¡Oh insolencia de las barraganas! Al oir mi nombre aquella mujeruca, no

mostró ni arrepentimiento ni zozobra: Me clavó los ojos negros y brujos,

como los tienen algunas viejas pintadas por Goya, y un poco incrédula

se limitó a balbucir con el borde de los labios:

--Si es el caballero que dice, por muchos años lo sea. ¡Amén!

Se apartó para dejarnos paso. Todavía la oímos murmurar:

--¡Vaya un barro que traen en los pies! ¡Divino Jesús, cómo me han

puesto los suelos!

Aquellos suelos limpios, encerados, lucientes, puros espejos donde ella

se miraba, sus amores de vieja casera, acababan de ser bárbaramente

profanados por nosotros. Me volví consternado para alcanzar todo el

horror de mi sacrilegio, y la mirada de odio que hallé en los ojos de la

mujeruca fué tal, que sentí miedo. Todavía siguió rezongando:

--Si estuviesen matando petrolistas... Da dolor cómo me han puesto los

suelos. ¡Qué entrañas!

Fray Ambrosio gritó desde la sala:

--¡Silencio!... A servirnos pronto el chocolate.

Y su voz resonó como un bélico estampido en el silencio de la casa. Era

la voz con que en otro tiempo mandaba a los hombres de su partida y la

única que les hacía temblar, pero aquella vieja tenía sin duda el ánimo

isabelino, porque volviendo apenas el apergaminado gesto, murmuró más

avinagrada que nunca:

--¡Pronto!... Pronto, será cuando se haga. ¡Ay, Jesús, dame paciencia!

Fray Ambrosio tosía con un eco cavernoso, y allá en el fondo de la casa

continuaba oyéndose el marullar confuso de la barragana, y en los

momentos de silencio el latido de un reloj, como si fuese la pulsación

de aquella casa de fraile donde reinaba una vieja rodeada de gatos:

¡Tac-tac! ¡Tac-tac! Era un reloj de pared con el péndulo y las pesas al

aire. La tos del fraile, el rosmar de la vieja, el soliloquio del reloj,

me parecía que guardaban un ritmo quimérico y grotesco, aprendido en el

clavicordio de alguna bruja melómana.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: D]espojéme del hábito monacal y quedé en hábito de zuavo

pontificio. Fray Ambrosio me contempló con infantil deleite, haciendo

grandes aspavientos con sus brazos largos y descoyuntados:

--¡Cuidado que es bizarro arreo!

--¿Usted no lo conocía?

--Solamente en pintura, por un retrato del Infante Don Alfonso.

Y curioso de averiguar mis aventuras, con la tonsurada cabeza temblando

sobre los hombros, murmuró:

--¿En fin, puede saberse la historia del hábito?

Yo repuse con indiferencia:

--Un disfraz para no caer en manos del maldito cura.

--¿De Santa Cruz?

--Sí.

--Ahora tiene sus reales en Oyarzun.

--Y yo vengo de Arimendi, donde estuve enfermo de calenturas, oculto en

una casería.

--¡Válete Dios! ¿Y por qué le quiere mal el cura?

--Sabe que obtuve del Rey la orden para que le fusile Lizárraga.

Fray Ambrosio enderezó su encorvado talle de gigante:

--¡Mal hecho! ¡Mal hecho! ¡Mal hecho!

Yo repuse con imperio:

--El cura es un bandido.

--En la guerra son necesarios esos bandidos. ¡Pero claro, como esta no

es guerra sino una farsa de masones!

No pude menos de sonreir.

--¿De masones?

--Sí, de masones: Dorregaray es masón.

--Pero quien quiere cazar a la fiera, quien ha jurado exterminarla, es

Lizárraga.

