y vivimos sin pena y sin trabajo.
¿Pasó la moda de ir cabeza arriba?
Pues iremos también cabeza abajo.
[43] A las alusiones literarias y filosóficas siguen las
políticas. Este epigrama y los sucesivos se refieren a las
diferentes clases y partidos que figuraban en la vida pública en
tiempo de Goethe. Los _Fuegos fatuos_ son los hombres sacados de
la nada y enaltecidos por la Revolución. Las _Estrellas caídas_
los aristócratas que perdieron su prestigio y su influencia.
Los _Amazacotados_ los hombres nuevos que van a su negocio,
atropellándolo todo.
LOS AHÍTOS
Algún día llenamos bien la panza;
mas ya no atiende el cielo nuestros votos,
y de tanto bailar en esta danza,
vamos al fin con los zapatos rotos.
FUEGOS FATUOS
Nacimos en los fétidos pantanos,
engendro de la negra podredumbre:
hoy, galanes espléndidos y ufanos,
resplandecemos todos en la cumbre.
UNA ESTRELLA CAÍDA
Caí, rodando de la eterna altura
donde brillaba, luminosa estrella.
Tendida estoy sobre la tierra dura:
¿quién podrá, cielos, levantarme de ella?
LOS AMAZACOTADOS
¡Escuchad! Tiembla el suelo al choque rudo.
¡Plaza! ¡Ya viene el escuadrón obeso!
Si es que Espíritus son --que no lo dudo--
digo que son Espíritus de peso.
PUCK
¡Escuadra de hipopótamos bravía!
¡Moderad y tened el rudo trote!
¡Dejadme a mí la gloria, en tan gran día,
de ser el más pesado y mazacote!
ARIEL
Si la Naturaleza cariñosa,
o el Espíritu os dan ligeras galas,
a la cumbre seguidme do la rosa
feliz ostenta sus purpúreas alas.
LA ORQUESTA, _pianissimo_
La neblina se aclara y desvanece;
deshácese la nube de igual modo:
sonora brisa la enramada mece,
y se disipa y se evapora todo.
[Ilustración]
[Ilustración]
DÍA NEBULOSO
_Campo_, FAUSTO, MEFISTÓFELES[44]
[44] Esta escena está escrita en prosa en el original, y en
prosa la hemos dejado. Nos ha parecido esto más respetuoso para
el gran poeta alemán, que traducirla en verso, como ha hecho
Andrés Maffei en su versión italiana. En España no es una novedad
mezclar prosa y verso en las obras de forma dramática: así lo han
hecho autores ilustres, como el duque de Rivas en su _Don Álvaro_.
FAUSTO
¡En la miseria! ¡En la desesperación! ¡Abandonada en el mundo, largo
tiempo errante, y al fin presa! ¡En la cárcel, como una malhechora,
reservada a tormentos horribles, ella, la amable, la infeliz
criatura!... ¡Hasta ese extremo! ¡Hasta ese extremo!...
¡Traidor, indigno Espíritu! ¿Te has atrevido a ocultármelo?
¡Basta ya! ¡Basta! Revuelve colérico en sus órbitas tus ojos
diabólicos. Provócame aún con tu insufrible presencia. ¡Presa! ¡Sumida
en irreparable infortunio! ¡Entregada a los Espíritus malos y a la
despiadada justicia de los hombres! Y entre tanto, arrullándome con
insulsos placeres, ocultábasme sus crecientes desdichas, y la dejabas
morir sin amparo.
MEFISTÓFELES
No será la primera.
FAUSTO
¡Perro! ¡Execrable monstruo!
Vuélvele --¡Eterno Espíritu!--, vuélvele a ese bicho su canina forma,
la forma que tomaba a menudo para trotar, negro fantasma, ante mis
pasos, roncar a los pies del pasajero inofensivo, y derribarle,
colgándose a sus hombros. Devuélvele su forma predilecta, para que
arrastre otra vez el vientre por el suelo, para que pueda yo patearle,
al réprobo.
¡Que no es la primera!...
¡Horror! ¡Horror incomprensible para toda alma humana, que en el abismo
de tal infortunio haya podido caer más de una criatura, y que, a los
ojos de la Eterna Misericordia, la primera, con sus mortales congojas,
no haya pagado por todas! ¡La desdicha de esta sola penetra hasta la
médula de mis huesos, llega hasta el fondo de mi vida; y tú te mofas
satisfecho de millares de ellas!
