Merlín oculta un hechizo por el cual los hombres se convierten en
inmóviles estatuas. Entre zalamerías, pide al mago aquel hechizo.
(Hay un libro, apenas de veinte páginas, y aun estas con márgenes
muy anchas, donde aprendió Merlín aquel secreto. Cada página tiene
en el centro un pedacito de texto no mayor que un borroncillo, y en
cada borroncillo se esconde un tremendo conjuro escrito en un idioma
hace tiempo extinguido. Las márgenes están llenas de garabatos, de
renglones apretados, cruzados por otros también muy juntos. Aquí está
la exposición del texto y la condenación de cada hechizo. Todo oscuro,
embrollado. Pero Merlín pasó largas vigilias descifrando las márgenes.
Nadie, ni Merlín, puede leer el texto; solo Merlín puede leer el
comentario).
Viviana redobla sus mimos. Merlín se niega a revelar su secreto, cada
vez más débilmente...
Sucumbe. De pronto, Viviana se alza de las rodillas del mago blandiendo
un arma nueva. La paga con un beso, y loca de júbilo, se dispone a
esgrimirla, como David, ante el primer vestiglo que asome por el bosque.
Entretanto, Sagramor y Didonel, con sus escuderos, recorren el bosque,
preguntando por Merlín. La Tabla Redonda repartió sus caballeros por
toda la comarca.
Ruido de armas, de voces. Viviana sale al encuentro del blondo Didonel,
que la aparta agresivo.
—Noble maestro —exclama en alta voz—. Al fin, te encontramos. El
castillo de Arturo está decapitado. Vuelve con nosotros.
Viviana se interpone, no deja hablar a Merlín, dice tímidamente a los
recién llegados:
—Os llevaréis a Merlín; pero antes quiero obsequiaros con mi vino y
con mis danzas.
—¡Aparta, maldita!
Van a prorrumpir en insultos; pero les contiene la barba de lino.
Azorados, dejan obrar a Viviana, que comienza a girar en torno de
ellos, repitiendo las palabras del hechizo. Cuando Merlín se da cuenta,
ya el hechizo comienza a producir sus frutos, y los dos caballeros,
poco a poco, se van endureciendo, acartonando, petrificando. Los
escuderos, llenos de terror, corren a dar la noticia.
—¿Qué has hecho, desdichada?
—Verás, Merlín. Los pondremos uno a cada lado de la fuente para que
asusten a los pájaros. No me riñas. Solo eran dos armaduras, y eso
lo siguen siendo. Lo seguirán siendo eternamente. El hechizo no pudo
paralizarles el espíritu, porque nunca lo tuvieron. Son eso que ves:
un caparazón. Nada han perdido. He realizado su deseo: convertirlos en
estatuas, detenerlos en su gesto más ufano.
Merlín quiere romper el hechizo, volver al torreón, huir de los brazos
de Viviana.
En vano. La hechicera ciñe con sus brazos desnudos la cintura de
Merlín, y el pobre cuerpo encendido se doblega, se relaja, se rinde.
—Ven, viejo mío. Volveremos al palacio de Arturo, a un palacio
de Arturo que yo voy a construir. Quiero ofrecerte un peregrino
espectáculo. Soy dueña de tu hechizo, como tú lo eres de los míos, y
puedo también ser, como tú, profeta. Es un espectáculo nacido de mi
misma travesura. Asómate a la fuente de las hadas.
X
ALTISIDORA
—Mira. El agua es transparente, como el aire. ¿Qué ves en el fondo?
—Un hombre inmóvil.
—Bajo esta lente mágica vibrarán los hombres y los siglos.
—Veo el patio de un castillo.
—También, ofuscado. Es una venta. Es el corral de una humilde
hospedería del sur.
—Veo una lanza.
