Vuelvo de la estación de Atocha de despedir a Sarrió. Si alguna vez yo
tuviera tiempo, escribiría un libro titulado _Sarrió en Madrid_. Pero no
lo tendré: un mazo de cuartillas me espera sobre la mesa; he de leer una
porción de libros, he de ojear mil periódicos...
Me siento ante la mesa. El recuerdo de Sarrió acude a mi cerebro: nos
hemos abrazado estrechamente.
--¿Sarrió, ya no nos volveremos a ver más?
--Sí, Azorín; ya no nos volveremos a ver más.
Ha silbado la locomotora. Y a lo lejos, cuando se perdía el tren en la
penumbra de los grandes focos eléctricos, Sarrió, asomado a la
ventanilla, agitaba su antiguo sombrero cónico.
Me paso la mano por la frente como para disipar estos recuerdos. Es
preciso volver a urdir estos artículos terribles todos los días,
inexorablemente; es preciso ser el eterno _hombre de todas horas_, en
perpetua renovación, siempre nuevo, siempre culto, siempre ameno.
Arreglo las cuartillas: mojo la pluma. Y comienzo...