MEFISTÓFELES
Hétenos otra vez en la linde de vuestra comprensión, donde a vosotros,
los mortales, se os dispara el juicio. ¿Por qué te asociaste a mí, si
no podías seguirme? ¡Quieres volar, y aún te marea el vértigo! ¿Fui a
buscarte, o viniste a buscarme?
FAUSTO
No rechines los dientes voraces. ¡Me das asco!
¡Grande y sublime Espíritu, que te dignaste acudir a mi voz!; tú, que
conoces mi corazón y mi alma, ¿por qué me encadenas a un vil compañero,
que se alimenta de males y se goza en las ruinas?
MEFISTÓFELES
¿Acabaste?
FAUSTO
Sálvala..., o ¡ay de ti! ¡Sobre tu frente irá por siglos de siglos la
maldición más espantosa!
MEFISTÓFELES
No puedo romper las ligaduras de los vengadores, ni descorrer sus
cerrojos.
¡Sálvala!
¿Quién la perdió? ¿Tú o yo?
(FAUSTO _lanza en torno miradas feroces_.)
¿Asir quisieras un rayo? No están, por fortuna, a vuestro alcance,
míseros mortales. Aplastar al que, inocente, contradice, tal es, caso
de aprieto, el proceder de los tiranos.
FAUSTO
Llévame a ella. ¡Hay que librarla!
MEFISTÓFELES
¿Y el riesgo a que te expones? Piensa que aún no se ha secado en la
ciudad la sangre de la muerte que hiciste. En aquel sitio se ciernen
implacables Espíritus, aguardando a su vez la muerte del matador.
FAUSTO
¿Eso más de ti?... ¡Destrucción y ruina de todo un mundo sobre ese
monstruo! Llévame allá, te digo, y libértala.
MEFISTÓFELES
Te llevaré; y escucha lo que puedo hacer. ¿Acaso soy señor de cielos y
tierra? Turbaré los sentidos del carcelero. Cogerás la llave, y con tu
mano de hombre podrás sacar a la presa fuera de la prisión. Vigilaré yo
en tanto. Los caballos mágicos estarán a punto, y os llevaré. Eso es lo
que puedo hacer.
FAUSTO
Vamos, pues.
[Ilustración]
[Ilustración]
NOCHE
_Campo raso._ FAUSTO _y_ MEFISTÓFELES _galopando en caballos negros_
FAUSTO
¿Por qué bullen aquellos alrededor de un cadalso?
MEFISTÓFELES
No sé qué arreglan o guisan.
FAUSTO
Corren acá y allá, se ladean, se agachan.
MEFISTÓFELES
Brujas en aquelarre.
FAUSTO
Parece que rocíen con el hisopo y que consagren.
MEFISTÓFELES
¡Adelante! ¡Adelante!
[Ilustración]
[Ilustración]
CÁRCEL
FAUSTO, _con un manojo de llaves y una luz, ante una puertecilla de
hierro_
FAUSTO
Horror ha largo tiempo no sentido
siento otra vez. Me asaltan y me rinden
los males todos que lamenta y llora
la pobre Humanidad. Aquí ella vive;
tras ese húmedo muro está encerrada:
¡y una ilusión querida fue su crimen!
Voy a encontrarla, y azorado tiemblo;
voy a verla, y mi pie duda y resiste.
¡Valor! Puede matarla mi tardanza.
¡No más dudar! Su salvación lo exige.
(_Toma la llave._)
(_Cantan dentro del calabozo._)
Mi madre, ramera,
me dio muerte fiera;
mi padre, el perdido,
mi carne ha comido;
lo poquito que quedó
mi hermanita lo enterró.
Abriose la fosa;
salió un pajarito de pluma vistosa.
¡Tiende, pajarito,
tiende pronto el vuelo!
¡Vuela, pajarito, piérdete en el cielo!
FAUSTO, _abriendo_
¡Cuán ajena a pensar que oye su amante
el son siniestro de los hierros viles
estará la infeliz!