—Sí, ese es el prodigio, Merlín. De pronto, en ese corral, ha brotado
una lanza, un retoño bélico en medio de la aldeana paz. Es un puntero
enfilado hacia nosotros, hacia la enorme pizarra donde cada guarismo es
un orbe maravilloso. Mira cómo gira la noche en tomo a esa lanza: lugar
geométrico de muchas ilusionadas trayectorias; perpendicular trazada
desde un astro al plano monótono de la tierra; eje estremecido de todo
un orbe espiritual nuevo; delgado puente tendido entre dos mundos;
tallo enjuto que arranca de una tierra esquilmada y se hunde en la
sombra, vibrante por la savia que recorre el brazo de un loco; trémulo
pararrayos que hace besarse dos fluidos —el sublime patetismo que
rezuman las nubes y la carcajada risueña de la razón que se ríe de sí
misma—. Yo provocaré en la punta de esa lanza un ozono, una temperatura
enrarecida que no podrán resistir todos estos guerreros petrificados.
Yo arrancaré de esa punta de hierro una chispa genial.
—¿Qué intentas?
—Merlín, Merlín... Ahora me toca a mí profetizar. Calla y mira... ¿Ves
ese muchacho asomado a la ventana? No puede dormir. Pasó la jornada
acurrucado en una carreta que le dejó tullidos los huesos. Oye, Merlín,
los ruidos de la venta. Hombres, pájaros, mulos, perros... Y las risas
destempladas de dos prostitutas que luchan con los arrieros por algún
maravedí. Vagos gemidos de catres agobiados por cabriolas placenteras.
El rapaz abandonó su montoncillo de paja y contempla la noche colmada
de luceros. Esta es la noche de tus tiempos, Merlín. La noche en que
tus tiempos van a desvanecerse bajo la sal del genio. Mira cómo se
van apagando los candiles, con todos sus nimbos de borrosas caras,
de mohínes pícaros. Solo quedan las estrellas jugando al escondite
entre las nubes, retozando tras los aros de sus órbitas, que parece
van a romperse en un choque con los ebrios cometas, con esas estrellas
aturdidas, disparadas por algún serafín mal entrenado.
—Ese hombre está contando las estrellas.
—Sí.
—¿Pretende sorprender la luminosa telegrafía que gobierna en silencio
los mundos? ¿El divino idioma incomprensible?
—No. Es un loco. Solo pretenderá lo que yo quiera, Merlín. Es
Lanzarote, que sueña con la reina.
—¿Cómo?
—Ya verás. Mira cómo avanzan de puntillas las dos mozas. Vienen
desgreñadas, húmedos los ojos, con restos de vino en el pecho, medio
desnudas. Quieren ofrecer al loco una virginidad ya muchas veces
revendida. Son las dos primeras hembras que vienen a reírse de ti.
—¿De mí?
—De ti, de tus caballeros de hojalata, de tus guerreros de piedra, de
tus libros cabalísticos, de toda tu Edad, de todo tu mundo. Y ya las
ves, son dos rameras. Después vendrán duquesas, doncellas andantes,
damas doloridas, burguesitas domésticas... Pero había que comenzar por
el peldaño más bajo, la ramera. Mira los ojos de una de ellas.
—¡Tú misma! ¿Qué te propones?
—Sí, soy yo misma. Después seré otras muchas, aunque el disfraz que
más me gusta es el de Altisidora... No la conoces; ya la conocerás,
Merlín. Ahora sigue mirando. Las doncellas y el rapaz, de pechos en
el alféizar, siguen contemplando al loco. Frenan su alborozo, porque
el huésped de la lanza comienza a sentirse contemplado, escruta el
nuevo fenómeno venteril. No gusta de que le interrumpan. Las mozas
conocen los arrebatos del loco, que acaba de poner a un arriero en
trance de morir. Callan. El loco nada ve, porque los tres rostros están
sumergidos en la sombra que proyecta el alero. Cansado de atisbar,
suspira profundamente, piensa en alguna travesura mía, piensa en ti,
Merlín, en Arturo, en la Tabla Redonda. Hunde los ojos en el pozo, de
donde espera ver surgir alguna forma de mujer: ¿Ginebra, Dulcinea o
Beatriz?... El loco no se aparta del brocal, ventana abierta hacia la
intimidad de la tierra, por donde se vislumbran, allá abajo, esos ojos
azules, tan serenos, del agua que amamanta las raíces. El brocal abre
un sendero hacia el país de los fecundos silencios. Por él se va a la
ciudad encantada. Por él se va hacia el perenne regocijo creador. En
la caliente entraña de la tierra se dan cita los gérmenes para lanzar,
jubilosos, contra la dura epidermis, su lluvia de flechas verdes...
