querer atrapar en las ondas su propia imagen. “De la misma manera,
aquel que quiere asir la belleza de los cuerpos, que es incapaz de
desprenderse de ella, se hundirá...”.
—¡Merlín, Merlín! —susurra el hada.
Merlín se vuelve, colérico, y al ver en el umbral a Viviana, dice
bruscamente:
—¡Vete! ¡Me has hecho perder una frase de Plotino!
Viviana rompe a reír, cierra tras sí la puerta y va hacia el hechicero:
—Vengo a hacerte compañía. Me encantan los librotes. Apenas los leo,
porque suelen estar escritos por gentes vanidosas e insufribles; pero
siempre hallo en ellos lo que falta ahí abajo. Arturo, el pobre, es
tonto. Y toda la Mesa Redonda.
—Viviana, te prohíbo sembrar la discordia en el palacio. Hablaré de ti
a la reina y te arrojará a los perros.
—¡Bah! La sorprendí embelesada bajo los ojos del purísimo Lanzarote. Y
blandiré mi secreto, como una daga.
—Eres perversa.
—Cauta, nada más. Guardo ya muchos de esos secretos. Una fortuna en
“papeletas” de intimidades, como decís vosotros; las precisas para
sostenerme aquí hasta el día en que huyamos juntos.
—¿Estás loca?
—Merlín, Merlín: ¿qué haces aquí con la nariz hundida en el texto
de Plotino? ¿Por qué no sales a cazar con el rey? ¿Por qué no bajas
al patio, donde los pajes y las doncellas de Ginebra te enseñarán
—¡oh, huraño maestro!— lecciones de coquetería que no sabes? Archivo
ambulante: si no estudias para vivir más intensamente, ¿por qué
estudias? Te va a derrengar el pasado. Te arrastra el porvenir.
Eres, a un tiempo, guardián y profeta, historia y futuro, y no sabes
erguirte en el umbral de cada día para exprimir el zumo del minuto que
pasa. Estás abarquillado, reseco, porque en ti no hace mella lo que
sucede mientras no te lo ofrezcan ya momificado. Vives de fiambres, de
despojos... ¡Eres necio, Merlín! Mi amigo tiene razón: “Eres una pobre
bestezuela condenada a rumiar eternamente el mismo pasto”. ¡Eres necio,
Merlín!
Merlín se encoleriza, y Viviana ríe jovialmente. Merlín quiere arrojar
por la angosta escalerilla a la traviesa Viviana; la amenaza con
denunciarla al rey; pero el hada comienza a danzar ante el mago,
inventa diabluras nuevas. Ahora cuenta anécdotas del castillo; imita el
escorzo angelical del purísimo Lanzarote cuando contempla a Ginebra, el
melifluo ademán de Ginebra cuando recoge las palabras impolutas del sin
par caballero Lanzarote.
Viviana multiplica sus travesuras, acentúa su picante gesto de
golfillo... Merlín acaba por sonreír. ¿Qué hacer con tal diablejo?
Merlín va desarrugando su hurañía. La retozona gatita va a vencerle. Se
le acerca, se le ciñe, le quema. Él reacciona.
—¡Vete!
—Merlín, Merlín... Quiero ser entre tus manos uno de esos librotes que
acaricias con tanto mimo; uno de esos librotes que abres tembloroso,
como se desnuda a una virgen.
—¡Vete!
—Merlín, Merlín... Quiero ceñir tus sienes con mis dedos rojos de
fiebre, tejer para tu cabeza una eléctrica guirnalda que haga hervir
tus pensamientos.
—¡Vete!
—Merlín, Merlín... Quiero ser una florecilla de granado que sangre en
tu boca, que queme tus labios como la brasa del profeta.
—¡Vete!
—Merlín, Merlín... Quiero ser una mosquita de oro que se prenda
dócilmente en el lino enfurruñado de tu barba.
—¡Vete!