(_Entra._)
MARGARITA, _ocultándose en la cama_
¡Vienen! ¡Ya vienen!
¡Funesta muerte!
FAUSTO, _en voz baja_.
Calla y serás libre.
Vengo a salvarte.
MARGARITA
Si eres ser humano,
duélete de mi suerte.
FAUSTO
No así grites;
que el dormido guardián despertar puede.
(_Toma las cadenas para quitárselas._)
MARGARITA, _de rodillas_
¿Quién te dio este poder? ¿Por mí viniste,
verdugo, y ahora suena medianoche?
Vete; deja que viva y que respire
hasta el amanecer. ¿Piensas acaso
que mucho ha de tardar la hora terrible?
(_Levantándose._)
¡Aún soy joven, muy joven, y ya muero!
¡Y bella fui también! Ese el origen
fue de mi mal. Entonces a mi lado
él estaba; ¡ahora lejos! De la virgen
rota está la guirnalda, y esparcidas
las flores todas. ¡Ay! ¿Por qué me oprime
tu diestra airada, y hacia ti me arrastras?
Suelta, suelta... ¡Perdón! Mal no te hice;
jamás te he visto. ¿Inútiles y vanos
mis clamores serán?
FAUSTO
¿A quién no aflige
tanto dolor?
MARGARITA
En tu poder me tienes:
deja, al menos, que el pecho al infelice
niño le dé. Toda la noche, toda
lo estreché en mi regazo. Para herirme,
para culparme --¡oh cielos!--, lo robaron
de mis amantes brazos, ¡y ahora dicen
que lo maté! ¡Mis dichas concluyeron!
Con malignas canciones me persiguen.
¡Infames! Así acaba vieja historia;
pero ¿es justo, gran Dios, que me la apliquen?
FAUSTO, _echándose a sus pies_
Tu amante está a tus plantas, y la puerta
de esta horrorosa cárcel viene a abrirte.
MARGARITA, _arrodillándose también_
¡De rodillas caigamos, de rodillas
para invocar a Dios! Allí, en el linde
de la puerta, las llamas infernales
arden, y en medio lúgubre sonríe
Satanás.
FAUSTO, _gritando_
¡Margarita! ¡Margarita!
MARGARITA, _atenta_
La voz era esa del amante: ¡ay triste!
(_Yérguese y caen las cadenas._)
¿Dónde está? Me llamaba. ¿Habéis oído?
¡Libre estoy! ¡Libre estoy! Nadie me impide
volar ansiosa a sus amantes brazos
y en ellos reposar. Me llama: erguirse
veo su sombra entre las rojas llamas,
y en el fragor diabólico distingue
mi oído, entre infernales carcajadas,
de su querida voz el dulce timbre.
FAUSTO
Sí, yo soy.
MARGARITA
¿Eres tú? ¡Dios soberano!
¿Eres tú? (_Asiéndolo._) No me engañes. Ven, repite
esa dulce palabra. ¿Qué se hicieron
los tormentos, la cárcel, la terrible
cadena?... ¡Es él! ¡Es él! A libertarme
viene, y ya libre estoy. ¡Libre, sí, libre!
Mira; aquesa es la calle en que nos vimos
por vez primera; aquellos los jardines
donde con Marta te aguardaba ansiosa...
FAUSTO, _arrastrándola_
¡Oh, ven, conmigo ven!
MARGARITA, _acariciándolo_
¡Son tan felices
las horas a tu lado!
FAUSTO
Es peligrosa
la menor detención.
MARGARITA
¿Y por qué, dime,
ya no me besas? En tan breve ausencia,
¿cómo tan dulces hábitos perdiste?
¿Y por qué tiemblo y gimo, al abrazarte,
yo que dichosa, en éxtasis sublime,
sentí, al calor de tu pupila ardiente,
el cielo todo a mi deleite abrirse,
cuando, sin miedo a sofocarme en ellos,
me estrechaban tus brazos varoniles?
Di: ¿por qué callas? Bésame, o te beso.
(_Abrazándole y besándole._)
¡Ah! Tu labio está frío, está insensible...
¿Qué fue --¡oh Dios!-- de tu amor? ¿Quién me lo roba?