Pero el loco nada sabe de esas cosas y sigue pensando en vagos esquemas
de mujeres. Mira cómo las mozas, al oír suspirar al huésped, suspiran
también cómicamente. Va abriendo el loco ondas risueñas que rebasan el
corral, que saltan al campo, que inundan los caminos, que van mudando
el paisaje espiritual del orbe. El loco es un signo de admiración, es
una firme antena, es, además, una columna de escarnio. Bosqueja el
gesto soberano de la fuerza —capaz de mantener enhiesto un símbolo—.
Va a ingresar en una Orden nueva de Caballería, donde él será el gran
maestre y el caballero único.
—¡Un mentecato! Es el hombre de tu estuche de luz. ¡Un comediante!
—Es un muñeco genial. Ahora mismo va a ser armado caballero.
—¡Una farsa!
—Serénate, Merlín. Contempla la augusta ceremonia. Mira cómo brota de
los establos una tímida luciérnaga. Es el ventero, con un cabo de vela
en una mano y un libro en la otra. Les haces señas a las mozas y al
chicuelo... Mira, ya están ahí todos. El muchacho sostiene el cabo de
vela y el ventero busca una fórmula entre las cuentas del pienso: la
oración ritual por la que un hidalgo español loco ha de convertirse en
genial caballero del mundo. De ese librote, Merlín, lleno de raterías,
va a salir la palabra mágica. De ahí, de ahí, mejor que de ningún tieso
antifonario. Quien toma un bacín por yelmo, un penco por alazán, unas
rameras por vírgenes y un truhan por caballero, bien puede tomar el
libro de la cebada por la Biblia. Muchos ideales menesteres le han
sido confiados a este loco. La ceremonia —esa momia rígida, helada, que
queda de las religiones cuando de ellas se ha exprimido la médula— es
esta noche puesta en la picota.
—¡Blasfema!
—Calla, Merlín, y sigue contemplando al loco. Ahora el libro
comienza a hervir de signos mágicos, como el tuyo. El ventero está
mascullando alguna deuda fielmente anotada. Dos piensos, tres piensos
no cobrados... Estos números, los más viles, han vuelto hoy a ser
aquellas divinas cápsulas repletas de sentido. Mira cómo tiembla la
llama entre los dedos del muchacho. Cómo las dos meretrices le ciñen
al loco la espada, le calzan las espuelas... Se mofan de su propia
virginidad alquilada que el huésped cree intacta, como el libro del
pienso se mofa de los santos Evangelios, y el cabo de vela de las siete
lámparas, y las bárbaras frases del ventero de todas tus fórmulas,
Merlín, ¡de todos los hechizos por los que se crean los reyes, los
pontífices, los dioses! En esta noche se resquebrajan, se derrumban
todos esos espectros que suele apuntalar la lanza. Este falso caballero
es el eje de una espléndida mascarada. Vamos a contemplarla, Merlín;
vamos a contemplar la noche de tus tiempos, la transmutación de todos
los valores —como suele decir mi mejor amigo—. Todos se han sumergido
en una danza jovial. Yo inventé el humorismo que nunca podrá ninguna
Tabla Redonda comprender. Yo he inventado esa lanza que ahora está ahí
apuntando a las estrellas, presta a hundirse en el vientre de algún
malandrín, única verdad que acatará siempre el arriero; yo he inventado
ese brocal, camino abierto hacia las fértiles entrañas de la tierra,
hacia el febril latido de los gérmenes incansables que hoy producen una
espiga y mañana un genio: sola verdad que admitirá siempre el poeta.
