

--¡Pero yo quiero que me digas algo!

--Te diría lo que tú ya sabes... ¡Que me estoy muriendo por ti!

María Antonieta volvió a besarme, y sonriendo toda roja, murmuró en voz

baja:

--Es muy larga la noche...

--Lo fué mucho más la ausencia.

--¡Cuánto me habrás engañado!

--Ya te demostraré lo contrario.

Ella, siempre roja y riente, respondió:

--Mira lo que dices.

--Ya lo verás.

--Mira que voy a ser muy exigente.

Confieso que al oirla, temblé. ¡Mis noches, ya no eran triunfantes, como

aquellas noches tropicales perfumadas por la pasión de la Niña Chole!

María Antonieta soltóse de mis brazos y entró en su tocador. Yo esperé

algún tiempo, y después la seguí: Al rumor de mis pasos, la miré huir

toda blanca, y ocultarse entre los cortinajes de su lecho: Un lecho

antiguo de lustroso nogal, tálamo clásico donde los hidalgos matrimonios

navarros dormían hasta llegar a viejos, castos, sencillos, cristianos,

ignorantes de aquella ciencia voluptuosa que divertía el ingenio maligno

y un poco teológico, de mi maestro el Aretino. María Antonieta fué

exigente como una dogaresa, pero yo fuí sabio como un viejo cardenal que

hubiese aprendido las artes secretas del amor, en el confesionario y en

una Corte del Renacimiento. Suspirando desfallecida, me dijo:

--¡Xavier, es la última vez!

Yo creí que hablaba de nuestra amorosa epopeya, y como me sentí capaz de

nuevos alardes, suspiré inquietando con un beso apenas desflorado, una

fresa del seno. Ella suspiró también, y cruzó los desnudos brazos

apoyando las manos en los hombros, como esas santas arrepentidas, en los

cuadros antiguos:

--¡Xavier, cuándo volveremos a vernos!

--Mañana.

--¡No!... Mañana empieza mi calvario...

Calló un momento, y echándome al cuello el amante nudo de sus brazos,

murmuró en voz muy baja:

--La Señora tiene empeño en la reconciliación, pero yo te juro que

jamás... Me defenderé diciendo que estoy enferma.

Era un mal sagrado el de María Antonieta. Aquella noche rugió en mis

brazos como la faunesa antigua. Divina María Antonieta, era muy

apasionada y a las mujeres apasionadas se las engaña siempre. Dios que

todo lo sabe, sabe que no son éstas las temibles, sino aquellas

lánguidas, suspirantes, más celosas de hacer sentir al amante, que de

sentir ellas. María Antonieta era cándida y egoísta como una niña, y en

todos sus tránsitos se olvidaba de mí: En tales momentos, con los senos

palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la

boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las

rosas encendidas de los labios, era de una incomparable belleza sensual

y fecunda. Muy saturada de literatura y de Academia Veneciana.

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[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: C]uando me separé de María Antonieta aún no rayaba el

día, y los clarines ya tocaban diana. Sobre la ciudad nevada, el claro

de la luna caía sepulcral y doliente. Yo, sin saber dónde a tal hora

buscar alojamiento, vagué por las calles, y en aquel caminar sin rumbo

llegué a la plaza donde vivía Fray Ambrosio. Me detuve bajo el balcón de

madera para guarecerme de la llovizna, que comenzaba de nuevo, y a poco

observé que la puerta hallábase entornada. El viento la batía duro y

alocado. Tal era la inclemencia de la noche, que sin detenerme a

meditarlo, resolví entrar, y gané a tientas la escalera, mientras el

galgo preso en la cuadra se desataba en ladridos, haciendo sonar los

hierros de la cadena. Fray Ambrosio asomó en lo alto, alumbrándose con

un velón: Vestía el cuerpo flaco y largo con una sotana recortada, y

cubría la temblona cabeza con negro gorro puntiagudo, que daba a toda la

figura cierto aspecto de astrólogo grotesco. Entré con sombría

resolución, sin pronunciar palabra, y el fraile me siguió alzando la luz

para esclarecer el corredor: Allá dentro sentíanse apagados runrunes de

voces y dineros: Reunidos en la sala jugaban algunos hombres, con los

sombreros puestos y las capas terciadas, desprendiéndose de los

hombros: Por sus barbas rasuradas mostraban bien claramente pertenecer a

la clerecía: La baraja teníala un mozo aguileño y cetrino, que

cabalmente a tiempo de entrar yo, echaba sobre la mesa los naipes para

un albur:

--Hagan juego.

