Azorín gusta de observar las plantas. En sus paseos por el monte y por
los campos, este estudio es uno de sus recreos predilectos. Porque en
las plantas, lo mismo que en los insectos, se puede estudiar el hombre.
Quizá parezca tal aserto una paradoja; pero los que no creen que sólo en
el hombre se manifiesta la voluntad y la inteligencia, es decir, los que
son un poco paganos y lo ven todo animado, desde un cristal de cloruro
de sodio hasta el _homo sapiens_, no encontrarán lo dicho paradójico.
Las plantas, como todos los seres vivos, se adaptan al medio, varían a
lo largo del tiempo en sus especies, triunfan en la concurrencia vital.
Los que se adaptan y los que triunfan son los más fuertes y los más
inteligentes. Y este triunfo y esta adaptación, ¿no constituyen una
finalidad? Y ¿puede nunca ser obra del azar ciego una finalidad,
cualquiera que sea? No, la selección no es una obra casual; hay una
energía, una voluntad, una inteligencia, o como queramos llamarlo, que
mueve las plantas como el mineral y como el hombre, y hace esplender en
ellos la vida, y los lleva al acabamiento, de que han de resurgir de
nuevo, en una u otra forma, perdurablemente.
Así nadie se extrañe de que digamos que existen plantas buenas y plantas
malas; unas poseen salutíferos jugos; otras, ponzoñas violentísimas.
Pero como no hay nada bueno ni malo en sí--como ya notó Hobbes--y la
ética es una pura fantasía, podría resultar en último caso que las
plantas no son buenas ni malas. Sin embargo, esto sería destruir una de
las bases más firmes de la sociedad; la moral desaparecería. Por lo
tanto, hemos de mantener el criterio tradicional: las plantas, unas son
buenas y otras son malas.
Las hay también que, como muchos hombres, viven a costa del prójimo; es
decir, son explotadoras, lo cual sucede, por ejemplo, con las orobancas,
que crecen sobre ajenas raíces. Otras, en cambio, vienen a ser lo que
las clases productoras en las sociedades humanas. Linneo llamó a las
gramíneas _los proletarios del reino vegetal_. No le faltaba razón a
Linneo, porque no hay entre todas las plantas otras más humildes, más
laboriosas, y, sobre todo, más resignadas.
Las plantas aman unas la vida libre y sacudida; otras el trato político
y medido; aquéllas viven en las montañas; éstas crecen a gusto recoletas
en los jardines y en los huertos. Sin embargo, así como de las familias
campesinas salen a veces sutiles cortesanos, así también las plantas
campestres se truecan en urbanas. Ello debe de ser, en parte al menos,
obra de los hortelanos. Los hortelanos son arteros y maliciosos; ya lo
dicen los viejos sainetes y los cuentecillos de las _florestas_. Con sus
mañas los hortelanos persuaden a las plantas silvestres a que dejen sus
parajes bravíos; les dicen que en los cuadros de los huertos lucirán más
su belleza; que tendrán lindas compañeras; que, en fin, estarán mejor
cuidadas. Las plantas se dejan seducir: ¿quién se resiste a los halagos
de la vanidad? De las montañas pasan a los huertos, como, por ejemplo,
el tomillo, que de _silvestre_ se convierte en _salsero_; o lo que es lo
mismo, de hosco y solitario se cambia en sociable, y como tal da gusto
con su presencia a las salsas y asaborea gratamente las conservas.
Sucede, sin embargo, que del mismo modo que los campesinos no logran
hacerse nunca por completo a la vida de las ciudades, en las cuales
parece que les falta sol y aire, y en las que se encuentran molestos por
sus mil triquiñuelas, hasta el punto de que enflaquecen y se opilan, del
mismo modo estas plantas selváticas que vienen a los huertos, crecen en
ellos desmedradas y acaban por perecer si no se las acorre
oportunamente. Estos auxilios a que aludo los conocen los hortelanos:
consisten en plantar entre ellas, «para ayudarlas», otras plantas
alegres y animosas que les quiten las tristes añoranzas; por ejemplo:
las orucas, que confortan y animan a la manzanilla; el orégano, la
mejorana, la toronjina y otras tales. La higuera es también muy amiga de
la ruda; el ciprés, de la avena; y así por este estilo podrían irse
nombrando, si hiciera falta, muchas amistades y predilecciones de las
plantas, que, como es natural, también tienen sus odios y sus
desavenencias.