—Déjame, Viviana.
—¿No quieres asistir al desfile?
—No.
—Verás a Altisidora burlarse, como yo, de Lanzarote.
—No, no. Eso es cruel.
—Como lo fue siempre la vida con todo lo que quiere huir de ella.
—No puedo seguir tus travesuras. Tú no tienes edad; yo soy de estos
siglos. Solo mis nietos podrán caer en tus brazos, Viviana.
—Merlín, viejo mío: descansa en mi seno, hazte niño en mi regazo.
—Quisiera volver al castillo, derrumbarme con él. Soy su cerebro.
—Tu puesto son mis brazos, no el sitial del castillo de Arturo. Allí
piensas, pero no dominas. Aquí, mis travesuras son tus dóciles siervas;
solo tu pensamiento es el rey.
—Y ¿cuándo, en dónde, podrá ser rey el pensamiento?
XI
EL BALADRO
Merlín recorre el bosque del brazo de Viviana. Al pasar los amantes,
los arroyos acrecen su caudal, los troncos rebrillan más tersos,
los pájaros multiplican sus primores. Pero Merlín avanza cabizbajo,
silencioso.
—Ríe conmigo, Merlín. Alza esa frente, que yo voy a desarrugar con mis
besos. Quiero presentarte a mis gnomos, que usan barba florida como tú;
a Mab, la diminuta; a un silfo, que tañe su laúd hecho de juncos; a
Titania, mi gran amiga, que te contará sus divertidos sueños.
Merlín nada responde.
—Quiero presentarte las maravillas de mi reino. Mira esta gruta,
siéntate en esta silla hecha de troncos. Hace siglos hubo cerca de
aquí un monasterio. En esta silla se sentaba un juglar, a quien los
monjes hospedaban a cambio de himnos para las fiestas de los santos,
que el juglar componía con facilidad y galanura. Pero un día los monjes
sorprendieron aquí sentado al diablo. El poeta había compuesto un
licencioso epitalamio para las bodas de una alta princesa; el padre,
ofendido, lo arrojó de la mesa del festín, y por temor al abad, no mató
al atrevido. Mientras el poeta acudió al banquete, el diablo ocupaba la
silla. Por toda la comarca circularon copias de aquel epitalamio, hasta
enfurecer al príncipe que delató al juglar. Fue el insolente condenado
al tormento de la gota de agua en esta misma silla, y aquí murió
repitiendo endecasílabos obscenos y blasfemias... ¿No me escuchas?
—Sí. Todo el bosque está embrujado.
—También cuentan que Juno, arrojada otra vez del Olimpo, vino a pedir
albergue al monasterio, disfrazada de azafata. Mintió que le habían
despedido de la corte por intrigas del bufón, y el abad lo creyó todo.
Le hizo sentar en el césped, le trajo de comer y allí quedó dormida.
Al día siguiente, el mismo abad la condujo a esta gruta, donde Juno,
mientras dormía, provocó los apetitos del abad. El abad quiso besarla;
pero Juno despertó y, llena de olímpica soberbia, dio al monje una
ruidosa bofetada, que fue reproduciéndose por el contorno. Porque
Juno, sabio mío, no quería abades, sino dioses y subdioses. El abad
se colocó un pañuelo, como si le hubiese atacado un terrible dolor de
muelas; pero durante un año no se le desinfló la mejilla. Tuvo que ir
a confesarse con el Papa, y al volver de Roma, levantó aquí un altar a
la Virgen, que después destruyeron mis gnomos. Pero las gentes llamaron
siempre a este lugar “La siesta de Juno”... ¿Qué tienes, viejo mío?
—Nada... Pensaba en ese infeliz monje.