—Merlín, Merlín... Deja que mi voz se filtre por tus oídos, que te
arañe en la médula, que prenda en tus miembros esa inquietud que van
perdiendo en el sitial.
—¡Vete!
—Merlín, Merlín... No me dejes. No quiero vivir ahí abajo, oyendo
contar cómo se caza el jabalí, cómo se adiestra el halcón. Abajo hay
guerreros de ancho pecho y brazo robusto, que han aprendido la cómoda
ciencia de amar sin aventura. Su cerebro eres tú, y yo te quiero a
ti, vivir fundida en ti, sabio mío. Soy la tenaz aventurera de los
siglos, que cada día sale a caza del espíritu más alto de la tierra.
Soy en estos días la única aventurera, a quien a todas horas amenaza el
cuchillo y la pira.
—¡Bah! Tintagil te aguarda. Eres la concubina de un rey. Allí te
aguarda nuestro peor enemigo, Marco, el astuto, el mendaz.
—Nadie me aguarda en Tintagil. Allí estuve, porque también he querido
conocer el reino de la astucia y de la mentira; pero yo nunca podría
enlazarme al rey Marco sino en una noche de cólera, cuando el mundo
me cerrase todos los caminos de la clara verdad, de esa clara verdad
que tú creas desde el atril mirando a las estrellas y a los hombres.
Nadie me aguarda en el reino de la angostura de espíritu, de la burla
maligna, de la negación, en suma. Quiero afirmar contigo el verdadero
imperio de la luz. Enlazada a ti, quiero crear un mundo nuevo.
Merlín vacila, se pasa la mano por la frente, quiere preguntar a
los astros, consultar a Plotino, buscar en Heráclito la definitiva
respuesta... Balbuce.
—No te comprendo, Viviana.
—Me comprenderás en cuanto recobres tu plena libertad, en cuanto el
palacio se abra para nosotros y nos dispare hacia el ardiente corazón
del mundo. Quiero estar sola contigo. Quiero llevarte conmigo. ¡Te
quiero, Merlín!
¿Dejarse raptar como si Viviana fuese el héroe, y él, Merlín, un viejo
mago, la tierna doncella? Merlín sonríe ante estos nuevos modos de
entender la galantería. ¡Toda la historia caballeresca derribada por
un capricho de Viviana! ¿Adónde querrá llevarle esta diosa infernal,
después de convertirlo en una voluble Proserpina? ¿A qué guerra
de Troya querrá empujarle, después de hacer de Merlín una Helena
casquivana? Hubo unas mujeres fuertes en Siria, en Germania, en la
misma Roma, que hacían de su virginidad un broquel y de su palabra
viril un dardo. Se apartaban del amor y se consagraban al combate.
Unas fueron jueces, otras generales, otras diosas de rojos cabellos y
de pechos metálicos, donde rebotaban las miradas viriles sin lograr
hacerlos nunca estremecer. Habían estrangulado su sexo, o habían hecho
de él un hendido pedernal inaccesible y soberbio sobre las praderas
floridas del amor que desdeñaban. De su pecho nunca fluía la leche, ni
de su boca el néctar que reaviva el corazón de los hombres. Llegaban
a amputarse un pecho, si el pecho era un obstáculo a sus maniobras
guerreras. Disparar un dardo fue para ellas más noble que amamantar
a un niño. Derribar un ciervo fue para ellas más gozoso que besar en
plena boca a un doncel... Estas vigorosas doncellas, en cuyo cuerpo
ceñudo se iban lentamente allanando los voluptuosos alcores, estirando
las líneas ondulantes, apagando la lumbre de los ojos, endureciendo los
labios, petrificando el vientre y los flancos hasta quedar inhábiles
para ese temblor glorioso que solo puede sentirse bajo el peso del
varón; estas mutiladas doncellas pudieron algún día lanzarse a los
bosques y el mar, hacerse cazadores y piratas, arrebatar hombres y
joyas, pieles y oro... Pero Viviana, la frágil y tierna Viviana,
sierpe de rosa y de ámbar que se enrolla al tronco del atril, como
aquella por quien el hombre cambió de rumbo se enrollaba al tronco
bíblico cuyas ramas eran otros tantos folios colmados de ciencia
divina, ¿cómo podrá lanzarse a los bosques o al mar llevándose a la
grupa, o en el buque fantástico, el cerebro del castillo de Arturo?
