Efectivamente, Azorín se va a París. ¿Por qué a París, y no a Brujas, a
Florencia, a Constantinopla, a Praga, a Petersburgo? Él no lo sabe, ni
tampoco lo quiere razonar. ¿Para qué razonar nada? Lo espontáneo es la
más bella de las razones; la conciencia dicen los psicólogos que es un
_epifenómeno_, es decir, una cosa que no es esencial para el proceso de
la actividad psicológica, como no es esencial que un reloj se dé o no se
dé cuenta de que anda...
Todo esto lo piensa Azorín mientras arregla la maleta; se pueden pulir
vidrios o arreglar una maleta y estar filosofando. Sólo que Azorín no es
Spinoza; aunque también es verdad--y ésta es la compensación--que tiene
mejor ropa. Y aquí en la maleta va colocando unas camisas de finísimo
hilo, unos calzoncillos, unos calcetines, unos pañuelos--cuatro tomitos
impresos por Didot, limpiamente, en el año 1802. Azorín los pasa, los
repasa, los acaricia, los abre al azar. Y en uno de ellos lee:
«Il y a plusieurs années que ie n'ay que moi pour visée à mes pensées,
que ie ne contreroolle et n'estudie que moi; et si i'estudie oultre
chose, c'est pour soubdain le coucher sur moi, ou en moi, pour mieulx
dire.»
A mí también--piensa Azorín--me sucede lo que a este hombre de Burdeos;
pero esto es triste, monótono, y en la soledad de los pueblos esta
tristeza y esta monotonía llegan a estado doloroso. No, yo no quiero
sentirme vivir. Y voy a hacer un viaje largo: me marcho a una ciudad
febril y turbulenta donde el ruido de las muchedumbres y el hervor de
las ideas apaguen mi soliloquio interno. Y esta ciudad es París.
He aquí cómo este desdichado Azorín, que no quería razonar su viaje, ha
acabado al fin por razonarlo. ¡Tan añejado está en él este morbo feroz
que llamamos inteligencia!