¿Quién contará, por otra parte, sus buenas y malas cualidades? Crea el
lector que es empresa ardua, pero, con todo, intentaremos decir algo. La
borraja es alegre; quien la coma puede estar seguro de tener ánimo
divertido. En cambio, la berenjena trae cogitaciones malignas a quien la
gusta. Dicen los autores que «es una planta de mala complexión». Sí lo
es; los hortelanos, para quitarle algo de sus intenciones aviesas,
plantan junto a ellas albahacas y tomillos; estas hierbas, como son
bondadosas e inocentes, acaban por amansar un poco a las berenjenas.
Las espinacas y el perejil son metódicos, amigos del orden, muy apegados
a la casa donde siempre han vivido y donde, por decirlo así, están
vinculadas las tradiciones de sus mayores. Lo cual significa que tanto
la espinaca como el perejil «_no quieren_ ser trasplantados». Esta frase
es de un viejo tratadista de horticultura; yo creo que hubiese encantado
al autor de _La Voluntad de la Naturaleza_, o sea, Schopenhaüer.
También acompaña a estas plantas en sus ideas conservadoras la
hierbabuena. Ya el nombre lo dice: es una buena hierba. Pero si no
estuviera ya honrada suficientemente por su mismo nombre, habría que
declarar a la hierbabuena emblema del patriotismo. No existe ninguna
hierba que se aferre más a la tierra donde ha crecido; se la puede
arrancar, perseguir con el arado y la azada... es inútil; la hierbabuena
vuelve a retoñar indómita.
La cebolla es recia, valerosa, ardiente. Su linaje pica en ilustre;
algunos pueblos remotos se dice que la adoraban, y los soldados romanos
la comían para ganar fortaleza con que vencer a los pueblos extraños. De
modo que se puede decir que la cebolla ha dado a los Césares el imperio
del mundo. No olvidemos otro dato importante. El Rey Sabio, que
recomienda en sus _Partidas_ que los barcos de las escuadras lleven yeso
para cegar a los adversarios y jabón para hacerles resbalar, no se
olvida tampoco de encarecerles que se provean también de cebollas,
porque las cebollas--dice él--les librarán del «corrompimiento del yacer
de la mar».
La calabaza tiene de dúctil lo que la cebolla tiene de fuerte; pudiera
decirse, sin intención malévola, que la calabaza simboliza la
diplomacia. La calabaza se pliega a todo, contemporiza, transige, posee
un alto sentido mimetista. Si se la pone cuando es pequeña dentro de una
caña hueca, corre por dentro y toma su forma; y si se la deposita en
jarros y pucheros de formas extrañas, o aun en los más humildes
recipientes, también se adapta a ellos y crece según el molde.
La albahaca es caprichosa; todas las plantas han de ser regadas, según
la buena horticultura, por la mañana o por la tarde; la albahaca pide el
riego a mediodía. Esta planta, tan ufana con su agradable aroma, parece
una mujer bonita. Los viejos dicen que el olerla produce jaquecas;
también las producen las mujeres bonitas.
El cilandro es apasionado; ama al anís. Dicen los labradores que es el
macho del anís; así lo parece. Él ama al anís con locura, junta sus
tallos a sus tallos, acaricia sus hojas, besa sus olorosos frutos
pubescentes. El cilandro también es oloroso, pero su olor es hediondo.
Vais a cogerlo, lo apañuscáis entre los dedos y lo soltáis aina. Esta es
una superchería del cilandro; es que no quiere ser cogido entonces,
cuando está verde, cuando es joven, cuando puede gozar aún de la alegría
y del amor. Dejad que envejezca, es decir, que se seque, y entonces
cogedlo y veréis cómo sus frutos despiden una fragancia exquisita, que
es como un recuerdo delicado de sus pasadas ilusiones.