Ahora Viviana se retuerce a los pies del hechicero, adiestrando sus
finos dedos en acariciar las rodillas de Merlín, sus manos, que nunca
podrían manejar los remos ni las riendas, manos de serafín caído,
hechas solo para pasar lentamente las hojas de un gran libro coral, de
un grimorio hermético, donde los nerviosos dedos femeninos forjarían
el mejor arabesco, donde la cabecita diabólica compondría la mejor
viñeta... Sería un escudero incomparable en estas lentas batallas de
la sabiduría. Un escudero silencioso, capaz de bruñirle el arma de una
intuición, de aligerarle todo el peso del abrumador instrumental por
quien la ciencia se adquiere, grado a grado, estrella a estrella. En el
frío lecho de este monarca de la sabiduría, quiere filtrarse otra vez
la juventud de una mujer...
Cuando Merlín llega a este punto, palidece, crispa las manos, tiembla
su barba florida. ¡Viviana junto a él, pegada su carne diabólica a la
serena carne del sabio! Ruge:
—¡Vete!
Pero Viviana sonríe. Uno a uno, fue leyendo todos los trances del
pensamiento de Merlín. Conoce en qué punto surgió la forma de una
manecita rosa arrastrando el folio, cuándo el pecho desnudo calentando
el frío sueño del monarca. Quiere avanzar. Acaso se precipita. Porque
Merlín, al sentirse enlazado, al percibir en su mejilla el roce de los
labios incandescentes, realiza un último y desesperado esfuerzo, se
desembaraza del pérfido escudero, brinca del lecho, aparta bruscamente
todas las imágenes asesinas, empuja, violento, a Viviana, que cae
derrumbada al pie del atril, sin fuerza para reanudar su ruego,
empañadas sus pupilas, sin resortes sus brazos, helada su boca, vencida.
—¡Vete!
Se levanta, sin mirar a Merlín. Silenciosamente, abandona el torreón.
V
EL LÁTIGO DE VENUS
Viviana desciende al corazón del castillo. En cada rellano, su frente,
ensombrecida por la repulsa del sabio, va deshaciendo un frunce.
Cuando acaba de bajar la escalera, y un paje se le acerca tímidamente
pidiéndole sonrisas, Viviana ya ha recuperado toda la jocunda
luminosidad de su rostro. Merlín ha despertado en ella una violenta
ambición de nuevas seducciones. Ensayará otra sonrisa, la empapará
de ingenua picardía, la hará seguir de un guiño truhan, inventará un
gesto púdico, una mirada abatida, que al caer sobre su cuerpo como
para huir del ave de rapiña que es toda mirada de varón, para buscar
un refugio honesto entre el brial, desgarrará el brial, subrayará cada
ondulación de su carne, conducirá los ojos del hombre al mismo nido de
donde las vírgenes querrían apartarlo. Y los ojos de Viviana, cerrados
sobre su cuerpo estremecido, serán los cómplices ladinos de estos otros
ojos desmesuradamente abiertos del doncel que la contempla, del paje
Bernardino.
—¡Carmen!
—¿Qué quieres?
—Fuiste a profanar el recinto del sabio.
—A profanarlo, no; a mezclar en él un poco de júbilo.
—Merlín no quiere tu alegría.
—¿Por qué?
—Porque la alegría de una mujer precede siempre a la tristeza del amor,
y Merlín no gusta del amor. Piensa y vigila mientras los amantes sueñan.
