en aquella melancolía que entonces me embargaba. La tibia fragancia de
su alcoba encendía en mí, como una tortura, la voluptuosa memoria de los
sentidos. Ansié gustar las dulzuras de un ensueño casto y no pude.
También a los místicos las cosas más santas les sugestionaban, a veces,
los más extraños diabolismos. Todavía hoy el recuerdo de la muerta es
para mí de una tristeza depravada y sutil: Me araña el corazón como un
gato tísico de ojos lucientes. El corazón sangra y se retuerce, y dentro
de mí ríe el Diablo que sabe convertir todos los dolores en placer. Mis
recuerdos, glorias del alma perdidas, son como una música lívida y
ardiente, triste y cruel, a cuyo extraño son danza el fantasma lloroso
de mis amores. ¡Pobre y blanco fantasma, los gusanos le han comido los
ojos, y las lágrimas ruedan de las cuencas! Danza en medio del corro
juvenil de los recuerdos, no posa en el suelo, flota en una onda de
perfume. ¡Aquella esencia que Concha vertía en sus cabellos y que la
sobrevive! ¡Pobre Concha! No podía dejar de su paso por el mundo más que
una estela de aromas. ¿Pero acaso la más blanca y casta de las amantes
ha sido nunca otra cosa que un pomo de divino esmalte, lleno de
afroditas y nupciales esencias?
[imagen]
[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: M]aria Isabel y María Fernanda anunciáronse primero
llamando en la puerta con sus manos infantiles. Después alzaron sus
voces frescas y cristalinas, que tenían el encanto de las fontanas
cuando hablan con las yerbas y con los pájaros:
--¿Podemos pasar, Xavier?
--Adelante, hijas mías.
Era ya muy entrada la mañana, y llegaban en nombre de Isabel a
preguntarme cómo había pasado la noche. ¡Gentil pregunta, que levantó en
mi alma un remordimiento! Las niñas me rodearon en el hueco del balcón
que daba sobre el jardín. Las ramas verdes y foscas de un abeto rozaban
los cristales llorosos y tristes. Bajo el viento de la sierra, el abeto
sentía estremecimientos de frío, y sus ramas verdes rozaban los
cristales como un llamamiento del jardín viejo y umbrío que suspiraba
por los juegos de las niñas. Casi al ras de la tierra, en el fondo del
laberinto, revoloteaba un bando de palomas, y del cielo azul y frío
descendía avizorado un milano de luengas alas negras:
--¡Mátalo, Xavier!... ¡Mátalo!...
Fuí por la escopeta, que dormía cubierta de polvo en un ángulo de la
estancia, y volví al balcón. Las niñas palmotearon:
--¡Mátalo! ¡Mátalo!
En aquel momento el milano caía sobre el bando de palomas que volaba
azorado. Echéme la escopeta a la cara, y cuando se abrió un claro, tiré.
Algunos perros ladraron en los agros cercanos. Las palomas
arremolináronse entre el humo de la pólvora. El milano caía volinando, y
las niñas bajaron presurosas y le trajeron cogido por las alas. Entre el
plumaje del pecho brotaba viva la sangre... Con el milano en triunfo se
alejaron. Yo las llamé sintiendo nacer una nueva angustia:
--¿Adónde vais?
Ellas desde la puerta se volvieron sonrientes y felices:
--¡Verás qué susto le damos a mamá cuando se despierte!...
--¡No! ¡No!
--¡Un susto de risa!