El fraile vino hacia mí, cogiéndose con las dos manos la cabeza

temblona, como si temiese verla rodar de los hombros:

--Don Antonio se cree que la guerra se hace derramando agua bendita, en

vez de sangre. Todo lo arregla con comuniones, y en la guerra, si se

comulga, ha de ser con balas de plomo. Don Antonio es un frailuco como

yo, qué digo, mucho más frailuco que yo, aun cuando no haya hecho los

votos. ¡Los viejos que anduvimos en la otra guerra, y vemos esta,

sentimos vergüenza, verdadera vergüenza!... Ya me ha dado la alferecía.

Y se afirmó con más fuerza las manos sobre la cabeza, sentándose en el

sillón a esperar el chocolate, porque ya sonaban en el corredor los

pasos del ama y el timbre de las jícaras en el metal de las bandejas. El

ama entró ya mudado el gesto, mostrando la cara plácida y sonriente de

esas viejas felices con los cuidados caseros, el rosario y la calceta:

--¡Santos y buenos días nos dé Dios! El Señor Marqués no se acordaba de

mí. Pues le he tenido en mi regazo. Yo soy hermana de Micaela la Galana.

¿Se acuerda de Micaela la Galana? Una doncella que tuvo muchos años su

abuelita, mi dueña la Condesa.

Mirando a la vieja, murmuré casi conmovido:

--¡Ay, señora, si tampoco recuerdo a mi abuela!

--Una santa. ¡Quién estuviera como ella sentadita en el Cielo, al lado

de Nuestro Señor Jesucristo!

Dejó sobre el velador las dos bandejas del chocolate, y después de

hablar al oído del fraile, se retiró. El chocolate humeaba con grato y

exquisito aroma: Era el tradicional soconusco de los conventos, aquel

que en otro tiempo enviaban como regalo a los abades, los señores

visorreyes de las Indias. Mi antiguo maestro de gramática aún hacía

memoria de tanta bienandanza. ¡Oh, regalada holgura, eclesiástica

opulencia, jocunda glotonería, siempre añorada, del Real e Imperial

Monasterio de Sobrado! Fray Ambrosio, guardando el rito, masculló

primero algunos latines, y luego embocó la jícara: Cuando le dió fin,

murmuró a guisa de sentencia, con la elegante concisión de un clásico,

en el siglo de Augusto:

--¡Sabroso! No hay chocolate como el de esas benditas monjas de Santa

Clara!

Suspiró satisfecho, y volvió al cuento pasado:

--¡Váleme Dios! Ha estado bien no decir la historia del disfraz allá en

la sacristía. Los clérigos son acérrimos partidarios de Santa Cruz.

Quedó un momento meditando. Después bostezó largamente, y sobre la boca

negra como la de un lobo, se hizo la señal de la cruz:

--¡Váleme Dios! ¿Y qué desea de este pobre exclaustrado el Señor Marqués

de Bradomín?

Yo murmuré con simulada indiferencia:

--Luego hablaremos de ello.

El fraile barboteó ladino:

--Tal vez no sea preciso... Pues sí señor, continúo ejerciendo oficios

de capellán en casa de la Señora Condesa de Volfani. La Señora Condesa

está buena, aun cuando un poco triste... Precisamente ésta es la hora de

verla.

Yo hice un vago gesto, y saqué de la limosnera una onza de oro:

--Dejemos los negocios mundanos, Fray Ambrosio. Esa onza para una misa

por haber salido con bien...

El fraile la guardó en silencio, y fuése después de ofrecerme su cama

para que descabezase un sueño, y me repusiese del camino. Era una cama

con siete colchones, y un Cristo a la cabecera. Enfrente una gran cómoda

panzuda, un tintero de cuerno encima de la cómoda, y en la punta del

tintero un solideo.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: T]odo el día estuvo lloviendo. En las breves escampadas,

una luz triste y cenicienta amanecía sobre los montes que rodean la

ciudad santa del carlismo, donde el rumor de la lluvia en los cristales,

es un rumor familiar. De tiempo en tiempo, en medio de la tarde llena de

tedio invernal, se alzaba el ardiente son de las cornetas, o el campaneo

de unas monjas llamando a la novena. Tenía que presentarme al Rey, y

salí cuando aún no había vuelto Fray Ambrosio. Un velo de niebla

ondulaba en las ráfagas del aire: Dos soldados cruzaban por el centro de

la plaza, con el andar abatido y los ponchos chorreando agua: Se oía la

canturia monótona de los niños de una escuela. La tarde lívida daba

mayor tristeza al vano de la plaza encharcada, desierta, sepulcral. Me

perdí varias veces en las calles, donde sólo hallé una beata a quien

preguntar el camino: Anochecido ya, llegué a la Casa del Rey.

