No le falta al palacio de Arturo agilidad de movimientos, br

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su

modernización.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

VIVIANA Y MERLÍN

[Ilustración: BENJAMÍN JARNÉS (Foto Lagos)]

COLECCIÓN VALORES ACTUALES

BENJAMÍN JARNÉS

VIVIANA Y MERLÍN

LEYENDA

[Ilustración]

C.ª IBEROAMERICANA DE PUBLICACIONES, S. A.

MADRID / BUENOS AIRES

Copyright by 1930

BENJAMÍN JARNÉS

Derechos reservados.

Ediciones ULISES.

Imprenta de Galo Sáez. — Mesón de Paños, 8. — Madrid.

A Titania.

A la reina Mab.

A todas las amigas —visibles e invisibles— de Viviana y Merlín.

AÑOS DE APRENDIZAJE Y ALEGRÍA

( NOTA AUTOBIOGRÁFICA )

Como Scheherezada, yo salvé mi vida narrando, produciendo.

... Toda mi existencia ha sido una lucha contra mí mismo. Yo no

quiero tener discípulos.

KIERKEGAARD.

Mi edad bien puede adivinarse por la foto que acompaña a estas líneas,

hecha en abril de 1930. Ya dije otras veces la fecha exacta —y lejana—

de mi nacimiento: no soy masoquista.

Hay en Aragón enormes extensiones donde apenas crece sino un poco de

esparto. En una de ellas, a distancia de unos pocos kilómetros y de

algo más de un siglo, nació Goya y nací yo. Él, en Fuendetodos, y yo,

en Codo. Como Goya, fui a Zaragoza, y como Goya, caí después en Madrid.

Uno, a pintar muy bien, y otro, a escribir como se puede. Me gustaría

desterrarme también por algo y morir, como él, en Burdeos o en China.

Esto me será fácil. Aunque me gustaría mucho más tener duquesas

desnudas que pintar —tropo a tropo, claro es— después o al mismo tiempo

de haberme derretido de amor por ellas. (Ya comprendo lo difícil de

realizar esta última parte del itinerario goyesco, pero mi devoción

—fatal— por Goya es superior a todo, y —fatalmente— debo hacerlo así

constar en mi programa de ambiciones).

Me gustaría, además:

Ser tan exuberante como Goya y tan alerta como mi segundo genial

paisano y maestro, Baltasar Gracián. Es decir: llenar los museos

literarios de libros opulentos, pero magros; incandescentes, pero de

llama cautiva en transparente cristal; voluptuosos, pero de sensualidad

puesta en tortura de razón; vivaces, vivarachos, quizá, hasta el

aturdimiento, pero de inquietud siempre armonizada; libres, pero de

ruta bien clara y hondo cauce.

Dar, en fin, a mi prosa, el vigor plástico, la seducción epidérmica de

Goya y la densa musculatura, el segundo término profundo de Gracián.

Hablo de ambiciones, de deseos... Pero esto ya es algo. Como lo deseo

ardientemente, como apenas deseo otra cosa en el mundo, creo que lo

conseguiré. Comienzo ahora a escribir y pido un plazo para acabar de

aprender mi oficio —o mi arte, las palabras no me asustan—. Lo seguiré

pidiendo siempre. Y en mi libro _Años de aprendizaje y alegría_ contaré

lo divertido que es llenar cuartillas y romperlas, burlarse de lo

escrito meses antes, leer muchos libros y arrojarlos ya exprimidos,

descubrir personalmente a un autor, arrancar el antifaz a un falso

estilo...

Y ya quedan anotados los nombres de mis dos grandes _animadores_

artísticos: Francisco de Goya y Baltasar Gracián. (Ha podido alguna

vez creerse que yo venía de más allá de los Pirineos. Yo mismo lo he

creído... ¡No, no! Tenía cerca, muy cerca de mí, cunas más fértiles).

Temo escribir mi biografía. Tampoco siento ahora deseos de contemplar

esa cadena de mis pasados yos, indecisos, borrosos, pruebas de mí mismo

que debo respetar y compadecer como a mi prójimo. Ni puedo escoger de

entre todos ellos un ejemplar de los días festivos para hacerlo pasar

por el hombre de todos los días —como se suele hacer—. Precisamente

me canso de decir que al escritor solo se le conoce por su traje de

diario. Al escritor y al hombre.

Además, esta nota no debe crecer desmesuradamente. Por eso, de todos

mis recuerdos, elegiré dos o tres. He aquí uno, el primero que emerge

de mi infancia, en orden rigurosamente cronológico. Lo cuento, porque

también es el primero en que —ahora lo veo— me sentí escritor.

Era yo tan niño —de cinco o seis años— que, sentado en el último

peldaño de la escalera de mi casa apenas tocaba el piso con los pies.

(Recuerdo cada período de mi infancia por la altura de las cosas sobre

las que solía sentarme; otros podrían recordarlas por la altura de las

cosas a las que les gustaba trepar). Acababa de aprender a leer, y ya

había devorado algunos de los librotes que mi padre guardaba en un

armario —otra vez diré los títulos—. Apenas comprendía nada de ellos.

Eran crueles historias de pícaros españoles que en seguida me hicieron

aborrecer todo lo castizo, o complicados folletines en dos o tres tomos

que me abrieron el apetito de continuarlos con la espada y con la

pluma. Pero todos aquellos librotes estaban mugrientos, destrozados.

Algunos habían perdido el comienzo y el fin. Mi fantasía se torturaba

ya añadiéndoles capítulos... Aquella biblioteca era un desastre —los

buenos libros, los bien vestidos, habían sido sacrificados para pagar

una deuda—; yo deseaba frenéticamente, con mi frenesí de cinco años,

poseer libros como los del cura y los de don Felipe, con lomo azul o

rojo, con letras de oro fresco, reluciente... Pero solo podía maniobrar

entre despojos.

Hasta que una mañana...

Lo recuerdo muy bien. No, no habría cumplido aún siete años. Entró en

el patio de mi casa un hombre vestido de negro, con un envoltorio bajo

el brazo; se dirigió a mi padre que cortaba no sé qué —un pantalón o

una capa— sobre una mesa de roble; mi padre le recibió fríamente, pero

el viajero, muy cortés, abrió su envoltorio y le mostró un gran lote de

libros flamantes, preciosos libritos rojos, verdes, amarillos; libros

más talludos enfundados en piel negra, con letras de oro, como los del

cura y los de don Felipe. Los libros se desparramaron sobre la mesa

ante los ojos ceñudos de mi padre, ante mis ojos voraces, ante mis

manos inquietas que hubieran querido acariciarlos, mirarlos despacito

como a juguetes caros... El viajero de luto hablaba del precio.