Una voz llena de fe religiosa, murmuró:

--¡Qué caballo más guapo!

Y otra voz secreteó como en el confesonario:

--¿Qué juego se da?

--Pues no lo ve... ¡Judías!... Van siete por el mismo camino.

El que tenía la baraja advirtió adusto.

--Hagan el favor de no cantar juego. Así no se puede seguir. ¡Todos se

echan como lobos sobre la carta cantada!

Un viejo con espejuelos y sin dientes, dijo lleno de evangélica paz:

--No te incomodes, Miquelcho, que cada cual lleva su juego: A Don

Nicolás le parece que son judías...

Don Nicolás afirmó:

--Siete van por el mismo camino.

El viejo de los espejuelos sonrió compadecido:

--Nueve si no lo toma a mal... Pero no son judías, sino bizcas y

contrabizcas, que es el juego.

Otras voces murmuraron como en una letanía:

--Tira, Miquelcho.

--No hagas caso.

--Lo que sea se verá.

--¿No echas gallo?

Miquelcho repuso desabrido:

--No.

Y comenzó a tirar. Todos guardaron silencio. Algunos ojos se volvían

desapacibles, fijándome una mirada rápida, y tornaban su atención a las

cartas. Fray Ambrosio llamó con un gesto al seminarista que estaba

peinando el naipe, y que lo soltó por acercarse. Habló el Fray:

--Señor Marqués, no me recuerde lo de esta noche... ¡No me lo recuerde

por María Santísima! Para decidirme había estado bebiendo toda la tarde.

Aún barboteó algunas palabras confusas, y asentando su mano sarmentosa

en el hombro del seminarista, que se nos había juntado y escuchaba, dijo

con un suspiro:

--Este tiene toda la culpa... Le llevo como segundo de la partida.

Miquelcho me clavó los ojos audaces, al mismo tiempo que enrojecía como

una doncella:

--El dinero hay que buscarlo donde lo hay: Fray Ambrosio me había dicho

cuánta era la generosidad de su amigo y protector...

El exclaustrado abrió la negra boca, con tosco y adulador encomio:

--¡Muy grande! En eso y en todo, es el primer caballero de España.

Algunos jugadores nos miraban curiosos. Miquelcho se apartó, recogió los

naipes y continuó peinándolos. Cuando terminaba, dijo al viejo de los

espejuelos:

--Corte, Don Quintiliano.

Y Don Quintiliano, al mismo tiempo que alzaba la baraja con mano

temblona, advertía risueño:

--Cuidado, que yo doy siempre vizcas.

Miquelcho echó un nuevo albur sobre la mesa, y se volvió hacia mí:

--No le digo que juegue porque es una miseria de dinero lo que se

tercia.

Y el viejo de los espejuelos, siempre evangélico, añadió:

--Todos somos unos pobres.

Y otro murmuró a modo de sentencia:

--Aquí sólo pueden ganarse ochavos, pero pueden en cambio perderse

millones.

Miquelcho, viéndome vacilar, se puso en pie brindándome con la baraja, y

todos los clérigos me hicieron sitio en torno de la mesa. Yo me volví

sonriendo al exclaustrado:

--Fray Ambrosio, me parece que aquí se quedan los dineros de la partida.

--¡No lo permita Dios! Ahora mismo se acaba el juego.

Y el fraile, de un soplo mató la luz. Por las ventanas se filtraba la

claridad del amanecer y un son de clarines alzábase dominando el hueco

trotar de los caballos sobre las losas de la plaza. Era una patrulla de

Lanzas de Borbón.

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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: D]on Carlos, a pesar del temporal de viento y de nieve,

resolvió salir a campaña. Me dijeron que desde tiempo atrás sólo se

esperaba para ello a que llegase la caballería de Borbón. ¡Trescientas

lanzas veteranas, que más tarde merecieron ser llamadas del Cid! El

Conde de Volfani, que había venido con aquella tropa, formaba entre los

ayudantes del Rey. Al vernos mostramos los dos mucho contento pues

éramos grandes amigos, como puede presumirse, y cabalgamos emparejadas

las monturas. Los clarines sonaban rompiendo marcha, el viento levantaba

las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para

gritar entusiasmada:

--¡Viva Carlos VII!

En lo alto de las angostas ventanas guarecidas bajo los aleros

negruzcos, asomaba de largo en largo, alguna vieja: Sus manos secas

sostenían entornada la falleba al mismo tiempo que con voz casi

colérica, gritaba:

--¡Viva el Rey de los buenos cristianos!

