II

Sarrió es gordo y bajo; tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la

cara, tintadas las mejillas de vivos rojos. Y su boca se contrae en un

gesto picaresco y tímido, apocado y audaz, un gesto como el de los niños

cuando persiguen una mariposa y van a echarle la mano encima. Sarrió

lleva, a veces, un sombrero hongo un poco en punta; otras, una antigua

gorra con dos cintitas detrás colgando. Su chaleco aparece siempre con

los cuatro botones superiores desabrochados; la cadena es de plata,

gorda y con muletilla.

Sarrió es un epicúreo; pero un epicúreo en rama y sin distingos. Ama las

buenas yántigas; es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos

y luego contrae los labios y chasca la lengua. Sarrió no se apasiona por

nada, no discute, no grita; todo le es indiferente. Todo menos esos

gordos capones que traen del campo y a los cuales él les pasa con amor y

veneración la mano por el buche; todo menos esos sólidos jamones que

chorrean bermejo adobo, o penden colgados del humero; todo menos esos

largos salchichones aforrados en plata que él sospesa en la mano y

vuelve a sospesar como diciendo: «Sí, éste tiene tres libras»; todo

menos esas opulentas empanadas de repulgos preciosos, atiborradas de mil

cosas pintorescas; todo menos esas chacinas extremeñas; todo menos esos

morteruelos gustosos; todo menos esas deleznables mantecadas, menos esos

retesados alfajores, menos esos sequillos, esos turrones, esos

mazapanes, esos pestiños, esas hojuelas, esos almendrados, esos

piñonates, esas sopaipas, esos diacitrones, esos arropes, esos

mostillos, esas compotas...

Sarrió vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con

una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua

transparente. Sarrió tiene una mujer gruesa y tres hijas esbeltas,

pálidas, de cabellera espléndida: Pepita, Lola, Carmen. Tres muchachas

vestidas de negro que pajarean por la casa ligeras y alegres. Llevan

unos zapatitos de charol, fina obra de los zapateros de Elda, y sobre el

traje negro resaltan los delantales blancos, que se extienden

ampliamente por la falda y suben por el seno abombado, guarnecidos de

sutiles encajes rojos.

Por la mañana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en

sus mosaicos pintorescos. El sol entra fúlgido y cálido por los

cuarterones de la puerta; los muebles destacan limpios; gorjea un

canario. Y la peinadora va esparciendo sobre la espalda las blondas y

ondulantes matas. Y un momento estas tres niñas blancas, gallardas, con

sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza caída, semejan esas bellas

mujeres desmelenadas de Rafael en su _Pasmo_, de Ghirlandajo en su _San

Zenobio_.

Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el

día, con sus bolillos, urdiendo fina randa. Las tres tienen las manos

pequeñas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uñas

combadas. Y estas manos van, vienen, saltan, vuelan sobre el encaje,

cogen los bolillos, mudan los alfileres, mientras el dedo meñique,

enarcado, vibra nerviosamente y los macitos de nogal hacen un leve

traqueteo. De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un

momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de

la lengua y se mojan los labios...

Y así hora tras hora. Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta

bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la

cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean,

mientras ríen, mientras cantan alguna vieja tonada melancólica. En el

fondo, la iglesia se perfila en el azul negruzco; el aire es dulce; las

estrellas fulguran. Y el agua de la fuente cae con un manso susurro

interminable...

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 30 / 81 题