¡Baratos, baratísimos!

Pero de pronto, bruscamente, mi padre rechazó los libros; lanzó

al rostro del viajero una frase... —la recuerdo, la recuerdo

perfectamente; pero no quiero decirla: todavía no se pueden contar

estas cosas en España—. Por primera vez oí el nombre de Lutero.

El pobre viajero envolvió su mercancía y salió —recuerdo también sus

palabras de despedida, pero tampoco debo repetirlas: aún no pueden

contarse estas cosas en España—. Salió, llevándose mis ojos, mis manos,

mi inquietud de bebé por acariciar alguna vez un lindo juguete: un

libro, un libro nuevecito, con letras de oro reluciente.

(En el cuaderno —yo lo guardo— donde se anotaban todos los grandes y

menudos acontecimientos de mi casa, leo esta mañana —una de abril de

1930—, bajo la fecha de mi nacimiento y el nombre de mi madrina: “Este

niño, a los cinco años y medio, sabía leer en todos los libros, y le

señalaron lección del catecismo y se la supo al primer día”.

En todos los libros... Pero ¿qué libros tenía yo entonces, Señor?).

Otro día recordaré algunos curiosos lances de mi vida, espumados de

esto que un joven de 1830 llamaría “ola amarga de aflicción”. Mi vida

solo podría contarla ese joven, porque es tema para él. Yo soy de

1930 y, aunque admiro a los románticos y estoy escribiendo una cosa

muy larga que se titula _Zumalacárregui, el caudillo romántico_, no

me decido a emplear mi propia vida como tema de estilo triste. Yo soy

algo más, quiero ser algo más que un hombre; quiero ser un artista. Y

el artista es libre para elegir su tema. Como el de mi propia vida no

me sirve, le desdeño; y, en el caso —como el infausto de hoy— de verme

obligado a escribirla, pues... la escamoteo. Seré el Frégoli de mi

biografía. Prefiero decir lo que no he sido, lo que no voy a ser, en

vez de decir lo que fui y seré. Por ejemplo:

Yo no pude nunca ser niño prodigio.

Se prueba: tenía yo quince años. Aquel curso —cuarto de Latín y

Humanidades, que estudié en la Universidad Pontificia de Zaragoza—

había obtenido mi acostumbrado _meritissimus_ por no saber la

asignatura de _Retórica y Poética_ —que nunca aprendí—, y en premio

a mi auténtica tonelada de quintillas, sonetos, décimas —entonces se

construían pocas: apenas habían nacido los doscientos treinta y siete

imitadores de mi querido poeta Jorge Guillén—, seguidillas, aleluyas,

octavas reales y otros versos libres y ceñidos que fui pacientemente

elaborando a lo largo del curso. Llegó junio y, con él, las vacaciones.

De todo mi arsenal, que no me atrevo a llamar poético, destaqué dos

o tres cosas con el pueril deseo —tenía quince años— de obtener un

aplauso familiar. Llegué a mi pueblo y a mi casa —nadie salía nunca a

esperarme—; saludé a los míos; aguardé como siempre —infantilmente—

a ser preguntado por el éxito de mis exámenes —nadie me lo preguntaba

nunca—; desenvainé gallardamente mis décimas, decidido a cantar no sé

si al Ebro o al Moncayo; aventuré la noticia de que en aquel año había

yo sufrido una gran transformación: me había hecho poeta...

Aún estoy viendo el brusco ademán de mi padre, de mi padre que hacía

coplas y romances de ciego —algún día escribiré su biografía—. No quiso

oír mis décimas. Dijo, taxativamente, estas palabras:

—En mi casa nadie escribe versos más que yo.

Y yo, con mis décimas al Ebro o al Moncayo, bajé mi cabecita a pájaros

y _escondí desde entonces, en mi casa y fuera de ella, mi presumida

calidad de escritor_. Y esto, durante muchos años, durante muchos años,

durante muchos años.

Por eso mi vida ha sido tan alegre: porque llevaba dentro de mí un

gran secreto capaz de exaltarla a todas horas, capaz de hacerla brincar

sobre todo eso que un joven de 1830 llamaría “ola amarga de aflicción”.

Era alegre, porque nunca fui niño prodigio, porque toda mi juventud fue

pura esperanza. Era ya un joven maduro cuando se destapó el secreto. Un

día —habían muerto mis padres— fue reconocida la utilidad de mi locura.

Llevaba yo en mi maleta el libro de Guillermo de Torre, _Literaturas

Europeas de Vanguardia_, con una larga y cordial dedicatoria. Al ver

mis hermanos aquel libro tan voluminoso y tan cariñosamente dedicado,

comenzaron a mirar con respeto mi supuesta locura. ¡Ya, efectivamente,

era yo un escritor viable y cotizable! (A ti, querido Guillermo, te lo

debo).

Pero ni este ni otros lances han hecho en mí gran mella. He pasado por

todo como un sonámbulo, entornando los ojos, rumbo a no sé qué tan

fatal como cada peripecia. Ni había por qué lamentar hostilidades del

camino ni regocijarse mucho por una más blanda estación de término. ¿No

tenía ya, bien elaborada, una intimidad? Pues el hecho de conservarla

intacta, de poder refugiarse en ella, era ya la mayor alegría. ¿A

quién y de qué podía yo reprochar nada? ¿Ni a quién y de qué podemos

dar gracias por nada? El auténtico escritor escribe como el manzano da

manzanas. El que alguien recoja o no, admire o no, las manzanas, es una

cosa indiferente para el árbol. Él cumple su misión produciendo: allá

los otros recojan o admiren o desdeñen. El hombre sufre o goza, nace

aquí o allá, como una mata de esparto o una palmera, como un perrillo

cae en manos de un mendigo o de un duque. No hay por qué lamentar nada

ni agradecer nada, sino admitir la vida tal cual se nos ha dado, y

admitirla con sus más gratas consecuencias. _Cumplir nuestro destino_

alegremente.

(Y aquí asoma —como asomó y asomará tantas veces— mi excepcional e

inquebrantable devoción hacia las ideas y hacia la persona del maestro

José Ortega y Gasset).

Hablé de mi intimidad, y es justo decir que alguien la ha compartido.

Alguien no esperó una larga dedicatoria —en un largo libro— para

creer en mí. Acaso, de otro modo, no hubiera yo podido resistir tan

abrumadora, tan densa intimidad. Ese alguien, mi mejor amigo, el más

comprensivo y dócil, es mi mujer.

Además de mi alegría profunda, yo he disfrutado de otros júbilos

menores. Por ejemplo: me ha divertido siempre contemplar al falso

escritor; cómo brota de la nada, cómo evoluciona, gesticula y muere.

