IV

Este es un viejo que va todas las tardes al Congreso. En el sombrero de

copa, yo he visto escrito en el forro blanco, con lápiz: _Redón_. Yo no

sé quién es Redón. Tiene una barba larga y blanca; lleva en el dedo

índice de la mano izquierda un anillo con un sello de oro; sus ojos son

pequeñuelos y azules; cuando sonríe se le marcan sobre las sienes unos

hacecillos de arrugas que le dan un aire picaresco. Entra en la tribuna

de la prensa y se sienta con mucho cuidado, levantándose el gabán,

sosteniendo en alto el sombrero. Y luego se pone a mirar hacia allá

abajo y tose de rato en rato...

Yo creo que este viejo oye atentamente todo lo que dicen; pero no lo

oye. ¿Cómo lo ha de oír si es sordo? Entonces, ¿para qué viene? Hace

veinte años que viene todas las tardes, con el mismo sombrero en que

pone: _Redón_, con el mismo gabán que se levanta escrupulosamente al

sentarse. A veces sonríe y se pasa la mano por la barba.

--¡Aquellos oradores sí que hablaban bien!--exclama este viejo.

Yo quiero saber quiénes eran _aquellos oradores_. Y entonces él me dice:

--Yo he oído a Martínez de la Rosa: ¿usted ha oído hablar de Martínez de

la Rosa?

¿Quién no ha oído hablar de Martínez de la Rosa?

--Sí, sí que le he oído nombrar mucho.--Y el viejo me mira satisfecho y

prosigue:

--Era un orador...

Al llegar aquí tose pertinazmente y se aliña después la barba.

--Era un orador...

Otra vez vuelve a toser durante un breve rato, y otra vez vuelve a

pasarse la mano por su blanca barba.

--Era un orador notable... Yo no he oído a nadie que tuviera la dulzura

que tenía Martínez de la Rosa. Aquéllos eran otros hombres: ¿no le

parece a usted?

Evidentemente, me parece que aquellos hombres eran distintos que éstos.

Yo tengo la franqueza de decirlo, y mis declaraciones le producen una

gran satisfacción a este viejo. Por eso sonríe con su aire bondadoso y

clava su mirada en el fondo de su sombrero. Este sombrero él se lo ha

puesto durante una porción de años para venir al Congreso. ¡No se

comprará otro! Y como este sombrero, que tiene un forro blanco con un

letrero que dice: _Redón_, le recuerda tantas cosas, él le pasa la manga

con amor por la copa. Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja un

poco inclinado, tosiendo, pasándose suavemente la mano por su barba

blanca.

V

«Pepita: Yo tengo unas amigas. No te pongas pálida. Yo tengo unas amigas

que cantan en golpes graves y metálicos por la mañana; que sollozan por

la tarde en un canto largo y plañidero de despedida. Vivo al lado de una

iglesia. Y estas amigas son las campanas. La iglesia es vieja, con las

paredes amarillas y desconchadas, con una torre puntiaguda. Está cerca

de la Puerta del Sol; y en medio de este estrépito frívolo de Madrid,

mientras suenan los campanillazos de los tranvías, mientras pasan los

coches, mientras tocan los organillos, esta iglesia parece quejarse de

muchas amarguras. Las cosas son como los hombres. Sí, Pepita, ésta es

una iglesia a quien no dejan vivir en su soledad. Se parece a mí: yo

creo que por esto me he venido a morar junto a ella. Ya te he dicho que

es un estruendo grande de cosas mundanas el que la rodea; ahora añadiré

que bajo sus portales, casi en su mismo recinto, hay unas tiendas de

máquinas de coser y de paraguas. Además, junto a ella hay un gran salón

donde gritan y corren jugando a la pelota. Y por si esto no fuera

bastante, un librero ha puesto sus estantes de libros profanos a lo

largo de una de sus paredes, y unos hombres rápidos, que llevan una

escalera al hombro, vienen todos los días y pegan en sus muros tristes

grandes carteles blancos, azules, rojos. ¡No la dejan tranquila! Y estos

muros se hinchan en redondas tumefacciones, se desconchan en grandes

claros, dejan caer sobre los colgadizos de las puertas una costra de

tierra donde crece el musgo... Yo vivo muy alto; aparto los visillos y

veo abajo, sobre la piedra gris de la portada, la mancha húmeda y

verdosa. El cielo está gris; poco a poco va apagándose la fosca claridad

del día; pasan en formidable estrépito carromatos, coches, tranvías; se

oyen voces, golpes violentos, rechinar de ruedas; un organillo lanza sus

notas cristalinas. Y de pronto suenan lentas las campanas, en unas

vibraciones largas y pausadas...

»Es la voz de esta iglesia, que suplica a los hombres un poco de piedad.

»Yo creo que los hombres no la oyen, Pepita; pero las oigo yo. Y cada

vez que por la mañana o por la noche ellas ríen o lloran, vienen a mi

espíritu recuerdos de otros días, un poco más felices que estos en que

me veo tan solo.

»Adiós. Esa sorpresa de que me hablas, ¿qué es? Claro está que si me lo

dijeras, ya no sería sorpresa. No me lo digas. Y ya te contaré yo la

impresión que me produzca.

»ANTONIO.»

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 60 / 81 题