(_Apártase de él y vuelve la cabeza._)
FAUSTO
¡Oh, ven, ven por piedad! Constante y firme
es mi pasión. Sosiégate, bien mío,
oye mis ruegos, y mis pasos sigue.
MARGARITA, _volviéndose a él_
¿Y eres él? ¿Eres él? ¿Estás seguro?
FAUSTO
Sí, yo soy: ven conmigo.
MARGARITA
¿Y tú viniste
a libertarme, abriéndome los brazos?
¿Podrá ser que de mí no te horrorices?
¿No te han dicho, no sabes a quién salvas?
FAUSTO
Ya las nocturnas sombras, más sutiles,
se aclaran. ¡Pronto, ven!
MARGARITA
Maté a mi madre;
ahogué al hijo mío. ¿Lo entendiste?
¡Al hijo nuestro! ¡A entrambos nos fue dado!
¡A ti también! Mas, ¿eres tú? Imposible
paréceme. ¡Tu mano! ¡A ver tu mano!
¡Cielo! ¿Es su diestra, o la ilusión lo finge?
Es ella, sí; ¿por qué está humedecida?
¡Enjúgala, por Dios; sangre la tiñe!
¡Insensato! ¿Qué has hecho? Envaina el hierro.
¡Envaina el hierro, por piedad!
FAUSTO
Lo que hice
hecho está ya. ¿Por qué mentarlo? ¿Quieres
matarme?
MARGARITA
No, no mueras: ¡vive, vive!
Yo te diré las tumbas que en la tierra
desde mañana tus cuidados piden.
Será el lugar mejor para mi madre;
la de mi hermano mísero ha de abrirse
al lado suyo, y apartada un tanto,
no muy lejos, la mía, ¡sola y triste!
¡No, no sola! ¡A mi pecho el tierno infante!
¡Él, él no más, mi sepultura humilde
quisiera compartir! Al lado tuyo
yacer por siempre, fue de mis abriles
lisonjera ilusión, que me han robado.
Si me dirijo a ti, fuerza invisible
mi pie detiene, y si a tus brazos llego,
me rechazan también y me despiden;
despídenme --¡gran Dios!-- ¡cuando aún tus ojos,
las usadas ternezas me repiten!
FAUSTO
Si sabes que soy yo, sígueme.
MARGARITA
¿Adónde?
FAUSTO
A salvarte.
MARGARITA
La tumba --¿no la viste?-- está
allí fuera, y en constante acecho
la Muerte. Vamos, sí; quiero seguirte
no más hasta ese lecho de reposo,
¡de eterna paz!... Tú marcharás, Enrique.
¡Oh, si pudiera acompañarte!
FAUSTO
Puedes;
la cárcel está abierta.
MARGARITA
¿Y de qué sirve
la fuga? ¡Nada espero! Tras nosotros
vendrán. ¿Quieres que mísera mendigue
de puerta en puerta el pan; que errante y sola
vaya, cuando me acosan y persiguen
mis propios pensamientos, y que al cabo
me alcancen mis verdugos inflexibles?
FAUSTO
Contigo quedo, pues.
MARGARITA
¡No! ¡Corre, salva
al hijo tuyo! ¡Pronto! Marcha, sigue
aquel arroyo, el puentecillo pasa,
entra en el bosque lóbrego, y dirige
el paso hacia la izquierda... Allí, en la balsa,
¡allí está!... Mira, mira: ya va a hundirse;
¡y aún se remueve el pobrecito! ¡Vuela!
FAUSTO
¡Vuelve en ti! Un solo paso, y estás libre.
MARGARITA
¡Si hubiéramos traspuesto la montaña!
Allí mi madre, que los años rinden,
está sentada en una piedra --¡Oh cielos!,
¡soplo glacial me acosa y me persigue!--
Sentada está mi madre en una piedra,
y mueve la cabeza, ya insensible.
Ni oye, ni ve. ¡Durmió, la pobre, tanto,
que no despierta ya! ¡Días felices
aquellos --¡ay!-- en que su grave sueño
dulce fue a nuestro amor!
FAUSTO
Pues que resistes
mis instancias y ruegos, a la fuerza
tendrás que obedecerme y que seguirme.
MARGARITA
¡Aparta! ¡No me toques! No con esas
duras manos me agarres y lastimes.
¿No hice bastante por tu amor?
