¿Cómo había yo de reconocer a Sarrió, si se ha comprado otro sombrero?
Este sombrero es perfectamente semiesférico. Pero Sarrió está disgustado
con este sombrero. Creo que acabará por retirarlo y volverse a poner el
otro; ésta es mi impresión.
Esta tarde hemos estado paseando por la Castellana; al anocher, para
descansar un poco, hemos entrado en la Mallorquina. Sarrió y yo opinamos
que en Madrid no hay un sitio más ameno que la Mallorquina. Aquí
estábamos tomando un pequeño refrigerio, cuando a mí se me ha ocurrido
repasar un periódico; mis malas costumbres no pueden abandonarme. Y como
lo más entretenido--y lo más instructivo--de un periódico son los
_sucesos_, yo, naturalmente, he echado la vista sobre ellos. Mejor
hubiera sido que no la hubiese echado. He aquí lo que mis ojos han
leído:
«UN CHUSCO:
Anoche, en el teatro Español, un chusco trató de dar una broma a nuestro
distinguido compañero en la prensa don Antonio Azorín. Representábase
el segundo acto de _Reinar después de morir_, cuando de una de las
butacas, situadas junto a la que ocupaba el señor Azorín, se levantó un
sujeto y le abrazó, lanzando fuertes exclamaciones. Excusamos decir la
algazara que con tal motivo se promovió en la elegante sala del Español.
El señor Azorín y el individuo bromista tuvieron que abandonar el teatro
entre las protestas de los espectadores.»
Y Azorín, que le ha leído a Sarrió este suelto, ha dicho tristemente:
--Esta es, querido Sarrió, la manera que tienen los hombres de escribir
sus historias. Creemos saberlo todo y no sabemos nada. Nuestras
imaginaciones caprichosas es lo que nosotros reputamos por axiomas
infalibles. Y así la mentira pasa por verdad, y la iniquidad es
justicia. El tiempo y la distancia lo borran y trastruecan todo. No
sabemos lo que pasa a nuestro lado: ¿cómo saber lo que ha pasado en
tiempos remotos y lo que ocurre en luengas tierras?
Seamos sencillos: declaremos modestamente nuestra incompetencia. Y más
valdrá, entre juzgar a los hombres y echar el peso de nuestro voto a una
u otra banda, no echarlo a ninguna, y no juzgar a nadie ni ser juzgado.