los ojos, sus dos ojos enormes de dragón. Viviana y Merlín se sumen en
un vientre, donde la voz se ahoga y las entrañas acarician.
Un crujido férreo del monstruo, un ronco alarido, y de pronto, el
paisaje se rasga en dos para abrir paso a los encantadores.
Viviana y Merlín se lanzan alegremente hacia la selva. Merlín va viendo
desfilar atropelladamente, por las mejillas de Viviana, tropeles
de fantasmas. Árboles, muros, colinas, proyectan ellas sus perfiles
inconcretos, precipitados. En este pequeño _ring_, que tantas veces se
disputan dos emociones hostiles, se entabla hoy una escaramuza, en la
que luchan, embozados, todos los elementos del paisaje. El campo inicia
una infernal zarabanda que deja atónito a Merlín. Teme ser víctima de
algún poder diabólico, y pregunta con los ojos a Viviana.
No, no es un diabólico artilugio; es un hallazgo del hombre, que no
se contó entre las profecías de Merlín. Porque Viviana no tiene edad
ninguna y escoge de cualquier época sus medios de seducción y de
transporte.
—Mira esa rueda. Con ella se tortura el espacio. Este maravilloso
tormento de la rueda nunca lo vi en tus profecías.
Merlín está ya sosegado. Siente frío, se apretuja contra Viviana, que
le va arrancando sombras de la frente. Y otra vez la mano de Viviana
se alza como una flor. Los trémulos dedos —pilluelos ateridos— se
acurrucan de nuevo en el quicio de una boca.
Por los nervios de Merlín van subiendo, reacios, torpemente, los yertos
posos del ayer, fríos cadáveres de emociones, que se derraman hechos
ceniza, dejando libre el pecho para instalarse en él un nuevo amor.
Y siguen yendo y viniendo sombras por el rostro, por las manos de
Viviana: palomas que repiten su vuelo, alborozadas, hacia el nido
caliente de unos labios.
Merlín, Merlín... ¿Qué fue de aquella frase de Plotino, de aquella
austera frase que hizo añicos Viviana? No juntarás ya los pedazos,
porque de pronto se te hizo visible esta otra verdad:
_Una palabra de ella tenía ya más sentido que las frases de todos los
filósofos del mundo._
VII
ISOLDA Y TRISTÁN
—Merlín, sabio mío: hemos llegado a la colina de la Cruz Bermeja.
¿Sabías que entre unos álamos están ahora durmiendo Isolda y Tristán?
—¿Qué intentas ahora?
—Llegar hasta su lecho con el primer rayo de sol; ver cómo se enlazan
bajo el orvallo de ámbar y miel. ¿Sabías que yo fui quien elaboró el
filtro que hace arder perennemente sus entrañas?
—¿Qué les hiciste, perversa?
—Inmortales.
—A costa de un lento morir.
—Morir de sentirse vivir intensamente. Morir del deleite más profundo:
sentirse, gota a gota, fluir la vida. Verás cómo sonríen cuando
dulcemente les hiera el sol.
—¡Eres diabólica!
—El diablo cuentan que tienes tú por padre.
—¡Es falso! Yo soy hijo de toda la antigüedad.
—Pedante alcurnia, hecha de secas virutas de pergamino. Pero yo
convertiré ese pergamino yerto en epidermis viva. Quiero, hiedra mía,
que aprendas el arte de enroscar tus miembros a mi fiebre. Quiero que
aprendas el arte de fundir nuestras bocas. Isolda y Tristán son dos
buenos maestros.
—Tus mejores discípulos.
—Son los enamorados más ilustres de toda nuestra _enorme_ Edad, que
ellos, por la virtud de mi filtro, Merlín, por la virtud de mi filtro,
hecho de savia femenina, sabrán hacer _delicada_. Vamos a ver cómo
despiertan.
Se internan en el bosque. Van apartando ramas, asomándose por entre
ellas, en silencio, como rapaces que buscan misteriosamente un nido.
—¡Aquí, aquí están! —susurra Viviana.
