Dicho esto salió, y nosotros, obedeciendo el mandato que no llegó a

formular, salimos tras él. Volfani estaba en un sillón, deshecho,

encogido, doblado y con la cabeza colgante. Don Carlos se acercó, y

levantándole en sus brazos robustos, le asentó mejor:

--¿Cómo estás, Volfani?

Volfani hizo visibles esfuerzos para contestar, pero no pudo. De su boca

inerte, caída, hilábanse las babas. La Duquesa acudió a limpiarlas,

caritativa y excelsa como la Verónica. Volfani posó sobre nosotros sus

tristes ojos mortales. La Duquesa, con el ánimo que las mujeres tienen

para tales trances, le habló:

--Esto no es nada, Señor Conde. A mi marido, como estaba un poco

grueso...

Volfani agitó un brazo que le colgaba, y los labios exhalaron un

ronquido donde se adivinaba el esbozo de algunas palabras. Nosotros nos

miramos creyendo verle morir. El ronquido, manchado por una espuma de

saliva, volvió a pasar entre los labios de Volfani: De los ojos nublados

se desprendieron dos lágrimas que corrieron escuetas por las mejillas de

cera. Don Carlos le habló como a un niño, levantando la voz con cariñosa

autoridad:

--Vas a ser trasladado a tu casa. ¿Quieres que te acompañe Bradomín?

Volfani siguió mudo. El Rey nos llamó aparte, y hablamos los tres en

secreto. Lo primero, como cumplía a corazones cristianos y magnánimos,

fué lamentar el disgusto de la pobre María Antonieta: Después fué

augurarle la muerte del pobre Volfani: Lo último fué acordar de qué

suerte había que trasladársele para evitar todo comento. La Duquesa

advirtió que no podían llevarle criados de su casa, convínose en ello y

al cabo de algunas dudas se acordó confiar el caso a Rafael el Rondeño.

El César de la pata de palo, luego de enterarse, se acarició los tufos y

dijo ceceando:

--¿Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?

La Duquesa, poseída de justa indignación, le impuso silencio. El César,

impasible, continuó acariciándose los tufos hasta que al fin se encaró

con nosotros dando por resuelto el caso. Cargarían con el cuerpo del

Conde Volfani dos sargentos que estaban alojados en los desvanes. Eran

hombres de confianza, veteranos del Quinto de Navarra, y le llevarían a

su casa como si viniesen de camino. Y terminó su discurso con una

palabra que, como una caña de manzanilla, daba todo el aroma de su

antigua vida de torero y jácaro: ¿Hace?

[imagen]

[imagen: _Sonata de Invierno_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: N]os volvimos adonde habíamos dejado los caballos. El Rey

no ocultaba su disgusto: Frecuentemente repetía, condolido y obstinado:

--¡Pobre Volfani! Era un corazón leal.

Durante algún tiempo sólo se escuchó el paso de las cabalgaduras. La

luna, una luna clara de invierno, iluminaba la aridez nevada del

Monte-Jurra. El viento avendavalado y frío, nos batía de frente. Don

Carlos habló, y una ráfaga llevóse deshechas sus palabras. Apenas pude

entender:

--¿Crees que morirá?...

Yo haciendo tornavoz con la mano grité:

--¡Lo temo, Señor!...

Y un eco repitió mis palabras, borrosas, informes. Don Carlos guardó

silencio, y durante el camino no habló más. Descabalgamos al abrigo de

los peñascales que había inmediatos a la casería, y entregando las

riendas al soldado que nos acompañaba, caminamos a pie. En la puerta nos

detuvimos un instante contemplando las nubes negras que el viento hacía

desfilar sobre la luna. Don Carlos aun murmuró:

--¡Maldito tiempo! ¡Era un corazón leal!

Dirigió una última mirada al cielo torvo, que amenazaba ventisca, y

entró. Traspuesto el umbral, percibimos rumor de voces que disputaban.

Yo tranquilicé al Rey:

--No es nada, Señor: Están jugándose las futuras soldadas.

