Aparte la colaboración anónima manifiesta de filipinos de raza en el

_Vocabulario_ de Noceda y San Lúcar, colaboraron todavía en tan

magnífico osario de la lengua los hablistas que ya fueron, y los de la

época de dos de las principales órdenes religiosas de Filipinas.

Trabajó en las letras _A, B, C, D_, el dominico Fr. Miguel Ruiz, y

hasta las letras _M, N, Ñg, O_, Fr. Tomás de los Reyes, también

dominico. Luego se hicieron cargo los jesuitas Pablo Clain, Francisco

Jansens y José Hernández, que lo concluyeron añadiendo "cerca de

cuatro mil raíces con sus juegos respectivos y necesarios". Por lo

voluminoso de la obra, y porque se deseaba más certeza en la propiedad

del significado de cada raíz, los revisores jesuitas decidieron

pasarla, para su revisión, al P. Juan José de Noceda, que consagró

para depurarla 30 años, no pasando "de una a otra (raíz) sin que se

conviniesen doce indios ladinos en este idioma en la pronunciación,

acento y significación de cada raíz".

Pero los verdaderos monumentos puramente literarios fueron, entre

otros, _Ang Infiernong Nabubucsan_ (1713) del P. Clain, y los

opúsculos tagalos, en particular los tres tomos del _Psalterio de

Ejemplos á Nuestra Señora_, del P. Juan José de Noceda, obras que,

para San Lúcar, hállanse "dispuestas con voces propias y frasismo

tagalog". Pero se levanta sobre todos ellos, y al cual coronó el éxito

popular (era como el pan de cada día de los rápsodas tagalos, los

_dupleros_), el _Barlaan_ (1712) del jesuita Antonio de Borja, que

merece capítulo aparte.

Procedente de la India pasó a Alejandría y de ahí a los griegos. San

Juan Damasceno la popularizó en Europa. "_El Príncipe y el Dervis_"

del filósofo barcelonés Abraham ben Hasdai, dice Menéndez y Pelayo, no

es otra cosa que la leyenda de Buda, tan popular en la literatura

cristiana con el nombre de Historia de Barlaan y Josafat, primera

aunque remotísima fuente de la _Vida es Sueño_. ¿No será también

remotísima fuente del _Traüm ein leben_ (Sueño es una Vida) del gran

poeta austriaco Grillparzer? Tan popular en España es esta historia

que en Norte-América el Prof. Fonger de Haan escribió toda una

monografía: _Barlaan and Josafat in Spain_.

Desde el siglo XVII, 1692, goza Filipinas de una versión castellana de

esta obra, debida a la pluma del dominico Fr. Baltasar de Sta. Cruz,

pero Fr. Juan de Paz la denunció a la Inquisición el 23 de Febrero de

1696. "Dióse a la censura de Fr. Juan Bautista Méndez y Fr. Agustín

Dorantes, y en su consecuencia se mandó en 3 de Marzo que se tildase

al folio 65 vuelto, desde la línea segunda hasta las palabras _de por

sí_. Notificado Santa Cruz, respondió con un largo escrito, que se

recibió en México en 7 de Enero de 1699. Volvió a la censura de los

mismos, y a la de Fr. Pedro Antonio de Aguirre y Fr. Diego Marín,

resolviendo el Tribunal en definitiva que se guardase lo resuelto".

No se sabe si la versión tagala de Antonio de Borja se ha hecho del

libro de Sta. Cruz. Pero la obra del jesuita viene recomendada

precisamente por el calificador del Santo Oficio, Fr. Nicolás de San

Pedro, que la diputa por un verdadero _Tesoro_ y de estilo sonoro,

dulce y suave, porque, acomodándose el Autor "a lo más llano y

natural, no tiene cláusula que, aun mirada en lo material de las

voces, no sea digna de toda estimación, por lo mucho que enseña;

palabra ninguna se le halla de sobra, ni tampoco se le echa de menos

alguna que haga falta; y juega tan bien de la lengua Tagala y de sus

modos de hablar, que sin usar de redobles, ni frases, ni raíces

antiguas y voces decrépitas, le da al Tagalo con suavidad y elegancia

la Doctrina que necesita, de calidad que no podrá alguno, desear,

documento, ni enseñanza, que aquí no la halle".