Bajo un frondoso baldaquino, hecho de bruñidos troncos y anchas
hojas verdes, reposan los dos enamorados. Tristán anduvo todo el día
persiguiendo un ciervo; Isolda se fatigó más que nunca recomponiendo su
brial. Duermen profundamente, juntas las cabezas, cogidas las manos,
ocultos bajo brazadas de heno.
—Mira sus ojos, agrandados por la fiebre. Y sus manos delgadas, y sus
mejillas consumidas por la brasa de tu filtro. Eres diabólica, Viviana.
La hierba comienza a chispear alrededor del tálamo. Al través de la
techumbre, una hebra rubia, encendida, comienza a electrizar las hojas,
resbala por los troncos, baja a anillarse con las hebras rubias de
Isolda, esparcidas por la hierba, sus hermanas; tropieza y juguetea con
unos dedos pálidos, hundidos en el pecho de Tristán.
—Mira el anillo de esmeraldas del rey Marco. Va a perderlo. Tanto
enflaqueció el amor a la cuitada, que acabará por desprendérsele el
anillo... Viviana, debemos evitar que siga enflaqueciendo.
—Merlín, Merlín, ¡qué niño eres! Eres tan infantil como todos
los sabios; ¡cuánta falta estaba yo haciendo en tu vida, viejo
mío! ¿Pensabas que nuestro viaje aquí solo tenía por objeto esta
contemplación inútil?
—¿Qué intentas?
—Ahora verás. Por donde quiera que vayamos, nuestra Edad,
diabólicamente, es decir, bajo los signos de la gracia y de la
sabiduría, debe transformarse. Dame tu espada, ese aburrido acero
oculto bajo tu hopalanda. ¡Quieto!
Viviana llega hasta los dos amantes; aparta el haz de heno y sonríe
al contemplar el espectáculo escondido bajo el haz; ordena, maternal,
las ropas; abre una púdica zanja entre los cuerpos, y en ella instala
solemnemente la espada de Merlín.
Desnuda, categórica, la espada de Merlín garantizará en aquel amanecer
la pureza de Isolda y de Tristán.
Ni un rizo de viento. Ya ni las hojas se besan. El baldaquino verde y
oro se convierte en un altar. Ginebra y Lanzarote podrían aquí aprender
una celeste lección de amor. Amor purísimo, como el aliento del querube.
Viviana sonríe entre las miradas asombradas del sabio. Cuando termina
de componer el escenario, se prende del brazo de Merlín.
—Viejo niño, vamos ya a buscar nuestro dosel. En la fuente de las
hadas hay maravillosos lechos. ¿Lo quieres al gusto clásico o hecho
de pieles, al gusto primitivo? ¿De lino o de paja, como en los mitos
cristianos? ¿Quieres por techumbre las estrellas o un tropel de
estalagmitas?
—No te burles, Viviana. Yo soy viejo. ¿Para qué yacer contigo?
—Cuanto yo toco, rejuvenece. No reconozco edad. Haré de ti una brasa.
—Pondré mi espada entre los dos.
—Niño, niño mío... ¿Para qué piensas que vine yo aquí sino para
despojarte de ese inútil símbolo?
—No resisto más tu burla, Viviana. Voy a recuperar mi espada.
—¡Quieto! Marco va a venir, y es preciso salvarlos.
—Quiero salvarme yo.
—La castidad no salva a nadie. Solo tiene la virtud de enmohecer la
vida. ¡Vámonos, Merlín!
Pero se oye un ruido sospechoso, como de chasquidos de armas, de voces
que ordenan con imperio. Merlín aguza los oídos.
—Alguien viene, y muy precipitado.
—Es el rey. Vamos a escondernos, Merlín. Esta es la hora en que
Marco debe sorprender dormidos a Isolda y Tristán. La escena será
divertidísima.
—Me resigno. Lo contaré después todo a los juglares.
—¡Pobrecillos! Ellos no dirán nunca la verdad. Contarán la verdad que
acaricie los oídos de quien pague.