Don Carlos tuvo una sonrisa indulgente.

--¿Conoces quiénes son?

--Lo adivino, Señor. Todo el Cuartel Real.

Habíamos entrado en la sala donde estaba dispuesto el aposento del Rey.

Un velón alumbraba sobre la mesa, la cama aparecía cubierta por rica

piel de topo, y el brasero, colocado entre dos sillas de campaña, ardía

con encenizados fulgores. Don Carlos, sentándose a descansar, me dijo

con amable ironía:

--Bradomín, sabes que esta noche me han hablado con horror de ti...

Dicen que tu amistad trae la desgracia... Me han suplicado que te aleje

de mi persona.

Yo murmuré sonriendo:

--¿Ha sido una dama, Señor?

--Una dama que no te conoce... Pero cuenta que su abuela siempre te

maldijo como al peor de los hombres.

Sentí una vaga aprensión:

--¿Quién era su abuela, Señor?

--Una princesa romañola.

Callé sobrecogido. Acababa de levantarse en mi alma, penetrándola con un

frío mortal, el recuerdo más triste de mi vida. Salí de la estancia con

el alma cubierta de luto. Aquel odio que una anciana transmitía a sus

nietas, me recordaba el primero, el más grande amor de mi vida perdido

para siempre en la fatalidad de mi destino. ¡Con cuánta tristeza recordé

mis años juveniles en la tierra italiana, el tiempo en que servía en la

Guardia Noble de Su Santidad! Fué entonces cuando en un amanecer de

primavera donde temblaba la voz de las campanas y se sentía el perfume

de las rosas recién abiertas, llegué a la vieja ciudad pontificia, y al

palacio de una noble princesa que me recibió rodeada de sus hijas, como

en Corte de Amor. Aquel recuerdo llenaba mi alma. Todo el pasado,

tumultuoso y estéril, echaba sobre mí ahogándome, sus aguas amargas.

Buscando estar a solas salíme al huerto, y durante mucho tiempo paseé en

la noche callada mi soledad y mis tristezas, bajo la luna, otras veces

testigo de mis amores y de mis glorias. Oyendo el rumor de las hinchadas

torrenteras que se despeñaban inundando los caminos, yo las comparaba

con mi vida, unas veces rugiente de pasiones y otras cauce seco y

abrasado. Como la luna no disipase mis negros pensamientos, comprendí

que era forzoso buscar el olvido en otra parte, y suspirando resignado

me junté con mis mundanos amigos del Cuartel Real. ¡Ay, triste es

confesarlo, pero para las almas doloridas ofrece la blanca luna menos

consuelos que un albur! Con el canto del gallo tocaron diana las

cornetas, y hube de guardar mi ganancia volviendo a sumirme en

cavilaciones sentimentales. A poco un ayudante vino a decirme que me

llamaba el Rey. Le hallé en su cámara apurando a sorbos una taza de

café, ya calzadas las espuelas y ceñido el sable:

--Bradomín, ahora soy contigo.

--A vuestras órdenes, Señor.

El Rey apuró el último sorbo, y dejando la taza me llevó al hueco de la

ventana:

--¡Conque nos ha salido otro cura faccioso!... Hombre leal y valiente,

según me dicen, pero fanático... El cura de Orio.

Yo interrogué:

--¿Un émulo de Santa Cruz?

--No... Un pobre viejo para quien no han pasado los años, y que hace la

guerra como en tiempos de mi abuelo... Creo que intenta quemar por

herejes a dos viajeros rusos, dos locos sin duda... Yo quiero que tú te

avistes con él, para hacerle entender que son otros los tiempos:

Aconséjale que vuelva a su iglesia y que entregue los prisioneros. Ya

sabes que no quiero disgustar a Rusia.

--¿Y qué debo hacer si tiene la cabeza demasiado dura?

Don Carlos sonrió con majestad:

--Rompérsela.