Gaspar de San Agustín la dedica dos _awits_, uno en latín y otro en

tagalo, y la llama en su aprobación _Maná de la Celestial Doctrina_,

"proptuario lleno de lo que cree y enseña N.M. la Iglesia; y un

acérrimo controvertista contra la gentilidad", de gran auxilio para

los "Ministros de Doctrinas", pues el Autor consigue "más de lo que

Marcial pretendía". Y aunque la lengua tagala andaba "tan pobre de

términos en materias sobrenaturales, acéticas y políticas (?), cuanto

superabundante en las económicas y mecánicas", todas estas

dificultades las venció la erudición del Autor, "consiguiendo esta

rigurosa traducción, sin omitir en todos los 40 capítulos de ella

cláusula que, por difícil, se resistiese al mucho caudal que ha

atesorado su estudio de la lengua Tagala". Y con añadir que el egregio

tagalista Pablo Clain fue el que dió licencia para su impresión, está

dicho todo.

Nada pues, de extraño tiene que los viejos _dupleros_, cultivadores de

la gaya ciencia tagala, se regodeen con dicha obra: de origin

oriental, y, después de recibir los beneficios del genio heleno y del

latino, se restituye al país de origen, como el agua que, cargada de

sustancias, vuelve al fondo del pozo, filtrada y hecha potable. Su

forma de novela, en parte narrativa y en parte autobiográfica, seduce,

porque es una serie de _macamas_ orientales de color y sabor

filipinos. De los siglos XVI, XVII y XVIII quizás el _Barlaan_ sea el

mayor monumento literario. El pueblo prestóle su lenguaje por un

proceso de colaboración anónima parecida al de la del vocabulario de

San Lúcar, acendrándole todavía el poeta tagalo D. Felipe de Jesús,

que la prologó, y D. Gaspar Aquino de Belén, patriarca de los poetas

autores de la _Pasión_, que la editó.

En este siglo se reimprimieron algunos monumentos de los siglos XVI y

XVII, y tanto se multiplicaron los trabajos en tagalo de catequesis de

los misioneros y doctrineros, que el Arzobispo Basilio Sancho de Sta.

Justa y Rufina publicó su célebre _Catecismo_ castellano en 1769,

ordenando que fuera el que ocupase el lugar de sus congéneres en

tagalo, para que sobre los diversos dialectos dominase el castellano.

"Ojala! que después de tantos años no huviera ya rastros de las

diversas lenguas, que solas dominan en las Provincias conquistadas, y

únicamente dominara en todas la Española; que tal vez, y sin tal vez,

no serían aun los Españoles tan estraños para con los (isleños), se

aficionarían estos más a aquellos, estaría más corriente la sociedad,

habría más estrecha unión.... Pero siendo assí, que por espacio de

doscientos años professan una misma (Religión) con nosotros, y

dependen de la voz de un mismo Monarcha, no nos entendemos unos a

otros; y tenemos por cierto, que mientras durare esta divissión de

lenguas, subsistirá de ambas partes un grande estorvo para la

_Comunicación_, para el _Comercio_, y para la _Sociedad Civil_, y aun

para la _unidad_ de la Religión......"

Pero ni por esto amainó el celo tagalístico de los peninsulares.

Ninguno, empero, de sus escritos llegó a valer tanto como el _Barlaan_

y el _Vocabulario_ de San Lúcar.

Con la rica herencia de tres siglos entra el siglo XIX. Pero, no

obstante la mayor cantidad de producción, el siglo ha dado pocos

ingenios. Hay que hacer excepción, sin embargo, de los agustinos Fr.

Manuel Blanco, el botánico, y Fr. Melchor Fernández, y del dominico

autor del _Claus_. Blanco en cierto modo era poeta, y algunas coplas

suyas, ya hemos dicho, formaron ramillete con otras de Herrera y M.

Fernández. Pero su obra capital en tagalo es su _Tissot_ (1824), que

fue como un digesto de los herbolarios en los tiempos que se carecía

de médicos, y un Tobías de las familias tagalas. El literato tagalo

necesariamente tendrá que habérselas con esta obra, si ha de querer

saber llamar por sus propios nombres a las yerbas y plantas

medicinales del país, y a las manifestaciones de su flora. Así se

enseñoreará del lenguaje familiar y gráfico, que, bellamente usado,

dará vigor y precisión a su estilo, aparte la utilidad del libro para

una farmacopea indígena, pues el capítulo de los _sucedáneos_ resume

así las observaciones de Clain y Sta María como las propias con

manifiesta competencia.

