Hoy Azorín se ha marchado a Petrel. Petrel se asienta en el declive de
una colina, solapado en la fronda, a la otra banda del valle de Elda,
dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde,
gris, azul, de la campiña. Monóvar está a la parte de acá, frente a
frente, sobre una ancha meseta. El camino desciende en empinados
recuestos, culebrea entre rapadas lomas, toca en un huertecillo de
granados, se acosta a un plantel de oliveras, empareja con un azarbe de
aguas tranquilas, pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, en
las huertas frescas y amenas de Elda.
Y he aquí la misma Elda, que los iberos, grandes poetas, llamaron
_Idaella_, de _Daellos_, que en nuestra lengua es _casa de regalo_. El
palacio vetusto de los Coloma, virreyes de Cerdeña, muestra en lo alto
sus dorados muros ruinosos; abajo, el pueblo se extiende en tortuosas
callejas apretadas. El Vinalapó corre en lo hondo. Y dos fuentes, la de
Alfaguar y la Encantada, parten y reparten sus aguas en una red de plata
que se esparce y refulge por la llanura. Espaciosos cuadros de
hortalizas ensamblan con plantaciones de viñedos; junto a los granados
se enhiestan los almendros. Y los anchos y redondos nogales ponen con su
penumbra, sobre el verde claro de la alfalfa, grandes círculos de
azulado verdoso.
Elda es un pueblo activo. La agricultura no bastaba para su vida: ha
nacido la industria. Y es una sola industria, que hace trabajar a todos
los obreros en lo mismo, que los conforma con iguales aptitudes, que
mueve toda la actividad del pueblo en una orientación idéntica. Cuatro,
seis fábricas alientan rumorosas. Y en todas las calles, en todas las
casas, en todos los rincones suena el afanoso y sonoro tac-tac del
martillo sobre la horma.
Los domingos, todos estos hombres, un poco encorvados, un poco pálidos,
dejan sus mesillas terreras y se disgregan en grupos numerosos y alegres
por los pueblos circunvecinos. Los labriegos miran absortos y envidiosos
a sus antiguos compañeros. Y ellos gritan, bravuconean, cantan la eterna
romanza de _Marina_, hacen sonar con garbo sus monedas sobre los
mármoles.
Hoy es domingo. Los cafés de Elda están repletos. Azorín ha entrado en
uno de ellos. A su lado un grupo de obreros leía un periódico. Y Azorín
estaba tomando tranquilamente un refresco cuando ha visto que estos
obreros se le acercaban y decían:
--Señor Azorín, nosotros le conocemos a usted... y desearíamos que nos
dijese cuatro palabras.
¿Estos hombres quieren que Azorín les diga cuatro palabras? ¡Azorín,
orador! Esto es enorme. Azorín ha protestado cortésmente; los obreros
han insistido con no menos cortesía. Y entonces Azorín, ya puesto en tan
terrible trance, se ha levantado. Después de levantarse ha sonreído con
discreción. Y después de sonreír, mientras todos los concurrentes
esperaban en un profundo silencio, se ha puesto por fin a hablar y ha
dicho:
«Amigos: Una vez era un pobre hombre que estaba muy enfermo. Y como era
pobre, no tenía dinero para comprarse ni alimentos ni medicinas. Pero
tenía un amigo periodista. Los periodistas son buenos, son sencillos,
son amables. Y este periodista--que, como es natural, tampoco tenía
dinero--publicó en su periódico un suelto en que demandaba la caridad
para su amigo.
Cuando salió el periódico, mucha gente leyó el suelto y no hizo caso;
pero hubo tres hombres que sacaron un cuadernito pequeño y apuntaron las
señas. De estos tres hombres, uno era grueso y con la barba negra; otro
era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni
delgado, no tenía barba. Pero los tres pensaron seriamente en que había
que socorrer al pobre enfermo, y los tres se encaminaron a su casa,
cada uno por distinto camino.
Todos llegaron al mismo tiempo a ella, y como se saludaron
familiarmente, se puede decir que se conocían de antiguo. Ya ante el
enfermo, el que no tenía barba bajó los ojos, cruzó las manos sobre el
pecho y dijo:
--El mal es grave, pero, en mi humilde juicio, puede curarse con
resignación de una parte y caridad de otra...
Al oír esto el de la barba rubia se estiró los puños, arqueó los brazos
y le atajó diciendo:
--Perdone usted; el pueblo es soberano. Lo que importa es que conozca
sus derechos y que los conquiste...
Al llegar aquí, el de la barba negra levantó la cabeza, les miró con
desprecio y arguyó en esta forma:
--Están ustedes en un error; el mal tiene más hondas causas. Ante todo,
hay que nacionalizar la tierra...
Apenas hubo dicho estas palabras, cuando los otros dos le interrumpieron
dando voces; replicó en el mismo tono el de la barba negra, y tal
escándalo promovieron entre los tres, que las gentes de la vecindad, que
eran todas muy pobres, acudieron a la casa del enfermo y los arrojaron
de ella.
Y estas pobres gentes decían:
--No, no queremos a nuestro lado falsos doctores; no queremos palabras
seductoras; no queremos bellos proyectos. Nosotros somos pobres y nos
bastamos a nosotros mismos. En nosotros está la salud, y nosotros
curaremos a este hombre.
Y entonces este hombre sonrió con una sonrisa divina, y los miró con una
mirada dulce, y cogió sus manos, y las estrechaba blandamente contra su
pecho.
Porque había visto que estos hombres eran sus hermanos y que la
verdadera salud estaba en ellos.»
* * *
Azorín ha continuado su viaje hacia Petrel. De Elda a Petrel hay media
hora; el camino corre entre grata y fresca verdura.
Petrel es un pueblecillo tranquilo y limpio. Hay en él calles que se
llaman de Cantararias, del Horno de la Virgen, de la Abadía, de la
Boquera; hay gentes que llevan por apellidos Broqués, Boyé, Bellot,
Férriz, Guill, Meri, Mollá; hay casas viejas con balcones de madera
tosca, y casas modernas con aéreos balcones que descansan en tableros de
rojo mármol; hay huertos de limoneros y parrales, lamidos por un arroyo
de limpias aguas; hay una plaza grande, callada, con una fuente en medio
y en el fondo una iglesia. La fuente es redonda; tiene en el centro del
pilón una columna que sostiene una taza; de la taza chorrea por cuatro
caños perennemente el agua. La iglesia es de piedra blanca; la
flanquean dos torres achatadas; se asciende a ella por dos espaciosas y
divergentes escaleras. Es una bella fuente que susurra armoniosa; es una
bella iglesia que se destaca serena en el azul diáfano. Las golondrinas
giran y pían en torno de las torres; el agua de la fuente murmura
placentera. Y un viejo reloj lanza de hora en hora sus campanadas
graves, monótonas.