No osé detenerlas, y quedé solo con el alma cubierta de tristeza. ¡Qué
amarga espera! ¡Y qué mortal instante aquel de la mañana alegre, vestida
de luz, cuando en el fondo del Palacio se levantaron gemidos inocentes,
ayes desgarrados y lloros violentos!... Yo sentía una angustia
desesperada y sorda enfrente de aquel mudo y frío fantasma de la muerte
que segaba los sueños en los jardines de mi alma. ¡Los hermosos sueños
que encanta el amor! Yo sentía una extraña tristeza como si el
crepúsculo cayese sobre mi vida y mi vida, semejante a un triste día de
Invierno, se acabase para volver a empezar con un amanecer sin sol. ¡La
pobre Concha había muerto! ¡Había muerto aquella flor de ensueño a
quien todas mis palabras le parecían bellas! ¡Aquella flor de ensueño a
quien todos mis gestos le parecían soberanos!... ¿Volvería a encontrar
otra pálida princesa, de tristes ojos encantados, que me admirase
siempre magnífico? Ante esta duda lloré. Lloré como un Dios antiguo al
extinguirse su culto.
[imagen]
[imagen: _Sonata de Otoño_]
ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
EN LA IMPRENTA CERVANTINA
DE MADRID A XI DÍAS
DEL MES DE ENERO
DE MCMXXIV
AÑOS
[imagen]
RENACIMIENTO.--MADRID
[imagen: OPERA OMNIA
SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN]
[imagen: SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN LAS
PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN
OPERA OMNIA
VOL VIII]
[imagen: MI SANGRE SE DERRAMÓ POR LA CAZA QUE CAZÓ]
[imagen: MEMORIAS DEL MARQUES DE BRANDOMIN]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: C]omo soy muy viejo, he visto morir a todas las mujeres
por quienes en otro tiempo suspiré de amor: De una cerré los ojos, de
otra tuve una triste carta de despedida, y las demás murieron siendo
abuelas, cuando ya me tenían en olvido. Hoy, después de haber despertado
amores muy grandes, vivo en la más triste y más adusta soledad del alma,
y mis ojos se llenan de lágrimas cuando peino la nieve de mis cabellos.
¡Ay, suspiro recordando que otras veces los halagaron manos
principescas! Fué mi paso por la vida como potente florecimiento de
todas las pasiones: Uno a uno, mis días se caldeaban en la gran hoguera
del amor: Las almas más blancas me dieron entonces su ternura y lloraron
mis crueldades y mis desvíos, mientras los dedos pálidos y ardientes
deshojaban las margaritas que guardan el secreto de los corazones. Por
guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la
muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez. ¡Ya
habían blanqueado mis cabellos cuando inspiré amor tan funesto!
Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tenía su Corte. Hallábame
cansado de mi larga peregrinación por el mundo. Comenzaba a sentir algo
hasta entonces desconocido en mi vida alegre y aventurera, una vida
llena de riesgos y de azares, como la de aquellos segundones hidalgos
que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor,
de espada y de fortuna. Yo sentía un acabamiento de todas las ilusiones,
un profundo desengaño de todas las cosas. Era el primer frío de la
vejez, más triste que el de la muerte. ¡Llegaba cuando aún sostenía
sobre mis hombros la capa de Almaviva, y llevaba en la cabeza el yelmo
de Mambrino! Había sonado para mí la hora en que se apagan los ardores
de la sangre, y en que las pasiones del amor, del orgullo y de la
cólera, las pasiones nobles y sagradas que animaron a los dioses
antiguos, se hacen esclavas de la razón. Yo estaba en ese declinar de la
vida, edad propicia para todas las ambiciones y más fuerte que la
juventud misma, cuando se ha renunciado al amor de las mujeres. ¡Ay, por
qué no supe hacerlo!
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: L]legué a la Corte de Estella, huyendo y disfrazado con
los hábitos ahorcados en la cocina de una granja por un monje
contemplativo, para echarse al campo por Don Carlos VII. Las campanas de
San Juan tocaban anunciando la misa del Rey, y quise oirla todavía con
el polvo del camino, en acción de gracias por haber salvado la vida.