—Creo en la tradición. ¿Para qué descifro yo mis pergaminos?
—Te diviertes así, viejo mío. Es un juego.
—Una ciencia.
—Un lento juego inútil. Porque la tradición se te escapa; el tiempo
viejo —donde estás siempre sepultado— se te borra. Solo yo, solo quien
vive intensamente el día de hoy, podrá interpretar fielmente los signos
del pasado.
Suben a una rama. La barba flotante de Merlín se enreda en la
hojarasca. Desde su escondite contempla al rey Marco, que baja del
corcel. Un guarda le sostiene el estribo y ata las riendas del caballo
a una rama de encina. Merlín comienza a temblar.
—¡Vamos a presenciar un doble asesinato!
—Merlín, Merlín, ¿para qué estoy yo aquí, en mi atalaya, dirigiendo
este capítulo de nuestra Edad?
—¿Historia o leyenda?
—¿Quién es capaz de separarlas? Ni tú ni nadie.
—Tiemblo, a pesar de todo.
—El rey no matará a nadie. Míralo.
Marco desenvaina su espada y se encamina hacia los dos amantes
dormidos. Aparta las hojas cómplices, asoma la cabeza entre los
troncos; luego irrumpe todo él bajo el casto baldaquino, blandiendo la
espada.
Merlín sigue asustado; Viviana no puede contener la risa; pero Marco
nada advierte; toma la risa por un susurro.
El rey se ha desprendido del manto; la cadenilla del broche tintinea
contra las ramas. El rey se ha desprendido de su enojo; su cólera se le
desliza, nervio a nervio, hasta sumirse en tierra. Viviana ha cortado
la corriente.
—Merlín, no tiembles por los enamorados. El rey ha visto la espada. Oye
a Marco: verás qué divertido es un esposo que tiene fe.
Marco, absorto, contempla la centelleante muralla divisoria, el sacro
muro infranqueable. Dos gorriones, que asisten a la escena, bosquejan
tímidamente un trino. Va a estallar el pecho del rey. Se anuncia el
aria con una doble y patética exclamación:
—¡Cielos! ¿Qué veo?
Los gorriones contienen su chiar; Viviana, su risa retozona, y Merlín,
de inquietud, está a punto de caerse del chopo. El rey prosigue:
—¿Voy a matarlos? ¡Tanto tiempo viviendo juntos en el bosque, sin
sucumbir a su deseo! Si en ellos anidase la perfidia, ¿hubieran
colocado esa espada entre los dos? ¡Oh, esposa mía, atormentada y fiel!
Porque tú sabes que esa espada desnuda, al separar los cuerpos, asegura
también las almas contra todo deseo impuro. Si ellos se hubiesen amado
frenéticamente, ¿hubieran desafiado la cólera divina, desnudando así
el acero? ¿Reposarían con tan casta inocencia? ¡No! ¡No seré yo quien
destruya esta paz angelical! ¡No seré yo quien los mate! Sería un
crimen sacrílego derramar esta sangre; sería pisotear villanamente una
sagrada tradición. Si ellos muriesen a mis manos, por todos los siglos
yo, ilustre representante de mi Edad, me vería escarnecido; por todos
los castillos los juglares publicarían mi vileza. Yo... Yo...
Se pasa la mano por la frente. Parece haber olvidado alguna cosa. Los
dos gorriones repiten el trino, como para alentarle. Viviana da con el
codo a Merlín.
—El pobre ha perdido la memoria. No recuerda su papel.
Por fin, Marco prosigue:
—Yo quiero, eso sí, hacerles presente que anduve cerca de ellos; que no
quise su muerte y admiré su castidad... ¡Y Dios tenga lástima de todos!
—¡Muy bien! —susurra Viviana, mientras respira satisfecho Merlín.
El sol cae de lleno sobre la frente de Isolda. El rey se arranca sus
guantes de armiño y cierra con ellos las rendijas por donde se filtra
el haz rubio. Después toma el anillo de su esposa —fácilmente, porque
el dedo está esquelético— y en su lugar coloca el rey aquel otro anillo
que un día le fue regalado por Isolda. Luego toma la espada de Merlín
y la cambia por su real acero. Contempla meditabundo a los amantes, y
suspira:
—¡Qué escena para un bello romance!