—Otros dicen que ella no era Juno, sino cierta altiva castellana,
fugitiva de un caballero que la sorprendió en brazos de otro. Lo
cierto es que desapareció de esta comarca sin dejar más huella que una
magnífica hinchazón en la mejilla del abad... ¿Crees en la vuelta de
los dioses?
—Volverán si Viviana los llama. Eres diabólica.
—Te quiero, Merlín. No quisiera aburrirte mucho con las leyendas
de mi bosque... Pero hacía falta en tu cerebro un poco de bruma de
poeta. Cegar los ángulos de esa pura geometría de tu razón con lindos
arabescos... ¿Te dejas engañar, sabio mío?
Flota la barba de Merlín, según el capricho del viento, y sus deseos,
según el capricho de la amante. Lejos del atril, de su anteojo y
de sus pergaminos, siente que se le va haciendo visible el sentido
profundo de la vida. Por cada estrella que se le huye, rozan sus dedos
la epidermis satinada de una flor; por cada yerto símbolo que se le
borra, acarician sus pies el lomo curvo de una vida palpitante. Merlín
va asistiendo a una lenta resurrección de las cosas. El brazo de
Viviana le pone en ardiente contacto con la misteriosa electricidad de
la tierra.
—Tenías el orbe encasillado, Merlín; eras el mejor entomólogo del orbe,
viejo mío; pero el orbe se te iba helando entre los dedos, se te iba
petrificando allá, en tu torreón; creías tocar una vida y solo tocabas
un esquema. De las cosas solo te llegaba su irradiación abstracta.
Vivías en un mundo categórico... No vivías.
—Pero me fatiga prender mi pensamiento a tanta cosa voluble y caediza.
Tu inquieto mundo abre ante mí, cada minuto, una encantadora rosa de
los vientos. Comienzo a ser víctima de una plural seducción.
—Merlín, viejo mío... Antes podías formular una ley; pero ¿no es más
hermoso formular una duda?
—Eres cruel, Viviana. De la roca firme, me has lanzado a una lancha que
perennemente zozobra.
—Te has incorporado a la verdadera vida. Ahora tu ritmo es el mismo
ritmo de estos árboles, de estos insectos, de estas nubes.
—¡Yo, que solo miraba hacia los astros!
—De los astros solo baja la fría luz de una norma. De la tierra sube
siempre el cálido jadeo de una fecundación.
—¡Yo, que solo contemplaba el cielo!
—El cielo es una cosa que nosotros mismos creamos contemplándole. La
tierra es algo que, al contemplarla, nos recrea.
—¡Yo, que solo sabía la ciencia de los números exactos!
—Pero olvidabas la ciencia de las cosas humildes. Eras altanero,
Merlín, como uno de esos dioses que no aceptan la duda. Era preciso que
yo te convirtiese en hombre, prendiendo en ti mi incurable fiebre.
De pronto, un estruendo. Los Caballeros de la Tabla Redonda van
juntando sus parejas, avanzan ya en escuadrón por lo más espeso del
bosque. Cuando tropiezan con el rubicundo Didonel, hecho inmóvil
estatua, prorrumpen en alaridos, en maldiciones, en blasfemias.
Algunos, medrosos, retroceden; otros, más audaces, prefieren seguir
la pista de los encantadores, arrostran locamente el peligro de ser
incorporados al reino mineral.
—Nos buscan, Viviana.
—Poblaremos el bosque de estatuas.
—¿Son mis amigos de Caradigán, o los esbirros del rey Marco?
—El rey Marco no piensa ya en nosotros. Recuperó a Isolda, la de los
rubios cabellos, y todo lo demás le deja indiferente.
—¿Cómo lo sabes?
—Titania, mi amiga, me lo contó esta noche. Marco no ha advertido
nuestra burla. En cambio, Arturo ha leído mi mensaje.
—¿Qué mensaje?
—Lo escribí mientras dormías y lo prendí en un grimorio de los tuyos.