—Mi amor es alegre.
—Dámelo.
—Eres un niño. Te arrollaría, como arrolla el turbión a una caña. Solo
quiero a Merlín, porque Merlín es una roca y me haría estallar en
espuma de siete colores. Mi amor, en su firmeza, se multiplicaría como
las palmas en el techo de un templo y las joyas de sol en un vitral. En
tu fragilidad, mi amor se convertiría en un pajarillo asustado. Eres
pequeño para resistir un torrente. Conténtate con mis versos, lluvia
menuda que empapa y estremece, pero no mata.
—Dilos para mí solo.
—Mis versos, como el pan y los peces de Jesús, son para todos. Solo mi
amor es para Merlín.
Avanzan por una galería. En un recodo oscuro, el paje, bruscamente,
intenta abrazar a Viviana. Se oye una carcajada. Bernardino, entre sus
brazos, solo encuentra un poco de aire violento, que le derriba, que le
azota el rostro. Mientras, escucha la voz burlona de Carmen:
—¡Pobrecita caña!
—¡Bruja! ¡Vagabunda! De alguna banda de bufones habrás huido para no
caer en manos del verdugo que iría a llevarte a la hoguera.
Llora de rabia, en el suelo; recuerda a aquellas volatineras que,
entre mendigos, acróbatas y tañedores de arpa y de lira, recorren los
caminos divirtiendo a los señores cuando vuelven de caza. ¡Un salto
mortal le hizo brincar de sus brazos! Bien hicieron los concilios en
escribir inexorables preceptos contra estas desdichadas. Concurrían
al campamento de los reyes, asistían a las coronaciones, sembraban el
impudor en torneos, ferias y mercados. Carmen será alguna de aquellas
vagabundas que seguían a los cruzados por los caminos benditos de
Judea; alguna de aquellas hábiles soldaderas que atisban el bolsillo y
el deseo de los rijosos caballeros andantes. ¿Es doncella? ¿Es viuda?
¿Es alguna esposa repudiada por una de esas torpezas de que hablan los
_fabliaux_?
Se incorpora. Flota en el aire un perfume. ¿El perfume de un verso?
Bernardino echa a andar. Desciende a los sótanos del castillo. De
pronto, la voz de Carmen le atrae como el cebo atrae al pez. Rodeada
de otros pajes, entre marmitones, dueñas y mesnaderos, Carmen sigue
recitando:
_Tu cuello, amor, se me escapa, como un tallo sensitivo. Tus flancos
se me deslizan como los de un potro sin domar. Tus senos huyen de mis
manos como esquivas tórtolas._
_¿Por qué?_
_En cambio, si tú abrieses mi carne, si tú rasgases mi piel, verías en
cualquier punto nuestros nombres enlazados. Y el hervor de mi sangre,
encendida por tus ojos._
_¡Rásgame, amor!_
En las entrañas del castillo, todos los instintos se han puesto de pie.
Carmen los va despertando uno a uno con su látigo florido. Alarga el
auditorio las cabezas, estrechando el cerco. Cuando la domadora los
tiene a todos en un haz, comienza a jugar con ellos en la pista. Hace
pasar los más audaces por aros de plata, por falsos panderos de papel
de seda. Los hace pasar al reino de lo maravilloso, al país de las
leyendas, donde el amor es presa difícil, como una ciudadela defendida
siempre por los inexorables concilios. Los versos fueron el violento,
el asesino golpe de tralla. Ahora viene, como una fina lluvia —que
empapa y estremece, pero no mata—, la leyenda.