Entré en la iglesia cuando ya el sacerdote estaba en el altar. La luz
vacilante de una lámpara caía sobre las gradas del presbiterio donde se
agrupaba el cortejo. Entre aquellos bultos oscuros, sin contorno ni faz,
mis ojos sólo pudieron distinguir la figura prócer del Señor, que se
destacaba en medio de su séquito, admirable de gallardía y de nobleza,
como un rey de los antiguos tiempos. La arrogancia y brío de su persona,
parecían reclamar una rica armadura cincelada por milanés orfebre, y un
palafrén guerrero paramentado de malla. Su vivo y aguileño mirar hubiera
fulgurado magnífico bajo la visera del casco adornado por crestada
corona y largos lambrequines. Don Carlos de Borbón y de Este es el único
príncipe soberano que podría arrastrar dignamente el manto de armiño,
empuñar el cetro de oro y ceñir la corona recamada de pedrería, con que
se representa a los reyes en los viejos códices.
Terminada la misa, un fraile subió al púlpito, y predicó la guerra santa
en su lengua vascongada, ante los tercios vizcaínos que acabados de
llegar, daban por primera vez escolta al Rey. Yo sentíame conmovido:
Aquellas palabras ásperas, firmes, llenas de aristas como las armas de
la edad de piedra, me causaban impresión indefinible: Tenían una
sonoridad antigua: Eran primitivas y augustas, como los surcos del arado
en la tierra cuando cae en ellos la simiente del trigo y del maíz. Sin
comprenderlas, yo las sentía leales, veraces, adustas, severas. Don
Carlos las escuchaba en pie, rodeado de su séquito, vuelto el rostro
hacia el fraile predicador. Doña Margarita y sus damas permanecían
arrodilladas. Entonces pude reconocer algunos rostros. Recuerdo que
aquella mañana formaban el cortejo real los Príncipes de Caserta, El
Mariscal Valdespina, la Condesa María Antonieta Volfani, dama de Doña
Margarita, el Marqués de Lantana, título de Nápoles, el barón de
Valatié, legitimista francés, el Brigadier Adelantado, y mi tío Don Juan
Manuel Montenegro.
Yo, temeroso de ser reconocido, permanecí arrodillado a la sombra de un
pilar, hasta que terminada la plática del fraile, los Reyes salieron de
la iglesia. Al lado de Doña Margarita caminaba una dama de aventajado
talle, cubierta con negro velo que casi le arrastraba: Pasó cercana, y
sin poder verla adiviné la mirada de sus ojos que me reconocían bajo mi
disfraz de cartujo. Un momento quise darme cuenta de quién era aquella
dama, pero el recuerdo huyó antes de precisarse: Como una ráfaga vino y
se fué, semejante a esas luces que de noche se encienden y se apagan a
lo largo de los caminos. Cuando la iglesia quedó desierta me dirigí a la
sacristía. Dos clérigos viejos conversaban en un rincón, bajo tenue rayo
de sol, y un sacristán, todavía más viejo, soplaba la brasa del
incensario enfrente de una ventana alta y enrejada. Me detuve en la
puerta. Los clérigos no hicieron atención, pero el sacristán, clavándome
los ojos encendidos por el humo, me interrogó adusto:
--¿Viene a decir misa el reverendo?
--Vengo tan sólo en busca de mi amigo Fray Ambrosio Alarcón.
--Fray Ambrosio aún tardará.
Uno de los clérigos intervino:
--Si tiene prisa por verle, con seguridad le halla paseando al abrigo de
la iglesia.
En aquel momento llamaron a la puerta, y el sacristán acudió a descorrer
el cerrojo. El otro clérigo, que hasta entonces había guardado silencio,
murmuró:
--Paréceme que le tenemos ahí.
Abrió el sacristán y destacóse en el hueco la figura de aquel famoso
fraile, que toda su vida aplicó la misa por el alma de Zumalacárregui.
Era un gigante de huesos y de pergamino, encorvado, con los ojos hondos
y la cabeza siempre temblona, por efecto de un tajo que había recibido
en el cuello siendo soldado en la primera guerra. El sacristán,
deteniéndole en la puerta, le advirtió en voz baja:
--Ahí le busca un reverendo. Debe venir de Roma.