FAUSTO
¡Bien mío!
¡Dulce amada! ¿No ves que el cielo tiñe
el alba?
MARGARITA
El día nace: ¡el postrer día!
El que alumbrar debiera los festines
de nuestra unión. No digas nunca a nadie
que a Margarita amaste y conociste.
¡Ay, mi corona!... ¡Terminó ya todo!
Aún te veré: mas no en el baile. A miles
vienen las gentes; mas con tal silencio,
que nada se oye. Estrechos los confines
son de la plaza y las cercanas calles
para tal multitud. La hora terrible
da la campana, y el bastón se rompe.
Ya me agarrotan, y en sus brazos viles
el verdugo al patíbulo me arrastra.
Ya pende sobre todas las cervices
la cuchilla fatal, contra mí alzada;
y es el mundo una tumba muda y triste.
FAUSTO
¿Por qué, por qué nací?
[Ilustración]
MEFISTÓFELES, _apareciendo a la puerta_
¡Salid al punto,
o nos perdemos! ¡Miedos mujeriles,
dudas, ayes; y mientras, mis caballos
piafando están, y el alba ya sonríe!
MARGARITA
¿Qué funesta visión surgió del suelo?
¡Es él! ¡Es él! ¡Es él! ¿Qué buscas, dime,
en el santo lugar? ¡A mí me buscas!
FAUSTO
¡Has de vivir!
MARGARITA
¡Mi espíritu recibe,
Eterno Juez!
MEFISTÓFELES, _a_ FAUSTO
Os dejo en la estacada,
si al punto no venís.
MARGARITA
Esta infelice
es tuya, ¡oh Padre! ¡Sálvala! Y vosotros,
ángeles, celestiales adalides,
vuestras divinas huestes desplegando
en mi redor, guardadme y conducidme.
¡Enrique! Horror me das.
MEFISTÓFELES
¡Está juzgada!
VOZ DE ARRIBA
¡Salvada!
MEFISTÓFELES, _a_ FAUSTO
¡Tú, conmigo!
(_Desaparece con_ FAUSTO.)
VOZ INTERIOR, _que se va apagando_
¡Enrique! ¡Enrique!
[Ilustración]
BREVE RESEÑA
DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA
[Ilustración]
BREVE RESEÑA
DE LA SEGUNDA PARTE DE LA TRAGEDIA
ACTO PRIMERO
Goethe dividió en actos la segunda parte de su tragedia, lo cual no
hizo en la primera, quizás por entender que la rápida sucesión de sus
acontecimientos y episodios no consentía estos intervalos y descansos,
admitidos por casi todos los escritores dramáticos.
En el primer acto de la segunda parte nos presenta a Fausto adormecido,
mientras una falange de Espíritus aéreos disipa en su corazón los
amargos recuerdos y remordimientos que lo encadenan a la vida real por
la mísera muerte de la infeliz Margarita. Fausto despierta y parece
otro hombre: el hirviente deseo que lo agitó está desvanecido o, cuando
menos, amortiguado por pensamientos más suaves y tranquilos, y por un
conocimiento más profundo y más severamente filosófico, de las fuerzas
vivas de la Naturaleza, hacia las cuales parece que el protagonista
del drama quiera dirigir su espíritu investigador. Acompañado de
Mefistófeles, llega a la corte del Emperador, de la cual nos ofrece
Goethe ingeniosa y animadísima pintura. Los apuros de la hacienda, la
anarquía de la administración, el descontento del pueblo, inducen al
Emperador a recibir bien a los dos misteriosos extranjeros, con mayor
motivo porque uno y otro se dan a conocer por varias señales como seres
de sobrenatural poder. Acepta gozoso su ayuda para la busca de tesoros
ocultos en las entrañas de la tierra, y ordena que se solemnice el
alegre Carnaval, demorando para el día de Ceniza aquella pesquisa de
las suspiradas riquezas.