La malva es humilde; no requiere cultivo, ni necesita ninguna clase de
cuidado. Crece en cualquier sitio, y es tan modesta y tan exorable, que
aun las mismas durezas y tumefacciones de los hombres ablanda. Pero con
ser tan humilde, guarda esta hierba una ambición secreta y de tal
magnitud, que casi se puede afirmar que es una monstruosidad. ¡Esta
planta está enamorada del sol! Cuando el sol sale, ella abre sus hojas;
cuando se pone, las cierra en señal de tristeza; no vive, en resolución,
sino para su amado. Es el eterno caso del villano que se enamora de la
princesa.
En cambio, la arrebolera tiene por el sol un profundo desprecio; cierra
sus flores de día y las abre de noche. ¿Hace bien la arrebolera? Azorín
cree que sí. Francisco de Rioja le dedicó una silva, y en ella aprueba
su conducta en versos que parecen hechos para censurar la insana pasión
de la malva. Véase lo que dice Rioja:
¡Oh, como es error vano
fatigarse por ver los resplandores
de un ardiente tirano,
que impío roba a las flores
el lustre, el aliento y los colores!
Todas las plantas tienen, en suma, sus veleidades, sus odios, sus
amores. Las pasiones que nosotros creemos que sólo en el hombre
alientan, alientan también en toda la Naturaleza. Todo vive, ama, goza,
sufre, perece. El ácido y la base se estrechan en la sal; el cilandro
ama al anís; el hombre ansía las bellas criaturas que palpitan de amor
entre sus brazos.
V
Las sociedades animales son tan interesantes como las sociedades
humanas. Los sociólogos las estudian con gran cuidado. Las hormigas y
las abejas se agrupan en urbes regimentadas sabiamente; son metódicas
unas y otras, son laboriosas, son sagaces, son perseverantes, son
humildes, son industriosas. Las arañas, en cambio, no se agrupan en
sociedad jerarquizada; son los más fuertes de todos los insectos. Los
naturalistas se plañen de su insociabilidad. Y no hay animal más
difundido sobre el planeta.
Viven bajo las aguas, como la argironeta; corren sobre la superficie de
los lagos, como el dolomelo orlado; fabrican su morada so las piedras,
como la segestria; se agazapan en un pozo guateado de blanca seda, como
la teniza minera; se columpian en aéreas redes, como la tejenaria.
Corren, nadan, saltan, vuelan, minan, trepan, tejen, patinan. Y en su
insociabilidad hosca tienen como mira capital, como sentido
esencialísimo, el amor a la raza. El amor a la raza está en las arañas
sobrepuesto a todo interés peculiarísimo. La raza ha de ser fuerte,
recia, audaz, incontrastable. La hembra, a este fin, devora
despiadadamente al macho débil que se le acerca a cortejarla. Y de este
modo sólo los machos fuertes triunfan y legan a las nuevas generaciones
su audacia y fortaleza.
¿Es un animal nietzschano la araña? Yo creo que sí. Y entre todas las
arañas hay un orden que más que ningún otro profesa en el reino animal
esta novísima filosofía que ahora nos obsesiona a los hombres. Tres de
estos arácnidos--Ron, King y Pic--ha estudiado Azorín pacientemente. A
continuación doy, en forma amena, algunas de sus observaciones. Excúseme
el lector si las encuentra deficientes, y vea sólo en estas líneas un
modesto intento de contribuir al estudio de la sociología comparada.
* * *
Ron es un varón fuerte, a quien los naturalistas llaman _saltador
escénico_, y dicen que es de la clase de los _aracnoides_, y aseguran
que pertenece al orden de los _atidos_. Los saltadores son los más
intelectuales y elegantes de los arácnidos. No son metódicos, no son
extáticos. Corren, brincan, se mueven prestamente. No fabrican
urdimbres donde permanecer hastiados; no labran agujeros donde esperar
aburridos. Son mundanos, son errabundos. Vagan ligeros por las puertas y
por las paredes soleadas. Persiguen las moscas; las atrapan saltando. Y
de este modo han sabido unir a la utilidad la belleza, puesto que su
caza es un deporte airoso.
Ron vive en una confortable casa; tiene catorce centímetros de larga y
seis de ancha. Son de cartón sus muros, es de cristal su techumbre. El
interior es blanco. Y en la blancura, Ron va y viene gallardo y se
destaca intenso.