Yo esperé. Fray Ambrosio me miró de alto a bajo sin reconocerme, pero
ello no estorbó que amistoso y franco me pusiese una mano sobre el
hombro:
--¿Es a fray Ambrosio Alarcón a quien desea hablar? ¿No viene
equivocado?
Yo, por toda respuesta, dejé caer la capucha. El viejo guerrillero me
miró con risueña sorpresa. Después, volviéndose a los clérigos, exclamó:
--¡Este reverendo se llama en el mundo el Marqués de Bradomín!
El sacristán dejó de soplar la brasa del incensario, y los dos clérigos
sentados bajo el rayo de sol, delante del brasero, se pusieron en pie
sonriendo beatíficamente. Yo tuve un momento de vanidad ante aquella
acogida que mostraba cuánta era mi nombradía en la Corte de Estella. Me
miraban con amor, y también con una sombra de paterno enojo. Eran todos
gentes de cogulla, y acaso recordaban algunas de mis aventuras mundanas.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: T]odos me rodearon. Fué preciso contar la historia de mi
hábito monacal, y cómo había pasado la frontera. Fray Ambrosio reía
jovial, mientras los clérigos me miraban por cima de los espejuelos, con
un gesto indeciso en la boca desdentada. Tras ellos, bajo el rayo de sol
que descendía por la angosta ventana, el sacristán escuchaba inmóvil, y
cuando el exclaustrado interrumpía, reconveníale adusto:
--¡Déjele que cuente, hombre de Dios!
Pero Fray Ambrosio no quería dar por bueno que yo saliese de un
monasterio adonde me hubiesen llevado los desengaños del mundo y el
arrepentimiento de mis muchas culpas. Más de una vez, mientras yo
hablaba, volviérase a los clérigos murmurando:
--No le crean: Es una donosa invención de nuestro ilustre Marqués.
Tuve que afirmarlo solemnemente para que no continuase mostrando sus
dudas. Desde aquel punto aparentó un profundo convencimiento,
santiguándose en muestra de asombro:
--¡Bien dicen que vivir para ver! Sin tenerle por impío, jamás hubiera
supuesto ese ánimo religioso en el Señor Marqués de Bradomín.
Yo murmuré gravemente:
--El arrepentimiento, no llega con anuncio de clarines como la
caballería.
En aquel momento oíase el toque de botasillas, y todos rieron. Después
uno de los clérigos me preguntó con amable tontería:
--¿Supongo que el arrepentimiento tampoco habrá llegado cauteloso como
la serpiente?
Yo suspiré melancólico:
--Llegó mirándome al espejo, y viendo mis cabellos blancos.
Los dos clérigos cambiaron una sonrisa tan discreta, que desde luego los
tuve por jesuítas. Yo crucé las manos sobre el escapulario de mi hábito,
en actitud penitente, y volví a suspirar:
--¡Hoy la fatalidad de mi destino me arroja de nuevo en el mar del
mundo! He conseguido dominar todas las pasiones menos el orgullo. Debajo
del sayal me acordaba de mi marquesado.
Fray Ambrosio alzó los brazos y la voz, su grave voz que parecía
templada para las clásicas conventuales burlas:
--El César Carlos V, también se acordaba de su Imperio en el monasterio
de Yuste.
Los clérigos sonreían apenas, con aquella sonrisa de catequizadores, y
el sacristán, sentado bajo el rayo de sol que descendía por la angosta
ventana, rezongaba:
--¡No, no le dejará que cuente!
