Este es un viejo que va todas las tardes al Congreso. En el sombrero de
copa, yo he visto escrito en el forro blanco, con lápiz: _Redón_. Yo no
sé quién es Redón. Tiene una barba larga y blanca; lleva en el dedo
índice de la mano izquierda un anillo con un sello de oro; sus ojos son
pequeñuelos y azules; cuando sonríe se le marcan sobre las sienes unos
hacecillos de arrugas que le dan un aire picaresco. Entra en la tribuna
de la prensa y se sienta con mucho cuidado, levantándose el gabán,
sosteniendo en alto el sombrero. Y luego se pone a mirar hacia allá
abajo y tose de rato en rato...
Yo creo que este viejo oye atentamente todo lo que dicen; pero no lo
oye. ¿Cómo lo ha de oír si es sordo? Entonces, ¿para qué viene? Hace
veinte años que viene todas las tardes, con el mismo sombrero en que
pone: _Redón_, con el mismo gabán que se levanta escrupulosamente al
sentarse. A veces sonríe y se pasa la mano por la barba.
--¡Aquellos oradores sí que hablaban bien!--exclama este viejo.
Yo quiero saber quiénes eran _aquellos oradores_. Y entonces él me dice:
--Yo he oído a Martínez de la Rosa: ¿usted ha oído hablar de Martínez de
la Rosa?
¿Quién no ha oído hablar de Martínez de la Rosa?
--Sí, sí que le he oído nombrar mucho.--Y el viejo me mira satisfecho y
prosigue:
--Era un orador...
Al llegar aquí tose pertinazmente y se aliña después la barba.
--Era un orador...
Otra vez vuelve a toser durante un breve rato, y otra vez vuelve a
pasarse la mano por su blanca barba.
--Era un orador notable... Yo no he oído a nadie que tuviera la dulzura
que tenía Martínez de la Rosa. Aquéllos eran otros hombres: ¿no le
parece a usted?
Evidentemente, me parece que aquellos hombres eran distintos que éstos.
Yo tengo la franqueza de decirlo, y mis declaraciones le producen una
gran satisfacción a este viejo. Por eso sonríe con su aire bondadoso y
clava su mirada en el fondo de su sombrero. Este sombrero él se lo ha
puesto durante una porción de años para venir al Congreso. ¡No se
comprará otro! Y como este sombrero, que tiene un forro blanco con un
letrero que dice: _Redón_, le recuerda tantas cosas, él le pasa la manga
con amor por la copa. Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja un
poco inclinado, tosiendo, pasándose suavemente la mano por su barba
blanca.
V
«Pepita: Yo tengo unas amigas. No te pongas pálida. Yo tengo unas amigas
que cantan en golpes graves y metálicos por la mañana; que sollozan por
la tarde en un canto largo y plañidero de despedida. Vivo al lado de una
iglesia. Y estas amigas son las campanas. La iglesia es vieja, con las
paredes amarillas y desconchadas, con una torre puntiaguda. Está cerca
de la Puerta del Sol; y en medio de este estrépito frívolo de Madrid,
mientras suenan los campanillazos de los tranvías, mientras pasan los
coches, mientras tocan los organillos, esta iglesia parece quejarse de
muchas amarguras. Las cosas son como los hombres. Sí, Pepita, ésta es
una iglesia a quien no dejan vivir en su soledad. Se parece a mí: yo
creo que por esto me he venido a morar junto a ella. Ya te he dicho que
es un estruendo grande de cosas mundanas el que la rodea; ahora añadiré
que bajo sus portales, casi en su mismo recinto, hay unas tiendas de
máquinas de coser y de paraguas. Además, junto a ella hay un gran salón
donde gritan y corren jugando a la pelota. Y por si esto no fuera
bastante, un librero ha puesto sus estantes de libros profanos a lo
largo de una de sus paredes, y unos hombres rápidos, que llevan una
escalera al hombro, vienen todos los días y pegan en sus muros tristes
grandes carteles blancos, azules, rojos. ¡No la dejan tranquila! Y estos
muros se hinchan en redondas tumefacciones, se desconchan en grandes
claros, dejan caer sobre los colgadizos de las puertas una costra de
tierra donde crece el musgo... Yo vivo muy alto; aparto los visillos y
veo abajo, sobre la piedra gris de la portada, la mancha húmeda y
verdosa. El cielo está gris; poco a poco va apagándose la fosca claridad
del día; pasan en formidable estrépito carromatos, coches, tranvías; se
oyen voces, golpes violentos, rechinar de ruedas; un organillo lanza sus
notas cristalinas. Y de pronto suenan lentas las campanas, en unas
vibraciones largas y pausadas...
»Es la voz de esta iglesia, que suplica a los hombres un poco de piedad.
»Yo creo que los hombres no la oyen, Pepita; pero las oigo yo. Y cada
vez que por la mañana o por la noche ellas ríen o lloran, vienen a mi
espíritu recuerdos de otros días, un poco más felices que estos en que
me veo tan solo.
»Adiós. Esa sorpresa de que me hablas, ¿qué es? Claro está que si me lo
dijeras, ya no sería sorpresa. No me lo digas. Y ya te contaré yo la
impresión que me produzca.
»ANTONIO.»