La casa se levanta en lo hondo del collado, sobre una ancha explanada.
Tiene la casa cuatro cuerpos en pintorescos altibajos. El primero es un
solo piso terrero; el segundo, de tres; el tercero, de dos; el cuarto,
de otros dos.
El primero lo compone el horno. El ancho tejado negruzco baja en
pendiente rápida; el alero sombrea el dintel de la puerta. Dentro, el
piso está empedrado de menudos guijarros. En un ángulo hay un montón de
leña; apoyadas en la pared yacen la horquilla, la escoba y la pala de
rabera desmesurada. Una tapa de hierro cierra la boca del hogar; sobre
la bóveda secan hacecillos de plantas olorosas y rotenes descortezados.
La puerta del amasador aparece a un lado. La luz entra en el amasador
por una pequeña ventana finamente alambrada. La artesa, ancha, larga,
con sus dos replanos en los extremos, reposa junto a la pared, colocada
en recias estacas horizontales. Sobre la artesa están los tableros, la
raedera, los pintorescos mandiles de lana: unos de anchas viras
amarillas y azules, bordeadas de pequeñas rayas bermejas; otros de
anchas viras pardas divididas por una rayita azul, y anchas viras azules
divididas por una rayita parda. En un rincón está la olla de la
levadura; del techo penden grandes horones repletos de panes; en las
paredes cuelgan tres cernederas y cuatro cedazos de espesa urdimbre a
diminutos cuadros blancos, rojos y pardos, con blancas cintas
entrecruzadas que refuerzan la malla.
El segundo cuerpo de la casa tiene las paredes doradas por los años. En
la fachada se abren: dos balcones en el piso primero, tres ventanas en
el piso segundo. Los huecos están bordeados de ancha cenefa de yeso
gris. Y entre los dos balcones hay un gran cuadro de azulejos
resguardado con un estrecho colgadizo. Representa, en vivos colores,
rojos, amarillos, verdes, azules, a la Trinidad santa. El tiempo ha ido
echando abajo las losetas, y entre anchos claros aparecen el remate de
una cruz, una alada cabeza de ángel, el busto del Padre con su barba
blanca y el brazo extendido.
El tercer cuerpo tiene una diminuta ventana y un balconcillo rebozado
con el follaje de una parra que deja caer su alegría verde sobre la
puerta de la casa. Esta casa la habitan los labriegos. La entrada es
ancha y empedrada, jaharradas de yeso las paredes, con pequeñas vigas el
techo. A la izquierda está la cocina; a la derecha, el cantarero; junto
a él una pequeña puerta. Esta puerta cierra un pequeño cuarto sombrío
donde se guardan los apechusques de la limpieza.
El cuarto cuerpo tiene cuatro ventanas que dan luz a una espaciosa
cámara, con vigas borneadas en el techo, colgada de ristras de pimientos
y de horcas de cebollas y ajos, llena de simples mantenimientos para la
comida cotidiana.
Enfrente de la casa, formando plazoleta, hay una cochera y una ermita.
La ermita es pequeña; es de orden clásico. Tiene cuatro altares
laterales con lienzos; tiene uno central con cuatro columnas jónicas;
tiene una imagen; tiene ramos enhiestos; tiene velas blancas; tiene
velas verdes. En la sacristía cuelga un diminuto espejo con marco de
talladas hojas de roble, y un aguamanil blanco rameado de azul pone en
la pared su nota gaya. En los muros, entre viejas estampas, hay un
cartel amarillento que dice en gruesas letras: _Sumario de dos mil
quinientos y ochenta días de indulgencia concedidos a los que
devotamente pronuncien estas palabras_: «_Ave María Purísima_»; y abajo,
a dos columnas, una nutrida lista de obispos y arzobispos. En un armario
reposan antiguas casullas, bernegales con coronas de oro abiertas sobre
el cristal, un cáliz con un blasón en el pie y una leyenda que dice: _Se
izo en 24 de Agosto de 1714. Del Dr. Pedro Ruiz y Miralles._
Junto a la cochera está el aljibe, ancho, cuadrado, con una bóveda que
se hincha a flor de tierra. Las pilas son de piedra arenisca; el pozal
es de madera; sobre la puertecilla destaca un cuadro de azulejos. San
Antonio, vestido de azul, mira extático, cruzados los brazos, a un niño
que desciende entre una nube amarillenta y le ofrece un ramo de blancas
azucenas.