Fray Ambrosio, luego de haber hablado, rióse abundantemente, y aún
quedaba en la bóveda de la sacristía la oscura e informe resonancia de
aquella risa jocunda, cuando entró un seminarista pálido, que tenía la
boca encendida como una doncella, en contraste con su lívido perfil de
aguilucho, donde la nariz corva y la pupila redonda, velada por el
párpado, llegaban a tener una expresión cruel. Fray Ambrosio le recibió
inclinando el aventajado talle, con extremos de burla, y su cabeza
siempre temblona pareció que iba a desprenderse de los hombros:
--¡Bien venido, ignorado y excelso capitán! Nuevo Epaminondas de quien,
andando los siglos, narrará las hazañas otro Cornelio Nepote. ¡Saluda al
Señor Marqués de Bradomín!
El seminarista se quitó la boina negra, que juntamente con una sotana ya
muy traída completaba el atavío de su gallarda persona, y poniéndose
rojo me saludó. Fray Ambrosio asentándole una mano en el hombro, y
sacudiéndole con rudo afecto, me dijo:
--Si este mozo consigue reunir cincuenta hombres, dará mucho que hablar.
Será otro Don Ramón Cabrera. ¡Es valiente como un león!
El seminarista se hizo atrás, para libertarse de la mano que aún pesaba
sobre su hombro, y clavándome los ojos de pájaro, dijo como si adivinase
mi pensamiento y lo respondiese:
--Algunos creen que para ser un gran capitán no se necesita ser
valiente, y acaso tengan razón. Quién sabe si con menos temeridad no
hubiera sido más fecundo el genio militar de Don Ramón Cabrera.
Fray Ambrosio le miró desdeñosamente:
--Epaminondas, hijo mío, con menos temeridad hubiera cantado misa, como
puede sucederte a ti.
El seminarista tuvo una sonrisa admirable:
--A mí no me sucederá, Fray Ambrosio.
Los dos clérigos sentados delante del brasero, callaban y sonreían: El
uno extendía las manos temblonas sobre el rescoldo, y el otro hojeaba su
breviario. El sacristán entornaba los párpados dispuesto a seguir el
ejemplo del gato que dormitaba en su sotana. Fray Ambrosio bajó
instintivamente la voz:
--Tú hablas ciertas cosas porque eres un rapaz, y crees en las argucias
con que disculpan su miedo algunos generales que debían ser obispos...
Yo he visto muchas cosas. Era profeso en un monasterio de Galicia cuando
estalló la primera guerra, y colgué los hábitos, y combatí siete años
en los Ejércitos del Rey... Y por mis hábitos te digo que para ser un
gran capitán, hay primero que ser un gran soldado. Ríete de los que
dicen que era cobarde Napoleón.
Los ojos del seminarista brillaron con el brillo del sol en el pavón
negro de dos balas:
--Fray Ambrosio, si yo tuviese cien hombres los mandaría como soldado,
pero si tuviese mil, sólo mil, ya los mandaría como capitán. Con ellos
aseguraría el triunfo de la Causa. En esta guerra no hacen falta grandes
ejércitos, con mil hombres yo intentaría una expedición por todo el
reino, como la realizó hace treinta y cinco años Don Miguel Gómez, el
más grande general de la pasada guerra.
Fray Ambrosio le interrumpió con autoritaria y desdeñosa burla:
--¿Ilustre e imberbe guerrero, tú oíste hablar alguna vez de un tal Don
Tomás Zumalacárregui? Ese ha sido el más grande general de la Causa. Si
tuviésemos hoy un hombre parecido, era seguro el triunfo.
El seminarista guardó silencio, pero los dos clérigos mostráronse casi
escandalizados: El uno dijo:
--¡Del triunfo no podemos dudar!
Y el otro:
--¡La justicia de la Causa es el mejor general!
Yo añadí, sintiendo bajo mi sayal penitente aquel fuego que animó a San
Bernardo cuando predicaba la Cruzada:
--¡El mejor general es la ayuda de Dios Nuestro Señor!