Y se va.
—¿Lo ves? —dice Viviana—. Se ha portado muy bien el pobre Marco.
—¡Si no acertamos a venir!
—Le creías tan fiero, y ya ves... Aparte del monólogo, un poco pedante,
el rey ha estado discreto. Vamos. Que ellos continúen su historia, como
nosotros vamos a continuar la nuestra.
—¿Y mi espada?
—No te hace falta. Si quieres armas yo te regalaré mi cofrecillo de
flechitas de oro con la punta mojada en mi filtro.
—Siempre tu filtro. ¡Tu humorismo!
—Pero mi filtro no mata. Azuza, estimula, hace vivir con más
intensidad. Estos desdichados me deben su amor que es toda su vida,
como el rey Marco me debe su preciosa cornamenta de oro. Es el ciervo
más decorativo de toda nuestra enorme Edad.
—Eres cruel, Viviana.
—Traviesa, nada más. Y, ahora, vámonos, viejo mío. Nos aguarda el
dragón de entrañas de hierro que ya tiene apagados los ojos. Antes de
que el sol nos queme, arderán juntas nuestras bocas.
—¡Mi espada!
—Entre nosotros dos solo podrá haber ya un ramo de mirtos.
Se van. Los dos gorriones bajan saltando hasta posarse en el pomo
cincelado de la espada. Lo picotean creyéndolo forjado de luminosos
granitos de trigo. Se detienen ante dos menudas esmeraldas, vivaces
ojillos de reptil que asustan a los pájaros. En su vuelo rozan la
frente de Isolda, que se despierta azorada.
—Tristán, amor mío.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Un pájaro vino a despertarme. Vamos a continuar nuestra leyenda. Somos
los enamorados más ilustres de la época, y es preciso inventar algo
interesante. Piensa en nuestros altos destinos.
Tristán, malhumorado, se incorpora; su brazo tropieza con la espada del
rey.
—¡Estamos perdidos, Isolda! ¡Nos ha sorprendido el rey! ¡Huyamos!
Contemplan atónitos la espada. Por fin, Isolda añade solemnemente:
—Recuerda, amor mío, que nuestra frenética pasión pertenece a la
posteridad. No pierdas nunca gallardía, ni en el gesto ni en la frase.
Desde todos los pupitres del mundo, millares de ojos nos contemplan.
VIII
EL CONSEJO
Al amanecer, la luna de cobre que cuelga en medio del patio de
Caradigán, deja escapar tres gemidos. Un paje la golpea, llamando a
consejo. Todo el palacio de Arturo se agita confusamente, sin saber a
punto fijo lo que ocurre. Lo que ocurre es que ha perdido la cabeza.
Ha perdido a Merlín.
Escuderos, marmitones, pajes, dueñas, hombres de armas, paladines,
reyes, todos van de un lado a otro en angustiosa convulsión. En la
angustiosa convulsión de un cuerpo decapitado que sigue rebullendo unos
instantes.
Poco después, en la sala del consejo, Ginebra y Arturo declaran abierta
la sesión. Todos se miran consternados. El sillón de la derecha del
rey está vacío. Está vacío, pues, todo el consejo. La Tabla Redonda se
mira los brazos, ya inútiles, sin cerebro que enfile los golpes; se
mira los pies, ya sin sentido, porque han perdido la brújula.
Lanzarote del Lago está a punto de llorar. Ginebra llora,
efectivamente. Comienza el consejo con una insensatez que será famosa.
¿No fue entonces cuando Arturo inició su discurso con las famosas
palabras:
—Nosotros, los caballeros de la Edad Media...?
Arturo se detiene, compungido. Los caballeros cuchichean. Lanzarote
mira al techo, en espera de uno de esos celestes ababoles que, en
los días de gran espectáculo, suelen bajar a arder sobre las frentes
ilusionadas. El consejo es apenas un sordo rumor en tomo a un sillón
vacío.