--Pronto ahorcaste los hábitos, Bradomín.

Tales fueron las palabras con que me recibió Don Carlos. Yo respondí,

procurando que sólo el Rey me oyese:

--Señor, se me enredaban al andar.

El Rey murmuró en el mismo tono:

--También a mí se me enredan... Pero yo, desgraciadamente, no puedo

ahorcarlos.

Me atreví a responder:

--Vos debíais fusilarlos, Señor.

El Rey sonrióse, y me llevó al hueco de una ventana:

--Conozco que has hablado con Cabrera. Esas ideas son suyas. Cabrera, ya

habrás visto, se declara enemigo del partido ultramontano y de los curas

facciosos. Hace mal, porque ahora son un poderoso auxiliar. Créeme, sin

ellos no sería posible la guerra.

--Señor, ya sabéis que el general tampoco es partidario de la guerra.

El Rey guardó un momento silencio:

--Ya lo sé. Cabrera imagina que hubieran dado mejor fruto los trabajos

silenciosos de las Juntas. Creo que se equivoca... Por lo demás, yo

tampoco soy amigo de los curas facciosos. A ti ya te dije eso mismo en

otra ocasión, cuando me hablaste de que era preciso fusilar a Santa

Cruz. Si durante algún tiempo me opuse a que se le formase consejo de

guerra, fué para evitar que se reuniesen las tropas republicanas

ocupadas en perseguirle, y se nos viniesen encima. Ya has visto como

sucedió así. El Cura ahora nos cuesta la pérdida de Tolosa.

El Rey hizo otra pausa, y con la mirada recorrió la estancia, un salón

oscuro, entarimado de nogal, con las paredes cubiertas de armas y de

banderas, las banderas ganadas en la guerra de los siete años por

aquellos viejos generales de memoria ya legendaria. Allá en un extremo

conversaban en voz baja el Obispo de Urgel, Carlos Calderón y Diego

Villadarias. El Rey sonrió levemente, con una sonrisa de triste

indulgencia, que yo nunca había visto en sus labios:

--Ya están celosos de que hable contigo, Bradomín. Sin duda no eres

persona grata al Obispo de Urgel.

--¿Por qué lo decís, Señor?

--Por las miradas que te dirige: Ve a besarle el anillo.

Ya me retiraba para obedecer aquella orden, cuando el Rey, en alta voz

de suerte que todos le oyesen, me advirtió:

--Bradomín, no olvides que comes conmigo.

Yo me incliné profundamente:

--Gracias, Señor.

Y llegué al grupo donde estaba el Obispo. Al acercarme habíase hecho el

silencio. Su Ilustrísima me recibió con fría amabilidad:

--Bien venido, Señor Marqués.

Yo repuse con señoril condescendencia, como si fuese un capellán de mi

casa el Obispo de la Seo de Urgel:

--¡Bien hallado, Ilustrísimo Señor!

Y con una reverencia más cortesana que piadosa, besé la pastoral

amatista. Su Ilustrísima, que tenía el ánimo altivo de aquellos obispos

feudales que llevaban ceñidas las armas bajo el capisayo, frunció el

ceño, y quiso castigarme con una homilía:

--Señor Marqués de Bradomín, acabo de saber una burda fábula urdida esta

mañana, para mofarse de dos pobres clérigos llenos de inocente

credulidad, escarneciendo al mismo tiempo el sayal penitente, no

respetando la santidad del lugar, pues fué en San Juan.