Hubo un murmullo de aprobación, ardiente como el de un rezo. El
seminarista sonrióse y continuó callado. A todo esto las campanas
dejaron oir su grave son, y el viejo sacristán se levantó sacudiéndose
la sotana donde el gato dormitaba. Entraron algunos clérigos que venían
para cantar un entierro. El seminarista vistióse el roquete, y el
sacristán vino a entregarle el incensario: El humo aromático llenaba el
vasto recinto. Oíase el grave murmullo de las cascadas voces
eclesiásticas que barboteaban quedo, mientras eran vestidas las albas de
lino, los roquetes rizados por las monjas, y las áureas capas pluviales
que guardan en sus oros el perfume de la mirra quemada hace cien años.
El seminarista entró en la iglesia haciendo sonar las cadenas del
incensario. Los clérigos, ya revestidos, salieron detrás. Yo quedé solo
con el exclaustrado, que abriendo los largos brazos me estrechó contra
su pecho, al mismo tiempo que murmuraba conmovido:
--¡El Marqués de Bradomín aún se acuerda de cuando le enseñaba latín en
el Monasterio de Sobrado!
Y después, tras el introito de una tos, volviendo a cobrar su sonrisa de
viejo teólogo, marrulleó en voz baja, como si estuviese en el
confesonario:
--¿Me perdonaría el ilustre prócer, si le dijese que no he creído el
cuento con que nos regaló hace un momento?
--¿Qué cuento?
--El de la conversión. ¿Puede saberse la verdad?
--Donde nadie nos oiga, Fray Ambrosio.
Asintió con un grave gesto. Yo callé compadecido de aquel pobre
exclaustrado que prefería la Historia a la Leyenda, y se mostraba
curioso de un relato menos interesante, menos ejemplar y menos bello que
mi invención. ¡Oh, alada y riente mentira, cuándo será que los hombres
se convenzan de la necesidad de tu triunfo! ¿Cuándo aprenderán que las
almas donde sólo existe la luz de la verdad, son almas tristes,
torturadas, adustas, que hablan en el silencio con la muerte, y tienden
sobre la vida una capa de ceniza? ¡Salve, risueña mentira, pájaro de luz
que cantas como la esperanza! ¡Y vosotras resecas Tebaidas, históricas
ciudades llenas de soledad y de silencio que parecéis muertas bajo la
voz de las campanas, no la dejéis huir, como tantas cosas, por la rota
muralla! Ella es el galanteo en las rejas, y el lustre en los carcomidos
escudones, y los espejos en el río que pasa turbio bajo la arcada
romana de los puentes: Ella, como la confesión, consuela a las almas
doloridas, las hace florecer, las vuelve la Gracia. ¡Cuidad que es
también un don del Cielo!... ¡Viejo pueblo del sol y de los toros, así
conserves por los siglos de los siglos, tu genio mentiroso, hiperbólico,
jacaresco, y por los siglos te aduermas al son de la guitarra, consolado
de tus grandes dolores, perdidas para siempre la sopa de los conventos y
las Indias! ¡Amén!
[imagen]
[imagen: _Sonata de Invierno_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: F]ray Ambrosio tomó como empeño de honra el hospedarme, y
fué preciso ceder al agasajo. Salió acompañándome y juntos atravesamos
las calles de la ciudad leal, arca santa de la Causa. Había nevado, y al
abrigo de las casas sombrías quedaba una estela inmaculada. De los
negruzcos aleros goteaba la lluvia, y en las angostas ventanas que se
abrían debajo asomaba, de raro en raro, alguna vieja: Tocada con su
mantilla, miraba a la calle por ver si el tiempo clareaba y salir a
misa. Cruzamos ante un caserón flanqueado por altas tapias que dejaban
asomar apenas los cipreses del huerto. Tenía gran escudo, rejas mohosas
y claveada puerta que, por estar entornada, descubría en una media luz
el zaguán con escaños lustrosos y gran farol de hierro. Fray Ambrosio me
dijo:
--Aquí vive la Duquesa de Uclés.