El paje escucha, embelesado, el romance de _El látigo de Venus_. Un
día, el abad Restituto quiso rectificar la Naturaleza. Había en el
huerto una cascada dividida en dos porciones muy semejantes a dos
piernas transparentes de mujer. Henchíanse al comienzo, se apretaban
forjando dos rodillas perfectas, volvían a henchirse hasta perderse
en la corriente. Aquellas dos caderas diáfanas perturbaban el sueño
del abad Restituto y, un día, quiso por sus propias manos desviar
unas piedras para juntar en uno aquellos dos voluptuosos manojos de
agua. Alzó una mañana el pico, iba a dejarlo caer furiosamente contra
la grupa desnuda; pero una densa rama de fresno le azotó la frente,
le cegó los ojos, le obligó a dejar caer el pico ya blandido. Cuantas
veces alzó el arma destructora, otras tantas le azotó la frente el
latigazo de una rama. Desistió. Se acogió humildemente a la clemencia
divina, y ahí quedó el agua modelando a su gusto los dos preciosos
muslos, obra maravillosa de la Naturaleza, designio inescrutable del
sumo poder. Henchíanse al comienzo, se apretaban forjando dos rodillas
perfectas, volvían a henchirse hasta perderse en la espuma como en
un lecho de novia. El abad prohibió a los monjes pasar por allí sin
recitar el salmo: “¡Bendice, oh agua, al Señor!”. También hizo escribir
un poema en dos cantos donde se comparaba los haces de agua a las
columnas del templo de Sión. Pero las gentes profanas que supieron lo
ocurrido, llamaron muy pronto a la cascada _El látigo de Venus_. El
abad Pretextato quiso más tarde torcer, desde fuera del huerto, el
curso de las aguas; pero los picos y palas se destrozaban inútilmente
sin lograr rectificar la sabia Naturaleza. Otra vez se desistió...
Hasta que un día...
Un novicio cándido, un adolescente, se olvidó, frente a la cascada, de
rezar el versículo sagrado, y fue tal el ardor púdico que irradiaban
sus mejillas de niño que las dos columnas voluptuosas se fundieron,
se soldaron para siempre. Porque solo aquel novicio, entre todos los
monjes, había visto en la cascada, no un cuerpo truncado de mujer,
sino el olvido de un versículo. Y aquellas piernas transparentes no
volvieron a abrirse más.
Carmen, previo un mohín candoroso, enmudece. Comienza a hervir el
comentario en torno de la astuta juglaresa. Bernardino avanza, decidido
a desenmascarar a la vagabunda volatinera; pero en aquel momento
Carmen extiende los brazos y reanuda sus leyendas.
—Os contaré ahora el milagro de un cuadro que pudo llamarse _La
manzana_; pero por misericordia del Altísimo se llamó _Fe, Esperanza y
Caridad_. Una noche...
¿Quién abrió la puerta cautelosamente? ¿No es Merlín, el alto Merlín,
quien viene a oír a la hechicera? Se desliza sin ruido, se incorpora,
como una sombra, al último aro de oyentes. Como viene embozado hasta
los ojos, nadie, excepto Viviana, ha sorprendido la presencia del
mago. Un marmitón le toma por algún caballero de la Tabla, que desea
mantenerse incógnito, y quiere, respetuoso, abrirle acceso hasta la
primera fila de oyentes; pero Merlín, con un sobrio ademán, impone
silencio y quietud.
Viviana prosigue su relato. Chispean sus ojos de color tabaco, y sus
labios húmedos moldean las palabras, tiñéndolas de roja voluptuosidad,
tiembla su pulso de alegría, y por las puntas de nácar de sus dedos
fluye la savia eléctrica de sus nervios.
Y sigue contando su romance:
El mendigo pintor vino pidiendo albergue y trabajo. Lo encerraron en
un aposento donde había de pintar todas las virtudes, porque allí
reposaría luego una doncella, huérfana de reyes, a punto de llegar
al castillo. El mendigo pidió de comer para seis días, y rogó que
nadie, durante aquel tiempo, penetrase en la estancia. Así ocurrió.
Pero, finado el plazo, y viendo que el pintor no daba señal alguna de
vida, penetró el señor en la estancia y allí, entre un olor a azufre,
contempló lleno de cólera los muros pintados. ¡Estaban llenos de ninfas
desnudas, de faunos en celo y de impúdicas meretrices del Olimpo!
