Sarrió es gordo y bajo; tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la
cara, tintadas las mejillas de vivos rojos. Y su boca se contrae en un
gesto picaresco y tímido, apocado y audaz, un gesto como el de los niños
cuando persiguen una mariposa y van a echarle la mano encima. Sarrió
lleva, a veces, un sombrero hongo un poco en punta; otras, una antigua
gorra con dos cintitas detrás colgando. Su chaleco aparece siempre con
los cuatro botones superiores desabrochados; la cadena es de plata,
gorda y con muletilla.
Sarrió es un epicúreo; pero un epicúreo en rama y sin distingos. Ama las
buenas yántigas; es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos
y luego contrae los labios y chasca la lengua. Sarrió no se apasiona por
nada, no discute, no grita; todo le es indiferente. Todo menos esos
gordos capones que traen del campo y a los cuales él les pasa con amor y
veneración la mano por el buche; todo menos esos sólidos jamones que
chorrean bermejo adobo, o penden colgados del humero; todo menos esos
largos salchichones aforrados en plata que él sospesa en la mano y
vuelve a sospesar como diciendo: «Sí, éste tiene tres libras»; todo
menos esas opulentas empanadas de repulgos preciosos, atiborradas de mil
cosas pintorescas; todo menos esas chacinas extremeñas; todo menos esos
morteruelos gustosos; todo menos esas deleznables mantecadas, menos esos
retesados alfajores, menos esos sequillos, esos turrones, esos
mazapanes, esos pestiños, esas hojuelas, esos almendrados, esos
piñonates, esas sopaipas, esos diacitrones, esos arropes, esos
mostillos, esas compotas...
Sarrió vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con
una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua
transparente. Sarrió tiene una mujer gruesa y tres hijas esbeltas,
pálidas, de cabellera espléndida: Pepita, Lola, Carmen. Tres muchachas
vestidas de negro que pajarean por la casa ligeras y alegres. Llevan
unos zapatitos de charol, fina obra de los zapateros de Elda, y sobre el
traje negro resaltan los delantales blancos, que se extienden
ampliamente por la falda y suben por el seno abombado, guarnecidos de
sutiles encajes rojos.
Por la mañana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en
sus mosaicos pintorescos. El sol entra fúlgido y cálido por los
cuarterones de la puerta; los muebles destacan limpios; gorjea un
canario. Y la peinadora va esparciendo sobre la espalda las blondas y
ondulantes matas. Y un momento estas tres niñas blancas, gallardas, con
sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza caída, semejan esas bellas
mujeres desmelenadas de Rafael en su _Pasmo_, de Ghirlandajo en su _San
Zenobio_.
Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el
día, con sus bolillos, urdiendo fina randa. Las tres tienen las manos
pequeñas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uñas
combadas. Y estas manos van, vienen, saltan, vuelan sobre el encaje,
cogen los bolillos, mudan los alfileres, mientras el dedo meñique,
enarcado, vibra nerviosamente y los macitos de nogal hacen un leve
traqueteo. De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un
momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de
la lengua y se mojan los labios...
Y así hora tras hora. Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta
bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la
cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean,
mientras ríen, mientras cantan alguna vieja tonada melancólica. En el
fondo, la iglesia se perfila en el azul negruzco; el aire es dulce; las
estrellas fulguran. Y el agua de la fuente cae con un manso susurro
interminable...