Yo interrumpí:

--En la sacristía, Señor Obispo.

Su Ilustrísima, que estaba ya escaso de aliento, hizo una pausa, y

respiró:

--Me habían dicho que en la iglesia... Pero aun cuando haya sido en la

sacristía, esa historia es como una burla de la vida de ciertos santos,

Señor Marqués. Si, como supongo, el hábito no era un disfraz

carnavalesco, en llevarlo no había profanación. ¡Pero la historia

contada a los clérigos, es una burla digna del impío Voltaire!

El prelado iba, sin duda, a discurrir sobre los hombres de la

Enciclopedia. Yo, viéndole en aquel paso, temblé arrepentido:

--Reconozco mi culpa, y estoy dispuesto a cumplir la penitencia que se

digne imponerme su Ilustrísima.

Viendo el triunfo de su elocuencia, el santo varón ya sonrió benévolo:

--La penitencia la haremos juntos.

Yo le miré sin comprender. El prelado, apoyando en mi hombro una mano

blanca, llena de hoyos, se dignó esclarecer su ironía:

--Los dos comemos en la mesa del Rey, y en ella el ayuno es forzoso. Don

Carlos tiene la sobriedad de un soldado.

Yo respondí:

--El Bearnés, su abuelo, soñaba con que cada uno de sus súbditos pudiese

sacrificar una gallina. Don Carlos, comprendiendo que es una quimera de

poeta, prefiere ayunar con todos sus vasallos.

El Obispo me interrumpió:

--Marqués, no comencemos las burlas. ¡El Rey también es sagrado!

Yo me llevé la diestra al corazón, indicando que aun cuando quisiera

olvidarlo no podría, pues estaba allí su altar. Y me despedí, porque

tenía que presentar mis respetos a Doña Margarita.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: A]l entrar en la saleta, donde la Señora y sus damas

bordaban escapularios para los soldados, sentí en el alma una emoción a

la vez religiosa y galante. Comprendí entonces todo el ingenuo

sentimiento que hay en los libros de caballerías, y aquel culto por la

belleza y las lágrimas femeniles que hacía palpitar bajo la cota, el

corazón de Tirante el Blanco. Me sentí más que nunca, caballero de la

Causa: Como una gracia deseé morir por aquella dama que tenía las manos

como lirios, y el aroma de una leyenda en su nombre de princesa pálida,

santa, lejana. Era una lealtad de otros siglos la que inspiraba Doña

Margarita. Me recibió con una sonrisa de noble y melancólico encanto:

--No te ofendas si continúo bordando este escapulario, Bradomín. A ti te

recibo como a un amigo.

Y dejando un momento la aguja clavada en el bordado, me alargó su mano

que besé con profundo respeto. La Reina continuó:

--Me han dicho que estuviste enfermo. Te hallo un poco más pálido. Tú me

parece que eres de los que no se cuidan, y eso no está bien. Ya que no

por ti, hazlo por el Rey que tanto necesita servidores leales como tú.

Estamos rodeados de traidores, Bradomín.

Doña Margarita calló un momento. Al pronunciar las últimas palabras,

habíase empañado su voz de plata, y creí que iba a romperse en un

sollozo. Acaso haya sido ilusión mía, pero me pareció que sus ojos de

madona, bellos y castos, estaban arrasados de lágrimas: La Señora, en

aquel momento inclinaba su cabeza sobre el escapulario que bordaba, y no

puedo asegurarlo. Pasó algún tiempo. La Reina suspiró alzando la frente

que parecía de una blancura lunar bajo las dos crenchas en que partía

sus cabellos:

--Bradomín, es preciso que vosotros los leales salvéis al Rey.

Yo repuse conmovido:

--Señora, dispuesto estoy a dar toda mi sangre, porque pueda ceñirse la

corona.