Las obras de Fr. Melchor Fernández forman una serie respetable.

Notable es su _Catecismo_ (1836) dispuesto a manera de diálogos

socráticos, seguido de la _Carta Pastoral_ en 1706 del Arzobispo

Camacho, a la que puso comentario en prosa y en verso octosílabo, y

adiciones que constituyen hasta documentos forklóricos muy

apreciables. También es notable su _Filosofía...._ (1838) enriquecida

con poesías originales y traducciones, entre ellos, la del soneto

atribuido a San Francisco Javier. Las obras de Blanco y Melchor

Fernández tienen la ventaja de que carecen de afectación retórica, y

por objeto, mover el ánimo y ser útiles, sin epiqueyas ni

lucubraciones ociosas.

Verdadera obra de consulta es, sin duda alguna, el _Claus_

(1853-62-64-71) del dominico Fr. Benito Rivas. Trata de sustituir las

obras voluminosas de Blancas de San José, pero resulta menos manual

que las sustituidas, pues comprende cuatro gruesos volúmenes. Viene,

además, algún tanto recargada de castellanismos y provincialismos,

pero, así y todo, es la obra más comprensiva y dogmática del género.

Se desliza en sus páginas cierto aire sutil de escolasticismo

nervioso, a pesar de su austera sobriedad, creada en ocasiones con las

brisas inspiradas por la generosa solanera de Balagtás que colaboró

en esta obra.

Con las obras de Blanco, Fernández y Rivas se volvieron a reimprimir

las obras maestras tagalas, como el _Barlaan_ (1837) y antes de 1838,

debido al celo del Arzobispo Segui, el _Memorial_ de San José,

_Catecismo Romano, Ejercicio Cuotidiano_ y el _Catecismo_ del Padre

Pouget; luego los _dalits_ de Herrera en 1843 y, nuevamente, el

_Catecismo Romano_ en 1854, sobresaliendo, entre los trabajos

similares de la época, el popular _Casaysayan...._ (1868) de Exequiel

Merino, o sea, el Mazo tagalo.

Tal es el inventario de los monumentos literarios debidos a los

miembros de las cuatro corporaciones religiosas, a los cuales el favor

popular otorgó su _exequatur_, aunque los que pasan por doctos aún no

han parado mientes en ellos, y continúan perdiéndose en laberínticas

discusiones sobre artes y vocabularios más o menos lebrijanos,

tratando a la lengua tagala, a la bisaya, a la ilocana, etc., como una

mera curiosidad bibliográfica, y, cuando mucho, como término de

comparación de una filología _ad usum Delphini_, cuando, como se ha

dicho, la lengua tagala poseía ya condiciones literarias desde, o

antes de, la conquista. Como que la Doctrina de 1593 es más joya

literaria que ciertos artes y vocabularios, excepto alguno que otro,

el de San Lúcar, por ejemplo. Los inventariados, cual más cual menos,

traen sello popular, con una fuerza colectiva que es verdadero

elemento de arte. No se elaboraron en solitarios gabinetes de estudio,

sino en el seno del tagalismo, en misiones y doctrinas, por varones de

arcilla de héroes, que recogieron y bebieron el aliento del pueblo

anónimo. Casi todos ellos son traductores, pero algunos, al traducir

al tagalo los ascéticos y los libros de origen oriental, y los libros

sagrados o bíblicos, no sólo ensancharon y rejuvenecieron las letras

humanas, sino que, en cierto modo, restituyeron el saber y las artes a

su cuna.

Respecto a los filipinos, hablaremos únicamente de los conocidos y aun

de aquellos anónimos de quienes los impresos traen o citan muestras de

su ingenio.

Desde el _Memorial_ de Blancas de San José aparece D. Fernando

Bagongbanta con un _awit_ en octosílabos estróficos de cuatro versos.

