Azorín pasa toda la mañana leyendo, tomando notas. A las doce, cuando
tocan el caracol--a modo de bocina--para que los labriegos acudan, baja
al comedor. El comedor es una pequeña pieza blanca; en las paredes
cuelgan apaisados cuadros antiguos--que como están completamente negros
es de suponer que no son malos--; frente a la puerta destaca un armario,
en que están colocados cuidadosamente los platos, las tazas, las
jícaras, guarnecidos por las copas puestas en simetría de tamaños,
dominado todo por un diminuto toro de cristal verdoso como los que
Azorín ha visto en el museo Arqueológico.
Sirve a la mesa Remedios. Remedios es una moza fina, rubia, limpia,
compuestita, callada, que pasa y repasa suavemente la mano por encima de
las viandas, oxeando las moscas, cuando las pone sobre la mesa; que
coloca el vaso del agua en un plato; que permanece a un lado silenciosa,
apoyada la cara en la mano izquierda y la derecha puesta debajo del
codo izquierdo; que algunas veces, cuando por incidencia habla, mueve la
pierna con la punta del pie apoyada en tierra.
Esta moza tan meticulosa y apañada--piensa Azorín--me recuerda esas
mujeres que se ven en los cuadros flamencos, metidas en una cocina
limpia, con un banco, con un armario coronado de relucientes cacharros,
con una ventana que deja ver a lo lejos un verde prado por el que
serpentea un camino blanco...
* * *
Después de comer, Azorín se tumba un rato. A esta siesta le llama Azorín
_la siesta de las cigarras_. No porque las cigarras duerman, no; antes
bien porque Azorín se duerme a sus roncos sones.
La habitación está en la penumbra; fuera, en los olmos, comienza la
sinfonía estrepitosa... Las cigarras caen sobre los troncos de los olmos
lentas, torpes, pesadas, como seres que no conceden importancia al
esfuerzo extraestético. Son cenicientas y se solapan en la corteza
cenicienta. Tienen la cabeza ancha, las antenas breves, los ojos
saltones, las alas diáfanas. Son graves, sacerdotales, dogmáticas,
hieráticas. Se reposan un momento; saludan un poco desdeñosas a los
árades agazapados en las grietas; miran indiferentes a las hormigas
diminutas que suben rápidas en procesión interminable. Y de pronto suena
un chirrido largo, igual, uniforme, que se quiebra a poco en un ris-rás
ligero y cadencioso. Luego, otra cigarra comienza; luego, otra; luego,
otra... Y todas cantan con una algarabía de ritmos sonorosos.