La hermosa iglesia de Torrijos la ha fundado una mujer.
Esta buena mujer no quiere ponerse sus trajes suntuosos, pero se los
pone por complacer a su marido. Y cuando se los pone se dirige al Señor
y le dice: _Tú, Señor, sabes que nunca estos arreos y vestidos me
pluguieron._ Y se queda un poco satisfecha, pensando que lo hace por
obligación. ¿Qué va a hacer una señora bonita, rica, y que además tiene
que presentarse todos los días ante los reyes? Porque su marido es
comendador mayor y contador mayor de los Reyes Católicos. Ella se llama
doña Teresa Enríquez y él don Gutierre de Cárdenas. Viven con gran
atuendo; pero ella hace muchas limosnas, es piadosa, recuerda siempre a
su marido que sea escrupuloso en el despacho de los negocios, y sobre
todo que los despache pronto. Y don Gutierre la atiende, como es
natural, tratándose de quien se trata, pero le choca un poco esta
oficiosidad de su mujer. Y muchas veces le dice, «muerto de risa» (según
cuentan los historiadores), a la reina doña Isabel: _Señora, suplico a
vuestra alteza que me firme este negocio, que traigo quebrada la cabeza
de las persuasiones que doña Teresa me ha hecho diciéndome que despache
los negocios y que haga limosnas; que en verdad, más me predica ella que
los predicadores de vuestra alteza._
¿Hace bien doña Teresa? Sí; indudablemente, hace bien. Y por eso la
reina le contesta a don Gutierre, no muerta de risa como él, pero sí
sonriendo benévolamente: _Todo es menester, comendador._ Y además de
esto, para que cunda el ejemplo, manda que sus damas principales
acompañen a doña Teresa en las visitas que todos los viernes y durante
la cuaresma hace a los hospitales. ¿Quién podrá decir, aparte de esto,
lo que ella hizo en la guerra de Granada? Esta misma pregunta se hacen
los historiadores y no aciertan a contestarla; tantas y tales son las
cosas excelentes que habría que contar. Además, de su matrimonio ha
tenido dos hijos y una hija, y todos los ha educado cristianamente. De
los hijos, uno fue duque de Maqueda; el otro, que se llamaba Alonso,
murió de una caída de caballo. La hija fue condesa de Miranda. No ha
tenido más hijos, porque se ha quedado viuda.
Y ahora que no tiene obligación de ponerse vistosa y elegante, sí que
ha soltado la rienda a su modestia. Lo primero que ha hecho es vestirse
con un hábito de viuda, es decir, con un manto de paño negro común y
unas tocas blancas gruesas. Luego se ha venido a Torrijos y aquí ha
vivido recogida durante treinta años. Los años son malos; se han echado
encima hambres, crueles carestías, guerras, y doña Teresa ha tenido
materia en que ejercitar su virtud. Las tierras que posee son inmensas;
dispone de diez cuentos de renta. Pero muchas de las tierras que posee
están yermas. ¿Cómo va ella a cultivarlas todas? ¿Qué sabe ella de esas
tracamundanas? Por este motivo ha mandado pregonar que los labradores
que quieran venir a romper y beneficiar sus dehesas pueden venir
tranquilamente. Y han venido, en efecto, muchos, porque como son tierras
nuevas, rinden copia de frutos. Ni en su tiempo ni siglos ainde, yo creo
que no serán muchos los que imiten a doña Teresa.
Y no para aquí su magnanimidad, sino que rescata cautivos, proporciona
médicos y camas a los pobres, convierte a buen vivir a las mujerzuelas
baldías. En Almería y en Maqueda ha fundado algunos conventos; en
Torrijos también ha fundado uno; y además un hospital, y además ha
mandado construir una iglesia. Sus coetáneos dicen que esta iglesia es
un «maravilloso edificio», y las guías modernas confiesan que es
«grandioso». Ni unos ni otros se equivocan.
Ya parece que doña Teresa está medio sosegada; ha gastado casi toda su
fortuna en buenas obras, y esto da tranquilidad de ánimo. Sin embargo,
un día le enteran de que allá, muy lejos, en Roma, «cuando llevan el
Sacramento a los enfermos no lo llevan con la reverencia que es razón».
¿Podré pintar su desconsuelo? Doña Teresa cavila y se desazona; ella
estaba ya un poco tranquila, y ahora vuelve a sentirse angustiada. ¡No;
eso no puede continuar de ese modo! Y decide construir en un templo de
Roma una suntuosa capilla, a la cual dota de espléndidos ornamentos para
que el Señor sea llevado con decoro.
Y así ha vuelto a sosegarse su espíritu, y ha continuado viviendo
silenciosa, pobre, caritativa.
Cuando ha muerto no tenía más que una mísera cama y cincuenta reales. Y
ella ha dispuesto en su testamento que todo esto sea para los pobres.
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