Solo el paje Bernardino, enamorado en secreto de Carmen, piensa en el
hada traviesa; la busca por todas partes, entre las dueñas, entre los
mesnaderos, entre los marmitones. Baja a las cocinas, a los sótanos,
sube de nuevo a la gran sala abovedada, tímidamente pregunta a un
camarada:
—¿Viste a Carmen?
—Dos días ha que no la veo. Anoche nada nos recitó.
—Sufría un fuerte dolor al costado; yo le traje hierbas para hacerle un
cocimiento... Tenía calentura.
El camarada contempla en silencio a Bernardino. Después, sonríe y le
susurra al oído:
—También tú tienes calentura. Cuando de Carmen hablas, tus ojos
fosforecen como tizones del infierno.
Bernardino inclina la cabeza, consternado. Ya conocen su secreto. Y el
amor en el castillo de Arturo ha de ser invisible, recatado hasta la
mudez y la tortura.
—Cállate.
—Callo. Pero quiero decirte que evites la mirada de Carmen. Hay en ella
tal alegría que no parece de este mundo. Hay en ella tal malicia que
ese otro mundo no puede ser el de los ángeles.
—Mientes.
—Te perdono, porque siempre suelen ir juntos demencia y amor, y tú
estás enamorado de Carmen. Pero ella se cuida poco de ti.
—La encontraré, aunque se esconda en el mismo Tabernáculo.
—No blasfemes y busca mejor.
Bernardino sigue buscando. Cuando todas las entrañas del castillo le
han ya defraudado, piensa en acometer la atrevida empresa de hurgar
en el cerebro. ¿Qué importa, si ya Merlín no ha de asustarle con sus
barbas arriscadas y su varita mágica que puede convertir a un paje en
un ratón? Bernardino entreabre la puerta de la cámara prohibida. Nadie.
Recorre el interior. Nada. Contempla el atril. Hay un grimorio abierto;
un pergamino prendido al grimorio; en el pergamino, unas letras de
fuego... Bernardino lee:
“Os robo a Merlín, porque sois indignos de tenerlo por cabeza,
infelices esclavos del corazón: Tú, pobre Arturo, cuya frente no acaba
de retoñar; vosotros, Ginebra y Lanzarote, cuyo amor es tan inmaculado
como necio. Os robo a Merlín, cuya sabiduría es inútil entre gentes
cobardes que voluntariamente se mutilan. Cuando lleguéis a completaros
y la frente predestinada definitivamente retoñe, mientras el verdadero
amor retoña, quizá os restituya el pensamiento. Entretanto, infelices,
seguid en vuestro mezquino y puro arrobo. Caballeros de la Tabla
Redonda: no salgáis en mi busca. No soy una tímida gacela ni un medroso
ciervo. Soy la serpiente cuyo filtro enardece o petrifica. No soy
Carmen, soy Viviana”.
Bernardino está a punto de un desmayo. Desprende el pergamino y baja
a ponerlo en manos de su señor, el caballero Franconio, quien lo lee
atropelladamente, mientras su rostro se esconde bajo un vaho de púrpura.
—Señor, Carmen nos ha engañado.
—Callad, paje. Destruyamos este horrible pergamino. Yo diré en voz alta
la verdad acerca de la Pérfida. Llevadlo, hacedlo trizas y arrojadlo al
foso.
Bernardino corre a destruir aquella burla y Franconio grita:
—Señor. Acabo de saber la verdad. Merlín huyó con Viviana.
—¿Cómo pudo llegar aquí la hechicera? —claman desde todos los ángulos
del recinto.
—Porque Viviana llegó aquí bajo el disfraz de una cuitada juglaresa,
de Carmen. En su boca florecía siempre un verso, pero en su pecho se
fraguó siempre nuestra ruina.
—¿Cómo lo sabéis, Franconio?
—Mi paje los vio cruzar el puente levadizo.