Yo sonreí, adivinando la intención ladina del fraile:
--¿Se conserva siempre bella?
--Dicen que sí... Por mis ojos nada sé, pues va siempre cubierta con un
velo.
No pude menos de suspirar.
--¡En otro tiempo fué gran amiga mía!
El fraile tuvo una tos socarrona:
--Ya estoy enterado.
--¿Secreto de confesión?
--Secreto a voces. Un pobre exclaustrado como yo, no tiene tan ilustres
hijas espirituales.
Seguimos andando en silencio. Yo, sin querer, recordaba tiempos mejores,
aquellos tiempos cuando fuí galán y poeta. Los días lejanos florecían en
mi memoria con el encanto de un cuento casi olvidado que trae aroma de
rosas marchitas y una vieja armonía de versos: ¡Ay, eran las rosas y los
versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella aún era bailarina!
Jaculatorias orientales donde la celebraba, y le decía que era su cuerpo
airoso como las palmeras del desierto, y que todas las gracias se
agrupaban en torno de su falda cantando y riendo al son de cascabeles
de oro. La verdad es que no había ponderación para su belleza: Carmen se
llamaba y era gentil como ese nombre lleno de gracia andaluza, que en
latín dice poesía y en arábigo vergel. Al recordarla, recordé también
los años que llevaba sin verla, y pensé que en otro tiempo mi hábito
monástico hubiera despertado sus risas de cristal. Casi
inconscientemente, le dije a Fray Ambrosio:
--¿La Duquesa vive siempre en Estella?
--Es dama de la Reina Doña Margarita... Pero jamás sale de su palacio si
no es para oir misa.
--Tentaciones me vienen de volverme y entrar a verla.
--Tiempo hay para ello.
Habíamos llegado a Santa María y tuvimos que guarecernos en el cancel de
la iglesia para dejar la calle a unos soldados de a caballo que subían
en tropel: Eran lanceros castellanos que volvían de una guardia fuera de
la ciudad: Entre el cálido coro de los clarines se levantaban
encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las
herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen
en el romancero las armas de los paladines. Desfilaron aquellos jinetes
y continuamos nuestro camino. Fray Ambrosio me dijo:
--Estamos llegando.
Y señaló hacia el fondo de la calle una casa pequeña con carcomido
balcón de madera sustentado por columnas. Un galgo viejo que dormitaba
en el umbral gruñó al vernos llegar y permaneció echado. El zaguán era
oscuro, lleno de ese olor que esparce la yerba en el pesebre y el vaho
del ganado. Subimos a tientas la escalera que temblaba bajo nuestros
pasos: Ya en lo alto, el exclaustrado llamó tirando de la cadena que
colgaba a un lado de la puerta, y allá dentro bailoteó una esquila
clueca. Se oyeron pasos y la voz del ama que refunfuña:
--¡Vaya una manera de llamar!... ¿Qué se ofrece?
El fraile responde con breve imperio:
--¡Abre!
--¡Ave María!... ¡Cuánta priesa!
Y siguió oyéndose la voz refunfuñona del ama, mientras descorría el
cerrojo. El fraile a su vez murmuraba impaciente:
--¡Es inaguantable esta mujer!
Franqueada la puerta, el ama encrespóse más:
--¡Cómo había de venir sin compañía! ¡Tiene tanto de sobra, que necesita
traer todos los días quien le ayude a comérselo!
Fray Ambrosio, pálido de cólera, levantó los brazos escuetos,
gigantescos, amenazadores: Sobre su cabeza siempre temblona, bailoteaban
las manos de rancio pergamino:
--¡Calla, lengua de escorpión!... Calla y aprende a tener respeto.
¿Sabes a quién has ofendido con tus infames palabras? ¿Lo sabes? ¿Sabes
quién está delante de ti?... Pide perdón al Señor Marqués de Bradomín.