Y la voz robusta del pueblo contestaba:

--¡Viva!

En la carretera hicimos alto un instante. El viento de los montes nos

azotó tempestuoso, helado, bravío, y nuestros ponchos volaron

flameantes, y las boinas, descubriendo las tostadas frentes, tendiéronse

hacia atrás con algo de furia trágica y hermosa. Algunos caballos

relincharon encabritados, y fué un movimiento unánime el de afirmarse en

las sillas. Después toda la columna se puso en marcha. La carretera se

desenvolvía entre lomas coronadas de ermitas. Como viento y lluvia

continuaron batiéndonos con grandes ráfagas, ordenóse el alto al cruzar

el poblado de Zabalcín. El Cuartel Real aposentóse en una gran casería

que se alzaba en la encrucijada de dos malos caminos, de ruedas uno y de

herradura el otro. Apenas descabalgamos nos reunimos en la cocina al

amor del fuego, y una mujeruca corrió por la casa para traer la silla de

respaldo donde se sentaba el abuelo y ofrecérsela al Señor Rey Don

Carlos. La lluvia no cesaba de batir los cristales con ruidoso azote, y

la conversación fué toda para lamentar lo borrascoso del tiempo, que nos

estorbaba castigar como quisiéramos a la facción alfonsina que ocupaba

el camino de Oteiza. Por fortuna cerca del anochecer comenzó a calmar el

temporal. Don Carlos me habló en secreto:

--¡Bradomín, qué haríamos para no aburrirnos!

Yo me permití responder:

--Señor, aquí todas las mujeres son viejas. ¿Queréis que recemos el

rosario?

El Rey me miró al fondo de los ojos con expresión de burla.

--Oye, dinos el soneto que has compuesto a mi primo Alfonso: Súbete a

esa silla.

Los cortesanos rieron: Yo quedé un momento mirándolos a todos, y luego

hablé, inclinándome ante el Rey:

--Señor, para juglar nací muy alto.

Don Carlos al pronto dudó: Luego, decidiéndose, vino a mí sonriente, y

me abrazó:

--Bradomín, no he querido ofenderte: Debes comprenderlo.

--Señor, lo comprendo, pero temí que otros no lo comprendiesen.

El Rey miró a su séquito, y murmuró con severa majestad:

--Tienes razón.

Hubo un largo silencio, sólo turbado por el rafagueo del viento y de las

llamas en el hueco de la chimenea. La cocina comenzaba a ser invadida

por las sombras, pero a través de los vidrios llorosos, se advertía que

en el campo aún era la tarde. Los dos caminos, el de herradura y el de

ruedas, se perdían entre peñascales adustos, y en aquella hora los dos

aparecían solitarios por igual. Don Carlos me llamó desde el hueco de la

ventana, con un gesto misterioso:

--Bradomín, tú y Volfani vendréis acompañándome. Vamos a Estella, pero

es preciso que nadie se entere.

Yo, reprimiendo una sonrisa, interrogué:

--Señor, ¿queréis que avise a Volfani?

--Volfani está avisado. Él ha sido quien preparó la fiesta.

Me incliné, murmurando un elogio de mi amigo:

--¡Señor, admiro cómo hacéis justicia a los grandes talentos del Conde!

El Rey guardó silencio, como si quisiese mostrar disgusto de mis

palabras: Luego abrió la vidriera, y dijo extendiendo la mano:

--No llueve.

En el cielo anubarrado comenzaba a esbozarse la luna. A poco llegó

Volfani:

--Señor, todo está dispuesto.

El Rey, murmuró brevemente:

--Esperemos a que cierre la noche.

En el fondo oscuro de la cocina resonaban dos voces: Don Antonio

Lizárraga y Don Antonio Dorregaray, discurrían sobre arte militar:

Recordaban las batallas ganadas, y forjaban esperanzas de nuevos

triunfos: Dorregaray hablando de los soldados se enternecía: Ponderaba

el valor sereno de los castellanos y el coraje de los catalanes, y la

acometida de los navarros. De pronto una voz autoritaria interrumpe:

--¡Esos, los mejores soldados del mundo!

Y al otro lado del fuego, se alza lentamente la encorvada figura del

viejo general Aguirre. El resplandor rojizo de las llamas temblaba en su

rostro arrugado, y los ojos brillaban con fuego juvenil bajo la fosca

nieve de las cejas. Con la voz temblona, emocionado como un niño,

continuó:

--¡Navarra es la verdadera España! Aquí la lealtad, la fe y el heroísmo

se mantienen como en aquellos tiempos en que fuimos tan grandes.