—¿Cómo los centinelas pudieron darles paso? ¿Cómo estos villanos de
nada dieron cuenta?
—Señor... Olvidáis que Viviana es hechicera, y seguramente la guardia,
bajo el filtro satánico se convirtió en un piquete de sonámbulos.
Todo el consejo enmudece. La verdad les abruma. Rebullen un poco entre
la niebla de su propia indecisión, hasta que Didonel, el rubicundo
Didonel, de áureas guedejas y corazón intrépido, dice en alta voz:
—¡Busquemos a Merlín!
Corean los paladines:
—¡Busquemos a Merlín!
Júbilo, algazara. Arturo humilla su cabeza, en la actitud de pensar;
aunque no piensa porque le falta el cerebro.
De pronto, una pregunta helada:
—¿Dónde?
Porque si a Merlín se lo llevó Viviana, la concubina de Marco, ¿no
estarán ya los dos en Tintagil? Y, si así aconteció, ¿no habrá que
declarar al rey la guerra? Lanzarote insinúa:
—¿Se habrán refugiado en Tintagil?
—¡Guerra a Tintagil! —claman algunas voces.
—¡Guerra al impúdico Marco! —claman todos los caballeros amantes.
La Tabla Redonda hierve de impaciencia. Crujen los hierros, rechinan
los dientes, golpean el pavimento los recios espadones.
—¡Guerra a Marco, el obsceno!
—¡A Tintagil!
Pero Ginebra —mujer al fin— alza su voz.
—Viviana no roba a Merlín para llevarlo al castillo del príncipe. Se lo
lleva para esconderse juntos en algún palacio encantado.
—¡Al bosque! —dice Didonel—. ¡Estarán en el corazón del bosque!
—¿Y cómo topar con la argolla?
—¿Qué argolla?
—La de la piedra de entrada al subterráneo.
—Andaremos a gatas por todo el bosque.
—¿Y si encontramos muchas? El bosque está lleno de espíritus diabólicos.
—Iremos probando una por una.
—¿Y el conjuro?
Todos callan aterrados. Falta la fórmula. _El sésamo_. Y el archivo de
las fórmulas es Merlín. Falta Merlín. Han dado la vuelta al círculo de
su ignorancia. Arturo sigue en la actitud de pensar.
—¡Caballeros de la Tabla Redonda! —vuelve a gritar el rubicundo
Didonel—. Vayamos por parejas al bosque. Busquemos, investiguemos.
—¿Al azar?
—Al azar. Y el cielo nos proteja.
Se levanta la sesión, y se disponen a salir. ¿Y la fuente de las hadas?
¿Cómo no pensaron en ella? Solo Tintagil es su obsesión.
Ginebra aconseja proceder con astucia. Teme las armas de Viviana; teme
su risa, su acerba ironía. Viviana guarda en su carcaj un manojo de
secretos que, al dispararlos sobre la hostil mesnada, enrojecerían los
rostros de los más gélidos paladines. No olvidar nunca que la Tabla
Redonda inauguró sus hazañas persiguiendo unos cuernos de oro.
Entretanto, Bernardino llega hasta una ventana abierta sobre el foso.
Saca del pecho el pergamino y se dispone a destruirlo y arrojarlo; pero
antes lo lleva amorosamente a su pecho, lo acaricia, busca el nombre
idolatrado, lo besa, aun a riesgo de quemarse la boca... Comienza a
romperlo; pero recorta cuidadosamente el trozo donde está escrito
“Viviana”. El resto lo va arrojando al foso. Un centinela grita:
—¿Qué arrojas ahí?
—Un secreto de Estado. Es orden de mi señor Franconio.
Pero los trozos no llegan al suelo. Los arrastra el viento unos
instantes; el mismo viento los agrupa y recompone. Bernardino advierte
aterrorizado que alguien le arranca del corazón el trozo oculto; es
el mismo viento quien lo conduce a los otros, quien lo incrusta en su
exacto hueco. Y, ya reconstruido, el pergamino caracolea un momento en
el aire, toma bien la dirección y se lanza a hundirse de nuevo en el
torreón del sabio, se introduce, diabólico, silbando irónicamente, en
el cráneo del castillo.