Detrás del aljibe hay una balsa pequeña y profunda. La cubre una parra.
Es una parra joven. «Este año--según la bella frase de uno de estos
labriegos tan panteístas en el fondo--, este año es el primero que
trabaja.» Y es laboriosa, y es aplicada, y es vehemente. Sus sarmientos
se enroscan y agarran con los zarcillos al encañado, cuelgan profusos
los racimos, y los redondos pámpanos anchos forman un toldo de suave
color presado sobre las aguas quietas.
En el borde de la balsa hay una pila de fondo verdinegro. Las abejas se
abrevan en su agua limpia. El agua nace en un montecillo propincuo,
corre por subterráneos atanores de barro, surte de un limpio caño, cae
transparente con un placentero murmurio en la ancha pila.
La casa es grande, de pisos desiguales, de estancias laberínticas. Hay
espaciosas salas con toscas cornucopias, con viejos grabados alemanes,
con pequeñas litografías en las que se explica cómo «Matilde, hermana de
Ricardo de Inglaterra, antes de pronunciar su voto», etc. Hay una
biblioteca con cuatro mil volúmenes en varias lenguas y de todos los
tiempos. Hay una pequeña alacena que hace veces de archivo, con papeles
antiguos, con títulos de las Universidades de Orihuela y Gandía, con
cartas de desposorio, con ejecutorias de hidalguía, con nombramientos de
inquisidores. Hay viejas cámaras con puertas cuadradas, con cerraduras
chirriantes, con techos inclinados de retorcidas vigas, con lejas
anchas, con armarios telarañosos que encierran un espejo roto, un velón,
una careta de colmenero; con largas cañas colgadas del techo, de las que
en otoño penden colgajos de uvas, melones reverendos, gualdos
membrillos, manojos de hierbas olorosas. Hay graneros oscuros,
sosegados, silenciosos, con largas filas de alhorines hechos de delgadas
citaras. Hay un tinajero para el aceite con veinte panzudas tinajas,
cubiertas con tapaderas de pino, enjalbegadas de ceniza. Hay una gran
bodega, con sus cubos, sus prensas, sus conos, sus largas ringleras de
toneles. Hay una almazara, con su alfarje de molón cónico, y su ancha
zafa, y su tolva. Hay dos cocinas con humero de ancha campana. Hay
palomares eminentes. Hay una cuadra con mulas y otra con bueyes. Hay un
corral con pavos, gallos, gallinas, patos, y otro con cerdos, negros,
blancos, jaros. Hay dos pajares repletos de blanda y cálida paja...
Ante la casa se abre una alameda de almendros. Cuatro, seis olmos gayan
la plazoleta con su follaje. En lo hondo, sobre la pincelada verde del
ramaje, resalta la pincelada azul de las montañas; más bajo, por entre
los troncos, a pedazos, espejea la laguna. El cielo está diáfano. Las
palomas giran con su aleteo sonoro. Y un acridio misterioso chirría con
una nota larga, hace una pausa, chirría de nuevo, hace otra pausa...
* * *
La entrada de la casa principal es ancha. Está enladrillada de losetas
amarillentas. Hay una puerta a la derecha y otra a la izquierda; una y
otra están ceñidas por resaltantes cenefas lisas. Recia viga, jaharrada
de yeso blanco, sostiene las maderas del techo. A los lados, dos
ménsulas entasadas adornan la jacena. Sobre la pared, bajo las ménsulas,
resaltan los emblemas de Jesús y María.
Al piso principal se asciende por una escalera oscura. La escalera tiene
una barandilla de hierros sencillos; el pasamanos es de madera; en los
ángulos lucen grandes bolas pulimentadas.
La primera puerta del piso principal da paso a dos claras habitaciones:
una es un cuarto de estudio, la otra sirve de alcoba.
El estudio tiene el techo alto y las paredes limpias. Lo amueblan dos
sillones, una mecedora, seis sillas, un velador, una mesa y una consola.
Los sillones son de tapicería a grandes ramos de adelfas blancas y rojas
sobre fondo gris. La mecedora es de madera curvada. Las sillas son
ligeras, frágiles, con el asiento de rejilla, con la armadura negra y
pulimentada, con el respaldo en arco trilobulado. El velador es redondo;
está cargado de infolios en pergamino y pequeños volúmenes amarillos. La
mesa es de trabajo; la consola, colocada junto a la mesa, sirve para
tener a mano libros y papeles.