Y se apartó para recibir un correo que llegaba. Yo quedé en el mismo

sitio, esperando una última palabra. Don Carlos alzó un momento los ojos

del parte que leía y tuvo para mí una de sus miradas afables, nobles,

serenas, tristes. Una mirada de gran Rey.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: S]alí, y un momento después cabalgaba llevando por

escolta diez lanzas, escogidas, de Borbón. No hicimos parada hasta San

Pelayo de Ariza. Allí supe que una facción alfonsina había cortado el

puente de Omellín: Pregunté si era hacedero pasar el río, y me dijeron

que no: El vado con las crecidas estaba imposible, y la barca había sido

quemada. Hacíase forzoso volver atrás y seguir el camino de los montes

para cruzar el río por el puente de Arnáiz. Yo quería, ante todo, dar

cumplimiento a la misión que llevaba, y no vacilé, aun cuando suponía

llena de riesgos aquella ruta, cosa que con los mayores extremos

confirmó el guía, un viejo aldeano con tres hijos mozos en los Ejércitos

del Señor Rey Don Carlos.

Antes de emprender la jornada bajamos con los caballos a que bebiesen en

el río, y al mirar tan cerca la otra orilla, sentí la tentación de

arriesgarme. Consulté con mis hombres, y como unos se mostrasen

resueltos mientras otros dudaban, puse fin a tales pláticas entrándome

río adentro con mi caballo: El animal tembloroso sacudía las orejas: Ya

nadaba con el agua a la cincha, cuando en la otra ribera asomó una vieja

cargada de leña, y comenzó a gritarnos. Al pronto supuse que nos

advertía lo peligroso del paso. A mitad de la corriente, entendí mejor

sus voces.

--¡Tenéos, mis hijos! No paséis por el amor de Dios. Todo el camino está

cubierto de negros alfonsistas...

Y echando al suelo el haz de leña, bajó hasta meterse con los zuecos en

el agua, los brazos en alto como una sibila aldeana, clamorosa,

desesperada y adusta:

--¡Dios Nuestro Señor quiere probarnos y saber ansí la fe que cada uno

tiene en la su ánima, y la firme conciencia de los procederes!...

¡Cuentan y no acaban que han ganado una gran batalla! Abuín, Tafal,

Endrás, Otáiz, todo es de los negros, mis hijos...

Me volví a mirar el talante que mostraba mi gente y halléme que

retrocedía acobardada. En el mismo instante sonaron algunos tiros, y

pude ver en el agua el círculo de las balas que caían cerca de mí.

Apresuréme para ganar la otra orilla, y cuando ya mi caballo se erguía

asentando los cascos en la arena, sentí en el brazo izquierdo el golpe

de una bala y correr la sangre caliente por la mano adormecida. Mis

jinetes, doblados sobre el arzón, ya trepaban al galope por una cuesta

entre húmedos jarales. Con los caballos cubiertos de sudor entramos en

la aldea. Hice llamar a un curandero que me puso el brazo entre cuatro

cañas, y sin más descanso ni otra prevención, tomé con mis diez lanzas

el camino de los montes. El guía, que caminaba a pie al diestro de mi

caballo, no cesaba de augurar nuevos riesgos.

Los dolores que mi brazo herido me causaban eran tan grandes, que los

soldados de la escolta viendo mis ojos encendidos por la fiebre, y mi

rostro de cera, y mis barbas sombrías, que en pocas horas simulaban

haber crecido como en algunos cadáveres, guardaban un silencio lleno de

respeto. El dolor casi me nublaba los ojos, y como mi caballo corría

abandonada sobre el borrén la rienda, al cruzar una aldea faltó poco

para que atropellase a dos mujeres que caminaban juntas, enterrándose en

los lodazales. Gritaron al apartarse, fijándome los ojos asustados: Una

de aquellas mujeres me reconoció:

--¡Marqués!

Me volví con un gesto de dolorida indiferencia:

--¿Qué quiere usted, señora?

--¿No se acuerda usted de mí?