Veréis. El falso escritor escribe su primera cuartilla y, previo el

aplauso doméstico, de hogar o de club, la declara genial. Para él no

hay aprendizaje. Un zapatero genial también haría unos zapatos de

princesa el primer día de coger la lezna, ¿por qué un escritor genial

no ha de escribir un artículo de lujo el primer día de coger la pluma?

El eco del prodigio se propaga, crece, retumba en los periódicos

amables. Entretanto, se prepara una segunda cuartilla que, a los

pocos meses, y en medio de la general expectación, se lee al grupo,

en el hogar o en el club. Un día se proclama a todos los vientos la

genialidad del falso escritor. Mientras el verdadero se acoquina bajo

su aluvión de cuartillas desdeñadas, rotas, arañadas por la propia

censura; y deja pasar —indiferente— el cortejo de los que proclaman el

genio de una sola cuartilla, pero inmortal. A veces, no era preciso

escribirla; bastaba con la intención de producir el suceso para que

la genialidad fuese igualmente proclamada. Y con estas intenciones y

algunas cuartillas ya escritas e inmortales se forjaban proyectos de

revistas y de libros y, en efecto, alguna vez se elaboraban esos libros

y revistas, visibles y legibles por el grupo, semilleros de escritores

auténticos, pero también refugio —y tribuna— de los falsos escritores,

del aficionado y del nuevo rico permanente de las letras.

Cuando yo —paleto asombrado de la literatura— llegué a rozar

esos grupos, vi con sorpresa que mis impuros borradores también

podían alojarse en aquellas inmaculadas revistas. ¡No sabían lo

que les amenazaba! Mis impuros borradores adoptaban, no formas

_unicuartillares_, sino de resma. ¡El diluvio! (¡Y mi secreto!)

Sucedió algo terrible. Casi todas las revistas de aquí y de allá,

de Madrid, de España y de América, sintieron la pesadumbre de mi

fértil impureza. Y mi estupor creció cuando advertí que siempre era

solicitada. Mis borradores se multiplicaron como las arenas de la playa

y las olas del mar. Y yo, yo que desde hace tanto tiempo sueño con

escribir mi libro _Elogio de la impureza_, fui declarado “puro” por

todos los “impuros” y por muchos de los “puros”. ¡Pintoresco destino!

(Mis buenos camaradas: con la pureza solo puede construirse un sonajero

o un pareado. Pero el _Fausto_ y la campana de la catedral de Toledo

están llenos de impurezas).

Así pasé del anónimo aprendizaje al rango de aprendiz notorio, en

el que hoy, según todas las señales, me encuentro. Valentín Andrés

Álvarez, al frente de su lindísima novela _Naufragio en la sombra_ —que

también publica ULISES—, refiere cómo él y yo comenzamos a trabajar en

la _Revista de Occidente_. No hay por qué repetir anécdotas.

Ernesto Giménez Caballero escribió unas líneas que quiero aquí

transcribir, porque —aparte su cantidad de elogio que yo no puedo

juzgar— reflejan la verdad de mi ingreso en la vida pública de las

letras españolas. Estas palabras, que tanto he agradecido y agradezco,

constituían la convocatoria de un banquete con que fui obsequiado en

1929; convocatoria que firmaban, además de Giménez Caballero, “Azorín”,

Ramón Gómez de la Serna, Fernando Vela, José Lorenzo, Corpus Barga y

Antonio Espina. Decía así:

“Benjamín Jarnés no necesita otro manifiesto que el de la simpatía.

Condensada —un feliz momento— en este banquete. La simpatía con que

ha sabido circundar su vida de joven escritor. No es Benjamín Jarnés

hombre de aristas ni de agresiones. Su vanguardismo ha sido silencioso,

tenaz e irónico. Amigo de los viejos, los ha ido dejando elegantemente,

detrás de sí, con ninguna protesta de ellos. Amigo de los jóvenes, se

ha ido poniendo delante, sutilmente, con ninguna protesta de ellos. Ni

rojo ni negro. Su política: la cordialidad. Su agresión: el talento.

Su defensa: la modestia. Vino de la provincia más provincia de España:

Zaragoza. Vino de ser clérigo a Madrid. Pero Madrid le invistió pronto

de alta dignidad. Hoy es ya un joven jerarca. Su _Profesor inútil_,

sus _Ejercicios_, este _Convidado de papel_, que festeja ahora la

benemérita _Historia Nueva_ —junto a la promesa del próximo _Salón de

estío_, que festeja ahora anticipadamente _La Gaceta Literaria_— le han

hecho a Benjamín Jarnés digno de un convivio. De un convivio digno.

Puro. Desinteresado. Al que convocamos, nosotros, firmantes”.

A las cordiales palabras con que se me ofreció el homenaje, contesté:

“Muchas gracias, señores.

Y ahora me permitirán hacer lo que —plagiando al admirable “Azorín”—

pudiéramos llamar: “Confesiones de un pequeño novelista”. Seré breve.

Hace unos años, al comienzo de mi auténtica vida literaria, leí en una

novela estas palabras: “Necesitamos sacrificar siempre un sobrante de

inteligencia, para hacernos perdonar el resto”.

Tuve la impresión de tropezar con un truco magnífico, y decidí ponerlo

en práctica. Malamente, porque de esa supuesta inteligencia yo solo

tenía la destinada al sacrificio, no el resto. Como un financiero pobre

que solo cuenta con el dinero del portamonedas.

Es decir, que realicé mis ilusorias existencias para adquirir un poco

de _talento de bolsillo_.

(Talento de bolsillo, insignificante para las altas especulaciones de

Bolsa, quizá suficiente para realizar pequeñas transacciones, menudas

compras en la feria de la cordialidad).

Gasté entre ustedes mi talento de bolsillo. En buenas manos ha caído,

porque hoy se juntan aquí para devolvérmelo. Por eso merecen estas

pequeñas confesiones; por eso merecen que les revele el truco de esta

cena.

Yo me acuso, señores, de haberme estado organizando esta cena durante

cinco años, desde que mis queridos amigos Ortega, Morente y Fernando

Vela me invitaron a colaborar con ellos. Yo me acuso de haberme gastado

todo mi talento de bolsillo —el único que tengo— en prepararme este

agasajo.

Que sirva el hecho de lección a los jóvenes amigos que ambicionen esta

pequeña gloria de unos postres con retórica. Porque la riqueza de

un hombre no se suele medir por sus grandes existencias en valores,

por sus éxitos de Bolsa, sino por su talento de bolsillo, por ese

sobrante, capaz de hacer perdonar el resto, aunque exista.