La mesa es ancha y fuerte; tiene un pupitre; sobre el pupitre hay un
tintero cuadrado de cristal y tres plumas. Reposan en la mesa una gran
botella de tinta, un enorme fajo de inmensas cuartillas jaldes, un
diccionario general de la lengua, otro latino, otro de términos de arte,
otro de agricultura, otro geográfico, otro biográfico. Hay también un
vocabulario de filosofía y otro de economía política; hay, además, en su
edición lyonesa de 1675, el curiosísimo _Tesoro de las dos lenguas,
francesa y española_, que compuso César Oudín, «intérprete del rey».
La consola es de nogal. Los pies delanteros son ligeras columnillas
negras con capiteles clásicos de hueso, con sencillas bases toscanas.
Los tiradores del cajón son de cristal límpido; un gran tablero de
madera se extiende a ras del suelo, entre las bases de las columnas y
los pies de la mesa. Sobre esta mesa yacen libros grandes y libros
pequeños, un cuaderno de dibujos de Gavarni, cartapacios repletos de
papeles, números de _La Revue Blanche_ y de la _Revue Philosophique_,
fascículos de un censo electoral, mapas locales y mapas generales. El
cajón está repleto de fotografías de monumentos y paisajes españoles,
fotografías de cuadros del museo del Prado, fotografías de periodistas y
actores, fotografías pequeñas, hechas por Laurent, de las notabilidades
de 1860, daguerrotipos, en sus estuches lindos, de interesantes mujeres
de 1850.
Las paredes del estudio están adornadas diversamente. En la primera
pared, a los lados de la puerta, hay dos grandes fotografías en sus
marcos de noguera pulida: una es de la divina marquesa de Leganés, de
Van Dyck; otra, cuidadosamente iluminada, es de _Las Meninas_, de
Velázquez.
En la segunda pared, correspondiente al balcón, cuelga una fotografía de
_Doña Mariana de Austria_, de Velázquez, con su enorme guardainfante y
su pañuelo de batista. Sobre esta fotografía se eleva, surgiendo del
marco e inclinándose sobre el retrato, una fina y dorada pluma de pavo
real; y esta pluma es como un símbolo de esta mujer altiva, desdeñosa,
con su eterno gesto de displicencia que perpetuó Velázquez, que perpetuó
Carreño, que perpetuó Del Mazo.
El segundo cuadro es una litografía francesa. Se titula _La Música_;
representa una mujer que toca un arpa. Lleva los cabellos en dos
lucientes cocas; sus mejillas están amapoladas; sus pechos palpitan
descubiertos; un gran brial de seda blanca cae sobre el césped y forma a
sus pies un remolino airoso. Esta litografía está encerrada en un óvalo
bordeado de un estrecho filete de oro; el óvalo destaca en una amplia y
cuadrada margen blanca, y el cuadro todo está ceñido por un ancho y
plano marco negro.
Junto a él está el retrato en busto de Felipe IV, por Velázquez. Tiene
el rey austriaco ancha la cara de mentón saledizo; sus bigotes ascienden
engomados por las mejillas fofas; pone la luz un tenue reflejo sobre la
abundosa melena que cae sobre la gola enhiesta. Y sus ojos distraídos,
vagorosos, parecen mirar estúpidamente toda la irremediable decadencia
de un pueblo.
En la tercera pared--en la que se abre la puerta de la alcoba--hay tres
cuadros. El primero es una fotografía que lleva por título:
_Guadalajara; vista de la carretera por las entrepeñas del Tajo._ El río
se desliza ahocinado por su hondo cauce; resbala el sol por los altos
peñascos y besa las aguas en viva luminaria; y la carretera, a la
izquierda, se pierde a lo lejos, en rápido culebreo blanco, por la
estrecha garganta.
El segundo cuadro es un paisaje al óleo de un pintor desconocido y
meritísimo: Adelardo Parrilla. Es una tabla pequeña. En el fondo cierra
el horizonte una fronda verde y bravía; cuatro, seis álamos esbeltos se
han separado del boscaje y se adelantan a mirarse en un ancho y claro
arroyo; sus hojas tiemblan de placer; el cielo es de un violeta pálido,
tenue. Y el agua--a través del cristal en que sabiamente está puesto el
cuadro--parece que corre, irisa, palpita bajo la luz suave.
