VII

Esta tarde hemos cumplido un deber triste: hemos acompañado hasta la

santa tierra al que en vida fue nuestro amigo don Víctor.

Una rambla abre su ancho cauce entre el camposanto y el pueblo. La

verdura se extiende en lo hondo bordeando el cauce, repta por el

empinado tajo, se junta a la otra verdura de los huertos que respaldan

las casas y aparecen colgados como pensiles.

Sarrió y Azorín, ya de regreso, han cruzado la rambla. Y Sarrió ha

dicho:

--¿A que no sabe usted, Azorín, en lo que pensaba don Víctor cuando se

estaba muriendo? Pensaba en un bastón, en su bastón. Y decía: «Que me

devuelvan mi bastón... mi bastón de vuelta, ¿eh?... un bastón que tiene

una chapa de plata... una chapa de plata que hace un ruido al caminar,

¿eh?»... Y luego en la agonía le ha gritado: «¡Mi bastón, mi bastón!»; y

ha muerto. ¿No le parece a usted raro, Azorín?

Y Azorín ha contestado:

--No, querido Sarrió, no me parece raro. Unos piden _luz, más luz_,

cuando se mueren; otros piden _sus ideas_, este pobre hombre pedía _su

bastón_. ¡Qué importa bastón, ideas o luz! En el fondo, todo es un

ideal. Y la vida, que es triste, que es monótona, necesita, querido

Sarrió, un ideal que la haga llevadera: justicia, amor, belleza, o

sencillamente un bastón con una chapa de plata.

Llegaba el crepúsculo. Y el cielo se encendía con violentos resplandores

de incendio.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 34 / 81 题