Este es, señores, mi truco. Una mala lección. De un _profesor inútil_

no podía esperarse otra mejor.

Nada más”.

La novela a que aludí es mi _Paula y Paulita_, publicada en 1929 por la

_Revista de Occidente_, donde también he escrito:

“Me posee tal afán de quieta armonía que no sufro choque alguno

emocional con mis amigos. No me importa elaborar precipitadamente una

opinión o un goce estético paralelos al suyo, a trueque de no romper

los lazos que me sujetan al resto de la Humanidad. No me tolero idea

alguna que no vaya del brazo con la de mi camarada. No creo en el

diálogo —fábula platónica— y enderezo siempre mi monólogo exterior en

el mismo sentido de los otros.

Frecuentemente me olvido de que soy interlocutor, y, por seguir

atentamente el hilo del pensamiento ajeno, pierdo todos los enlaces con

el mío. Suelo ver en todos tal decisión de mantener un criterio, que al

punto decido no privarles de su derecho de propiedad.

Todas las ideas son del primer ocupante, como las sillas del paseo.

Yo suelo acudir siempre un poco tarde, y no me queda otro goce que el

de pasearme entre ellas, ganando, quizá, en agilidad lo que pierdo en

firmeza”.

Yo mismo no sé hasta qué punto estas frases del personaje de _Paula y

Paulita_ podrían serme atribuidas. Las escribí en un momento de risueño

humorismo. Al menos interpretan el estado feliz de aquel y otros

momentos semejantes que tanto abundan en mi vida.

Unas palabras acerca de VIVIANA Y MERLÍN. Su primera versión fue leída

en mayo de 1929, ante mis amables amigas del Lyceum Club Femenino

Español. La segunda fue publicada en la _Revista de Occidente_, en

su número de junio y en la _Europäische Revue_, de Berlín (número de

octubre del mismo año), traducida fielmente por la señora Helene Weyl.

Ahora ULISES acoge cariñosamente la tercera versión. Añadí algunos

capítulos y amplié otros. Espero algún día escribir definitivamente mi

VIVIANA Y MERLÍN.

En la fragosa selva de Brocelianda y junto a un roble tan viejo, tan

hueco y tan enorme que parecía una torre en ruinas, estaba, a los

pies de Merlín el mago, la astuta Viviana.

¿Cómo se encontraba allí?

Tennyson.

I

EL CASTILLO

El castillo del rey Arturo está construido como un organismo humano. Se

divide en tres porciones —con sus tres almas—, cada una tan diferente a

las otras como lo son, dentro de la misma piel, nuestras entrañas.

La planta baja —cocinas, establos, bodegas— rebulle de gente menuda y

chismosa que trajina y brega y murmura. Es la parte del vientre y de

las extremidades inferiores que realizan las cosas sin conocer la razón

de nada. Vida turbia y pintoresca que solo enredándose a las volutas de

la anécdota puede ser soportada. Como los pies de una mesa abarrotada

de sabrosas baratijas, las gentes de este sector humano se contentan

con seguir ladinamente el zigzagueo de los chapines que corretean

por el salón. Contemplan la aventura de los grandes desde el último

escalón, como los limpiabotas.

Se asienta encima el piso principal del castillo, la gran sala del

Consejo, la capilla, el gran salón de fiestas donde se departe acerca

del amor, de la caza y de la guerra. Un núcleo de caballeros y de

damas se ejercita en espumar de las horas sus momentos más puros: el

rondel, el acróstico, el halcón. Porque en este palacio de Caradigán

se practican escrupulosamente, en estos tiempos, la castidad, el

metafísico amor, la cetrería y el éxtasis ante la luz de la luna.

Es la parte del corazón. El terreno donde florece el suspiro y el

mandoble. Lanzarote es doctor en ambas disciplinas. Ginebra —la etérea

reina bretona, Beatriz de este círculo tejido de azucenas— es maestra

en artes de amor ultraterreno. Los Caballeros de la Tabla Redonda son

hoy el ilustre ornamento de toda la cristiandad.

Erec, Percival, Sagramor, Didonel, Calogrenant... ¡Salud! Ilustres

Caballeros de la Tabla Redonda: Un día os juntasteis doce amigos bajo

un roble, no para emprender la caza de la moza más linda del reino,

sino para lanzarse a perseguir el diabólico ciervo de los cuernos de

oro. Uno de vosotros cantó un himno tan ardiente, que todos irrumpieron

en el bosque, sedientos de apresar y hacer astillas aquella maga

cornamenta. De rama en rama, de calvero en calvero, refulgía con

sarcásticas llamaradas. El ciervo de los cuernos de oro se sumergió en

una fuente, que, al herirla con la punta de la espada, se encrespa y

ruge como una arpía: es la fuente de las hadas.

¡Los Caballeros de la Tabla Redonda! Orgullo de la Edad Media. Nunca

un grupo de hombres tan insignes se apiñó fraternalmente para algo

tan noble como ir en pos de unos cuernos. Sencillos y puros, eran

juguetes de los espíritus diabólicos de los bosques, como de las

esquivas doncellas del castillo. ¡Dichosa edad y dichosos tiempos

aquellos que así hicieron hervir la fantasía de nuestro sin par don

Quijote, haciéndole prorrumpir en su discurso famoso ante la docta

academia manchega! La corte del rey Arturo —como el arte ojival— es una

concentración de energías del alma en pugna con los fieros apetitos de

la carne, tradicional enemiga. En la corte del rey Arturo se doman,

como los potros, las pasiones.

Queda el tercer sector. Precisamente en él hay instalada una pila que

sacude y empuja todo este dinámico grupo de perseguidores de cuernos

áureos y estáticos amantes de rojos corazones de doncella. Encima

de todo, entre el castillo y las estrellas, se yergue el torreón de

Merlín, el cerebro del palacio. (Porque este palacio —repito— está

construido como un robusto cuerpo de varón). Arriba está Merlín, que

piensa y avizora, mientras en la gran sala se encienden antorchas

cordiales y en los sótanos rebullen los ruines apetitos. (A ellos

solían bajar en otros tiempos los señores, en busca de sigilosas

confidencias de mesnaderos y de pajes).

No le falta al palacio de Arturo agilidad de movimientos, brasa

interior, fría luz de cumbre; pero todo está confinado exactamente, y

en el silencio nocturno no se producen corrientes oscuras entre los

pisos. No ocurre como en el castillo de Tintagil, donde el libertino

Marco deja abiertas todas las tajaderas, suelta a cada instante la

jauría de sus más retozones apetitos... En este castillo de Arturo,

donde Ginebra puede ser cantada en tercetos, y Lanzarote en escaroladas

octavas reales, todo está medido y murado, como en un silogismo.