Al lado de este paisaje hay una fotografía titulada: _Salamanca; vista
del seminario desde los Irlandeses._ En primer término, una baja
techumbre con sus simétricas ringlas de tejas, corre de punta a punta. A
la otra banda, en los cuadros de un huertecillo y a lo largo de las
paredes blancas de la cerca, se desgreña el claro boscaje de una parra y
se esponjan las copas de los frutales florecidos. Más allá, entre el
follaje, asoma el remate de un enorme letrero blanco:... _SAL_; más
lejos aparece otra huerta con sus bancales y su noria. Y por todas
partes, sobre las albardillas, en los rincones de los patios, cabe a
misteriosas ventanas, surgiendo de la oleada de casuchas que se alza, se
deprime, ondula entre el ábside de los Irlandeses y el Seminario lejano,
destaca la apacible copa de un árbol. Sobre los tejados negruzcos las
chimeneas ponen su trazo blanco, las lumbreras se abren inquietadoras. Y
en el fondo, el Seminario con sus dos cuerpos formidables, trepados por
infinitas ventanas, cierra hoscamente la perspectiva. Es primavera; la
verdura de los huertos no está aún tupida; resaltan alegres las paredes
a la luz viva; y las torres y las cúpulas de las dos catedrales se
yerguen serenas en el ambiente diáfano.
En la tercera pared--sobre la cual está adosada la mesa de
trabajo--lucen otras tres litografías de la misma colección que la
pasada; se titulan: _La Escultura_, _La Poesía_ y _La Pintura_. Entre la
primera y la segunda hay colgado un zapatito auténtico de una dama del
siglo XVIII. Es de tafilete rosa, con la punta agudísima y con el tacón
altísimo de madera, aforrado en piel; tiene la cara bordada al realce,
con seda blanca.
Entre la segunda y tercera litografía penden, de rojas cintas de seda,
dos lucientes braserillos de cobre, en los que antaño se ponía la lumbre
para encender pajuelas y cigarros. Debajo, encerrado en un patinoso
marco dorado, pendiente de un viejo listón descolorido, hay un dibujo de
Ramón Casas. Es una de esas cabezas de mujeres meditativas y perversas
en que el artista ha sabido poner toda el alma femenina contemporánea.
Frente al pupitre, en sencillo marco de caoba, está una fotografía del
autorretrato del _Greco_. Destacan en la negrura la mancha blanca de la
calva y los trazos de la blanda gorguera; sus mejillas están secas,
arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con
melancolía a quien frente por frente a él va embujando palabras en las
cuartillas.
Las paredes del estudio son de brillante estucado blanco; las puertas
están pintadas de blanco; las placas de las cerraduras son niqueladas;
el piso, en diminutos mosaicos a losanges azules, blancos y grises,
forma una pintoresca tracería encerrada en una ancha cenefa de color
lila. Tamiza la luz una persiana verde, y una tenue cortina blanca de
hilo vuelve a tamizarla y la difluye con claridad suave. Reina un
profundo silencio; de rato en rato suena el grito agudo de un pavo real.
Las palomas, que en el palomar de arriba saltan y corren, hacen sobre el
techo con sus menudas patas un presto y entrecortado ruido seco.
* * *
La alcoba es amplia y clara. Recibe la luz por un balcón. Están
entornadas las maderas; en la suave penumbra, la luz que se cuela por la
persiana marca en el techo unas vivas listas de claror blanca.
Adornan las paredes cuatro fotografías de los tapices de Goya. Las
esbeltas figuras juegan, bailan, retozan, platican sentadas en un pretil
de sillares blancos; el cielo es azul; a lo lejos la crestería del
Guadarrama palidece.
Amueblan la alcoba: una cama de hierro, un lavabo de mármol con su
espejo, una cómoda con ramos y ángeles en blanca taracea, una percha,
tres sillas, un sillón de reps verde.
En este sillón verde está sentado Azorín. Tiene ante sí una maleta
abierta. Y de ella va sacando unas camisas, unos pañuelos, unos
calzoncillos, cuatro tomitos encuadernados en piel y en cuyos tejuelos
rojos pone: MONTAIGNE.