Azorín se marcha. Azorín, decididamente, no puede estar sosegado en
ninguna parte, ni tiene perseverancia para llevar nada a término. Yo he
leído en los diccionarios que _autotelia_ significa «cualidad de un ser
que puede trazarse a sí mismo el fin de sus acciones». Pues bien; no es
aventurado afirmar, aunque sea en redondo, que Azorín no tiene
_autotelia_. Por eso se marcha repentinamente de este pueblo, sin motivo
ninguno, como se marchará luego de otro cualquiera. Él aquí era casi
feliz; vivía tranquilo; no se acordaba de periódicos ni de libros. Y lo
que es el colmo de la tranquilidad, hasta no tenía nombre. Aquí nadie le
conocía como borrajeador de papel, ni siquiera como un simple Antonio
Azorín. Y ésta es una profunda lección de vida, porque esto significa
que el pueblo, o sea el público grande, sano, bienintencionado, no
estima el artificio y la melancolía torturada del artista, sino la
jovialidad, la limpieza, la simplicidad de alma. De este modo aquí
Sarrió lo era todo--y lo sigue siendo--mientras Azorín no era nada; o
mejor dicho, si algo figuraba era como amigo de él, como acompañante del
hombre bueno, como un sujeto cuyo único mérito consiste en ir
constantemente con otro meritísimo. Por eso en este pueblo, para
designar a Azorín, decían: _El que va con Sarrió..._
* * *
Azorín ha dicho:
--Pepita, me marcho.
Pepita se ha vuelto sobresaltada y ha exclamado:
--¡Ay, Azorín! ¿Usted se marcha?
Y le ha mirado fijamente con sus anchos ojos azules. Parecía que con su
mirada le acariciaba y le decía mil cosas sutiles que Azorín no podría
explicar aunque quisiera. Cuando oímos una música deliciosa, ¿podemos
expresar lo que nos dice? No; pues del mismo modo Azorín no acertaría a
explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves.
Pepita ha querido saber dónde se iba Azorín. Pero es el caso que Azorín
no lo sabe tampoco. ¿Dónde se irá él? ¿Qué país elegirá para pasear sus
inquietudes? Ha estado un momento pensándolo, y como Pepita continuaba
mirándole ansiosa, ha dicho al fin:
--Yo creo... que me marcho... a París.
Pepita ha proferido una ligera exclamación de terror.
--¡Ay, Azorín, a París, y qué lejos que está eso!
Tiene razón Pepita en asustarse. París está muy lejos; además, allí no
hablan como nosotros. ¿Qué va a hacer Azorín en París? París es una
ciudad donde se vive febrilmente, donde las mujeres son pérfidas, donde
las multitudes corren por las calles con formidable estruendo. Azorín
querrá encontrar allí la paz, y no encontrará la paz que ha sentido en
esta plaza solitaria y bajo estos árboles sombríos; y querrá encontrar
allí hombres sabios y no los encontrará tan sabios como este que se
llama Sarrió.
Y al despedirse, mientras Azorín estrechaba la mano de Pepita, esta mano
tan blanca, tan carnosita, tan suave, con sus hoyuelos, con sus uñas
combadas, Pepita ha dicho:
--¿Me escribirá usted, Azorín?
Y Azorín ha contestado que sí, que sí que le escribirá a Pepita una
carta muy larga desde París, contándole las andanzas de su cuerpo y las
terribles perplejidades de su espíritu.