XXII

En el camino de Petrel a Elda, al comedio, entre la verdura de nogueras

y almendros, se alza un humilladero. Es una cupulilla sostenida por

cuatro columnas dóricas de piedra; en el centro, sobre una pequeña

gradería, se levanta otra columna que sostiene una cruz de hierro

forjado. Azorín y Sarrió se han sentado en este humilladero. Van a Elda.

Y van a Elda porque Azorín ha de tomar el tren que por allí pasa.

Azorín está triste; Sarrió también lo está un poco. Y los dos callan,

sin saber lo que decirse en estos momentos supremos en que van a

separarse acaso para siempre.

--Azorín--dice Sarrió--, ¿usted no vendrá más por aquí?

--No sé, Sarrió--contesta Azorín--; es muy posible que no vuelva.

--Entonces, ¿no nos veremos más?

--Sí, acaso no nos volvamos a ver más.

Han callado un instante. Y se ponen otra vez en marcha. Delante de

ellos va una tartana con el equipaje de Azorín.

Cuando han arribado a la estación, Azorín, como es natural, ha sacado el

billete y ha facturado sus bártulos. De allí a un rato ha aparecido el

tren.

Sarrió le alarga a Azorín, subido al coche, la maleta; luego, con

tiento, una cesta. En esta cesta ha puesto él, Sarrió, una suculenta

merienda para que Azorín se la coma en el camino. ¡Es la última muestra

de simpatía!

--Azorín--le dice Sarrió--, tenga usted cuidado de que no se estruje la

uva que va en la cesta... Cuando se coma usted esa uva que yo he cogido

en el huerto, acuérdese, Azorín, de que aquí deja un amigo sincero.

--Sí, Sarrió--ha contestado Azorín--; yo me acordaré de usted cuando me

coma estas uvas y siempre. Su recuerdo será en mi vida algo grato, algo

imperecedero.

Se han abrazado estrechamente.

--Adiós, Azorín.

--Adiós, Sarrió.

Ha silbado la locomotora; el tren se ha puesto en marcha.

A lo lejos, Sarrió agitaba en alto su sombrero de copa puntiaguda.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 55 / 81 题