Y se acercó, descubriéndose un poco la cabeza que se tocaba con una

mantilla de aldeana navarra. Yo vi un rostro arrugado y unos ojos

negros, de mujer enérgica y buena. Quise recordar:

--¿Es usted?...

Y me detuve indeciso. Ella acudió en mi ayuda:

--¡Sor Simona, Marqués!... ¿Parece mentira que no se acuerde?

Yo repetí desvanecida la memoria:

--Sor Simona...

--¡Si me ha visto cien veces cuando estábamos en la frontera con el Rey!

¿Pero qué tiene? ¿Está herido?

Por toda respuesta le mostré mi mano lívida, con las uñas azulencas y

frías. Ella la examinó un momento, y acabó exclamando con bondadoso

ímpetu:

--Usted no puede seguir así, Marqués.

Yo murmuré:

--Es preciso que cumpla una orden del Rey.

--Aunque haya de cumplir cien órdenes. Tengo visto en esta guerra muchos

heridos, y le digo que ese brazo no espera... Por lo tanto que espere el

Rey.

Y tomó el diestro de mi caballo para hacerle torcer de camino. En

aquella cara arrugada y morena, los ojos negros y ardientes de monja

fundadora, estaban llenos de lágrimas: Volviéndose a los soldados, les

dijo:

--Venid detrás, muchachos.

Hablaba con ese tono autoritario y enternecido, que yo había escuchado

tantas veces a las viejas abuelas mayorazgas. Aun cuando el dolor me

robaba toda energía, llevado de mis hábitos galantes hice un esfuerzo

por apearme. Sor Simona se opuso con palabras que a la vez eran bruscas

y amables. Obedecí, falto de toda voluntad, y entramos por una calle de

huertos y casuchas bajas que humeaban en la paz del crepúsculo,

esparciendo en el aire el olor de la pinocha quemada. Yo percibía como

en un sueño las voces de algunos niños que jugaban, y los gritos

furibundos de las madres. Las ramas de un sauce que vertía su copa fuera

de la tapia, me dieron en la cara. Inclinándome en la silla pasé bajo su

sombra adversa.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: N]os detuvimos ante una de esas hidalgas casonas

aldeanas, con piedra de armas sobre la puerta y ancho zaguán donde se

percibe el aroma del mosto, que parece pregonar la generosa voluntad.

Estaba en una plaza donde crecía la yerba: En el ámbito desierto

resonaba el martillo del herrador y el canto de una mujeruca que

remendaba su refajo. Sor Simona me dijo, mientras me ayudaba a

descabalgar:

--Aquí tenemos nuestro retiro, desde que los republicanos quemaron el

convento de Abarzuza... ¡La furia que les entró cuando la muerte de su

general!

Yo interrogué vagamente:

--¿Qué general?

--¡Don Manuel de la Concha!

Entonces recordé haber oído, no sabía cuándo ni dónde, que la nueva de

aquel suceso, una monja con disfraz de aldeana, hubo de llevarla a

Estella. La monja, por ganar tiempo, había caminado toda la noche a pie,

en medio de una tormenta, y al llegar fué tomada por visionaria. Era Sor

Simona. Al darse a conocer aun me lo recordó sonriendo:

--¡Ay, Marqués, creí que aquella noche me fusilaban!

Yo subía, apoyado en su hombro, la ancha escalera de piedra, y delante

de nosotros subía la compañera de Sor Simona. Era casi una niña, con los

ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces. Se adelantó para llamar, y

nos habrió la hermana portera:

--¡Deo gracias!

--¡A Dios sean dadas!

Sor Simona me dijo:

--Aquí tenemos nuestro hospital de sangre.

Yo distinguí en el fondo crepuscular de una sala blanca entarimada de

nogal, un grupo de mujeres con tocas, sentadas en sillas bajas de enea,

haciendo hilas y rasgando vendajes. Sor Simona ordenó:

--Dispongan una cama en la celda donde estuvo Don Antonio Dorregaray.