—¿Un reto?
—Una broma.
—Quiero volver a mi atril, Viviana. Me fatigan ya tus travesuras.
¡Déjame!
—Descansa aquí, viejo mío, en la hornacina de este tronco.
—¿Por qué no salir al encuentro de las buenas gentes de Arturo? Al fin,
son mis amigos.
—Querrían llevarte en seguida a tu sitial, y tú ya perteneces a la vida
libre.
—A la vida nerviosa, abrumadora.
—No hay otra. Solo la muerte no desmorona ni fatiga. Descansa aquí,
viejo mío, en el hueco de este roble. Duérmete al abrigo del aire y del
sol, mientras yo salgo al encuentro de la Tabla Redonda, que pretende
arrebatarnos. Los convertiré a todos en piedra. De toda la corte de
Arturo haré un ejército de estatuas. Después adornarán las avenidas del
mundo para que las institutrices enseñen más cómodamente la historia a
los niños.
Merlín, abrumado, se deja conducir por Viviana; penetra con ella en el
interior del árbol; se sienta allí, en silencio. Viviana le da un beso
en la frente y, de puntillas, comienza a girar alrededor del tronco.
Las palabras del conjuro son apenas una leve palpitación en sus labios.
A la tercera vuelta, Merlín prorrumpe en su famoso, en su formidable
grito:
—¡Viviana! ¿Qué has hecho? ¡¡Viviana!!
—Duérmete ya, viejo mío, hasta que definitivamente podamos los dos,
fundidos en uno, dominar la tierra. Descansa ahí mientras yo enfurezco
y petrifico a estos hombres de hierro y de cuero. Yo volveré por ti
cuando de todos ellos solo quede su sentido decorativo.
Y Viviana se hunde, retozona, en lo más espeso del bosque en busca de
la Tabla. Los árboles se retiran a su paso, como las aguas del mar ante
los favoritos de los dioses.
Su alegría se va prendiendo a las ramas, que estallan en vivaces
retoños. Va dejando una estela de pájaros, su única guardia de honor.
Ladinamente, sin ser vista, va girando Viviana alrededor de sus
perseguidores. De su boca, eternamente lozana, va fluyendo el terrible
conjuro.
Cuando los caballeros advierten la presencia de su mortal enemiga,
es ya tarde para atravesarla con sus flechas. Una argolla de nieve
oprime sus gargantas; desde los pies al cráneo, toda su carne se les va
pavorosamente endureciendo, hasta cambiarse en piedra.
Toda la Tabla Redonda está ya paralítica; se convierte en ornamento
escultórico del bosque. En los calveros, en las encrucijadas, se
yerguen, alta la frente enfurruñada, asustando a los pájaros, los
paladines de Caradigán.
Excepto Arturo y Lanzarote que, en la gran sala abovedada, uno a cada
lado de la reina, ensartan frases sin sentido comentando la tardanza
de sus infortunadas huestes.
Excepto Arturo, Lanzarote y Ginebra, cuya parálisis es de otro linaje.
Porque es el alma lo que tienen paralítico: el amor ha petrificado
dentro de ellos todas las palancas, todas las espirales de la acción.
Aunque, como sus caballeros, son también un ilustre ornamento de toda
la cristiandad.