Bagongbanta tiene la consideración de isleño _ladino_, es decir, de

conocedor del castellano. Epiloga esta obra otro tagalo anónimo, mejor

versificador que Bagongbanta. Pero desde 1610 la Bibliografía registra

todo un libro en regla: el _Librong ..._ de Tomás Pinpín, patriarca de

los tipógrafos y humanistas filipinos. El prólogo de este libro es

importantísimo para la historia técnica de la poesía tagala. En él

aparece por primera vez un _awit_ escrito en romancerillos de cinco,

seis, siete y ocho sílabas, medidas que aisladamente corrieron a lo

largo de la literatura tagala, privando en los isleños los

pentasílabos, hexasílabos y heptasílabos, y, en los peninsulares e

isleños ladinos, los octosílabos, con excepción del Padre Clain. En

sus comedias los isleños duplicaron los tres primeros, convirtiéndolos

respectivamente en versos de nueve o diez, doce, y de trece o catorce

sílabas, y usaron solamente de los octosílabos en las canciones

interpoladas en ellas. Así en la _comedia antigua de San Dionisio

Aeropagita_, de un anónimo, los versos son de doce, catorce, trece y

once sílabas; pero el de catorce son dobles heptasílabos, y el de

doce, dobles hexasílabos.

Dito sa daquilang--caharían ñg Grecia

y lo mismo estos otros del Padre Clain:

Quita,i, sinasamba--Dios na naliligpit

Na sa sacramento,i,--tantong sungmisilid,

son verdaderos dobles versos de seis.

Los de once sílabas son _rara avis_, y los de trece y catorce, a guisa

de alejandrinos, desaparecieron pronto del escenario y fueron

sustituidos por los de doce, por las combinaciones de doce y seis, con

interpolaciones de ocho, en las comedias o piezas de alguna extensión.

Pero lo más corriente en los isleños, en sus piezas características,

como _awit, kumintang, kundiman_, son los dodecasílabos intercisos.

También son frecuentes en las piececillas cortas los romancerillos

heptasílabos. En este metro vienen escritos los versos de los cinco

anónimos que cita Gaspar de San Agustín, y en estrofas de tres, cuatro

y cinco versos.

En Pinpín ya queda indicada esta tendencia de la lengua. De los 34

versos de que consta su _awit_, 22 son de seis sílabas; 7 de 5; 4 de

7, y tan sólo 1, de 8 sílabas. Esto de acuerdo con la práctica seguida

por los tagalos en las determinaciones de las cantidades silábicas,

porque, de acuerdo con el propio Pinpín, la cosa acaso varíe. No hay

que olvidar que Pinpín tenía verdadero culto al castellano, y

combinaba los usos castellanos y tagalos en materia de sílabas

finales, sinalefas e hiatos, con un género de libertinaje métrico

propio de toda época de transición. Bajo este punto de vista, mientras

la canción de Pinpín es un romancerillo en hexasílabos para los

ladinos, para los no ladinos, o la masa tagala, es una combinación de

versos de 6, 5, 7 y 8 sílabas.

Para hallar otro tan conspícuo y de mayor prestigio poético que Pinpín

(colaborador de Blancas de San José, Pedro San Buenaventura y Pedro de

Herrera, y de cuyas obras fue impresor) necesitaríamos poner el pie en

los liminares del siglo XVIII. Ábrese este siglo en 1703 con el nombre

del venerable Gaspar Aquino de Belén, autor del primer poema religioso

de la _Pasión_. Su libro consta de dos partes, prosa y verso; la prosa

es una traducción de la recomendación del alma del jesuita Tomás de

Villacastín, prosa que rivaliza con la prosa del _Barlaan_ que él

editó en 1712, y la parte en verso es la _Pasión_, poema que en medio

siglo tuvo cinco ediciones, y fue traducido casi a todos los

dialectos.

No se sabe si con anterioridad o posterioridad al poema de Aquino de

Belén, se publicó por primera vez la _Pasión_ de D. Luis Guían. El

jesuita Delgado, que debió de conocer el poema de Aquino de Belén, no

menta, sin embargo, en materia de _Pasiones_, más que la de Guían, la

cual califica de excelentísima, y la hizo re-imprimir en 1750 o 51.

Debió ser ésta en quintillas de ocho sílabas, como el poema de Aquino

de Belén y todas las pasiones tagalas.

D. Felipe de Jesús, aunque no fuera más que por su citado _awit_ al

_Barlaan_ (1712) en 46 cuartetos octosílabos, no va a la zaga de

Aquino de Belén, y, líricamente, le aventaja.

Si no como poeta, y sí como lexicógrafo y docto crítico de peregrina

expresión literaria, descuella sobre todos sus predecesores en su

género, el jesuita filipino San Lúcar. Su obra, según sus censores,

especialmente el tagalista discípulo de San Lúcar, el agustino Fr.