La fiesta del Carnaval en la corte del Emperador ofrece ocasión a
Goethe para desplegar su lozana fantasía, y dar, con símbolos y
alegorías mitológicas, ancho campo y rienda suelta al espíritu satírico
que informa casi todo el poema. Comienza el espectáculo con un coro
de lindas y amables floristas, al que responden en poético lenguaje
las mismas flores con que van adornadas. Pero interrumpe su alegría
la aparición de pescadores, cazadores, leñadores, parásitos y poetas,
que con su incesante alboroto perturban la fiesta. Entonces el heraldo
que la preside evoca la mitología clásica, y al punto se presentan en
escena las tres Gracias, Aglaya, Hegémone y Eufrósine, y tras estas las
tres Parcas, Átropos, Cloto y Láquesis, y las tres terribles Furias,
Alecto, Megera y Tisífone.
Nuevas figuras intervienen para animar el júbilo carnavalesco. En una
espléndida carroza aparece sentada una divinidad poderosísima: es la
Victoria. Junto a ella están el Temor, inquieto y tembloroso; la alegre
y festiva Esperanza; la Prudencia, de ojo avizor. Zoilo-Tersites,
extravagante amalgama de dos personajes de la antigua Grecia, quiere
mover cuestión a la diosa Victoria; pero el heraldo lo arroja
airadamente, y al retirarse fugitivo se convierte en víbora y en
murciélago.
Llega otra carroza; va guiada por un gentil mancebo, que se llama a sí
mismo el genio de la Prodigalidad y de la Poesía. Aquella carroza es
el trono de Pluto, el dios de la Riqueza, hacia quien todos se vuelven
admirados, y recogen ansiosos los donativos con que los obsequia.
Pero, molestado por las exigencias y la murmuración de la turbamulta,
promueve Pluto un vasto incendio, que aparece lejano, mientras el gran
dios Pan, con las Ninfas, los Faunos, los Sátiros, los Gnomos y los
Gigantes que le acompañan, toma parte en la mascarada. El incendio
prende en el palacio imperial. Huye en tumulto el pueblo aterrorizado,
y el dios Pluto atrae nieblas y nubarrones, que desprenden un aguacero
muy a tiempo para apagar el fuego y dar fin a la estrambótica y
divertidísima farsa.
Fausto y Mefistófeles no estuvieron ociosos mientras tanto. Encontraron
los tesoros que habían prometido al Emperador, y con tan feliz
hallazgo se pagaron las deudas, se llenaron las arcas del Tesoro, y
volvió a reinar la tranquilidad en el esquilmado imperio. En esta
extraña escena, Goethe quiso simbolizar el invento del _papel-moneda_.
La fantasmagoría concluye con el reparto de dádivas que hace el
Emperador a sus súbditos.
Sigue la admirable escena de las _Madres_. Entre las varias
interpretaciones que los comentaristas del FAUSTO dan a estas Madres,
parece la más aceptable considerarlas como las fuerzas elementales de
la Naturaleza, como el principio oculto de las cosas creadas o por
crear. Para comprender esta escena, hay que fijarse en la pintura que
el mismo Goethe hace de las _Madres_; parece que el misterio y la
incertidumbre de que las ha rodeado, ayudan a la profunda impresión que
el tremendo episodio debe producir.
El hecho es que, por intercesión de las _Madres_, puede el afortunado
Fausto evocar y dar vida a los dos tipos de la belleza clásica, Paris
y Helena, y traerlos como personas vivientes a presencia de la corte,
y hacerles representar el memorable drama amoroso, al que la poesía
griega erigió un monumento inmortal. Pero Fausto, impaciente y ya
enamorado de la helénica beldad, no recuerda que su evocación es un
nuevo fantasma de apariencia vana, y queriendo estrechar entre sus
brazos la ideal figura, rompe el encanto, y todo concluye entre sombras
y vapores, que se desvanecen.
