Cuando llego a Madrid está cayendo un agua menudita, cernida,
persistente. Son las ocho. El cielo está sombrío. Entro en mi cuarto,
sin aliento, fatigado. Dejo la capa y el sombrero. Voy a acostarme un
rato. Y al ir a entornar las maderas del balcón veo sobre la mesa un
papel azul. Un papel azul doblado y cerrado no puede ser más que un
telegrama. Yo alargo la mano. A veces, cuando me traen un papel azul, a
pesar de haber abierto tantos en las redacciones, siento que resurge en
mí la superstición del provinciano. En los pueblos no se reciben
telegramas sino para anunciar una desgracia; se conmociona toda la
familia; el que lo abre calla y se pone un poco pálido; sus manos
tiemblan; todos miran ansiosos... Yo he sentido un tilde de esta ansia
cuando he visto, en esta mañana gris, cansado, soñoliento, un telegrama.
¿Qué voy a leer en él? ¿Qué nueva vía desconocida va a abrir en mi vida?
Y he alargado la mano perplejo, temeroso. ¡Y no era nada! Es decir, sí
que era algo; pero era algo grato, era algo jovial y sano. He aquí lo
que decía el telegrama:
«Llego mañana en el correo.»
Verdaderamente, esto no traspasa los límites de una frase vulgar;
pudiéramos decir que no sugiere nada agradable. ¡Pero es que este
telegrama lo firma Sarrió! ¿Sarrió va a llegar mañana en el correo? Este
mañana, ¿cuándo es? Examino la fecha. ¡Este telegrama está puesto hace
dos días! ¡Sarrió está en Madrid! Aquí no tendría que poner un solo
signo admirativo, sino seis u ocho. ¡Sarrió ha llegado a Madrid sin que
yo bajase a la estación a recibirle! Y se pasea por estas calles sin que
yo le acompañe. Y tal vez haya comido en Lhardy solo, triste, sin que
hayamos podido tener un rato de amena plática ante las viandas
exquisitas... Esto es, en realidad, tremendo; ya no tengo sueño. ¿Cómo
voy a dormir estando Sarrió en Madrid? Me voy a la calle; creo que mi
deber me impone el visitarlo. Pero ¿dónde vive Sarrió? ¿Cómo
encontrarlo? He preguntado en seis u ocho fondas; he entrado en los
restaurants; me he asomado a los cafés; paso y repaso por casa de Botín;
permanezco largos ratos parado en el escaparate de Tournié. Y no lo
encuentro. Una vez he creído reconocerlo. Era un señor grueso que salía
cargado con unos paquetes de un ultramarinos; yo lo he visto por la
espalda; llevaba un sombrero puntiagudo y el cuello del gabán levantado.
Este es Sarrió--he dicho--; ese sombrero no lo tiene nadie más que
Sarrió; y el llevar el cuello levantado significa que, como viene del
mediodía, tiene frío. Todo esto lo he pensado rápidamente; al mismo
tiempo que lo pensaba le ponía la mano en el hombro al señor grueso, y
gritaba:
--¡Sarrió!
Y entonces el hombre gordo ha vuelto la cara, una cara con ojos pequeños
y ribeteados de rojo, y he visto tristemente que no era Sarrió. ¿Dónde
vivirá? ¿Dónde comerá? Vuelvo a pasar por casa de Botín; vuelvo a
pasarme frente a la vitrina de Lhardy. ¡Y no lo veo!
Y como ya es de noche y me siento fatigado por el precipitado trajín,
por el viaje, por el cansancio, me retiro a casa con ánimo de
acostarme.