Frente al lecho de la virgen, Paris ofreciendo la manzana. Huele a
azufre; la ventana está abierta. Las tres diosas desnudas sonríen
cínicamente al caballero.
Cuando vino la doncella, ya los muros habían sido recubiertos de
espesa cal, y las tres diosas vestidas púdicamente de Fe, Esperanza y
Caridad. ¡Era muy pronto para resucitar los dioses; y solo Satán podía
ya pensar en traerlos nuevamente al mundo! Paris fue trocado en monje,
y en lugar de la manzana, le fue pintada en la mano una azucena, la
azucena del candor.
Nadie pudo dar con el pintor mendigo. Anduvo recorriendo la comarca,
dejando una estela de lúbricas imágenes. Algún día tomó cuerpo de
mujer. Una mañana despertó con su canto a todas las gentes de un
castillo. Al borde de un foso, comenzó a bailar desnuda. Cuando fueron
a atraparla para meterla en un horno encendido, se convirtió en humo
espeso, huyó de sus perseguidores, dejándoles en las manos un olor
insoportable a azufre.
Merlín se retuerce dentro de su disfraz. Querría lanzarse contra
Viviana y apagar en aquellos labios encendidos el satánico relato.
Cuantas veces evoca Viviana una forma desnuda, una escena voluptuosa,
sus dedos, como sierpes rosadas, trazan líneas ardientes en el aire,
llenándolo de curvas superficies, de perversas geometrías. La escuchan
todos jadeantes, como sumidos también en el horno encendido, en un
aire azuzado por invisibles centellas. Viviana, por fin, calla. Teme
haber sacudido con demasiada violencia aquellos cuerpos. Quisiera
despedirlos, correr tras de Merlín, que le lanza su primer mirada
turbia, su primer mirada de vencido.
Viviana quisiera correr en pos del mago, pero el mago desaparece. Y el
auditorio aguarda en silencio otro romance. En un silencio tan preñado
de voluptuosidad, que Viviana teme de pronto verse desgarrado su brial
y mordida su carne; teme verse ceñida súbitamente por estos brazos
nervudos que tiemblan de deseo...
Y, sonriendo, se despide y huye, dejando abrasada la noche, rotos los
frenos, abiertas todas las esclusas del deleite. Las entrañas del
castillo arderán en el mismo fuego diabólico de los labios de Viviana
hasta el amanecer.
VI
EL RAPTO
A la tarde siguiente, Viviana penetra de puntillas, sin interrumpir al
mago, que sigue meditabundo sobre el atril. Viviana dejó en el umbral
todas sus travesuras; su misma alegría la ha colgado del dintel, como
un pandero.
Ensaya una faz de pajarillo asustado. Roza el pavimento un jirón de
gasa, que hace volver los ojos a Merlín. El mago sonríe al verla
—perrillo medroso— acurrucarse bajo el atril.
Viviana, en silencio, contempla embelesada a Merlín.
¿Por qué mirar ahora el cielo, Merlín, si aún no está abierto el enorme
grimorio astral donde tú lees la historia futura?... Viviana, en
silencio, comienza —¡oh, taimada!— a sonreír.
Merlín, Merlín... ¿Por qué contemplar ahora el cielo si por él solo
cruzan nubes —nubes corinto, nubes malva, nubes de color de sangre—,
jirones de gasa de alguna aérea Viviana, quizá de esta misma —perrillo
medroso, que se acurruca bajo el atril— que afila sus uñas para caer
sobre la presa?
¿Vas a buscarle el contorno a una nube? ¿Por qué sigues la estela de
ese pájaro, el nerviosismo de esa rama? ¿Vas a formular una ley o a
forjar un hexámetro?