Ron es grande; mide más de un centímetro; tiene henchido el abdomen; su
cuerpo parece afelpado de fina seda; sobre el fondo blanquecino resaltan
caprichosos dibujos negros. Ron es ligero; tiene ocho patas cortas. Ron
es polividente; tiene en la frente dos ojuelos negros, fúlgidos; y junto
a éstos, a cada lado, otros dos más pequeños; y encima de éstos, sobre
la testa, otros dos diminutos. Ron es nervioso; tiene dos palpos, como
minúsculos abanicos de plumas blancas, que él mueve a intervalos con el
movimiento rítmico de un nadador. Ron es voluble; corre por pequeños
avances de dos o tres segundos; se detiene un momento; yergue la cabeza;
da media vuelta; se pasa los palpos por la cara; torna a correr un
poco...
Azorín cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa. El ha entrado
tranquilo, indiferente, impasible; luego ha dado una vuelta con el
discreto desdén de un hombre de mundo. Azorín lo observaba; esta
frivolidad le ha molestado un poco. Y, sin embargo, esta frivolidad no
era ficticia. He aquí la prueba: Ron, _sin pensarlo_, ha dado un
topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja.
La mosca se ha sobresaltado un tanto. Entonces Ron, ya vuelto a la
realidad, ha advertido su presencia.
«He hecho una tontería»--debe de haber pensado--; «tenía aquí a mi lado
una mosca y yo estaba completamente distraído.» Inmediatamente ha
retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centímetros.
Ha transcurrido un instante de espera. Ron se contrae, se repliega como
un felino. Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centímetro; luego,
más lentamente, otro centímetro; luego se para, aplanado, encogido. La
mosca está inmóvil; Ron no se mueve tampoco. Transcurren treinta
segundos, solemnes, angustiosos, trágicos. La mosca hace un ligero
movimiento. Ron salta de pronto sobre ella y la coge por la cabeza. Esta
pobre mosca se mueve violentamente, patalea estremecida de terror. No,
no se marchará; Ron la tiene bien cogida. «Las moscas--debe de pensar
él, que, como hombre de grueso abdomen, será conservador, y como
conservador, creerá en las causas finales--; las moscas se han hecho
para los saltadores; yo soy saltador, luego esta mosca ha nacido y se
ha criado para que yo me la coma.»
Y se la come, en efecto; pero como es un saltador afectuoso, le da de
cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como
queriendo convencerla de su teleología. Azorín no sabe si la mosca
quedará convencida; ello es que sus patas han cesado de moverse y que
Ron se la lleva a un ángulo, donde permanece quieto con ella un gran
rato.
Después de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como
limpiándosela, con el mismo gesto que los gatos; a veces se lleva
también su segunda pata izquierda a la boca, como si se estuviese
hurgando los dientes. Una mosca cogida por Ron tarda en morir poco más
de un minuto. En la succión del tórax emplea Ron veintiocho, treinta,
treinta y tres minutos; en la del abdomen, uno o dos. Cuando el hambre
no aprieta, suele desdeñar el abdomen; esto es plausible.
Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y
cae de pie con suave movimiento elástico. De cuando en cuando se frota
los ojos con los palpos, con gesto inteligentísimo. A las moscas las
percibe a 12 centímetros de distancia. Entonces se yergue gallardo como
un león; alza la cabeza; pone las dos patas delanteras en el aire; las
observa atento; se vuelve rápido cuando ellas se vuelven... La
Naturaleza es maravillosa; estos saltadores diriase que son felinos
diminutos.
Ron es audaz y feroz. Azorín ha soltado en la caja un moscardón fuerte y
voluminoso. Es grisáceo; tiene cerca de dos centímetros; salta e intenta
volar, y cuando cae de espaldas hace sobre el cartón un ruido sonoro de
tambor. Ron, al principio, se ha azorado un poco de este estrépito.
Corría velozmente; no me atrevo a decir que huía. «Este bicho--pensaría
él--es demasiado grande para mí.» Luego, cuando el moscardón se ha
amansado, Ron, que estaba a su derecha, ha descrito un perfecto medio
círculo y se ha colocado frente a frente de su adversario. Entonces el
moscardón se ha movido, y Ron ha desandado el camino recorrido. Después
ha tornado a describir el medio círculo, y como el moscardón se
estuviese quedo, se ha lanzado contra él audazmente.