En su voz había lágrimas. Aquel viejo soldado era también un hombre de

otros tiempos. Yo confieso que admiro a esas almas ingenuas, que aún

esperan de las rancias y severas virtudes la ventura de los pueblos: Las

admiro y las compadezco, porque ciegas a toda luz no sabrán nunca que

los pueblos, como los mortales, sólo son felices cuando olvidan eso que

llaman conciencia histórica, por el instinto ciego del futuro que está

cimero del bien y del mal, triunfante de la muerte. Un día llegará, sin

embargo, donde surja en la conciencia de los vivos, la ardua sentencia

que condena a los no nacidos. ¡Qué pueblo de pecadores trascendentales

el que acierte a poner el gorro de cascabeles en la amarilla calavera

que llenaba de meditaciones sombrías el alma de los viejos ermitaños!

¡Qué pueblo de cínicos elegantes el que rompiendo la ley de todas las

cosas, la ley suprema que une a las hormigas con los astros, renuncie a

dar la vida, y en un alegre balneario se disponga a la muerte! ¿Acaso no

sería ese el más divertido fin del mundo, con la coronación de Safo y

Ganimedes?... Y a todo esto la noche había cerrado por completo, y el

claro de la luna iluminaba el alféizar. Por la ventana abierta entraba

un aire frío y húmedo que tan pronto abatía como alzaba flameantes las

llamas del hogar. Don Carlos nos indicó con un gesto que le siguiésemos:

Salimos, y caminamos a pie durante algún tiempo, hasta llegar al abrigo

de los peñascales donde un soldado nos esperaba con los caballos del

diestro. El Rey montó, arrancando al galope, y nosotros le imitamos. Al

pasar ante los guardias, una voz se alzaba en la noche:

--¿Quién vive?

Y el soldado respondía con un grito:

--¡Carlos VII!

--¿Qué gente?

--¡Borbón!

Y nos dejaban paso. Los peñascales que flanquean la carretera parecían

llenos de amenazas, y de los montes cercanos llegaba en el silencio de

la noche el rumor de las hinchadas torrenteras. En las puertas de la

ciudad hubimos de confiar los caballos al soldado, y recatándonos

caminamos a pie.

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[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: N]os detuvimos ante un caserón con rejas: Era el caserón

de mi bella bailarina elevada a Duquesa de Uclés. Llamamos con recato, y

la puerta se abrió... El gran farol de hierro estaba encendido, y un

hombre marchó delante de nosotros franqueando otras puertas, que francas

se quedaban mucho después de pasar. Más de una vez aquel hombre me miró

curioso. Yo también le miraba queriendo reconocerle: Tenía una pierna

de palo, era alto, seco, avellanado, con ojos de cañí, y la calva y el

perfil de César. De pronto sentí esclarecerse mi memoria ante el solemne

ademán con que de tiempo en tiempo se acariciaba los tufos. El César de

la pata de palo era un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza,

amigo de las juergas clásicas con cantadores y aristócratas: En otro

tiempo se murmuró que me había substituído en el corazón de la gentil

bailarina: Yo nunca quise averiguarlo porque siempre tuve como un deber

de andante caballería, respetar esos pequeños secretos de los corazones

femeninos. ¡Con profunda melancolía recordé aquel buen tiempo pasado!

Parecía despertarse al golpe seco de la pierna de palo, mientras

cruzábamos el vasto corredor, sobre cuyos muros se desenvolvía en

viejas estampas la historia amorosa de Doña Marina y Hernán Cortés. Mi

corazón aún palpitó cuando en el fondo de una puerta surgió la Duquesa.

Don Carlos la interrogó:

--¿Ha venido?

--Ya no tardará, Señor.

La Duquesa quiso apartarse cediendo el paso, pero muy galán lo rehusó el

Rey:

--Las damas primero.

El salón, apenas alumbrado por los candelabros de las consolas, era

grande y frío, con encerada tarima. Ante el sofá del estrado brillaba un

brasero de cobre sostenido por garras de león. Don Carlos murmuró, al

tiempo que extendía sus manos sobre el rescoldo:

--Las mujeres sólo saben hacerse esperar... ¡Es su gran talento!

