Azorín, cansado de los insectos y de las plantas, se ha venido a
Monóvar.
La casa que Azorín habita en Monóvar está en la calle del Bohuero,
esquina a la de Masianet, en lo alto de la pendiente sobre que el pueblo
se asienta, en limpia hilera de viviendas bajas, en un barrio
silencioso, blanco, soleado. La casa de Azorín tiene una fachada
pequeña, jaharrada de albo yeso, con dos ventanas diminutas. Desde la
esquina se divisa abajo, al final de la calleja, el boscaje de un
huerto, una palmera que arquea blanda sus ramas, una colina que se
perfila sobre el azul luminoso del cielo.
La entrada de la casa está pavimentada con grandes losas cuadradas; la
amueblan seis sillas de esparto y una mesita de pino. En un ángulo está
el cantarero, que es una gran losa, finamente escodada, empotrada en la
pared y sostenida por otras dos losas verticales. Encima del cantarero
se yerguen cuatro cántaros, y encima de cada cántaro, acomodadas en su
ancha boca, cuatro alcarrazas que rezuman en brilladoras gotas. Y hay
también una tinaja con una tapadera de palo, y un pequeño lebrillo
puesto en un soporte que está clavado en el centro de un pintoresco
cuadro de azulejos, y una toalla limpia que cuelga de la pared y flamea
al viento que se cuela del patio.
El cual patio está también enlosado y tiene una cisterna en un ángulo,
que recibe sus aguas de un canal de latón que recorre el borde del
tejado, que desciende por la pared, que llega a una pila repleta de
menuda grava por donde las aguas se filtran y bajan en un claro raudal a
lo profundo. Una parra se enrosca a un varillaje de hierro, extiende su
toldo verde, festonea un balconcillo de madera. A este balcón es al que
se asoma Azorín de cuando en cuando, porque es el de su cuarto, y aquí
en este cuarto es donde él pasa sus graves meditaciones y sus
tremebundas tormentas espirituales.
Azorín se sienta, lee un momento, baja, sale, también de cuando en
cuando, a la puerta. Salir a la puerta es una cosa que no se puede hacer
en Madrid; es una de las pequeñas voluptuosidades de provincias. Salir a
la puerta es asomarse, un poco indeciso, un poco hastiado, mirar al
cielo, escupir, saludar a un transeúnte, auparse el pantalón... y
volverse adentro, hasta otra media hora, en que volver a salir, también
cansado, también indeciso, a escudriñar la monotonía del cielo y la
soledad de la calle.
Otras veces Azorín permanece largos ratos en una modorra plácida,
vagamente, traído, llevado, mecido por ideas sin forma y sensaciones
esfumadas. Cerca, en la casa de al lado, hay un taller de modistas, y a
ratos estas simples mujeres cantan largas tonadas melancólicas, tal vez
acompañadas por la guitarra de un visitador galante. Y las voces frescas
y traviesas vuelan junto a las voces serias y graves, que las persiguen,
que las amonestan, que reclaman de ellas cordura, mientras las notas de
la guitarra, prestas, armoniosas, volubles, se mezclan agudas en los
retozos de las unas, se adhieren profundas a los consejos de las otras.
Y Azorín escucha a través de su letargo este concierto de centenarias
melodías, este concierto de melodías tan dulces, tan voluptuosas, que
traen a su espíritu consoladoras olvidanzas.