He dicho que Ron es feroz; añadiré que no tiene ni un átomo de piedad.
Esto de la piedad es cosa para él totalmente desconocida. Azorín ha
metido en la caja un saltador joven, casi un niño, a juzgar por su
aspecto, puesto que caminaba lentamente y apenas sabía hacer nada. Pues
bien; a la mañana siguiente, Azorín ha visto que los despojos de este
saltador pendían de una de las paredes; lo cual indica que Ron lo había
devorado durante la noche.
Ha soltado también Azorín en la caja una tejenaria, o sea una de esas
arañas domésticas de largas patas. ¿Qué ha sucedido con esta tejenaria?
Lo primero que ha hecho esta araña es fabricar una tela en medio de la
caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa
asaz absurda, porque las moscas son para Ron, según su filosofía
teleológica. En su tela permanecía inmóvil la tejenaria; cuando se daba
un golpecito sobre el cristal, se agitaba en un baile frenético. Así ha
permanecido dos días, y al fin ha sucedido lo que había de suceder, es
decir, que Ron ha devorado también a la tejenaria.
He de declarar que Ron tiene una cama. Esta cama es como una especie de
hamaca, que él ha colgado en un rincón; en ella dormita algunos ratos
después de haber comido.
Cuando se despierta vuelve a sus paseos. El suelo está sembrado de
cadáveres. Al principio, Ron veía uno de estos cadáveres y los creía
cuerpos vivos; esto era una desagradable sorpresa. Azorín ha observado
que en una ocasión, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con
discreción a un cadáver y ha alargado una pata y lo ha tocado
ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo.
* * *
King es más chico que Ron. Es delgado y negro; los palpos los tiene
también negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base. Vive en
una casa más pequeña.
King ha probado a correr por el cristal y no podía. Luego se ha comido
dos moscas y se deslizaba por él perfectamente. Sin duda, este saltador
hacía tiempo que no encontraba moscas en su camino y estaba, por
consiguiente, bastante débil.
King tarda en matar una mosca un minuto y cuarenta y cinco segundos. En
sorber el tórax emplea treinta y un minutos; desdeña el abdomen. King,
como todas las arañas, ama la noche. Aplacado su apetito, mira
indiferente a las moscas que corren por la caja; pero a la mañana
siguiente, todas, sean las que fueren, aparecerán muertas.
* * *
Pic es el más pequeño de todos y el que más ancha casa habita. Pic mide
medio centímetro; tiene también negros los palpos, y el cuerpo es a
rayas pardas y blancas, que le cogen de arriba abajo, como esos bellos
trajes del Renacimiento italiano.
Es, indudablemente, Pic un niño de estirpe principesca. Es gallardo,
vivo; se yergue hasta poner en el aire las cuatro patas anteriores; sube
por las paredes, y corre, seguro, por el cristal; da, de cuando en
cuando, rápidos saltitos; se deja caer del techo, y permanece un
instante balanceándose cogido a un hilo tenue.
Cuatro moscas le han sido puestas en la caja; cuando se encuentra con
alguna, huye azorado. «Decididamente--ha pensado Azorín--, es muy niño
aún este saltador para atreverse con una mosca.» Toda la tarde ha estado
Pic sin tocarlas; a la mañana siguiente, cuando Azorín ha ido a ver qué
tal había pasado Pic la noche, ha encontrado las cuatro moscas difuntas.
Porque Pic será pequeño, pero tiene arrestos. Una mosca yace patas
arriba en medio de la caja; Pic se acerca, creyéndola, sin duda, muerta;
la mosca suelta una patada; Pic se queda atónito. Después se vuelve a
acercar y la torna a tocar en el ala; la mosca rebulle y se pone de pie.
He aquí un terrible compromiso; pero Pic no se arredra. Al contrario,
salta sobre ella tratando de cogerla; la mosca, como es natural, es
esquiva. Al fin, Pic la coge por la cabeza, y entonces, como Pic es
pequeñito y la mosca tiene mucha fuerza, arrastra la mosca a Pic y lo
lleva un momento revolando por el aire. Pero Pic no la suelta y logra
afianzarla en un rincón, donde la mosca permanece cuatro minutos
pataleando, y al cabo sucumbe.