¡Blanco triángulo amoroso, incapaz de hacer retoñar nada! ¡Conflicto
puro! Viviana repite una delgada melodía que acaba de enseñarle un
jilguero, mientras, de nuevo ceñida a Merlín, aparta de los labios de
mármol los suyos retozones, e increpa en voz sonora al inmóvil ejército:
—Yo, cuando me plazca, volveré a estos miembros queridos la vibración
que hoy les robo; pero vosotros, soldados, cuyas ideas son tan romas
como aguda es vuestra espada, continuaréis siempre ahí, todo piedra,
cerebro y corazón. Yo, cuando me plazca, haré que arda otra vez esta
máquina yerta, y de la brasa surgirá siempre un Merlín nuevo, capaz de
arder sin consumirse; pero en vosotros nada puede arder ni renacer,
hombres indecisos entre el miedo —sabiduría vergonzante— y la violencia
—falso dinamismo—. Siempre será joven la tierra mientras estalle un
beso en nuestras bocas, niño mío, mientras se enlacen nuestros miembros
forjando un tronco robusto; pero la tierra seguiría rápidamente
envejeciendo en manos de esos hombres cuya ley es desmoronar, aniquilar
todo lo vivo. ¡Ahí quedad, hombres duros, cuyo cerebro está aquí entre
mis manos, ceñido con la diadema de mis guedejas! ¡Nunca volverá a
vosotros esta preciosa ebullición por quien el mundo es habitable y
adorable!
Estampa un último beso en la frente de Merlín, y en voz más alta dice:
—Hombres de hierro y de piedra, vanos hombres paralíticos, que en todas
las avenidas del mundo hacéis ondear al viento vuestros inútiles
penachos: ¡os desprecio!
Y asomándose a los ojos profundos de Merlín, se queda embelesada,
cautiva.
Los tiesos guerreros siguen petrificados. En sus hombros comienzan a
posarse los gorriones.
Así siguen... Aún siguen...
XII
APOTEOSIS
Viviana —embelesada— sigue contemplando a Merlín, dormido. La flotante
barba de lino reposa, hecha fibras de alabastro, sobre el inmóvil
corazón del hechicero. La piedra ensaya en ella sus proyectos de
evasión; quiere dejar de ser masa abrumadora y convertirse en ágil
instrumento del espíritu; quiere pasar del reino inerte mineral al
reino vivo de los símbolos. La piedra quiere romper su cárcel y
alzarse a las nubes, atrevida como un surtidor, exacta como un dardo.
La piedra ha cambiado de linaje; el alabastro ensaya en la barba de
lino sus proyectos de cardina, de macolla, de gablete. Viviana asiste
a los ensayos de la piedra; anuda, destrenza, retuerce las fibras de
alabastro, crea maravillosas tracerías.
Viviana está mirando de hito en hito a Merlín, y como en sueños, repite
el conjuro, el terrible conjuro por el cual la vida se convierte en
piedra... Y, entonces, súbitamente, se da cuenta del poder de su
hechizo: ¡Hacer vivir a la piedra, hacerla entrar en la zona del
espíritu, castigarla, domeñarla como a un cuerpo asceta, para hacerla
dócil instrumento de una idea! Si la vida puede trocarse en piedra,
¿por qué la piedra, al mismo conjuro, no podrá vivificarse?
Con un dulce salmo, como un versillo insinuante del Cantar, Viviana
repite su conjuro. Y todo en torno se va transfigurando. Les cobijaba
una densa glorieta, les defendían del sol ramas entremezcladas,
les aislaban del mundo enormes troncos; pero todo va modificando
sus perfiles, su color, su pompa inútil; de pronto, la glorieta va
adquiriendo una clara expresión de eternidad. Los árboles estrían sus
troncos, las ramas se lanzan con más ímpetu al encuentro de otro empuje
semejante. Ya no quedan troncos, sino fustes; ya no quedan ramas,
sino ojivas; ya no quedan hojas, sino la bóveda apretada; ya no quedan
redondeles de sol, sino florones de oro. Y cuando alguna rama rebelde
no acierta a encajarse dentro de los haces interiores, brinca a la
intemperie y allí fragua un caprichoso botarel.
¡Divino conjuro! La piedra ya no es ese pobre cuerpo pesado que tiende
a hundirse en el polvo, sino un ímpetu sabio y gracioso que tiende a
rasgar el cielo. ¡Gracia y sabiduría! El conjuro de los dos amantes ha
creado un mundo nuevo de formas. Deja inerte a la fuerza bruta, pero
empapa de agilidad la fuerza eterna. ¡Viviana y Merlín han inventado un
arte!