Vuelvo a Madrid. Yo quisiera decir algo de ese clérigo que he visto en
Maqueda, sucesor, a través de los siglos, del buen clérigo del
_Lazarillo_. He hecho el viaje por saturarme de estos recuerdos de
nuestros clásicos. No basta leerlos; _hay que vivirlos_: contemplar el
mismo paisaje que columbraron Cervantes o Lope, posar en los mismos
mesones, charlar con los mismos tipos castizos--arrieros e hidalgos--,
peregrinar por los mismos llanos polvorientos y por las mismas
anfractuosas serranías.
Maqueda es un pueblecillo caduco, con un formidable castillo gualdo, con
los restos de una alcazaba y la osamenta de una iglesia arruinada. Desde
lo alto del castillo he contemplado el llano inmenso, gris, negruzco,
cerrado en la lejanía por una línea azul, surcado, en fulgente meandro,
por un riachuelo que corre entre dos estrechas bandas de verdura.
Ya pintaré, cuando esté más descansado, este pueblecillo y este campo.
Ahora no tengo tiempo. Voy al periódico; he de ir luego a la
Biblioteca... Esto de hacer artículos es terrible: otra vez, después de
este breve descanso, he de volver a ser _hombre de todas horas_, como
decía Gracián.
Sobre la mesa tengo un montón de periódicos. Siento un leve terror. Les
despojo de sus fajas y voy repasándolos lentamente... Y de pronto me
pongo un poco pálido y dejo caer de las manos uno de los periódicos. Se
trata de _El Pueblo_, de Valencia. ¿Qué dice? Habla de un artículo mío.
Y este artículo «es lo más atrevido, rebelde y verdaderamente
revolucionario que ha publicado la prensa española, tan tímida y
parapoco, hace muchos años».
¡Caramba!--exclamo--. He hecho una atrocidad sin querer. El otro día se
conmovió el _Heraldo_ por un artículo mío, y ahora este Castrovido dice
esas cosas tremendas hablando de otro... ¡Caramba! Yo no me atrevo a
salir a la calle, a ir tímidamente al Ateneo, a pedir un libro en la
Biblioteca, a entrar en la librería de Fe... ¿Tomaré el tren otra vez?
Sí, sí; es preciso que yo coja el tren otra vez.