La Reina me miró con una noble emoción:

--¡Mal has entendido mis palabras! No es su corona lo que yo te pido que

defiendas, sino su vida... ¡Que no se diga de los caballeros españoles,

que habéis ido a lejanas tierras en busca de una princesa para vestirla

de luto! Bradomín, vuelvo a decírtelo, estamos rodeados de traidores.

La Reina calló. Se oía el rumor de la lluvia en los cristales, y el

toque lejano de las cornetas. Las damas que hacían corte a la Señora,

eran tres: Doña Juana Pacheco, Doña Manuela Ozores y María Antonieta

Volfani: Yo sentía sobre mí, como amoroso imán, los ojos de la Volfani,

desde que había entrado en la saleta: Aprovechando el silencio se

levantó, y vino con una interrogación al lado de Doña Margarita:

--¿La Señora quiere que vaya en busca de los Príncipes?

La Reina a su vez interrogó:

--¿Ya habrán terminado sus lecciones?

--Es la hora.

--Pues entonces ve por ellos. Así los conocerá Bradomín.

Me incliné ante la Señora, y aprovechando la ocasión hice también mis

saludos a María Antonieta: Ella muy dueña de sí, respondióme con

palabras insignificantes que ya no recuerdo, pero la mirada de sus ojos

negros y ardientes fué tal, que hizo latir mi corazón como a los veinte

años. Salió y dijo la Señora:

--Me tiene preocupada María Antonieta. Desde hace algún tiempo la

encuentro triste y temo que tenga la enfermedad de sus hermanas: Las

dos murieron tísicas... ¡Luego la pobre es tan poco feliz con su marido!

La Reina clavó la aguja en el acerico de damasco rojo que había en su

costurero de plata, y sonriendo me mostró el escapulario:

--¡Ya está! Es un regalo que te hago, Bradomín.

Yo me acerqué para recibirlo de sus manos reales. La Señora, me lo

entregó diciendo:

--¡Que aleje siempre de ti las balas enemigas!

Doña Juana Pacheco y Doña Manuela Ozores, rancias damas que acordaban la

guerra de los siete años, murmuraron:

--¡Amén!

Hubo otro silencio. De pronto los ojos de la Reina se iluminaron con

amorosa alegría: Era que entraban sus dos hijos mayores, conducidos por

María Antonieta. Desde la puerta corrieron hacia ella, colgándosele del

cuello y besándola. Doña Margarita les dijo con una graciosa severidad:

--¿Quién ha sabido mejor sus lecciones?

La Infanta calló poniéndose encendida, mientras Don Jaime, más denodado,

respondía:

--Las hemos sabido todos lo mismo.

--Es decir, que ninguno las ha sabido.

Y Doña Margarita los besó, para ocultar que se reía: Después les dijo,

tendida hacia mí su mano delicada y alba:

--Este caballero es el Marqués de Bradomín.

La Infanta murmuró en voz baja, inclinada la cabeza sobre el hombro de

su madre:

--¿El que hizo la guerra en México?

La Reina acarició los cabellos de su hija:

--¿Quién te lo ha dicho?

--¿No lo contó una vez María Antonieta?

--¡Cómo te acuerdas!

La niña, llenos de timidez y de curiosidad los ojos, se acercó a mí:

--¿Marqués, llevabas ese uniforme en México?

Y Don Jaime, desde el lado de su madre, alzó su voz autoritaria de niño

primogénito:

--¡Qué tonta eres! Nunca conoces los uniformes. Ese uniforme es de zuavo

pontificio, como el del tío Alfonso.

Con familiar gentileza, el Príncipe vino también hacia mí:

--¿Marqués, es verdad que en México los caballos resisten todo el día al

galope?

--Es verdad, Alteza.

La Infanta interrogó a su vez.

--¿Y es verdad que hay unas serpientes que se llaman de cristal?

--También es verdad, Alteza.

Los niños quedaron un momento reflexionando: Su madre les habló:

--Decidle a Bradomín lo que estudiáis.

Oyendo esto, el Príncipe se irguió ante mí, con infantil alarde:

--Marqués, pregúntame por donde quieras la Historia de España.

