Esta noche el pobre Sarrió está muy ocupado; se encuentra metido en su
despacho, bajo la lámpara que pone en su cabeza vivos reflejos, ante un
libro que lee y relee con visibles muestras de un interés profundo.
Este libro que lee Sarrió es un libro trascendental y filosófico; se
titula: _Diccionario general de cocina_. Sarrió tiene fija la vista en
una de sus páginas; su cuerpo se remueve en la silla; diríase que le
desasosiega alguno de los pasajes del libro. Sí, sí, le inquieta a
Sarrió uno de los pasajes de este libro. Y he aquí lo que dice este
pasaje:
«_Tiempo que un conejo debe estar al fuego, suponiendo que esté recién
muerto._»
Esto es admirable; esto es como el anuncio de que un sabio va a
pronunciar su mágica sentencia.
Luego el pasaje continúa:
«Un conejo grande, casero, hora y media.--Uno de monte, una hora.»
¡Y esto es lo que le inquieta a Sarrió! ¿Un conejo casero hora y media?
¿Uno de monte una hora? Pero ¡esto es absurdo! ¡Esto es desconocer la
realidad! Y Sarrió se remueve en su asiento, torna a leer el pasaje, lo
lee de nuevo. Sí, esto es negar la evidencia; esto es trastocar el orden
natural de los fenómenos. Porque un conejo de monte, siempre, desde el
origen de las cosas, ha tardado en cocerse más que uno casero.
Y Sarrió siente que su fe en este libro, único para él, vacila. Y por
primera vez en su vida experimenta una tenue y vaga tristeza.
Decididamente, la sabiduría humana es cosa deleznable. ¿Para qué sirven
los sabios? ¿Para qué sirven estos libros que leemos creyendo encontrar
en ellos la verdad infalible?
Y Sarrió ha confesado a Azorín su amargura. Y Azorín le ha dicho:
--Sí, querido Sarrió, los libros son falaces; los libros entristecen
nuestra vida. Porque gastamos en leerlos y escribirlos aquellas fuerzas
de la juventud que pudieran emplearse en la alegría y el amor. Pero
nosotros ansiamos saber mucho. Y cuando llega la vejez y vemos que los
libros no nos han enseñado nada, entonces clamamos por la alegría y el
amor, ¡que ya no pueden venir a nuestros cuerpos, tristes y cansados!