Calló, y nosotros respetamos su silencio. La Duquesa me enviaba una

sonrisa. Yo, al verla con tocas de viuda, recordé a la dama del negro

velo que había salido de la iglesia en el cortejo de Doña Margarita. En

el corredor volvía a resonar el golpe de la pata de palo, y un murmullo

de voces. A poco entran dos mujeres muy rebozadas y anhelantes, con un

vaho de humedad en los mantos. Al vernos, una de ellas retrocede hasta

la puerta mostrando disgusto. Don Carlos se acerca, y después de algunas

palabras en voz baja, sale acompañándola. La otra, una dueña que andaba

sin ruido, sale detrás, pero a los pocos momentos vuelve, y con la mano

asomando apenas bajo el manto, hace una seña a Volfani: Volfani se

levanta y la sigue. Al vernos solos, murmura y ríe la Duquesa:

--¡Se tapan de usted!

--¿Acaso las conozco?

--No sé... No me pregunte usted nada.

Callé, sin sentir la menor curiosidad, y quise besar las manos ducales

de mi amiga, pero ella las retiró sonriendo:

--Ten formalidad. Mira que somos dos viejos.

--¡Tú eres eternamente joven, Carmen!

Me miró un momento, y replicó maliciosa y cruel:

--Pues a ti no te sucede lo mismo.

Y como era muy piadosa, queriendo restañar la herida me echó al cuello

su boa de marta, ofreciéndome los labios como un fruto. ¡Divinos labios

que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos!

Se apartó vivamente porque el golpe de la pierna de palo volvía a sonar

despertando los ecos del caserón. Yo le dije sonriendo:

--¿Qué temes?

Y ella frunciendo el arco de su lindo ceño, respondió:

--¡Nada! ¿También tú crees esa calumnia?

Y besando la cruz de sus dedos, con tanta devoción como gitanería,

murmuró:

--¡Te lo juro!... Jamás he tenido nada con ese... Somos paisanos y le

guardo ley, y por eso cuando un toro le dejó sin poderse ganar el pan,

le recogí de caridad. ¡Tú harías lo mismo!

--¡Lo mismo!

Aun cuando no estuviese muy seguro, lo afirmé solemnemente. La Duquesa,

como queriendo borrar por completo aquel recuerdo, me dijo con amoroso

reproche:

--¡Ni siquiera me has preguntado por nuestra hija!

Quedé un momento turbado, porque apenas hacía memoria. Luego mi corazón

puso la disculpa en mis labios.

--No me atreví.

--¿Por qué?

--No quería nombrarla viniendo en aventura con el Rey.

Una nube de tristeza pasó por los ojos de la madre:

--No la tengo aquí... Está en un convento.

Yo sentí de pronto el amor de aquella hija lejana y casi quimérica:

--¿Se parece a ti?

--No... Es feúcha.

Temiendo una burla, me reí:

--¿Pero de veras es mi hija?

La Duquesa de Uclés volvió a jurar besando la cruz de sus dedos, y tal

vez haya sido mi emoción, pero entonces su juramento me pareció limpio

de toda gitanería. Fijándome sus grandes ojos morunos, dijo con un

profundo encanto sentimental, el encanto sentimental que hay en algunas

coplas gitanas:

--Esa criatura es tan hija tuya como mía. Nunca lo oculté, ni siquiera a

mi marido. ¡Y cómo la quería el pobrecito!

Se enjugó una lágrima. Era viuda desde el comienzo de la guerra, donde

había muerto oscuramente el pacífico Duque de Uclés. La antigua

bailarina, fiel a la tradición como una gran dama, se estaba arruinando

por la Causa: Ella sola había costeado las armas y monturas de cien

jinetes: Cien lanzas que se llamaron de Don Jaime. Al hablar del

heredero se enternecía como si también fuese su hijo.

--¿De manera que has visto a mi precioso príncipe?

--Sí.

--¿Y a cuál de las Infantas?

--A Doña Blanca.

--¿Qué salada, verdad? ¡Va a ser más barbiana!

Y aún quedaba en el aire el aleteo gracioso de aquella profecía, cuando

allá, en el fondo del caserón, resonó la voz del Rey. La Duquesa se puso

de pie:

--¿Qué pasará?

Don Carlos entró. Estaba un poco pálido. Nosotros le interrogamos con

los ojos. Él dijo:

--A Volfani acaba de darle un accidente. Ya se habían ido esas damas y

estaba hablándole, cuando de pronto veo que cae poco a poco, doblándose

sobre un brazo del sillón. Yo tuve que sostenerle...

Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín · 第 7 / 11 段