Yo sonreí:

--¿Qué reyes hubo de vuestro nombre, Alteza?

--Uno solo: Don Jaime el Conquistador.

--¿Y de dónde era Rey?

--De España.

La Infanta murmuró poniéndose encendida:

--De la Corona de Aragón: ¿Verdad, Marqués?

--Verdad, Alteza.

El Príncipe la miró despreciador:

--¿Y eso no es España?

La Infanta buscó ánimo en mis ojos, y repuso con tímida gravedad:

--Pero eso no es toda España.

Y volvió a ponerse roja. Era una niña encantadora, con ojos llenos de

vida y cabellera de luengos rizos que besaban el terciopelo de las

mejillas. Animándose volvió a preguntarme sobre mis viajes:

--¡Marqués, es verdad que también has estado en Tierra Santa?

--También estuve allí, Alteza.

--¿Y habrás visto el sepulcro de Nuestro Señor? Cuéntame cómo es.

Y se dispuso a oir, sentada en un taburete, con los codos en las

rodillas y el rostro entre las manos que casi desaparecían bajo la

suelta cabellera. Doña Manuela Ozores y Doña Juana Pacheco, que traían

una conversación en voz baja, callaron, también dispuestas a escuchar el

relato... Y en estas andanzas llega la hora de hacer penitencia, que fué

ante los regios manteles según profecía de Su Ilustrísima.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: T]uve el honor de asistir a la tertulia de la Señora.

Durante ella, en vano fué buscar una ocasión propicia para hablar a

solas con María Antonieta. Salí con el vago temor de haberla visto huir

toda la noche. Al darme en rostro el frío de la calle advertí que una

sombra alta, casi gigantesca, venía hacia mí. Era Fray Ambrosio:

--Bien le han tratado los soberanos. ¡Vaya, que no puede quejarse el

Señor Marqués de Bradomín!

Yo murmuré con desabrido talante:

--El Rey sabe que no tiene otro servidor tan leal.

Y el fraile murmuró también desabrido, pero en tono menor:

--Algún otro tendrá...

Sentí crecer mi altivez:

--¡Ninguno!

Caminamos en silencio hasta doblar una esquina donde había un farol.

Allí el exclaustrado se detuvo:

--¿Pero adónde vamos?... La dama consabida, dice que la vea esta misma

noche, si puede ser.

Yo sentí latir mi corazón:

--¿Dónde?

--En su casa... Pero será preciso entrar con gran sigilo. Yo le guiaré.

Volvimos sobre nuestros pasos, recorriendo otra vez la calle encharcada

y desierta. El fraile me habla en voz baja:

--La Señora Condesa también acaba de salir... Esta mañana me había

mandado que la esperase. Sin duda quería darme ese aviso para el Señor

Marqués... Temería no poder hablarle en la Casa del Rey.

El fraile calló suspirando: Después se rió, con un reir extraño,

ruidoso, grotesco:

--¡Válete Dios!

--¿Qué le sucede, Fray Ambrosio?

--Nada, Señor Marqués. Es la alegría de verme desempeñando estos

oficios, tan dignos de un viejo guerrillero. ¡Ay!... Cómo se ríen mis

diez y siete cicatrices...

--¡Las tiene usted bien contadas!

--¡Mejor recibidas las tengo!

Calló, esperando sin duda una respuesta mía, y como no la obtuviese,

continuó en el mismo tono de amarga burla:

--Eso sí, no hay prebenda que iguale a ser capellán de la Señora Condesa

de Volfani. ¡Lástima que no pueda cumplir mejor sus promesas!... Ella

dice que no es suya la culpa, sino de la Casa Real... Allí son enemigos

de los curas facciosos, y no se les debe disgustar. ¡Oh, si dependiese

de mi protectora!...

No le dejé proseguir. Me detuve y le hablé con firme resolución:

--Fray Ambrosio, se acabó mi paciencia. No tolero ni una palabra más.

Agachó la cabeza:

--¡Válete Dios! ¡Está bien!