IX
EL HECHIZO
Viviana, en tanto, se sienta en las rodillas de Merlín; forja con los
dedos un peinecillo de nácares, que recorre amorosamente la barba del
mago. Descansan bajo un roble, junto a la fuente de las hadas.
Un poco de tul subraya los firmes relieves de Viviana, su tez morena
amasada con sol y espuma verde de los bosques.
Así nos la presentará Tennyson, que siempre la llamará “falaz” y
“taimada”. Que nunca se olvida del teológico vocablo: _sierpe_.
Cierto. Viviana es la viborilla de los capiteles románicos, que crece
y se hace ducha en artes de fascinar, a lo largo de los claustros
ojivales. Es la terrible sierpe de toda serenidad paradisíaca, de Adán
o de Arturo.
Es la mensajera de la torturada inteligencia, es decir, del demonio.
Viviana es el mismo demonio.
Ahora se acurruca bajo la hopalanda de Merlín. El pecho del mago
retiembla al sentir enroscársele la dulce viborilla. Merlín es hoy un
nido, un regazo; él, que fue siempre atalaya, telescopio. Los rizos
castaños de Viviana dibujan en la onda blanca que fluye de las mejillas
de Merlín, menudos guiños irónicos. Pícaros mordentes en una página de
canto gregoriano.
La seducción está cumplida. Merlín ha inclinado la cabeza; sus labios
se posan en los ojos color tabaco de Viviana. Dentro del hechicero van
saltando todas las espirales que le mantenían rígido, inflexible, ante
la frágil belleza. Adoraba el concepto puro; pero Viviana hizo trizas
el concepto, y se instala en su lugar, delicioso campeón de lo concreto.
Merlín adora ya a Viviana. El hada se desprende de los brazos trémulos
del sabio, y comienza a triscar sobre la hierba. Canta alegremente.
Corona de margaritas a Merlín. Repite una canción de Lanzarote, donde
se habla “de la cruel incertidumbre del amor”. Habla a su amante de las
bromas de la gloria, de la dulzura de morir amando.
Nada hay ya firme dentro de Merlín. Comienza a dudar. De sí mismo, de
su sabiduría, de todo lo que no sea su vehemente deseo de hoy. Ya mira
recelosamente a la posteridad que no sabrá juzgarle. Dentro de Merlín
se van desmoronando las ideas anquilosadas que en él fue amontonando el
facistol.
Viviana le arrastró a un alero. Le ha subido a un alambre, donde Merlín
comienza a vacilar nerviosamente. El grave sitial de la corte de Arturo
se trocó en un trapecio. La sala capitular en una pista.
Merlín, Merlín... Estás a punto de odiar a Plotino —tu hosco y sucio
camarada—; estás a punto de proclamar lo frágil como único puntal de
todas las vivas arquitecturas. Estás a punto de declarar tu cuerpo
—ese cuerpo que te enseñó a odiar Plotino—, rey y señor de todo el orbe.
Tu cuerpo en plena armonía, no como el castillo de Arturo, donde cada
porción está en pugna con el resto; tu cuerpo en ritmo perfecto de
ademanes e impulsos, con la cúpula del cráneo, bajo el cual zigzaguea
el pensamiento —eterna, inquieta viborilla de la duda; Viviana sagaz,
a un tiempo delicia y tortura—; con el pecho abombado por un tropel de
emociones que se ensancha a cada estímulo que viene a dar en él con el
cuento de la lanza; con tus pies y tus manos, que realizan o vacilan,
que se adelantan o retroceden, que se deciden, al fin, por obedecer al
_ukase_ de la graciosa viborilla.
Tu cuerpo en armonía, no como el humano retablo medieval, donde la
mitad inferior es desdeñada o hundida en tinas de hirviente pez; donde
los Lanzarotes y Ginebras se enfrascan en un amor que sabe a culto;
donde la mujer sabe a concepto puro; es decir, a nada.