Dos monjas se levantaron y salieron: Una de ellas llevaba a la cintura

un gran manojo de llaves. Sor Simona, ayudada por la niña que viniera

acompañándola, comenzó a desatar el vendaje de mi brazo:

--Vamos a ver cómo está. ¿Quién le puso estas cañas?

--Un curandero de San Pelayo de Ariza.

--¡Válgame Dios! ¿Le dolerá mucho?

--¡Mucho!

Libre de las ligaduras que me oprimían el brazo, sentí un alivio, y me

enderecé con súbita energía:

--Háganme una cura ligera, para que pueda continuar mi camino.

Sor Simona murmuró con gran reposo:

--¡Siéntese!... No hable locuras. Ya me dirá cuál es esa orden del

Rey... Si fuese preciso, la llevaré yo misma.

Me senté, cediendo al tono de la monja:

--¿Qué pueblo es éste?

--Villareal de Navarra.

--¿Cuánto dista de Amelzu?

--Seis leguas.

Yo murmuré reprimiendo una queja:

--Las órdenes que llevo son para el Cura de Orio.

--¿Qué órdenes son?

--Que me entregue unos prisioneros. Es preciso que hoy mismo me aviste

con él.

Sor Simona movió la cabeza:

--Ya le digo que no piense en tales locuras. Yo me encargo de arreglar

eso. ¿Qué prisioneros son los que ha de entregarle?

--Dos extranjeros a quienes ha ofrecido quemar por herejes.

La monja rió celebrándolo:

--¡Qué cosas tiene ese bendito!

Yo, reprimiendo una queja, también me reí. Un momento mis ojos

encontraron los ojos de la niña, que asustados y compasivos, se alzaban

de mi brazo amarillento donde se veía el cárdeno agujero de la bala. Sor

Simona le advirtió en voz baja:

--Maximina, que pongas sábanas de hilo en la cama del Señor Marqués.

Salió presurosa: Sor Simona me dijo:

--Estaba viendo que rompía a llorar. ¡Es una criatura buena como los

ángeles!

Yo sentí el alma llena de ternura por aquella niña de los ojos

aterciopelados, compasivos y tristes. La memoria acalenturada, comenzó a

repetir unas palabras con terca insistencia:

--¡Es feucha! ¡Es feucha! ¡Es feucha!...

Me acosté con ayuda de un soldado y una vieja criada de las monjas. Sor

Simona llegó a poco, y, sentándose a mi cabecera, comenzó:

--He mandado un aviso al alcalde, para que aloje a la gente que usted

trae. El médico viene ahora, está terminando la visita en la sala de

Santiago.

Yo asentí con apagada sonrisa. Poco después, oíamos en el corredor una

voz cascada y familiar, hablando con las monjas que respondían

melifluas. Sor Simona murmuró:

--Ya está ahí.

Todavía pasó algún tiempo hasta que el médico asomó en la puerta,

tatareando un zorcico: Era un viejo jovial, de mejillas bermejas y ojos

habladores, de una malicia ingenua: Deteniéndose en el umbral, exclamó:

--¿Qué hago? ¿Me quito la boina?

Yo murmuré débilmente:

--No, señor.

--Pues no me la quito. Aun cuando quien debiera autorizarlo era la Madre

Superiora... Veamos qué tiene el valiente caporal.

Sor Simona murmuró con severa cortesía de señora antigua:

--Este caporal es el Marqués de Bradomín.

Los ojos alegres del viejo, me miraron con atención:

--De oídas le conocía mucho.

Calló inclinándose para examinarme la mano, y comenzando a desatar el

vendaje, se volvió un momento:

--¿Sor Simona, quiere hacerme el favor de aproximar la luz?

La monja acudió. El médico me descubrió el brazo hasta el hombro, y

deslizó sus dedos oprimiéndolo: Sorprendido levantó la cabeza:

--¿No duele?

Yo respondí con voz apagada:

--¡Algo!

--¡Pues grite! Precisamente hago el reconocimiento para saber dónde

duele.