Juan Serrano (de quien el P. Mesquida decía en la aprobación de

_Meditaciones_ que "si las Mussas dieran en hablar el Tagalo, havian

de preciarse mas de Serranas por el Estilo Tagalo"), era superior al

Nilo

Vocabulario Mong lalang

Nilo ay nilalaloan,

y, como un inmenso río, tuvo por tributarios a todos los artes y

vocabularios de los mayores talentos de las cuatro órdenes religiosas,

principalmente la dominicana y la ignaciana. Fuele dada a San Lúcar la

gloria de poner cima a la obra tres veces secular de los españoles y

de toda la "nación tagala", que "se compone ya del Comintang, ya de

los tingues, ya de los tagalos de Corte", según el propio San Lúcar.

Blancas de San José dice que la nación tagala la integran: "Comintan,

Laguna, y Tagalos". Según Gaspar de San Agustín: "Comintan: (las)

provincias la Laguna y Batangas"; y según Domingo de los Santos: "los

tingues son desde los montes de San Pablo por Nacarlan hasta

Calaylayan donde estaba antiguamente la Cabecera de Tayabas, y de allí

corre los Montes de Cabintí, hasta Bilingbiling, que es por cima de

Mabitac", pero añade que "no hay que reparar mucho en esto, porque se

hallarán muchos que, aunque son de los Montes, los entienden en la

Laguna, y en Manila". Son, pues, tagalos de _Corte_, o simplemente

Tagalos, los de Manila, Bulacán, Bataan y Cavite. Así quedan

determinadas las regiones cuyos modos de hablar fueron registrados en

el _Vocabulario_ de San Lúcar.

La incomparable modestia de este santo varón, "un San Francisco Javier

en el fervor de sus misiones, y un San Francisco de Asís en el despego

a las cosas de este mundo" para Fr. Blas de Plasencia, le mueve a

atribuir lo mejor de su libro a las contribuciones del Padre Clain y

del Padre Noceda, pero sus censores, Serrano y Blas de Plasencia, y

las licencias del Gobierno y del Ordinario, a una adjudican a San

Lúcar la paternidad de la obra. "Habla con tanta elegancia como

escribe, y escribe con tanto primor y discreción como habla", porque

"es menos difícil el hablarla a los que nacen en estas tierras"; no

sólo puso "los juegos a los que dicho Padre (Noceda) ha añadido al

Vocabulario del Padre Clain, porque el del Padre Noceda no tiene

ningún juego", sino añadió "más de tres mil términos o voces que hasta

ahora no se hallan en vocabularios que tratan de este idioma", dice

Blas de Plasencia; y como águila que nació con alas, dice el eximio

Serrano, ya desde "sus primeros años era perfecto en este idioma". Ha

hecho, pues, una verdadera refundición de todos los trabajos de sus

precedesores y contemporáneos, confundiendo las aguas de los

tributarios en las sagradas de su Nilo. Ciertamente era el primero en

notar que ciertas composiciones tagalas no se distinguían de las

castellanas sino por las voces: tenían _frasismo castellano neto_.

Pero lo que más importa son las condiciones literarias del autor y el

espíritu crítico que preside la obra. Multiplicó los ejemplos sacados

de la tradicional paramelogía tagala; distinguió con tino crítico lo

vulgar de lo popular, dándole en ojos que ciertos acertijos, refranes

o proverbios versificados, si eran todos una manifestación del saber

popular, muchos de ellos no tenían adarme de poesía: eran mero recurso

nemotécnico; sacó a plaza muestras de las comedias de su tiempo; tuvo

el buen gusto de registrar aquellas voces propias del dialecto

poético, como _banloqui, olohati, lohar_, etc., etc., y los

idiotismos, decires figurados o metafóricos y ciertas expresiones

pintorescas llenas de gracia y encanto, cosas todas que brillaban por

su ausencia en los trabajos de sus predecesores. Es lástima que cite

poco de sus colaboradores D. Juan de los Santos y D. Juan de Ariola,

poetas de ingenio peregrino y pintoresco, especialmente el último,

cuyo romancerillo heptasílabo es tagalo fino de corte y de noble

prosapia. Una tercera parte de los ejemplos en esta obra tiene

carácter literario, poético y pintoresco, pero las dos terceras

partes, desgraciadamente, son de carácter más bien vulgar que popular

y artístico. Se sabe, por los preliminares, que ninguna voz estampóse

en esta obra sin que antes conviniesen doce ladinos en la

pronunciación, acento y significación de cada raíz; lo que prueba,

aparte de la probidad y conciencia literaria de sus autores, que

ninguna obra tuvo mayor colaboración anónima del pueblo que ésta, y,

por cuya causa, razón tiene San Lúcar para señalarla, en su

característico lenguaje, como una obra de la "nación tagala".