En silencio, centelleantes las pupilas, asiste Viviana a la
contemplación del mago. Le sigue el perfil de cada estremecimiento.
Ve retornar a sus cuencas las miradas fugitivas de Merlín; las ve
encogerse en su reducto, erizadas de angustia; las ve caer al suelo,
fulminadas por un pensamiento asesino.
Viviana oyó la explosión. Viviana oyó engarzarse, fundirse en el
cerebro de Merlín las fatales palabras: _Una palabra de ella tenía ya
más sentido que las frases de todos los filósofos del mundo_.
Y Merlín quiere huir de ese pensamiento que, dentro de él, todo lo va
desmoronando. ¡Huir, huir!... Ya su vida, ante la callada invasión,
solo podría tener este sentido: _el de una perenne huida_.
¡Huir! ¿Adónde? Merlín siente un vehemente deseo de escuchar otra vez
a la enemiga, de verla brincar, retozar, traviesa, loca. Y Viviana
enmudece, astuta.
Inclina Merlín la cabeza. La yergue, triunfal, Viviana. Merlín intenta
articular alguna frase; pero su voz describe absurdas espirales dentro
de la garganta. Viviana refrena, al mismo tiempo, el ímpetu de su claro
alborozo.
Merlín, Merlín... ¿Por qué no estudiar ahora en el enorme pergamino
astral, que solemnemente se va desarrollando, ya barrido, al pasar, el
frágil escenario de la tarde? ¿Vas a formular una ley o a forjar un
hexámetro?
Una mano, la piña ardiente de unos dedos entre otras manos temblorosas.
Una mano que va lentamente subiendo hasta una boca. Estalla la roja
chispa que rompe tanta eléctrica tortura. Una mano de Viviana asciende
hasta la boca de Merlín, como el manojo de jazmines del Cantar. Una
mano que va después bajando hasta perder su calidad de flor y ensayar
dulcemente su calidad de argolla.
Una mano que acaricia y, sin dejar de acariciar, empuja. Viviana sale
del torreón, arrastrando a Merlín, como se arrastra a un niño.
Viviana lleva en alto una lámpara. Cruzan un largo corredor, bajan al
patio. Todos duermen ya, menos el centinela que se inclina, absorto, al
pasar el mago. Baja, apenas rechinante, el puente levadizo.
Ya están en el campo. Viviana arroja al foso la lámpara y se cuelga a
Merlín, toda temblando. Se le ciñe voluptuosamente, le susurra:
—Te llevaré al fondo de mi fuente encantada, donde hay para nosotros un
lecho de coral. Nos llevará un monstruo, obediente a mi voz, que conoce
todos los caminos de Bretaña.
—¿Un monstruo? ¿Algún dragón? Conozco el de Andrómeda... Conozco
muchos, pero suelen ser indómitos.
Viviana sonríe.
—¿Creíste que mis manos nunca podrían domar un potro, como las
valquirias; ni disparar el arco, como las amazonas; ni remar entre la
tempestad, como las euménides?... Me creíste frágil, porque me viste
subrayar mi condición de sierpe femenina. Eres un niño, Merlín. No
sabes que poseo unos ojos capaces de seducir al hierro, de domesticar
al rayo, de hacer pasar las fuerzas desconocidas de la tierra por los
nervios de este dragón inmóvil, por unas entrañas duras, inertes, que
al sentirse fecundadas por un rocío que tú no conoces, que yo —mujer de
todos los siglos— ya conozco, comienzan a vibrar con tal ímpetu que
toda la máquina rompa a andar más rápida que un corcel, más ágil que
una nave, con la vehemencia de un pájaro... Merlín, ven conmigo. Su
lomo se hiende, sumiso, para que nosotros podamos injertarnos en él,
vibrar con él, rasgar con él los espacios.
—Soy tu víctima, Viviana.
—Mi juguete quizá, pero solo unos momentos. Después, en el reposo, seré
un cojín para tu pulso en fiebre.