Volvió a empezar deteniéndose mucho, y mirándome a la cara: Bordeando el

agujero de la bala me hincó más fuerte los dedos:

--¿Duele aquí?

--Mucho.

Oprimió más, y sintióse un crujido de huesos. Por la cara del médico

pasó como una sombra y murmuró dirigiéndose a la monja, que alumbraba

inmóvil:

--Están fracturados el cúbito y el radio, y con fractura conminuta.

Sor Simona, asintió con los ojos. El médico bajó la manga

cuidadosamente, y mirándome cara a cara, me dijo:

--Ya he visto que es usted un hombre valiente.

Sonreí con tristeza, y hubo un momento de silencio. Sor Simona dejó la

luz sobre la mesa y tornó al borde de la cama. Yo veía en la sombra las

dos figuras atentas y graves. Comprendiendo la razón de aquel silencio,

les hablé:

--¿Será preciso amputar el brazo?

El médico y la monja se miraron. Leí en sus ojos la sentencia, y sólo

pensé en la actitud que a lo adelante debía adoptar con las mujeres para

hacer poética mi manquedad. ¡Quién la hubiera alcanzado en la más alta

ocasión que vieron los siglos! Yo confieso que entonces más envidiaba

aquella gloria al divino soldado, que la gloria de haber escrito el

Quijote. Mientras cavilaba estas locuras volvió el médico a descubrirme

el brazo y acabó declarando que la gangrena no consentía esperas. Sor

Simona le llamó con un gesto, y apartados en un extremo de la estancia

vi conferenciar en secreto. Después la monja volvió a mi cabecera:

--Hay que tener ánimo, Marqués.

Yo murmuré:

--Lo tengo, Sor Simona.

Y volvió a repetir la buena Madre:

--¡Mucho ánimo!

La miré fijamente, y le dije:

--¡Pobre Sor Simona, no sabe cómo anunciármelo!

La monja guardó silencio y la vaga esperanza que yo había conservado

hasta entonces, huyó como un pájaro que vuela en el crepúsculo: Yo

sentí que era mi alma como viejo nido abandonado. La monja susurró:

--Es preciso tener conformidad con las desgracias que nos manda Dios.

Alejóse con leve andar, y vino el médico a mi cabecera: Un poco receloso

le dije:

--¿Ha cortado usted muchos brazos, Doctor?

Sonrió, afirmando con la cabeza:

--Algunos, algunos.

Entraban dos monjas, y se apartó para ayudarlas a disponer sobre una

mesa hilas y vendajes. Yo seguía con los ojos aquellos preparativos, y

experimentaba un goce amargo y cruel, dominando el femenil sentimiento

de compasión que nacía en mí ante la propia desgracia. El orgullo, mi

gran virtud, me sostenía. No exhalé una queja ni cuando me rajaron la

carne, ni cuando serraron el hueso, ni cuando cosieron el muñón. Puesto

el último vendaje, Sor Simona murmuró con un fuego simpático en los

ojos:

--¡No he visto nunca tanto ánimo!

Y los acólitos que habían asistido al sacrificio, prorrumpieron también

en exclamaciones:

--¡Qué valor!

--¡Cuánta entereza!

--¡Y nos pasmábamos del General!

Yo sospeché que me felicitaban, y les dije con voz débil:

--¡Gracias, hijos míos!

Y el médico que se lavaba la sangre de las manos, les advirtió jovial:

--Dejadle que descanse...

[imagen]Cerré los ojos para ocultar dos lágrimas que acudían a

ellos, y sin abrirlos advertí que la estancia quedaba a oscuras. Después

unos pasos tenues vagaron en torno mío, y no sé si mi pensamiento se

desvaneció en un

sueño o en un desmayo.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: E]ra todo silencio en torno mío, y al borde de mi cama

una sombra estaba en vela. Abrí los párpados en la vaga oscuridad, y la

sombra se acercó solícita: Unos ojos aterciopelados, compasivos y

tristes, me interrogaron:

--¿Sufre mucho, señor?

