XIX

Hoy Azorín se ha marchado a Petrel. Petrel se asienta en el declive de

una colina, solapado en la fronda, a la otra banda del valle de Elda,

dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde,

gris, azul, de la campiña. Monóvar está a la parte de acá, frente a

frente, sobre una ancha meseta. El camino desciende en empinados

recuestos, culebrea entre rapadas lomas, toca en un huertecillo de

granados, se acosta a un plantel de oliveras, empareja con un azarbe de

aguas tranquilas, pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, en

las huertas frescas y amenas de Elda.

Y he aquí la misma Elda, que los iberos, grandes poetas, llamaron

_Idaella_, de _Daellos_, que en nuestra lengua es _casa de regalo_. El

palacio vetusto de los Coloma, virreyes de Cerdeña, muestra en lo alto

sus dorados muros ruinosos; abajo, el pueblo se extiende en tortuosas

callejas apretadas. El Vinalapó corre en lo hondo. Y dos fuentes, la de

Alfaguar y la Encantada, parten y reparten sus aguas en una red de plata

que se esparce y refulge por la llanura. Espaciosos cuadros de

hortalizas ensamblan con plantaciones de viñedos; junto a los granados

se enhiestan los almendros. Y los anchos y redondos nogales ponen con su

penumbra, sobre el verde claro de la alfalfa, grandes círculos de

azulado verdoso.

Elda es un pueblo activo. La agricultura no bastaba para su vida: ha

nacido la industria. Y es una sola industria, que hace trabajar a todos

los obreros en lo mismo, que los conforma con iguales aptitudes, que

mueve toda la actividad del pueblo en una orientación idéntica. Cuatro,

seis fábricas alientan rumorosas. Y en todas las calles, en todas las

casas, en todos los rincones suena el afanoso y sonoro tac-tac del

martillo sobre la horma.

Los domingos, todos estos hombres, un poco encorvados, un poco pálidos,

dejan sus mesillas terreras y se disgregan en grupos numerosos y alegres

por los pueblos circunvecinos. Los labriegos miran absortos y envidiosos

a sus antiguos compañeros. Y ellos gritan, bravuconean, cantan la eterna

romanza de _Marina_, hacen sonar con garbo sus monedas sobre los

mármoles.

Hoy es domingo. Los cafés de Elda están repletos. Azorín ha entrado en

uno de ellos. A su lado un grupo de obreros leía un periódico. Y Azorín

estaba tomando tranquilamente un refresco cuando ha visto que estos

obreros se le acercaban y decían:

--Señor Azorín, nosotros le conocemos a usted... y desearíamos que nos

dijese cuatro palabras.

¿Estos hombres quieren que Azorín les diga cuatro palabras? ¡Azorín,

orador! Esto es enorme. Azorín ha protestado cortésmente; los obreros

han insistido con no menos cortesía. Y entonces Azorín, ya puesto en tan

terrible trance, se ha levantado. Después de levantarse ha sonreído con

discreción. Y después de sonreír, mientras todos los concurrentes

esperaban en un profundo silencio, se ha puesto por fin a hablar y ha

dicho:

«Amigos: Una vez era un pobre hombre que estaba muy enfermo. Y como era

pobre, no tenía dinero para comprarse ni alimentos ni medicinas. Pero

tenía un amigo periodista. Los periodistas son buenos, son sencillos,

son amables. Y este periodista--que, como es natural, tampoco tenía

dinero--publicó en su periódico un suelto en que demandaba la caridad

para su amigo.

Cuando salió el periódico, mucha gente leyó el suelto y no hizo caso;

pero hubo tres hombres que sacaron un cuadernito pequeño y apuntaron las

señas. De estos tres hombres, uno era grueso y con la barba negra; otro

era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni

delgado, no tenía barba. Pero los tres pensaron seriamente en que había

que socorrer al pobre enfermo, y los tres se encaminaron a su casa,

cada uno por distinto camino.

Todos llegaron al mismo tiempo a ella, y como se saludaron

familiarmente, se puede decir que se conocían de antiguo. Ya ante el

enfermo, el que no tenía barba bajó los ojos, cruzó las manos sobre el

pecho y dijo:

--El mal es grave, pero, en mi humilde juicio, puede curarse con

resignación de una parte y caridad de otra...

Al oír esto el de la barba rubia se estiró los puños, arqueó los brazos

y le atajó diciendo:

--Perdone usted; el pueblo es soberano. Lo que importa es que conozca

sus derechos y que los conquiste...

Al llegar aquí, el de la barba negra levantó la cabeza, les miró con

desprecio y arguyó en esta forma:

--Están ustedes en un error; el mal tiene más hondas causas. Ante todo,

hay que nacionalizar la tierra...

Apenas hubo dicho estas palabras, cuando los otros dos le interrumpieron

dando voces; replicó en el mismo tono el de la barba negra, y tal

escándalo promovieron entre los tres, que las gentes de la vecindad, que

eran todas muy pobres, acudieron a la casa del enfermo y los arrojaron

de ella.

Y estas pobres gentes decían:

--No, no queremos a nuestro lado falsos doctores; no queremos palabras

seductoras; no queremos bellos proyectos. Nosotros somos pobres y nos

bastamos a nosotros mismos. En nosotros está la salud, y nosotros

curaremos a este hombre.

Y entonces este hombre sonrió con una sonrisa divina, y los miró con una

mirada dulce, y cogió sus manos, y las estrechaba blandamente contra su

pecho.

Porque había visto que estos hombres eran sus hermanos y que la

verdadera salud estaba en ellos.»

* * *

Azorín ha continuado su viaje hacia Petrel. De Elda a Petrel hay media

hora; el camino corre entre grata y fresca verdura.

Petrel es un pueblecillo tranquilo y limpio. Hay en él calles que se

llaman de Cantararias, del Horno de la Virgen, de la Abadía, de la

Boquera; hay gentes que llevan por apellidos Broqués, Boyé, Bellot,

Férriz, Guill, Meri, Mollá; hay casas viejas con balcones de madera

tosca, y casas modernas con aéreos balcones que descansan en tableros de

rojo mármol; hay huertos de limoneros y parrales, lamidos por un arroyo

de limpias aguas; hay una plaza grande, callada, con una fuente en medio

y en el fondo una iglesia. La fuente es redonda; tiene en el centro del

pilón una columna que sostiene una taza; de la taza chorrea por cuatro

caños perennemente el agua. La iglesia es de piedra blanca; la

flanquean dos torres achatadas; se asciende a ella por dos espaciosas y

divergentes escaleras. Es una bella fuente que susurra armoniosa; es una

bella iglesia que se destaca serena en el azul diáfano. Las golondrinas

giran y pían en torno de las torres; el agua de la fuente murmura

placentera. Y un viejo reloj lanza de hora en hora sus campanadas

graves, monótonas.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 28 / 81 题