_Sublata mente ad sidera_.

La mente de Merlín. De Merlín, que en su atalaya vive distante de toda

escaramuza del corazón que desdeña conocer. Merlín, el solitario,

enfrascado en la lectura de Plotino, del sucio y hosco Plotino que,

como Merlín, nunca pensó en conocer el baño y ciertas famosas razones

del corazón.

Solo baja al del castillo cuando el rey necesita una idea. Merlín baja

a proveer de pensamientos al férreo y dócil concilio. Le envían un

mensajero, y Merlín asiste a la sesión. Arturo manda traer su cerebro

como manda traer la tizona. Merlín piensa y propone, Arturo y la Tabla

ejecutan los designios de Merlín. Los Caballeros de la Tabla Redonda

luchan contra vestiglos, persiguen cuernos, aman plotínicamente,

suspiran; pero no piensan. Solo piensa el hechicero Merlín.

Bajo su barba de lino, siempre juvenil, como un Hermes disfrazado de

Padre Eterno, Merlín —dicen— no tiene corazón. O es un pedernal, porque

en él rebotan las miradas encendidas de la corte de Ginebra. Merlín es

inexpugnable. Centinela de sí mismo, concentra su energía en descifrar

los enormes grimorios. Es un profeta oficial. Es una mente oficial. Es

el cráneo del castillo.

(Todos conocéis bien a Merlín, tan familiar a Cervantes, a Ariosto, a

Rabelais... Fue engendrado por un demonio en el seno de una aturdida

virgen que cierta noche se olvidó de rezar sus plegarias. Como Lamiel

—la turbulenta heroína de Stendhal—, Merlín tuvo al diablo por padre.

Por eso es un brujo, aunque un brujo inofensivo que recata el poder de

sus hechizos. Prefiere actuar como asesor de estos hombres de hierro

y corazón de miel. Ama a Plotino, y la tierra y la carne —aun la más

florida— le son indiferentes.

También conocéis ya la ciudadela que, según los viejos expositores,

pretende desmantelar Viviana. El juglar de estos días opina de otro

modo: Viviana pretende convertirla en una estructura armoniosa; hacerla

vivir, crecer, desmoronarse —a su tiempo—, morir; establecer corrientes

entre los tres pisos; hacerla flexible, jugosa...

Desdivinizarla quizá un poco. La Edad Media tiene su relicario en el

castillo de Arturo. Viviana querría zarandear alegremente el ceñudo

relicario. Viviana acude a luchar contra una Edad Media acartonada,

porque ella es la otra Edad Media, verdadera; la de carne, sangre y

espíritu.

Como Afrodita brotó de la espuma blanca del mar, Viviana ha brotado

de la espuma verde de los bosques. Es la alegría de la tierra, que

va de castillo en castillo sin lograr en ninguno hacer asiento. Es

la Travesura, pero todos la llaman Rebeldía. Podréis verla siempre:

en cualquier coro catedralicio asoma la puntita de la lengua, desde

algún respaldo enmarañado; desde cualquier hornacina os hará mohínes

jocundos, agazapada a los pies de un angelote. Su perfume —provisional—

fue el incienso; su refugio, el capitel y el bajorrelieve.

Tres gracias contó la antigüedad helena, tres gracias luminosas que se

extinguen a la sombra de un patíbulo, porque este patíbulo proclama la

única gracia, la gracia que nace de la espuma de los cielos. La tierra

y el mar son desdeñados en nombre del aire azul, telón de boca del gran

teatro donde nunca termina la meliflua y única representación...

Pero las fuerzas elementales de la vida le oponen tenazmente otra

gracia, que desde el patíbulo es llamada siempre delito. Y toda la Edad

Media es un hondo conflicto entre dos gracias, entre dos sentidos de

la vida: el de tránsito y el de permanencia gozosa, aunque fugaz. Se

niega a la vida otro sentido que no sea el de viaje; pero la misma vida

afirmará siempre su derecho a ser considerada como fin.

Pavoroso conflicto. Las tres gracias antiguas se han convertido en

dos, y en dos rivales que aspiran, como siempre, a la ideal manzana.

¿Por qué no reducirlas a una sola, a la única gracia verdadera, a la

que surge de la armoniosa plenitud de las fuerzas humanas? Esta gracia

podría representarla fielmente Viviana, nuestra encantadora amiga de

hoy —y este “encantadora” no es aquí ningún piropo: es una definición.

Pero esto es muy largo de contar, y hay que decidirse a poner frente a

frente a los dos altos poderes del castillo: a Viviana y Merlín).

II

ESTRATAGEMA

Ginebra, Arturo, Lanzarote, todos los caballeros van a salir de caza.

Primero baja la reina, seguida de sus pajes. Una mujer enlutada se

acurruca en el patio del castillo; cuando la reina aparece, la enlutada

se le arroja, sollozando, a los pies.

—¿Quién sois y qué os sucede?

—Señora... Soy una infeliz mujer que perdió a sus padres en la guerra

contra el infiel. Quedé sola en el mundo, sin amparo. Desde entonces

anduve errante de castillo en castillo, narrando historias de piedad y

de amor puro.

—¿Sois juglaresa? ¿Sabéis alguna primorosa leyenda de amantes sin

fortuna?

—Una conozco, mi señora, de tan ardiente y puro amor como el que vos

sentís por...

La voz se le apaga, se le anega en llanto. A través del velo cristalino

de sus lágrimas, la astuta ha contemplado el azoramiento de Ginebra,

que corre a poner en contacto sus oídos con la boca de Viviana,

mientras susurra:

—¿Por quién?

—Por...

—¿Cómo lo sabes, cuitada?

La voz dejó fluir el nombre idolatrado. Un arrullo como ninguna voz,

excepto la voz de Ginebra, podrá nunca armonizar. Una sirena, un

querubín. Empapado en caliente rocío, surca el nombre la minúscula

distancia.

—Lanzarote.

—Callad, callad, hermosa... Quizá sois una hechicera. Venid.

—Señora...

La lleva aparte. En un ángulo, mientras los caballeros aguardan y

los corceles relinchan impacientes, Viviana, ya destocado el rostro,

semioculto entre los dedos, deliciosos mameles que enjaulan su risa

retozona, como la ventana ojival contiene el alborozo de una mañana de

abril que pugna por invadir un templo, habla a Ginebra:

—Un día...

