»Pepita: Todas las noches le doy cuerda a mi relojito antes de
acostarme. Cuando estaba ahí le daba cuerda a las diez; ahora se la doy
a las dos de la madrugada. No te asustes. Yo procuraré que esto no dure
mucho. Ahora vengo de la redacción. Quiero ponerte dos letras antes de
acostarme para que no digas que no te escribo. Estoy cansado. Esta vida
precipitada me fatiga. No estoy en mí mismo. He de escribir muchas cosas
que no tengo ganas de escribir. He de hablar mucho con gentes a quienes
apenas estimo. Tú ya sabes que yo hablo poco. Soy un hombre de
recogimiento y de soledad; de meditación, no de parladurías y bullicios.
Y cuando, después de haber estado todo el día hablando y escribiendo, me
retiro a casa a estas horas, yo trato de buscarme a mí mismo, y no me
encuentro. ¡Mi personalidad ha desaparecido, se ha disgregado en
diálogos insubstanciales y artículos ligeros!
»Y yo no creo, Pepita, que haya un tormento mayor que éste. Nos pueden
robar nuestra hacienda, nos pueden robar la capa y el gabán, ¡pero
robarnos nuestro espíritu! ¿Comprendes tú, Pepita, que haya una cosa más
terrible que ésta?
»Ahora son las dos; todo está en silencio. De cuando en cuando oigo a lo
lejos el sordo rumor de un coche; suenan las campanadas lentas del reloj
de la Puerta del Sol; una voz turba de pronto el sosiego profundo.
»Y yo me siento ante la mesa y arreglo las cuartillas. Pero no se me
ocurre nada. Aquella espontaneidad que yo sentía afluir en mí ya no la
siento. Quiero reflexionar, me esfuerzo en hacer una cosa bien hecha, y
me desespero y me aburro. Las cosas bien hechas salen ellas solas, sin
que nosotros queramos; la ingenuidad, la sencillez no pueden ser
queridas. Cuando queramos ser ingenuos, ya no lo somos.
»Tú eres ingenua, Pepita. Si yo me acuerdo mucho de ti, ¿por qué es,
sino por esto? Tu recuerdo es para mí algo muy grato en medio de esta
aridez de Madrid. Y por eso, yo cada día te escribo más, aunque sea
poquito, y deseo que tú me escribas. Escríbeme: dime si paseáis por la
plaza al anochecer, mientras suena la fuente y el cielo se va poniendo
fosco; dime si salís a las huertas y os sentáis bajo esas nogueras
anchas, espesas, redondas, y veis correr el agua limpia y mansa por los
azarbes; dime si las campanadas del Angelus son las mismas campanadas
graves y dulces que yo he oído; dime si los azahares de los naranjos se
han abierto ya y perfuman el aire; dime si las palmeras mueven
mansamente sus ramas péndulas en el azul intenso...
»Pepita, Pepita: yo me siento conmovido y estoy a punto de sollozar
cuando pienso en todas estas cosas... Yo me veo solo, yo me veo triste;
yo veo que mi juventud va pasando estérilmente, sin una ternura, sin una
caricia, sin un consuelo...
»Adiós. No quiero que te pongas tú también triste.
»ANTONIO.»