Salgo, después de comer, a las afueras del pueblo; me recuesto al pie de
un largo bardal. Delante tengo la inmensa llanura de roja arena que se
pierde en el infinito con suaves ondulaciones. El cielo es azul; un vaho
tibio asciende de la tierra.
Leo un periódico: habla del clericalismo de España. Parece ser que una
simple decisión del gobierno acabará con él... Los políticos y los
periodistas--y ésta es la raíz de nuestras desventuras--ven bárbaramente
las cosas en abstracto. Y hay que considerarlas vivas, palpitantes,
latentes, indivisas de la realidad inexorable.
* * *
...Durante todo el mes--consagrado cada uno a un santo--, durante todo
el año, las novenas suceden a las novenas: la de Animas, la de la
Purísima, la del Niño Jesús, la de San Antonio, la de San José, la de
los Dolores. Se celebran trisagios; se cantan rogativas; pasan por las
calles largas procesiones de penitentes, Cristos lacios y sanguinosos,
Vírgenes con espadas de plata; las campanas plañen por la mañana, a
mediodía, por la noche; brillan misteriosas las luces en las naves
sombrías; entran, salen, discurren por las calles devotas con mantillas
negras, hombres con capas amplias, que se quejan, que sollozan, que
hablan de angustias, que piensan en la muerte. Y la idea de la muerte,
eterna, inexorable, domina en estos pueblos españoles, con sus novenas y
sus tañidos fúnebres, con sus caserones destartalados y su ir y venir de
devotas enlutadas.
España es un país católico. El catolicismo ha conformado nuestro
espíritu. Es pobre nuestro suelo (yermos están los campos por falta de
cultivo); el pueblo apenas come; se vive en una ansiedad perdurable; se
ve en esta angustia cómo van partiendo uno a uno de la vida los seres
queridos; se piensa en un mañana tan doloroso como hoy y como ayer. Y
todos estos dolores, todos estos anhelos, estos suspiros, estos
sollozos, estos gestos de resignación van formando en los sombríos
pueblos, sin agua, sin árboles, sin fácil acceso, un ambiente de
postración, de fatiga ingénita, de renunciamiento heredado a la vida
fuerte, batalladora y fecunda.
Así nacen y se van perpetuando en un catolicismo hosco, agresivo,
intolerante, generaciones y generaciones de españoles. En un pueblo así,
¿cómo es posible realizar desde la _Gaceta_ un cambio tan radical como
el que supone el asunto, hoy estudiado por el gobierno, de las
Congregaciones? No lo ocultamos, porque somos liberales sinceros: la
entraña de un país no puede renovarse de un día para otro con un simple
real decreto. En 1823 existían en España 16.310 religiosos. ¿Qué se
había hecho de la enorme copia de ellos que existía en el siglo XVIII?
¿Es que habían desaparecido por los naturales progresos del país? No;
las represiones políticas consiguieron extirparlos momentáneamente.
Era un resultado violento; España no había cambiado; seguía siendo tan
católica y tan clerical como antes. Y así, de 1823 a 1830, en que una
reacción lógica volvió a dejar libre el alma nacional, los conventos se
multiplicaron de un modo estupendo. En 1823 los religiosos son 16.310;
en 1830 ascienden a 61.727.
¿Hemos cambiado algo de entonces a la fecha? Hemos cambiado en frágiles
apariencias; la entraña de nuestro pueblo es la misma. No basta disponer
que se reduzca el número de las Ordenes y Congregaciones; ya se pensó en
esto (con más valentía que ahora) en el siglo XVII. No basta que lo
dispongan o finjan disponerlo los políticos--que son casi todos los
políticos españoles--a quienes conocemos por católicos (vehementes o
discretos), y en cuyas familias arreglan los negocios y las conciencias
diligentísimos y avisados diplomáticos del catolicismo.
Es preciso algo más hondo y más eficaz: es preciso llevar al pueblo la
seguridad de una vida sana y placentera. Un pueblo pobre es un pueblo de
esclavos. No puede haber independencia ni fortaleza de espíritu en quien
se siente agobiado por la miseria del medio. En regiones como Castilla,
como la Mancha, sin agua, sin caminos, sin árboles, sin libros, sin
periódicos, sin casas confortables, ¿cómo va a entrar el espíritu
moderno? ¿Somos tan ingenuos que creamos que lo va a llevar un día u
otro la _Gaceta oficial_?
El labriego, el artesano, el pequeño propietario, que pierden sus
cosechas o las perciben escasas tras largas penalidades; que viven en
casas pobres y visten astrosamente, sienten sus espíritus doloridos y se
entregan--por instinto, por herencia--a estos consuelos de la
resignación, de los rezos, de los sollozos, de las novenas, que durante
todo el mes, durante todo el año se suceden en las iglesias sombrías,
mientras las campanas plañen abrumadoras.
Y habría que decirles que la vida no es resignación, no es tristeza, no
es dolor, sino que es goce fuerte y fecundo; goce espontáneo, de la
Naturaleza, del arte, del agua, de los árboles, del cielo azul, de las
casas limpias, de los trajes elegantes, de los muebles cómodos... Y para
demostrárselo habría que darles estas cosas.