se ha tamizado, se ha hecho trigo rubio y sutil. Los florones de sol
se han extinguido, son como joyas mates, gigantescas, donde se besan
los remates de las palmas; la luz está gozando de una voluptuosa
transfiguración, porque de pronto se rasgan los muros, comienzan a
penetrar en el recinto paisajes enteros luminosos; todas las leyendas
de Viviana se van escribiendo en imágenes centelleantes, verdes y
rojas, violetas y malvas, amarillas y azules...
El lecho de Merlín se alarga, se cubre de un tapiz de alabastro como el
de un devoto fundador, como el del sabio fundador de un arte peregrino.
Viviana se tiende junto a él, con un dedo en los labios, inclinada
hacia el corazón inmóvil.
Y los mismos pliegues del brial de Viviana se van quedando rígidos,
inmóviles. Un tenue soplo frío le va acariciando las manos, las
mejillas, la frente. Su piel va apretando los poros... Cae en un
profundo sopor. El milagro ojival le ha devuelto su conjuro en oleadas
fascinadoras. Su misma creación la ha deslumbrado. Lentamente se le
van endureciendo los pies; le trepa el hielo por los flancos, por el
vientre, le llega al corazón... Viviana ha quedado dormida.
Como la piedra es ya, aquí, todo espíritu, los dos amantes se han
incorporado a la maravillosa fábrica donde se acaba de resolver el
gran problema: armonizar la fuerza con la gracia y la sabiduría. Que
los nervios sean a un mismo tiempo canal de energías y abanico de
filigranas, robusto esqueleto y primoroso relieve.
Como la piedra es ya, aquí, todo vehemencia, vida en plenitud, los dos
amantes se funden en su propia maravilla. La piedra sacude sus grillos,
es tan libre, es tan audaz como la fantasía. Coquetea como una mujer,
se disfraza con arreos de fragilidad, de sutileza. Piensa en esconder
toda su robustez como un pecado, en solo ofrecer a los ojos gracia
luminosa, vibración inerme, carne en vivo, perfil desnudo.
Los gnomos se apretujan en el corazón de los fustes. En los ventanales,
un tropel de obreros sigue ejecutando diestramente los proyectos de la
reina Mab. Titania se arranca un sueño de la frente, y con él forja un
retablo. Fino encaje, patéticas escenas dibujadas. Lo forja tan alto
que araña la bóveda, pero un nuevo empuje alza la construcción hasta
las nubes. La techumbre desaparece, solo quedan allá arriba besos de
palmas que se cruzan, antiguas savias vegetales convertidas en fe,
hechas claro, flexible, palpitante misticismo.
Viviana y Merlín duermen. ¿Pasan meses? ¿Años?
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Ya no hay pájaros ni céfiros, pero una mañana rompe el silencio un
turbión de arpegios, que brota de un bosquecillo de tubos de metal, de
un haz de gargantas infantiles... La primera en despertarse es Viviana.
Cuando abre los ojos, al verse tallada en alabastro, sonríe; porque
no tardará en convertirse en músculos rojos, flexibles, juguetones,
ondulantes. Aún contempla unos momentos a Merlín, tendido en su lecho
de santo fundador... Deshace el conjuro. Merlín se pasa la mano por los
ojos.
—¡Merlín!
—¡Viviana!
—Es preciso abandonar esta glorieta que nuestro conjuro ha convertido
en nave. ¡Ya ves qué maravillas ha podido crear un beso nuestro!
Merlín se incorpora, mira alrededor, aguza los oídos.
—¿Qué es esto?
—Piedra que quiere vivir. Se ha vengado de nosotros, Merlín.
—¡Pero esto es imposible!
—Puesto que es, es posible.
—No sutilices, Viviana. Esta enorme fábrica está enferma, es un
producto de la fiebre, padece delirio de grandezas.
—Es vehemencia pura. Lo más hermoso de la tierra.
—Pero la vehemencia no puede resistir mucho tiempo. Es un estado de
tránsito.
—Tránsito —dicen— que es toda la vida, Merlín. Puesto que el milagro se
obró, solo nos resta admirarlo. Al fin, es obra nuestra.
—¿Y esa música?
—Son unos niños que vinieron a relevar a los pájaros.
—Aguarda. Quiero oírlos.
—Nos queda mucho por hacer en el mundo. Vámonos.
Merlín la sigue, en silencio. Otra vez en el campo, le dice Viviana:
—Merlín, ¿te acuerdas del caballero que velaba las armas en la venta?
Vete a la cueva de Montesinos, y allí prepárale una sabrosa aventura.
—No conozco esa cueva.
—La hallarás en España.
—¿En la tierra de Rodrigo, ese célebre aventurero?
—Rodrigo pelea por Cristo y pelea por Mahoma; pero la fama solo repara
en el ímpetu de su brazo. No ve intenciones, sino hazañas.
—No me gusta Rodrigo. Hay en él una sequedad y una violencia
insoportables. No me gusta lo que se cuenta de España. Allí todo es
reseco o enfático. Un día leí la aventura de Florinda con el rey
Rodrigo... ¡Es insoportable! Sin delicadeza, sin ternura alguna. Todo
crespo, enjuto, hostil... Lleno de báculos, de anatemas. Sensualidad
desnuda, brutal, que implacablemente se espía: eso es hoy toda España.