La historia es encantadora, y Viviana la urde entre sollozos. Una

vez, en el bosque, muerta de hambre y de cansancio, se dejó arrebatar

por unos siervos. Tan miserable y flaca la vieron, que ninguno pensó

en cebar en ella su lujuria, sino ejercitar su piedad. La condujeron

al castillo, donde recuperó las fuerzas y todo el esplendor de su

hermosura. Les pagó recitándoles gestas de santos y caudillos. Pero el

ritmo de los versos atrajo al señor del castillo... Una noche asomó a

lo lejos, en el umbral de las cocinas donde se agrupaban los oyentes en

torno a ella; aguardó al final del romance, y después, la llamó con voz

dulce, cautiva... Se llevó a su cámara a la huérfana.

—Perdonadme, señora. ¿Se había prendado de mí? Yo no lo creo. Quise

rechazarlo, pero me fue imposible. Al día siguiente, el sol me

sorprendió llorando mi terrible infortunio.

—¡Villano! ¿Quién es? ¡Castigaremos su vileza!

—Marco.

—¡Callad! Temo a ese príncipe hechicero que tiene a Viviana consigo. Es

el hada más funesta para toda la cristiandad. A nadie contéis lo que a

mí... Yo os protegeré.

—Seré un sepulcro.

—Porque si os oyese Arturo, querría en seguida vengaros, y la lucha

sería más sangrienta que nunca, y acaso perdiera allí él la vida.

Viviana es infernal... Y, decidme, ¿qué habéis oído allí? ¿Qué se

trama? ¿Qué se piensa?

—Señora... Hacen burla de vuestro inmaculado amor. Esta pasión celeste

que han de cantar todas las arpas de la tierra se toma allí a chacota.

Mi señor Lanzarote...

—¡Callad! Aquí llega, junto al rey.

Apuesto doncel, aunque flacucho. La pasión le fue arañando toda la

pompa retórica del cuerpo, y solo queda de él un sutil esquema —tan

puro como un terceto—, un paladín estilizado, hecho de marfil y de

morenos músculos ceñidos.

—Señora. ¿Es él? —susurra la perversa—. ¡Es un arcángel!

—Silencio.

Ginebra, acongojada, posa sus dedos en la boca de Viviana, mientras se

aproximan los ojos del doliente caballero; sus ojos entornados que aún

guardan, avarientos, la postrer mirada de Ginebra; sus ojos que solo se

entreabren para cambiar de inefable botín; ojos inmensos, profundos,

ebrios, insaciados, donde la reina se contempla como en una eternidad

de amor.

—Mi señora...

El saludo es ritual; pero se ve temblar al caballero como un feble

arbustillo, en arco ante Ginebra. Viviana se aparta, llena de respeto

y de risa; deja libres los saludos que ataja el rey:

—El día avanza.

—Salgamos —añade Ginebra.

—¿Quién es esta mujer? —pregunta Arturo.

—Es una huérfana desvalida, que sabe recitar leyendas de santos...

Podría alegrar nuestras veladas... ¿Queréis, señor, darle albergue?

—Vuestra voluntad es siempre la mía. ¿Cómo os llamáis?

—Carmen, señor, porque en mi boca hay siempre un verso.

—Sabréis entonces referir el rapto divino del profeta.

—Lo sé. Conozco el Carmelo como si en él me hubieran dado a luz.

Conozco también al discípulo de Elías, y la aventura de los osos. Y la

del clavo de Jael, que atravesó la cabeza de su huésped.

—Quedaos, pues.

—Gracias, señor.

Viviana se inclina ante los reyes, que desfilan hacia el bosque al

son de las trompas. Viviana atisba en los amantes ese chisporroteo de

locura, que hasta hoy solo pudo sorprender en Isolda y Tristán, dos de

sus víctimas.

Llena de júbilo, se sumerge Viviana en las entrañas del castillo,

penetra en las cocinas y, en nombre de Ginebra, pide a un marmitón

carne asada, vino y pan. Mientras come, refiere lastimosas leyendas de

amantes sin fortuna, que conmueven a los siervos. Van estos acudiendo,

rodean a Viviana, embelesados. Por algunas mejillas, tostadas al fuego

lento del fogón, corren las lágrimas.

Cuando el aro de oyentes se espesa, Viviana cambia de tono. ¡Basta de

sufrir! Ahora comienza el cuento del filón de plata, que hace estallar

de risa a todo el auditorio. ¡A la alta cima de la gracia por los más

fáciles caminos! Llena un relato de donosa picardía... Un monje,

alucinado por el broche de una liga de cortesana que amó en la montaña

a un paje, cree haberse tropezado con un filón de plata. Sueña, desde

el ventanillo de su celda, con cavar en el terruño hasta encontrar

espléndidos tesoros. Fundará opulentos monasterios, donde él será

siempre el abad. Al amanecer, coge un azadón y se dispone a seguir, a

toda costa, el senderillo alucinante, el rayito de luna del broche...

Pero la cortesana acude, el monje se ve acosado, burlado, enloquece,

quiere asesinar a la hembra diabólica, corre por la montaña blandiendo

el azadón, se vuelve loco...

La gente menuda escucha atónita la voz fascinadora. No comprende el

sentido del cuento: el monje fue víctima de una humilde metáfora vista

surgir del cascarón de la anécdota galante. No comprende los laberintos

retóricos, donde un broche puede aprisionar estrellas y un flanco de

cortesana desnuda equivale a una loma teñida de amanecer. Pero aplaude

al hechizo de aquella garganta primorosa, que sabe urdir al mismo

tiempo los cuentos que arrancan el gemido y los que hacen estallar

la risa. Agasajan a la huésped. Corre la fama de Carmen por las

entrañas del castillo. Viviana ha conquistado el vientre del palacio

de Arturo... Pero es preciso llegar al corazón, y desde allí, con una

audaz pirueta, brincar hasta el cerebro.

III

EL RETABLO

En los alrededores del castillo aguarda Viviana el regreso de la corte.

Se tiende en un ribazo, pega el oído al corazón de la tierra, escucha

la palpitación tranquila de los gérmenes. Sigue el curso del día por

la floración sucesiva de las hierbas, porque Viviana conoce que cada

botoncillo se abre a hora distinta, como en el cielo asoma a cada hora

una estrella diferente. Ella dictará más tarde a algún botánico el

programa de este maravilloso espectáculo, ella forjará algún día el

_reloj de Flora_.

Viviana acaricia una planta diminuta, el _rocío del sol_, amiga de

crecer entre el musgo, a un tiempo coquetona y púdica. El sol fragua

en las hojas un perpetuo rocío que no puede ya desvanecer, porque

las menudas hojas rezuman un sudor brillante, una goma, un solapado

barniz para prender insectos. Viviana va siempre buscando estas

hojitas diabólicas, como ella misma, que siembran el campo de trampas

invisibles, donde van cayendo los infelices aturdidos. Hay oculto en

la verde epidermis un escuadrón de lanzas microscópicas, en alerta

perenne, aguardando el paso del insecto. Cuando el insecto llega, las

lanzas se abaten sobre él y la víctima es sacrificada para nutrir el

_rocío del sol_.