De entre los impresos del siglo nada hay comparable a lo ya citado.

Pero los manuscritos, sobre todo los cartapacios de la dramaturgia

tagala que recorrieron todas las provincias tagalas y sus pueblos y

barrios, eran tantos en número, y la afición a las representaciones

domésticas y clandestinas de cosas del país escandalizaron tanto a los

misioneros que el Arzobispo de Manila hubo de prohibir en 1741 su

_concierto_ en las _estancias, tierras_ o _huertas_ de los indígenas,

sin licencia del Ordinario.

Pero el mayor siglo de la literatura fue el siglo XIX. Apenas habrá

provincia que no haya registrado su obra maestra durante los tres

primeros cuartos de siglo. A Manila y sus arrabales pertenecen: la

_Pasión_, llamada vulgarmente de Pilápil, que es la más popular, y

data de 1814, pero en realidad es obra de un devoto, revisada por el

Dr. Pilápil y el P. Manuel Grijalvo; varios opúsculos religiosos del

Dr. Pilápil, reimpresos en 1830-35, entre ellos _Maicling Casaysayan

..._ y _Pagsisiam_; las celebérrimas _Pláticas_ del P. Modesto de

Castro (1855), la mejor colección de oratoria sagrada; _M~ga Sariling

Uicang Magisa ..._ (1856) del P. Florentino Ramírez, quizás la mejor

glosa de ascética filipina; _Guía de Pecadores_ en tagalo (1856) de un

autor anónimo; la serie de trabajos llenos de unción religiosa de J.

Tuason, entre ellos: _Tobías_ y _Matuid na Landas ..._; _Sa Martir n~g

Golgota_ (1886) de D. Juan Evangelista, novela encantadora de una

vaguedad romántica, alada y sutil y, finalmente, el _Arte Musical ..._

(1884-87) del P. José M. Zamora.

A Bulacán, si no le perteneciera más que el _Florante_ (1838), esta

obra bastaría por sí sola para dar gloria no sólo a la provincia sino

a todo Filipinas; pero le pertenecen, además, el _awit_ de _San Alejo_

(1858) de Alejo del Pilar, tío de Marcelo H. del Pilar; el _awit_ de

_San Raymundo_ (1876) de Mariano Serapio; la _Pasión_ (1852) del P.

Aniceto de la Merced, la más literaria de las _Pasiones_, y _M~ga

Puná_ del mismo autor, obra de controversia y de crítica teológica,

única en su género, escrita toda en adustos y truculentos

dodecasílabos, y, finalmente, la popularísima _Urbana y Felisa_ (1877)

de Modesto de Castro, obra la más clásica de prosa tagala.

A Laguna pertenece la _Aritmética ..._ (1868) de D. Rufino Baltazar

Hernández, libro que era una de las delicias en Europa del Dr. Rizal,

y perla literaria que, a despecho de sus castellanismos, a una energía

insólita junta una frescura primaveral de sementera o de rodal de

cocoteros a los primeros aguaceros de Mayo, y a Batangas: los

opúsculos y libros del Dr. Vicente García, entre ellos _Casaysayan n~g

m~ga Cababalaghan_ (1856), donde ya sonríe y juguetea aquella lengua

tan sencilla, tan ingenua, tan sabia, tan austera y tan dulcemente

mística que alcanzó su plenitud en el _Kempis_ (1880), acaso _la mejor

versión directa del latín en lengua alguna_.

Se diría que, sin distinción de casta, los autores citados, españoles

y filipinos, eran en su mayoría teólogos; cierto, pero teólogos hijos

del Renacimiento, que participaban ampliamente del espíritu de

generosa y libre indagación que el Renacimiento trajo consigo, según

un gran maestro; atentos a todo rumor de la vida y a las nuevas e

inmediatas aplicaciones de la ciencia divina, a la que hacían

descender de los cielos para tomar parte en las contiendas de la

tierra, y controversistas hechos a aquel movimiento de las escuelas

teológicas del siglo XVI, tan vivo, tan animado, tan pintoresco y

hasta dramático en ocasiones.

Florante Versión castellana del poema tagalo con un ensayo crítico · 第 3 / 8 段