—¿Crees que todo iba a suceder como en Caradigán, donde la única misión
del obispo es bendecir los platos? En cambio, en la corte de Rodrigo,
un monje cualquiera obliga al rey a meterse en una tinaja llena de
serpientes... De unas serpientes que comienzan por comerse al rey,
¿sabes por dónde?
—No te burles, Viviana. Y déjame aquí, entre nuestros juglares. Nuestra
vida es muy dulce. Tenemos piedad del mismo Judas. Una vez, san
Brandán fue a visitar al infeliz.
—Lo sé. Está en el Polo, subido a una roca. Allí padece su infierno.
—Al Polo va san Brandán, una vez a la semana, a consolar al exapóstol.
Le lleva refrescos... ¡Qué ternura!
—Merlín, Merlín, ¿a quién pudo ocurrírsele instalar en el Polo una
sucursal del infierno?
—Es verdad. ¡Qué humorismo! Veo en ello tu mano.
—Ternura y humorismo son mis dos alas, viejo mío. Quisiera volar con
ellas sobre España.
—Va a serte difícil. La dulzura celta está muy lejos de la adustez
castellana. No hay una sola sonrisa en toda la vida de ningún Rodrigo.
Sensualidad brutal y penitencia brutal... Florinda, después del
deleite, envía a su padre, como signo de la desfloración, un huevo
corrompido.
—Yo, con tu ayuda, quisiera suavizar la hosquedad de esas vidas.
Prepararé inofensivas burlas... Voy a pedir albergue en el castillo de
unos duques.
—No te recibirán.
—Me cambiaré el nombre, como siempre. Es mi destino: ir siempre
embozada por el mundo. Ya sabes por qué. Allí me haré llamar
Altisidora. En cuanto el caballero termine su aventura con los duques,
iré a buscarte a la cueva.
—Vamos, pues, Viviana.
—Vamos, Merlín.
Se besan apasionadamente; el dragón de ojos de llama abre su lomo, y
los amantes, incrustados en él, se lanzan alegremente al espacio en
dirección a España. Mientras un rollizo clérigo, en la capilla gótica,
comprueba azorado la fuga de dos estatuas.
EXHORTACIÓN
_El juglar se adelanta hasta las baterías; con un gesto, detiene a
los impacientes que iban a salir, y dice:_
Damas y caballeros, la leyenda ha terminado. Aplaudid si me di maña
para abrirles el vientre a estos dos muñecos; silbad, si realicé con
poca destreza tan arriesgada autopsia.
Y ahora, oíd:
Que en todos nuestros actos nunca olvidemos lo que hay de más humilde
—lo que es zócalo y basamento— en nuestra vida: La raíz vegetal, el
turbio instinto. Que lleguemos a dominar el pensamiento después de
atravesar y conocer nuestras zonas más oscuras.
Solo así podremos conocer y amar el humorismo, producto vital, no fruto
de biblioteca; savia humana que de lo más bajo del hombre puede subir a
las estrellas.
No lo comparéis con sus muchas imitaciones: el humorismo es
incomparable. Porque es un producto claro y limpio del alambique
espiritual, con sabor a toda la fábrica humana: sexo, corazón y mente.
Por eso el humorista es el poeta verdadero, quien solo puede manejar
totalmente esa magnífica lira que vibra entre la tierra y el sol: el
hombre.
Del símbolo más ceñudo es capaz de construir un risueño balón para
que lo zarandee un niño. De lo más infantil es capaz de hacer lo más
profundo.
El terreno donde opera es ilimitado; pero nunca se desvía por
laberintos de perversa razón. Si Viviana busca a Merlín, es porque
Merlín es un niño que juega con sus grimorios y catalejos, como el niño
juega con sus menudos orbes de papel.
Gracia, verdad, bondad y poesía: he aquí los cuatro puntos cardinales
del humor. Nunca en la sabia mezcla de estos componentes podrá entrar
la amargura. El humor es un producto sano. Su única efervescencia es la
risa. La del niño, o del hombre que sabe convertirse en niño.
A quien el alegre espectáculo del mundo o la felicidad de alguno de sus
hombres contriste, el humorismo nunca podrá servir de estimulante, sino
de tóxico. Envenena a quien no puede bien asimilarlo.
No lo tomen los enfermos del espíritu. Téngalo siempre a mano —ya hay
magníficos almacenes en el gran arte de estos tiempos— el sano del
espíritu, el limpio de corazón.
Y aquí termino.
Que en todos nuestros actos, aun en los más menudos, vayamos siempre
del brazo con la pareja más encantadora de toda la Edad Media y de
todas las edades.
Con la gracia y la sabiduría.
Con Viviana y Merlín.
GRATIAE ET SAPIENTIAE LAUS
ÍNDICE
Págs.
AÑOS DE APRENDIZAJE Y ALEGRÍA (Nota autobiográfica) 9
I. — El castillo 37
II. — Estratagema 49
III. — El retablo 61
IV. — La seducción 75
V. — El látigo de Venus 91
VI. — El rapto 107
VII. — Isolda y Tristán 117
VIII. — El consejo 133
IX. — El hechizo 147
X. — Altisidora 157
XI. — El baladro 169
XII. — Apoteosis 185
Exhortación 199
ACABOSE DE IMPRIMIR LA PRIMERA
EDICIÓN DE ESTE LIBRO EN LOS
TALLERES TIPOGRÁFICOS DE GALO
SÁEZ, MESÓN DE PAÑOS, 8,
MADRID, EL DÍA 10
DE JULIO DE
1930