¡Menudas, deliciosas astucias del campo, que Viviana conoce, como

conoce las grandes astucias del castillo, los mohínes cándidos de las

damas que van acorralando, entre rosas, a un incauto corazón! ¡Trampas,

en apariencia, de inocente seda, que luego se cierran sobre una vida

como pesadas puertas de roble y de hierro!

El campo está lleno de diabólicas bromas, como el aire y el mar; de

caprichos sutiles que el juglar no sabe recoger en sus romances, donde

todo es monótona fiebre humana, turbio deseo disfrazado de culto.

Viviana sonríe pensando en un nuevo y verdadero poema del amor, en un

libro pícaro y risueño, donde se revelaran a las gentes todos estos

graciosos misterios de la vida, todas estas sutiles burlas de una

menuda hierba, de una brizna de luz, de un poco de trémulo sudor.

Viviana planea su ataque al cerebro del castillo. El corazón lo tiene

ya a sus pies. Todos los caballeros de la Tabla Redonda, el mismo

Arturo y el sin par Lanzarote, han escuchado ya, con la boca de par

en par, los endiablados romances de Carmen, la doncella protegida de

la reina. Una noche refirió los amores de David con la rubia Betsabé

y otra noche los del rey Salomón con la morena inmortal. Todas las

mujeres enamoradas de la historia encendían en la gran sala abovedada

el corazón de los caballeros de Arturo; hacían enrojecer el rostro

de las damas, con el relato de tanta sagrada desnudez; la desnudez

de Betsabé sorprendida, de Susana inocente, de Jezabel moribunda

entre los dientes de los perros... La desnudez de Magdalena ensayando

caricias para quebrantar el duro ceño de los príncipes de Judá, hasta

el día en que derramó sus perfumes a los pies del Nazareno... Y la

desnudez de las santas colgadas sobre el brasero, o sumergidas en la

tina de pez hirviente, o estiradas en el potro y desprendidas de sus

senos, aún floridos e intactos. Y aquella maravillosa desnudez de Inés

en el prostíbulo, entre soldados trémulos de lujuria... Viviana fue

sembrando entre las gentes de Arturo toda la artera voluptuosidad que

hay escondida en los sagrados libros, y la Tabla Redonda, con sus reyes

y súbditos, fue cayendo en la trampa, como cándidos insectos entre las

hojas del _rocío del sol_.

Pero Viviana quiere lograr algo más alto: quiere conquistar a Merlín,

a Merlín desdeñoso, que nunca ha accedido a escuchar a la doncella

desvalida. Viviana quiere cautivar al viejo arisco, que solo mira a las

estrellas.

A las estrellas y a las flores del valle. A veces desciende de su

inaccesible torreón y pasea por los alrededores, deteniéndose ante

algún raro arbusto, ante alguna hierba mágica. Pero es en vano intentar

seguirle, salir a su encuentro. Viviana lo esperó un día, en un recodo;

pero el sabio torció su rumbo, escamoteó su presencia. ¿Teme perder su

fértil soledad? ¿Oyó hablar de la hermosura de Carmen? Sí, oyó hablar

de la huérfana; pero la belleza de las mujeres ya no le conmueve,

porque hace tiempo que conoce la hermosura abstracta de los libros de

Plotino. Desprecia lo perecedero, se venda los ojos ante el hechizo de

unos ojos corruptibles. Oyó hablar de Carmen, la gentil narradora; pero

él estas narraciones las conoce directamente por los textos, textos

legítimos, sin interpolaciones caprichosas de juglares. Merlín lee en

hebreo el cuentecillo de Ruth, y no quiere oírlo en bretón, quizá

impregnado de malicia y picardía.

Viviana ya ha meditado bastante. Esta noche habrá cambio de programa.

En lugar de piadosos romances, presentará a la corte de Arturo un

caballero digno de sentarse en la Mesa Redonda. Un caballero enamorado.

Un amor purísimo, según hoy se elaboran en el gran salón abovedado del

castillo de Caradigán.

Al anochecer, dejan los perros de ladrar; enmudecen los criados, dejan

de corretear los pajes y de cuchichear las dueñas. La Tabla Redonda

va tomando asiento a lo largo de los muros. Entra, al fin, Lanzarote,

los reyes. Ante la estupefacción de todos, Viviana ha tendido en el

muro del fondo un amplio tapiz de color de plata; dispone una cajita

donde se apretujan algunos granos de oro luminosos, como un racimo

de moscatel. Viviana contempla a los espectadores; advierte, como

siempre, la ausencia de Merlín; se resigna otra vez y sonríe. Después

ruega a Arturo que apaguen las antorchas...

—¿Qué intentas?

—Llevo la luz dentro de esta cajita. La luz y el espectáculo. Hoy el

cuento os lo dirá el claroscuro.

—No comprendo.

—Que apaguen las antorchas, y entonces comprenderéis.

—Apagad.

El salón queda en tinieblas. En el tapiz de plata tiemblan unos álamos,

avanzan unas sombras... Un ¡ah! muy prolongado acoge la aparición.

Viviana manipula en la cajita de grumos de oro. Los caballeros de la

Tabla Redonda alargan las cabezas. Quintañona alza los brazos; Ginebra,

Arturo y Lanzarote lanzan un grito.

—¡El tapiz está embrujado!

—Callad, señores. Yo conozco bien ese tapiz inofensivo y esta cajita

milagrosa. Ved en calma cómo llega por ese camino un muy gentil

caballero.

Avanza el caballero. Es alto, huesudo, esquelético. Trae un bacín

por yelmo, un puñado de hojalatas por armadura, un penco por corcel.

La Tabla Redonda contempla despavorida a aquel intruso. Se rehace.

Didonel, el más nervioso, lanza el primer apóstrofe:

—¡Villano! ¡Bufón! ¡Quiere burlarse de nosotros!

—¡Fuera ese truhan! ¡Que den azotes a la intrusa!

—¡Abajo el del bacín!

—¡Es un mendigo, un espectro!

—¡Un mascarón!

Los caballeros se levantan indignados. Viviana retira del tapiz al

enjuto personaje, y exclama:

—Damas y caballeros. Este que aquí habéis visto es un insigne

paladín... Protector da doncellas desamparadas, redentor de cautivas...

—¡No! ¡No! ¡Es un farsante!

—¡Es un loco disfrazado!

