III

Azorín pasa toda la mañana leyendo, tomando notas. A las doce, cuando

tocan el caracol--a modo de bocina--para que los labriegos acudan, baja

al comedor. El comedor es una pequeña pieza blanca; en las paredes

cuelgan apaisados cuadros antiguos--que como están completamente negros

es de suponer que no son malos--; frente a la puerta destaca un armario,

en que están colocados cuidadosamente los platos, las tazas, las

jícaras, guarnecidos por las copas puestas en simetría de tamaños,

dominado todo por un diminuto toro de cristal verdoso como los que

Azorín ha visto en el museo Arqueológico.

Sirve a la mesa Remedios. Remedios es una moza fina, rubia, limpia,

compuestita, callada, que pasa y repasa suavemente la mano por encima de

las viandas, oxeando las moscas, cuando las pone sobre la mesa; que

coloca el vaso del agua en un plato; que permanece a un lado silenciosa,

apoyada la cara en la mano izquierda y la derecha puesta debajo del

codo izquierdo; que algunas veces, cuando por incidencia habla, mueve la

pierna con la punta del pie apoyada en tierra.

Esta moza tan meticulosa y apañada--piensa Azorín--me recuerda esas

mujeres que se ven en los cuadros flamencos, metidas en una cocina

limpia, con un banco, con un armario coronado de relucientes cacharros,

con una ventana que deja ver a lo lejos un verde prado por el que

serpentea un camino blanco...

* * *

Después de comer, Azorín se tumba un rato. A esta siesta le llama Azorín

_la siesta de las cigarras_. No porque las cigarras duerman, no; antes

bien porque Azorín se duerme a sus roncos sones.

La habitación está en la penumbra; fuera, en los olmos, comienza la

sinfonía estrepitosa... Las cigarras caen sobre los troncos de los olmos

lentas, torpes, pesadas, como seres que no conceden importancia al

esfuerzo extraestético. Son cenicientas y se solapan en la corteza

cenicienta. Tienen la cabeza ancha, las antenas breves, los ojos

saltones, las alas diáfanas. Son graves, sacerdotales, dogmáticas,

hieráticas. Se reposan un momento; saludan un poco desdeñosas a los

árades agazapados en las grietas; miran indiferentes a las hormigas

diminutas que suben rápidas en procesión interminable. Y de pronto suena

un chirrido largo, igual, uniforme, que se quiebra a poco en un ris-rás

ligero y cadencioso. Luego, otra cigarra comienza; luego, otra; luego,

otra... Y todas cantan con una algarabía de ritmos sonorosos.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 12 / 81 题