SEGUNDA PARTE

I

La casa de Verdú es ancha, clara, limpia. Tiene un zaguán solado de

grandes losas; a la derecha, la escalera asciende con su barandilla de

forjados hierros; en el fondo se abre la recia puerta de nogal que

franquea el despacho. El despacho es de paredes blancas, con dos

armarios llenos de libros, con una mesa de columnillas salomónicas, con

anchos fraileros acá y allá adornados de chatones lucientes. En las

paredes, entre los estantes, lucen dos grandes litografías lyonesas; en

la una pone: _Comme l'amour vient aux garçons_, y representa un mozuelo

ensimismado, compuestito, que se aleja con una muchacha hacia un baile;

en la otra dice: _Comme l'amour vient aux filles_, y figura dos niñas

que oyen embelesadas la dulce música de un garzón lindo.

Cuidadosamente colocados en una vitrina, todo limpio, todo de plata,

relucen una imagen de la Virgen aragonesa, un servicio de afeitar--con

su palangana de collete, su jarro, su bola para jabón--, seis macerinas

y una bandeja cuadrada. «Todo esto--declara una cartela--le tocó a doña

Eulalia Verdú y Brotóns en la rifa que se ejecutó en Zaragoza a

beneficio del Santo Hospital Real y general de Nuestra Señora de Gracia

el día 7 de Noviembre de 1830.»

A la derecha, en el fondo del despacho, se abre una espaciosa alcoba, y

frente a la puerta de entrada una gran reja movediza que da paso a un

patio. El patio está enladrillado de cuadrilongos ladrillos rojos; una

parra lo anubla con fresco toldo; al final, una cancela deja ver por

entre sus varillajes, festoneados de encendidos geranios, una sombrosa

huerta de naranjos, de higueras con sus brevas adustas, de ciruelos con

sus doradas prunas, de manzanos con sus grandes pomas rosadas... En

otoño, los racimos de granos alongados cuelgan entre los pámpanos en

vistosas estalactitas de oro; las abejas zumban; van y vienen en vuelo

sinuoso las mariposas, que se despiden de la vida. Y un sosiego

armonioso se exhala de los crepúsculos vespertinos en el callado patio,

bajo la parra umbría, mientras el huerto se sume en la penumbra y suenan

lentas, una a una, las campanadas del Angelus.

* * *

Verdú pasea por la estancia. Es alto; su cabellera es larga; la barba la

tiene intonsa; su cara pálida está ligeramente abotagada. Camina

despacio, deteniéndose, apoyándose en los muebles. A veces hace una

larga inspiración, echa la cabeza hacia atrás y la mueve a un lado y a

otro. No puede dormir; casi no come.

Sobre la mesa hay un vaso con leche y unos bizcochos; de tarde en tarde

Verdú se detiene ante la mesa, coge un bizcocho y lo sume en el vaso;

luego se lo lleva a la boca, poniendo la muñeca casi a la altura de la

frente, con el metacarpo diagonal y los dedos caídos, en un gesto de

supremo cansancio. Verdú viste con traje oscuro, holgado; la camisa es

de batista, blanda, sin corbata; calza unos zapatos suizos; lleva los

tres últimos botones del chaleco sin abrochar.

--¡Ay, Antonio!--exclama Verdú--. Yo no puedo soportar más este dolor

que me abruma y no me deja reposar un momento.

Azorín mira pensativo a Verdú, como antaño miraba a Yuste. Un mundo de

ideas le separa de Verdú; pero ¿qué importan las ideas rojas o blancas?

Lo que importan son los bellos movimientos del alma; lo que importa es

la espontaneidad, la largueza, la tolerancia, el ímpetu generoso, el

arrebato lírico. Y Verdú es un bello ejemplar de esos hombres-fuerzas

que cantan, ríen, se apasionan, luchan, caen en desesperaciones hondas,

se exaltan en alegrías súbitas; de uno de esos hombres que accionan

fáciles, que caminan rápidos, que hablan tumultuosos, que dicen

jovialmente a los necesitados: «¡Ah! sí, sí, desde luego», que tienden

los brazos para abrazar desde la segunda entrevista, que piensan

sinceramente al recibir la ofensa: «Soy yo, soy yo el que tiene la

culpa», que suben sesenta escalones, y otros sesenta, y otros cincuenta

para hacer un favor al amigo del amigo de un amigo, que contestan las

cartas a correo vuelto, que lanzan largos telegramas entusiastas por

nimias felicitaciones, que son buenos, que son sencillos, que son

grandes.

* * *

A ratos, fragmentariamente, charlan Verdú y Azorín. Largos silencios

entrecortan los coloquios. Un jilguero, colgado en el patio, canta en

arpegios cristalinos. Y en un rincón, ensimismado, encogido, triste, muy

triste, callado siempre, un viejo que viene invariablemente todas las

tardes, se acaricia con un gesto automático sus claras patillas blancas.

Este viejo se llama don Víctor y tiene dos o tres apellidos como todos

los mortales; pero, ¿para qué consignarlos? Ya don Víctor no es casi

nada; es un resto de personalidad; es un rezago lejano de ente humano. Y

ni aun don Víctor cabe llamarle, sino _un viejo_--uno de esos viejos

tan viejos que si dicen alguna vez: _Cuando yo era joven..._ parece que

abren un cuarto oscuro del que sale una bocanada de aire húmedo.

* * *

--Yo no quiero creer, Azorín--dice Verdú--, que esto sea todo

perecedero, que esto sea todo mortal y deleznable, que esto sea todo

materia. Yo oigo decir... yo leo... yo observo... por todas partes,

todos los días, que las ideas consoladoras se disgregan, se pierden,

huyen de las Universidades y las Academias, desertan de los libros y de

los periódicos, se refugian--¡único refugio!--en las almas de los

labriegos y de las mujeres sencillas... ¡Ah, qué tristeza, querido

Azorín, qué tristeza tan honda!... Yo siento cómo desaparece de una

sociedad nueva todo lo que yo más amo, todo lo que ha sido mi vida, mis

ilusiones, mi fe, mis esperanzas... Y no puedo creer que aquí remate

todo, que la substancia sea única, que la causa primera sea inminente...

Y, sin embargo, todo lo dice ya en el mundo... por todas partes, a pesar

de todo, contra todo, estas ideas se van infiltrando..., estas ideas

inspiran el arte, impulsan las ciencias, rigen los Estados, informan los

tratos y contratos de los hombres...

Ligera pausa. Verdú mueve su cabeza suavemente para sacudir el dolor.

Don Víctor se acaricia sus patillas blancas. Azorín mira a lo lejos, en

el huerto, cómo giran y tornan las mariposas, sobre el follaje, bajo el

cielo diáfano.

Y Verdú añade:

--No, no, Azorín; todo no es perecedero, todo no muere... ¡El espíritu

es inmortal! ¡El espíritu es indestructible!

Y luego, exaltado, abriendo mucho sus ojos tristes, golpeándose la

frente:

--¡Ah, mi espíritu, mi espíritu!... ¡Mi vida perdida, mis energías

muertas!... ¡Ah, el desconsuelo de sentirse inerte en medio de la

vibración universal de las almas!

Y se ha hecho un gran silencio. Y en el aire parece que había sollozos y

lágrimas. Y han sonado lentas, una a una, las campanadas del Angelus.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 29 / 81 题