—Calma, señores míos. Es un loco, tal vez; pero un loco enamorado, como

todos vosotros, que en nada pretende ofenderos. Dejadlo llegar. Tiene

su alma cautiva por la sin par Dulcinea.

—¿Quién es esa dama?

—¡Alguna ramera!

—¡Alguna mendiga!

—¿Dónde tiene su castillo?

—Calmaos. Hay en el Toboso, lugar famoso de España, un espléndido

palacio, donde mora esta dama. El caballero se llama Don Quijote, y no

es culpa suya si ha enflaquecido tanto. Permitidme haceros ver...

El tapiz se ilumina y el penco avanza trabajosamente, seguido de un

labriego montado en un burro.

—¿Quién es ese?

—El escudero.

—¡Fuera! ¡Fuera!

La gritería es espantosa. Silbidos, mueras, cortezas de fruta, hienden

el espacio. Todos los pajes, todos los escuderos arremeten contra el

infortunado labriego, que se borra del tapiz, precipitadamente. Vuelven

a encenderse las antorchas, y todos los puños se alzan contra Viviana,

que intenta huir. En el umbral blanquean unas barbas solemnes.

—¡Merlín, Merlín!

El hervor se apaga, bajo la ducha fría de las barbas.

—¿Qué sucede? Oí el tumulto desde mi atril. Cuéntame, Arturo.

—Señor, una burla sangrienta...

—¿De quién?

—De Carmen, la juglaresa. Traedla a Merlín.

Llega Viviana, oculto el rostro por las manos; apenas logra contener su

regocijo.

—Señor...

Se retiran los caballeros; dejan solos a Viviana y Merlín.

—Te conozco, demonio —dice el sabio en voz baja—. Debí figurarme que

eras tú, cuando me contaron tus hazañas. Has querido burlarte de

nosotros.

—Vine en tu busca, Merlín, sabio mío.

—Calla, insensata. No quiero descubrirte por no suscitar la guerra con

tu amante.

—Solo te quiero a ti. Lo demás, son despreciables aventuras.

—Vete del castillo.

—No, mientras no lo domine por completo. Me fastidia esta sala, corazón

plañidero, donde solo florece el suspiro y el mandoble; quiero escalar

el torreón donde tú piensas; quiero posarme en el cráneo del castillo.

—No lo intentes. Te denunciaré a Arturo. Arrostraremos la aventura de

una guerra con Marco, el infiel.

—Te quiero, Merlín.

—¡Silencio!

Y Merlín, dirigiéndose a la corte, dice:

—Dejad tranquila a Carmen, y marchaos ya a descansar. La juglaresa

abandonará pronto el castillo, y en tanto permanezca en él, no usará de

esa máquina endiablada, donde tiene encerrado el espectro del bacín. No

llegó aún el tiempo de que podamos soportar nuestra propia caricatura.

Salid todos. Podéis dormir tranquilos.

Todos besan la mano del anciano, y salen. Viviana intenta seguir al

sabio.

—Vete.

—Quiero subir contigo.

—Enrolla tu tapiz y duerme. No pretendas lo imposible. Me debo hoy a la

Vía Láctea.

Y lentamente, abandona el salón.

Viviana arroja su maquinita al foso, y acurrucándose en un sitial,

fragua nuevas travesuras.

IV

LA SEDUCCIÓN

Aquí está Viviana adiestrando sus ojos color tabaco en mirar como solo

pueden mirar las hechiceras; en rizar su pelo castaño, como solo puede

rizarlo quien lo quiere utilizar como red; en afilar el pulido nácar de

sus uñas, como solo lo afila quien quiere producir a lo largo de una

carne ese eléctrico surco capaz de hacer vibrar, durante horas enteras,

el pobre cuerpo hechizado.

Aquí está Viviana de piel color pan tostado, tejida en el bosque con

hebras de sol, a merced del viento. No quiere ser blanca, de ojos

azules, para no confundirse con Ginebra. No quiere ser negra, como

la monótona esposa del Cantar, para no hacer de la sensualidad una

triste melopea. Ni puro espíritu, ni sola carne quejumbrosa. Colores

intermedios, elaborados, cautelosos, de serpiente, son los que forman

hoy su máscara.

Su cuerpo, diestramente escamoteado, al mismo tiempo insinuado bajo un

tenue brial —¿no la vimos siempre así en el cuadro de Burne Jones?—, se

ajusta a cánones eternos; pero hay en toda su estructura esas menudas

elipsis por donde suelen asomarse los diablillos de la provocación. No

quiere ahilarse, como sus compañeras de época, ni destacar demasiado

sus tersas convexidades. Viviana distribuye sus encantos con la precisa

maestría para insinuarlos, mejor que ofrecerlos, al hirsuto Merlín.

El palacio está vacío de reyes y señores, de damas y escuderos. Fueron

al bosque, de caza. Junto a Ginebra sigue hablando Lanzarote del modo

de adiestrar un halcón, de cómo ha de preparársele la comida, del arte

de cubrirle los ojos. Habla de su halcón como de un noble camarada.

Mientras, sus ojos queman a la reina.

Arturo cabalga junto a su prima, la prometida de un ilustre caudillo

de la Tabla. Les siguen los caballeros, comentando las escasas

virtudes domésticas de Carmen, la hermosa fugitiva que tomó Ginebra

a su servicio. Quizá ya aman todos a Viviana; pero en la corte del

rey Arturo, el amor se encierra en las conchas más duras; serpea,

silencioso, por las médulas; podrá quizá mover el sol y todas las

constelaciones; pero que nunca moverá indiscretamente un brazo, ni

menos una boca.

Solo los ojos, este pobre y cobarde sentido —el dócil sentido, el de la

blanda holgazanería—; solo los ojos se mueven lánguidamente, recogiendo

copiosos botines de miradas; trama diáfana de espíritus que se cruzan

en vuelos sumisos, como de aves de corral. Amor purísimo que puede

nutrirse cada día de una mirada; cada noche, de un suspiro. Amor que

podría cantarse en bien limados tercetos.

Pero olvidamos a Viviana, a esta Viviana, que trajo al castillo de

Arturo el filtro envenenado de Tristán. Entra en el castillo, no

por la puerta principal, como los amores por contrato, sino por el

postiguillo, como los amores por amor. Viborilla que se desliza por la

escalera del torreón del sabio, que entreabre otro postigo, que husmea

el interior.

Merlín, cerca de un ventanal, está releyendo a Plotino. Aprende a

despreciar la belleza —sombra, estela, vestigio efímero de la única

belleza, de la Belleza Infinita—. Merlín está leyendo:

“Es preciso huir hacia el objeto de quien estas bellezas son

imágenes...”.

Viviana y Merlín · 第 1 / 5 段