Entonces, cuando una débil claridad penetra por las rendijas de la
ventana, se oye sobre la canal de latón, que pasa sobre ella, un
traqueteo sonoro, ruido de saltos, carreras precipitadas, idas y venidas
afanosas. Y los trinos alegres se mezclan a este estrépito y sacan a
Azorín de su sueño. Todo está aún en silencio. La calle reposa. Y de
pronto suena una campana dulce y aguda: en el umbral de una puerta
aparece una vieja vestida de negro con una sillita en la mano. El cielo
está azul; en lo hondo, las palmeras del huerto destacan sus ramas
péndulas; detrás aparecen los senos redondos de la colina yerma.
Ya los pardillos han descendido del tejado hasta el patio. Desde la
parra caen rápidos sobre las losas del piso y corren a saltitos comiendo
las migajas que Azorín ha esparcido por la noche. Cacarea a lo lejos un
gallo; suena el grito largo de un vendedor; se oye sobre la acera el
rascar de una escoba. Y la campana vuelve a llamar con golpes
menuditos.
La ciudad ha despertado. Tintinea a lo lejos una herrería, y unos
muchachos se han sentado en una esquina y tiran contra la pared,
jugando, unas monedas. El sol reverbera en las blancas fachadas; se abre
un balcón con estrépito de cristales. Y luego, una moza se asoma y
sacude contra la pared una escoba metida en un pequeño saco. Cuatro o
seis palomas blancas cruzan volando lentamente; al final de la calleja,
bañada por el sol, resalta la nota roja de un refajo. Y en el horno
cercano comienza el rumor de comadres que entran y salen con sus
tableros en la cabeza. Se percibe un grato olor a sabina y romero
quemados; una blanca columna de humo surte del tejado terrero; parlan a
gritos la hornera y las vecinas. Y una campana tañe a lo lejos con
lentas, solemnes vibraciones.
La ciudad está ya en plena vida cotidiana. Se han abierto todas las
puertas; los carpinteros trabajan en sus amplios zaguanes alfombrados de
virutas; van las mozas con sus cántaros a coger el agua en las fuentes
de rojo mármol, donde los caños caen rumorosos. Y de cuando en cuando,
al pasar junto a un portal, se oye el traqueteo ligero de los bolillos
con que las niñas urden la fina randa.