...Delante de mí, sentado a esta mesa con pegajoso mantel de hule, en el
diminuto comedor de paredes rebozadas con cal azul, hay un señor
silencioso y grave. Yo lo observo. Su cabeza es enérgica, redonda,
fuerte, trasquilada al rape; muestra en su gesto y en sus ademanes como
un desdén altivo, como un enojo reprimido hacia esta comida sórdida e
indigesta que, poco a poco, con lentitud desesperante, nos van
sirviendo. Yo sé que es el presidente del Círculo Industrial de Madrid;
yo le reputo por uno de los hombres más enérgicos y emprendedores de la
España laboriosa.
Y su figura, en este ambiente de inercia, de renunciamiento, de
ininteligencia, marca un contraste inevitable entre las dos Españas.
La comida transcurre lenta; son viandas exiguas, mal guisadas, servidas
en vajilla desconchada y sucia, sobre el hórrido mantel de hule. Mi
compañero suspira, levanta los ojos al cielo, se pasa la mano por la
ancha frente como para disipar una pesadilla terrible, cruza los
brazos--en las largas esperas de plato a plato--como pidiendo a sí mismo
serenidad y calma... Yo intento comer en silencio. ¿Lo consigo? Creo que
no.
Por la estrecha ventana veo un patio con el brocal de un pozo
desgastado, y en las paredes, empotradas, cuatro o seis columnas con
capiteles dóricos.
Llegan los postres. Este silencio tétrico en este casón vetusto--antiguo
convento--, después de esta comida intragable, me apesadumbra y enerva.
--¡Qué diferencia--exclamo--entre estos pueblos inactivos de la Meseta y
los pueblos rientes y vivos de Levante!
Entonces mi compañero, que ha callado, como yo, durante toda la comida,
me mira fijamente, como asombrado de que haya quien hable así en
Torrijos, y replica con voz lenta y enérgica:
--¡Como que son dos nacionalidades distintas y antagónicas! Levante es
una región que se ha desenvuelto y ha progresado por su propia vitalidad
interna, mientras que el Centro permanece inmóvil, rutinario, cerrado al
progreso, lo mismo ahora que hace cuatro siglos... Observe usted los
detalles de la vida doméstica; vea usted los procedimientos agrícolas;
estudie usted las costumbres del pueblo... En todas partes, en todos
los momentos, en lo grande y en lo pequeño, las diferencias entre los
españoles del Centro y los de las costas saltan a la vista.
Yo soy del Centro, y, sin embargo, lo reconozco sinceramente. El
problema catalanista, en el fondo, no es más que la lucha de un pueblo
fuerte y animoso con otro pueblo débil y pobre, al cual se encuentra
unido por vínculos acaso transitorios...
Hemos callado. Y yo pensaba que todos los esfuerzos por la generación de
un pueblo próspero serán inútiles mientras estos campos no tengan agua,
mientras estas tierras paniegas no sean abonadas, mientras no
desaparezca el sistema de eriazos y barbechos, mientras las máquinas no
realicen pronta y esmeradamente el trabajo de las industrias anexas.
* * *
Y luego, cuando durante toda la tarde he visitado las almazaras, me he
afirmado en mi idea. Nada más interesante que esta sorda y tenaz lucha
de las máquinas nuevas para vencer la obstinación del labriego y
reemplazar a los viejos y lentos artefactos. En Torrijos hay once
molinos aceiteros; en ellos existen siete vigas y cuatro prensas.
Las vigas son unas enormes palancas que, con un peso a uno de sus
extremos, oprimen la pasta de aceituna molida, colocada en los cofines
cerca del otro extremo, casi en el punto de apoyo. Las vigas están aún
en Torrijos en mayoría; el aceite se extrae como hace trescientos años.
Observad ahora el litoral: en la región alicantina más olivarera--Onil,
Castalla, Ibi--las prensas de madera y las vigas hace tiempo que han
desaparecido por completo; todas las prensas son de hierro. Y si nos
internamos en España veremos cómo a medida que nos acercamos al Centro,
los viejos artefactos reaparecen, y cómo van aumentando hasta dominar en
absoluto. En algunos puntos la lucha es empeñada, y los vetustos
aparatos están a punto de ser derrotados por los nuevos. Todo un curso
de civilización y de historia nacional se puede estudiar en estos
detalles, al parecer insignificantes.
Una excelente región olivarera es la que se extiende desde Logroño hasta
Alfaro, y que comprende los pueblos enclavados a la derecha del Ebro, en
una distancia de 10 a 15 kilómetros. Pues bien; en Alfaro, por ejemplo,
en sus almazaras existen 14 vigas y 10 prensas de husillo; en Arnedo, 30
y 15, respectivamente; en Nájera, 3 y 2. Los procedimientos viejos
dominan a los nuevos; en cambio, Logroño, la capital de la región,
cuenta con 24 vigas y 35 prensas de husillo, a más de 3 hidráulicas.
Torrijos es del pasado; los procedimientos modernos se han iniciado ya,
pero están sojuzgados aún por la rutina. Diez kilómetros más adentro,
en Maqueda--que también he visitado--, la rutina es señora absoluta.
Maqueda cuenta con 250 hectáreas de olivares; todas las cosechas del
pueblo se muelen en una almazara de una sola viga. Y el aceite extraído
es tan ínfimo, que sólo puede ser vendido a las fábricas de jabones.
Cuando se les reprocha discretamente su incuria a estos labriegos, se
encogen de hombros y contestan «que así se ha hecho toda la vida».
Poco más o menos es lo que contestan en Torrijos. Los olivares suman 960
hectáreas en todo el término. ¿Cómo es posible que en transformar la
cosecha se entretengan desde Diciembre hasta últimos de Abril? Las vigas
trabajan lentamente; una sola viga comprime 12 fanegas diarias de
pasta--que aquí llaman _pezón_--; una prensa de hierro, de 30 a 40.
Usando vigas, la extracción del aceite se prolonga doble tiempo que se
tardaría con la prensa. Consecuencia de esta dilatación es el fermento
que la aceituna sufre en sus trojes, desde Febrero, en que se termina de
recolectar, hasta Mayo, en que se tritura la última. Y no es esto sólo:
la pasta que comprimen las prensas queda completamente exhausta; la que
se retira de las vigas, en cambio, queda con una parte considerable de
aceite que no es utilizado.
«Las prensas de hierro--me dicen--se rompen y es preciso gastar dinero
en componerlas.» Ayer hablaba de un labrador que descuida sus tierras
por alquilar sus mulas por _tres_ reales diarios; hoy veo a estas gentes
que huyen de la compostura de una prensa, y en cambio dejan fermentar la
aceituna y pierden en la pasta comprimida una parte del jugo.
* * *
Así viven, pobres y miserables, los labradores de la Meseta. El medio
hace al hombre. El contraste es irreductible, entre unos y otros
moradores de España, mientras el medio no se unifique. Porque no podrán
pensar y sentir del mismo modo unos hombres alegres que disponen de
aguas para regar sus campos y cultivan intensivamente sus tierras, y
tienen comunicaciones fáciles y casas limpias y cómodas, y otros hombres
melancólicos que viven en llanuras áridas, sin caminos, sin árboles, sin
casas confortables, sin alimentación sana y copiosa...