ACTO SEGUNDO
En este acto, más que en los otros, el autor se aproxima a la primera
parte de la tragedia. Destruido el encanto de la suave aparición de
Helena y Paris por la fogosa imprudencia de Fausto, Mefistófeles no
encuentra mejor partido que conducir a su enamorado señor al antiguo
aposento, donde comenzó el poema y fue estipulado el diabólico
contrato de compra-venta del alma del Doctor. Mefistófeles reconoce
aquel lugar; le complace ver nuevamente en el mismo sitio todos los
objetos del melancólico gabinete de estudio, y para que nada se le
esconda, encuentra seca en el filo de la pluma la gota de sangre que
sirvió para la firma de aquella acta infernal. Un coro de insectos,
que de improviso sale del viejo ropón de Fausto, que Mefistófeles por
capricho ha descolgado de la percha, festeja el inesperado regreso del
docto maestro. Recibe otra vez el infernal personaje a aquel inexperto
estudiante, que fue a visitarle en la primera parte del poema, y obtuvo
de él tales consejos, que se enamoró locamente de una filosofía falaz,
y se convirtió en erudito vulgar, lleno de sofismas y paradojas. Esta
segunda escena entre Mefistófeles y el _Bacalaureus_ rivaliza con la
primera por su gracia cómica y su finísima sátira; y su efecto aún
es mayor porque el lector la enlaza con aquella y saborea mejor sus
donaires. Bien se comprende que el autor quiso poner en solfa los
sistemas filosóficos que en su época señoreaban la Alemania; y enemigo,
como era, de todas las filosofías nebulosas y de las teorías falsamente
innovadoras, las combatió con el arma del ridículo.
Sin salir del domicilio de Fausto, entramos en el laboratorio de
Wagner, donde el antiguo pedante, eunuco de la ciencia, quiere
remedar a Prometeo y a Pigmalión, creando de nuevo al hombre con las
extravagantes mezcolanzas de la alquimia. Suda y trasuda años y más
años en la magna empresa; y no la llevaría a cabo, si no recibiera
a tiempo la ayuda de Mefistófeles, que se burla de él. Del ardiente
hornillo donde hierve la mágica redoma, ve surgir, por fin, el
esperado fruto, una criatura, que no es humana todavía, pero aspira a
serlo; no es el hombre, pero es _Homúnculus_, singular creación, en
la cual el poeta amalgama un concepto filosófico y literario, y una
idea soberanamente satírica. Homúnculus, Mefistófeles y Fausto, como
tres peregrinos, van en busca de la belleza helénica, es decir, del
clasicismo verdadero y propio, con lo cual pretendía sin duda Goethe
enlazar la poesía nueva con la antigua, como si una y otra fuesen
partes de un mismo todo, destellos de una misma luz, para lo cual
aprovechaba el poeta esta figura del Homúnculus, como anillo dialéctico
entre las dos poesías, entre las dos literaturas, entre los dos mundos.
Wagner queda solo y desconsolado en el solitario laboratorio, porque es
el hombre que no siente el fecundo palpitar de la vida nueva, la cual
se desprende del espectáculo y del ejemplo de la belleza helénica.
Resulta, pues, que el héroe del drama, su protagonista activo, es
Fausto, despierto ya del terrible sopor en que cayó cuando quiso
abrazar el fantasma de Helena. Homúnculus y Mefistófeles tienen también
su papel, su actividad propia; pero subordinada a la acción y a la
finalidad de Fausto; y aun cuando se muevan y se agiten, serán siempre,
en el drama fantástico de la _Noche clásica_, personajes secundarios,
colocados allí para iluminar mejor el carácter del actor principal, y
para que aparezca más claro el concepto profundo del autor.
El romanticismo, con todos sus tétricos resplandores, fue delineado
admirablemente por Goethe en la _Noche de Santa Valpurgis_ (primera
parte de la tragedia). En la _Noche clásica_, el poeta hace gala de
todo el clasicismo de la antigüedad, y con audaces vuelos nos presenta
renacidas las amables creaciones de la mitología y de la poesía griega.
La gallarda creación de Goethe se une al drama por un hilo sutil, el
amor a la hermosa Helena, que llena el corazón de Fausto; y súbitamente
vemos a los tres aéreos viajeros, Mefistófeles, Homúnculus y Fausto,
que descienden a los campos de Farsalia, los dos primeros en busca de
las deidades y de la belleza antigua, y el último ansioso de encontrar
a la hermosa fugitiva.
[Ilustración]
Mefistófeles se siente algún tanto embarazado, y comprende que no podrá
dominar aquel mundo, para él desconocido. Pasa como de incógnito entre
las Esfinges, que se burlan de él, y aunque asombrado por el canto
dulcísimo de las Sirenas, su corazón de diablo no se conmueve, y el
delicioso espectáculo que por todas partes se le presenta no le inspira
más que aburrimiento y enojo.