VI

Azorín, cansado de los insectos y de las plantas, se ha venido a

Monóvar.

La casa que Azorín habita en Monóvar está en la calle del Bohuero,

esquina a la de Masianet, en lo alto de la pendiente sobre que el pueblo

se asienta, en limpia hilera de viviendas bajas, en un barrio

silencioso, blanco, soleado. La casa de Azorín tiene una fachada

pequeña, jaharrada de albo yeso, con dos ventanas diminutas. Desde la

esquina se divisa abajo, al final de la calleja, el boscaje de un

huerto, una palmera que arquea blanda sus ramas, una colina que se

perfila sobre el azul luminoso del cielo.

La entrada de la casa está pavimentada con grandes losas cuadradas; la

amueblan seis sillas de esparto y una mesita de pino. En un ángulo está

el cantarero, que es una gran losa, finamente escodada, empotrada en la

pared y sostenida por otras dos losas verticales. Encima del cantarero

se yerguen cuatro cántaros, y encima de cada cántaro, acomodadas en su

ancha boca, cuatro alcarrazas que rezuman en brilladoras gotas. Y hay

también una tinaja con una tapadera de palo, y un pequeño lebrillo

puesto en un soporte que está clavado en el centro de un pintoresco

cuadro de azulejos, y una toalla limpia que cuelga de la pared y flamea

al viento que se cuela del patio.

El cual patio está también enlosado y tiene una cisterna en un ángulo,

que recibe sus aguas de un canal de latón que recorre el borde del

tejado, que desciende por la pared, que llega a una pila repleta de

menuda grava por donde las aguas se filtran y bajan en un claro raudal a

lo profundo. Una parra se enrosca a un varillaje de hierro, extiende su

toldo verde, festonea un balconcillo de madera. A este balcón es al que

se asoma Azorín de cuando en cuando, porque es el de su cuarto, y aquí

en este cuarto es donde él pasa sus graves meditaciones y sus

tremebundas tormentas espirituales.

Azorín se sienta, lee un momento, baja, sale, también de cuando en

cuando, a la puerta. Salir a la puerta es una cosa que no se puede hacer

en Madrid; es una de las pequeñas voluptuosidades de provincias. Salir a

la puerta es asomarse, un poco indeciso, un poco hastiado, mirar al

cielo, escupir, saludar a un transeúnte, auparse el pantalón... y

volverse adentro, hasta otra media hora, en que volver a salir, también

cansado, también indeciso, a escudriñar la monotonía del cielo y la

soledad de la calle.

Otras veces Azorín permanece largos ratos en una modorra plácida,

vagamente, traído, llevado, mecido por ideas sin forma y sensaciones

esfumadas. Cerca, en la casa de al lado, hay un taller de modistas, y a

ratos estas simples mujeres cantan largas tonadas melancólicas, tal vez

acompañadas por la guitarra de un visitador galante. Y las voces frescas

y traviesas vuelan junto a las voces serias y graves, que las persiguen,

que las amonestan, que reclaman de ellas cordura, mientras las notas de

la guitarra, prestas, armoniosas, volubles, se mezclan agudas en los

retozos de las unas, se adhieren profundas a los consejos de las otras.

Y Azorín escucha a través de su letargo este concierto de centenarias

melodías, este concierto de melodías tan dulces, tan voluptuosas, que

traen a su espíritu consoladoras olvidanzas.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 14 / 81 题