Eran los ojos de la niña, y al reconocerlos sentí como si las aguas de

un consuelo me refrescasen la aridez abrasada del alma. Mi pensamiento

voló como una alondra rompiendo las nieblas de la modorra donde

persistía la conciencia de las cosas reales, angustiada, dolorida y

confusa. Alcé con fatiga el único brazo que me quedaba, y acaricié

aquella cabeza que parecía tener un nimbo de tristeza infantil y divina.

Se inclinó besándome la mano, y al incorporarse tenía el terciopelo de

los ojos brillante de lágrimas. Yo le dije:

--No tengas pena, hija mía.

Hizo un esfuerzo para serenarse, y murmuró conmovida:

--¡Es usted muy valiente!

Yo sonreí un poco orgulloso de aquella ingenua admiración:

--Ese brazo no servía de nada.

La niña me miró, con los labios trémulos, abiertos sobre mí sus grandes

ojos como dos florecillas franciscanas de un aroma humilde y cordial. Yo

le dije deseoso de gustar otra vez el consuelo de sus palabras tímidas:

--Tú no sabes que si tenemos dos brazos es como un recuerdo de las

edades salvajes, para trepar a los árboles, para combatir con las

fieras... Pero en nuestra vida de hoy, basta y sobra con uno, hija

mía... Además, espero que esa rama cercenada servirá para alargarme la

vida, porque ya soy como un tronco viejo.

La niña sollozó:

--¡No hable usted así, por Dios! ¡Me da mucha pena!

La voz un poco aniñada se ungía con el mismo encanto que los ojos,

mientras en la penumbra de la alcoba quedaba indeciso el rostro menudo,

pálido, con ojeras. Yo murmuré débilmente, enterrada la cabeza en las

almohadas:

--Háblame, hija mía.

Ella repuso ingenua y casi riente, como si pasase por sus palabras una

ráfaga de alegría infantil:

--¿Por qué quiere usted que le hable?

--Porque el oirte me hace bien. Tienes la voz balsámica.

La niña quedóse un momento pensativa y luego repitió, como si buscase en

mis palabras un sentido oculto:

--¡La voz balsámica!

Y recogida en su silla de enea, a la cabecera de mi lecho, permaneció

silenciosa, pasando lentamente las cuentas del rosario. Yo la veía al

través de los párpados flojos, hundido en el socavón de las almohadas

que parecían contagiarme la fiebre, caldeadas, quemantes. Poco a poco

volvieron a cercarme las nieblas del sueño, un sueño ingrávido y

flotante, lleno de agujeros, de una geometría diabólica. Abrí los ojos

de pronto, y la niña me dijo:

--Ahora se fué la Madre Superiora. Me ha reñido, porque dice que le

fatigo a usted con mi charla, de manera que va usted a estarse muy

callado.

Hablaba sonriendo, y en su cara triste y ojerosa, era la sonrisa como el

reflejo del sol en las flores humildes, cubiertas de rocío. Recogida en

su silla de enea, me fijaba los ojos llenos de sueños tristes. Yo al

verla sentía penetrada el alma de una suave ternura, ingenua como amor

de abuelo que quiere dar calor a sus viejos días consolando las penas

de una niña y oyendo sus cuentos. Por oir su voz, le dije:

--¿Cómo te llamas?

--Maximina.

--Es un nombre muy bonito.

Me miró poniéndose encendida, y repuso risueña y sincera:

--¡Será lo único bonito que tenga!

--Tienes también muy bonitos los ojos.

--Los ojos podrá ser... ¡Pero soy toda yo tan poca cosa!...

--¡Ay!... Adivino que vales mucho.

Me interrumpió muy apurada:

--No, señor, ni siquiera soy buena.

Tendí hacia ella mi única mano:

--La niña más buena que he conocido.

--¡Niña!... Una mujer enana, Señor Marqués. ¿Cuántos años cree usted

que tengo?

Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín · 第 8 / 11 段