Seguimos en silencio. De largo en largo hallábase un farol, y en torno

danzaban las sombras. Al cruzar por delante de las casas donde había

tropa alojada, percibíase rasgueo de guitarras y voces robustas y

jóvenes cantando la jota. Después volvía el silencio, sólo turbado por

la alerta de los centinelas y el ladrido de algún perro. Nos entramos

bajo unos soportales y caminamos recatados en la sombra. Fray Ambrosio

iba delante, mostrándome el camino: A su paso una puerta se abrió

sigilosa: El exclaustrado volvióse llamándome con la mano, y desapareció

en el zaguán. Yo le seguí y escuché su voz:

--¿Se puede encender candela?

Y otra voz, una voz de mujer, respondió en la sombra:

--Sí, señor.

La puerta había vuelto a cerrarse. Yo esperé, perdido en la oscuridad,

mientras el fraile encendía un enroscado de cerilla, que ardió

esparciendo olor de iglesia. La llama lívida temblaba en el ancho

zaguán, y al incierto resplandor columbrábase la cabeza del fraile,

también temblona. Una sombra se acercó: Era la doncella de María

Antonieta: El fraile hízole entrega de la luz y me llevó a un rincón. Yo

adivinaba, más que veía, el violento temblor de aquella cabeza

tonsurada:

--Señor Marqués, voy a dejar este oficio de tercería, indigno de mí!

Y su mano de esqueleto clavó los huesos en mi hombro:

--Ahora ha llegado el momento de obtener el fruto, Señor Marqués. Es

preciso que me entregue cien onzas: Si no las lleva encima puede

pedírselas a la Señora Condesa. ¡Al fin y al cabo, ella me las había

ofrecido!

No me dejé dominar, aun cuando fué grande la sorpresa, y haciéndome

atrás puse mano a la espada:

--Ha elegido usted el peor camino. A mí no se me pide con amenazas ni se

me asusta con gestos fieros, Fray Ambrosio.

El exclaustrado rió, con su risa de mofa grotesca:

--No alce la voz, que pasa la ronda y podrían oirnos.

--¿Tiene usted miedo?

--Nunca lo he tenido... Pero acaso, si ahora, fuese el cortejo de una

casada...

Yo comprendiendo la intención aviesa del fraile, le dije refrenada y

ronca la voz:

--¡Es una vil tramoya!

--Es un ardid de guerra, Señor Marqués. ¡El león está en la trampa!

--Fraile ruin, tentaciones me vienen de pasarte con mi espada.

El exclaustrado abrió sus largos brazos de esqueleto descubriéndose el

pecho, y alzó la temerosa voz:

--¡Hágalo! Mi cadáver hablará por mí.

--Basta.

--¿Me entrega esos dineros?

--Sí.

--¿Cuándo?

--Mañana.

Calló un momento, y luego insistió en un tono que a la vez era tímido y

adusto:

--Es menester que sea ahora.

--¿No basta mi palabra?

Casi humilde murmuró:

--No dudo de su palabra, pero es menester que sea ahora. Mañana acaso no

tuviese valor para arrostrar su presencia. Además quiero esta misma

noche salir de Estella. Ese dinero no es para mí, yo no soy un ladrón.

Lo necesito para echarme al campo. Le dejaré firmado un documento. Tengo

desde hace tiempo comprometida a la gente, y era preciso decidirse. Fray

Ambrosio no falta a su palabra.

Yo le dije con tristeza:

--¿Por qué ese dinero no me fué pedido con amistad?

El fraile suspiró:

--No me atreví. Yo no sé pedir: Me da vergüenza. Primero que de pedir,

sería capaz de matar... No es por malos sentimientos, sino por

vergüenza...

Calló, rota, anudada la voz, y echóse a la calle sin cuidarse de la

lluvia que caía en chaparrón sobre las losas. La doncella, temblando de

miedo, me guió adonde esperaba su señora.

Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín · 第 6 / 11 段